Hecha un ovillo

Sonó el despertador con un ruido que ya no es capaz de recordar. Lo ignoró como se ignora la llamada de alguien a quien no quieres contestar; como ignoras a un conocido al no devolverle la mirada, como si con eso consiguieras hacer desaparecer la llamada o la mirada. Quiso hacer que no lo había oído.

Al otro lado de la cama apagaron el despertador, pero siguió hecha un caracol, con los ojos muy cerrados y muy apretados.

Fuera llovía y hacía frío. Dentro, al otro lado de la cama, hacía calor y cogieron su pelo como las pinzas de las máquinas de feria cogen los muñecos, casi sin fuerza. Era una llamada.

Se dio la vuelta y escondió la nariz y la boca entre la almohada, su hombro, su cuello y se agarró fuerte a él con los brazos y con las piernas.

Hecha un ovillo.

#RetazosDeTextos

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De Protocolo y Saber Estar Sentimental

“Nadie pide permiso para irse de una vida. Nada tiene que ver ese momento con ese otro en el que se intenta entrar a formar parte de ella. Debe ser que damos por hecho que las invasiones han de hacerse con un visto bueno o, al menos, con cierto tiento. Sin embargo, el abandono del terreno previamente invadido, y en ocasiones sitiado, se hace de forma unilateral. Es normal, por otro lado. No imagino una situación en la que alguien te pregunte: “¿Te importa que me vaya de tu vida?” porque cabe la posibilidad de que le digas: “Sí, mucho”.

Hay gente que cuando se va de tu vida lo hace de forma rápida, tan rápido como se sacan los cuchillos de los costados en las películas.

De todos modos, ¡qué triste es irse de la vida de alguien sin pedir permiso! ¡Qué feo y qué error! Te pasas la vida huyendo a hurtadillas de la persona, y sin hurtadillas de la tristeza y la fealdad, creyendo que no te ven, pensando que lo hiciste bien, esperando en balde que algún día deje de perseguirte”.

De “Protocolo y saber estar sentimental”.  

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Lorca es para el verano

A Federico García Lorca hay que leerle en verano, cuando la canícula aprieta, cuando la luz que impregna sus obras atraviesa las páginas para cegarte e iluminarte la razón y el corazón.

Todos los veranos releo La Casa de Bernarda Alba; unos, completamente; otros, páginas sueltas. No entiendo el estío sin esta obra. Cada vez que abro este libro soy capaz de sentir el calor que debía caer como plomo en esa casa de almas enlutadas y paredes pulcramente encaladas. Puedo sentir el polvo que levanta el caballo de Pepe El Romano. Seco. Puedo percibir el frescor de Adela, cuando de madrugada se acerca sudorosa y febril a la ventana para que le acaricie la brisa y el hombre… Incluso no resulta difícil imaginar las largas y aburridas tardes bordando de esas pobres, jóvenes y condenadas hijas, sin que corra un pelo de aire en la casa, tan sólo el de los abanicos y el de las envidias, las traiciones y el que levanta la velocidad de los malos pensamientos.

La Casa de Bernarda Alba encarna un drama que sólo puede vivirse en verano. Cuando la locura seca los sesos. Cuando esa quietud que trae la falta de brisa, el calor plomizo y reseco, y la luz que abrasa con tan solo mirarla hace que dejes de respirar para centrar toda tu atención en esta maravillosa obra.

Lorca era un genio.

 

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Los adverbios los carga el diablo

Hoy ha llegado ese momento en el que estás oficialmente, aunque no estrictamente, tan lejos de los treinta como cerca de los cuarenta.

Te recorre un escalofrío.

-Eres joven todavía -te dicen.

Y el adverbio se te clava directamente en el corazón (sientes mientras dibujas con la uña de tu dedo índice derecho la portada de tu libro mientras sonríes agradeciendo el cumplido).

Felicidades, c.

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Etílico*

 

*El vocablo “etílico” procede del griego /aither/, que tiene su origen en la raíz indoeuropea aidh- y significa “quemado”. De ahí nos llegan vocablos como “estío” o “estela”. No puede ser más bonito.

 

Cuando empecé a leer en Twitter a @lavozdelarra pensé que estaba ante un tipo de unos cuarenta años. No podía imaginar que tras esa fotografía de perfil con bastón y silla de terciopelo incluida se escondiera un veinteañero. Por eso, cuando una mañana de hace casi dos años mientras yo iba camino de Cibeles en el bus 34 y en sentido contrario a la marcha, mucho antes de conocernos y ponernos cara, me dijo que no llegaba a los treinta años, yo, que estoy a punto de llegar al ecuador de la treintena, me sentí más que enana y, sobre todo, vieja.

Nunca imaginé que alguien que tuviera un conocimiento literario tan amplio y tan fino, un olfato crítico tan agudizado y un blog (lavozdelarra.wordpress.com) en el que era capaz de resucitar hasta los miembros del personaje más amputado en cuerpo y alma, no hubiese escrito ningún libro. Por eso, desde la distancia o cercanía que da una red social como Twitter, le animé encarecidamente a que escribiera uno mientras él, con una modestia que sé que no era fingida, venía a decirme algo así como: “¡Y quién me va a leer!”.

 

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Cuando hace unas semanas, con dos copas de vino más una tapa de aceitunas separándonos (digo lo de la tapa porque no quiero que creáis que soy una Sylvia Plath cualquiera y el jugo cayó en estómago vacío), me habló de Etílico experimenté cierta excitación, que casi llegó al grado de sexual, con sólo pensar lo que tendría la posibilidad de leer.

 

 

Etílico, el libro de Carlos Mayoral, es un auto de Poe, Hemingway, Fitzgerald, Plath y Bukowski. Cinco escritores encadenados a la Literatura y al alcohol a partes iguales y cuya supervivencia íntima y literaria se hace pública a través de este autor. El libro se publicará en Libros.com, una editorial de crowdfunding que va más allá haciendo realidad obras de una calidad literaria y creativa exquisitas. Con este tipo de iniciativas tenemos la posibilidad de apoyar una tarea cada vez más ardua: conseguir que salgan a la luz maravillosas creaciones literarias que merecen un hueco en las estanterías físicas o virtuales.

Esta obra se encuentra actualmente en esta fase de búsqueda de mecenas y, desde aquí, os animo a que colaboréis para hacerlo realidad. En estos momentos, cuenta con 71 de los 150 mecenas necesarios para su publicación, y ahora tenemos la posibilidad de convertirnos en uno de ellos y conseguir entre todos llevar, ya no las novelas ni los textos, sino la pasión por la Literatura y sus creadores a nuestras retinas.

CONVIÉRTETE EN MECENAS DE ETÍLICO, que quiero que me queme las manos.

 

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Educación y respeto

Hoy no voy a hablar de Literatura, sino de aporofobia. Es probable que esta palabra resulte tan ajena como la Literatura para muchos, pero es una realidad (no novelada y de terror) con la que convivimos diariamente.

Tengo que reconocer que jamás había escuchado esta palabra hasta que mi amiga Maribel Ramos Vergeles (@maravergel, una mujer maravillosa) comenzó a trabajar en RAIS Fundación en un programa contra los delitos de odio a las personas sin hogar. A partir de entonces, el maltrato que sufren estas personas ha tenido un hueco en la mayor parte de nuestras conversaciones.

Hasta que Maribel comenzó a hablar de ello, nunca me había parado a pensar que no hay nada en este mundo más desprotegido que una persona que huye a ningún sitio, que raramente encuentra el resguardo de cuatro paredes. Esa sensación de llegar a casa a final de un día duro no la tienen; como tampoco la sensación de ser visibles a ojos de los demás, que pasamos a su lado con el mismo sentimiento como si pasásemos al lado de una señal de tráfico. Quizás menos, porque no nos dicen nada. Ni siquiera “peligro“, pueden prenderme fuego esta noche; o “cruce con cuidado“, puede pisarme.

Hoy he visto en el telediario cómo unos desalmados, unos monstruos (perdonad mi poca originalidad, pero no soy capaz de encontrar una palabra que describa a estos energúmenos, o cerdos, en definitiva, con perdón de la especie animal), orinaban encima de una persona sin hogar en Roma. Tengo que reconocer que, antes de ver las imágenes, con sólo escuchar la entradilla, he cogido el mando y he cambiado. Sin embargo, al segundo he vuelto al canal y las he visto.

Ahí estaban, cuatro varones orinando sobre una mujer envuelta en lanas oscuras que rogaba que la dejaran en paz. Los viandantes miraban, sin pararse. Finalmente, la señora se ha levantado y llena de orines ha huido a paso lento a ningún sitio. Por un momento he pensado qué habría hecho yo. ¿Me habría enfrentado a ellos? ¿Habría ayudado a la señora? Pues no sé. Quizás poco podamos hacer en ese momento frente a esos monstruos y, como siempre, la solución esté en la educación a la sociedad de la que todos formemos parte.

Educación y respeto.

 

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Inés

Tenía el pelo rizado, con rizos gordos que comenzaban siendo morenos e iban adquiriendo un tono castaña hasta que, al final, al tocar sus hombros, eran casi rubios. Sonreía. Sonreía siempre. Sonreía a los nuevos, a los de toda la vida, a los que nos había visto un par de veces y a todo el que se le cruzase por su camino.

Paseaba por aquellos pasillos como una exhalación, con la bata abierta, que más que una bata de enfermera parecía la capa de una superheroína.

Ella me gustaba. De hecho, nos gustaba a todos, pero a mí me gustaba más porque quería ser como ella, que entonces tenía 32, creo, y yo 23. Sólo por eso (aunque mientras escribo esto pienso que creo que nos gustaba tanto porque realmente nos cuidaba).

La noche de aquel día estaba frente al televisor mirando, sobre un fondo negro, una interminable lista de nombres y apellidos en letras blancas. La miraba como se miran en las películas las listas de soldados caídos para ver si se tiene alguno entre los muertos. Yo tenía uno.

Tres días después, el domingo 14 de marzo, lo primero que hice al llegar a Madrid no fue ir a casa, no giré a la derecha, sino que anduve, quizás, tres metros más. Desde aquella esquina vi la puerta de su trabajo llena de flores, de peluches, de notas, de cartas, de velas, de pétalos de rosa…

Era todo para ella, era todo para Inés*

*Quien sigue y seguirá viva en mi pensamiento, y en el de muchísimos otros, toda la vida.

 

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Réquiem por La Puerta 10

Mis vecinos se han separado. ¿Recordáis a los protagonistas de La Puerta 10? Ya no están juntos. Lo supe hace quince días cuando volví de pasar tres semanas en casa de mis padres. Ya no olía a porro en el rellano (en las últimas semanas alguno de ellos se había encomendado a la marihuana) y ahora la única puerta que no tenía felpudo era la suya. Me lo habían regalado.

Miré el felpudo a los pies de mi portal y miré el suelo desnudo a los pies del suyo intermitentemente. Por un momento pensé qué les habría llevado a dejarme ese regalo. ¿Querrían que me limpiara los pies antes de entrar en casa y dejar fuera los demonios que ellos no pudieron evitar que se colaran en la suya? Podría ser una buena metáfora. De ser así sería un regalo magnífico.

Cuando me fui a pasar esos días a casa de mis padres la vida al otro lado de la pared de mi dormitorio estaba en paliativos. Casi no oía sus conversaciones, tampoco sus discusiones. En cuanto a las reconciliaciones, hacía tiempo que ya no traspasaban el tabique. Intuyo que habían llegado a una tregua: nada de portazos, nada de insultos, nada de nada. Tan solo un: “Vas muy guapa” que robé a su intimidad, a través de la mirilla, un día mientras esperaban el ascensor.

Anoche, cuando fui a abrir el buzón, vi que en el de ellos ya no estaba su nombre. Estaba abierto. Levanté la tapa y ahí yacían todas las cartas, esas que todavía seguirán llegando hasta que formalicen su ruptura sentimental con la compañía telefónica, con el banco… Cuando dejé caer la tapa tuve una sensación similar a la que, supongo, debe tenerse al enterrar a alguien tras mucho sufrimiento, algo parecido a un: ya han descansado.

Espero que os vaya bien y seáis más felices separados que juntos.

PD. Mientras escribía este post anoche, al otro lado del tabique, en la puerta 12, estaban tocando una canción preciosa. Mi otro vecino cantaba de fondo.

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Una conversación sobre Literatura

Ayer tuve una conversación sobre Literatura. Hacía meses que no la tenía, tantos meses que creo que no perdería la mano si dijera que ese periodo de sequía ronda el año.

Estábamos en una mesa con una copa de vino blanco cada uno y, en el medio, un platito con diez aceitunas de las cuales cinco volvieron después al frasco (no creo que las tiraran) porque nuestra conversación nos impedía meterlas en la boca y darle vueltas al hueso. Teníamos mucho que contar y sólo una lengua.

Él se había prometido a sí mismo no hablar más de una hora sobre Literatura, creo recordar que me dijo. Yo, sin embargo, estaba deseando que hablara durante horas. Creo que entre nosotros se estableció el juego implícito que se establece entre dos amantes en una fase previa: el “no lo voy a hacer” del uno frente al “hazlo y no pares” del otro.

Hablar de Literatura te lleva por unos derroteros poco predecibles. Para empezar, la persona que tienes enfrente, por muy desconocida que sea, se convierte en familiar y acabas por contarle hasta tus últimas voluntades.

Creo que lo de ayer terminó siendo una confesión sostenida en una conversación amena. Sólo así se explica que pueda confesar a alguien así, y mirándole a los ojos, que mi periplo por la Literatura comenzó con un desencuentro con Lucía Etxebarria, consecuencia de vivir en un pueblo sin librería y con una gasolineara a mano, que traté de solventar cogiendo por banda a Goethe (Goethe, que me apuñaló el corazón con Las penas del joven Werther. Nunca antes había leído algo así ni nunca he vuelto a leerlo. A veces, leer con la inocencia de quien no sabe a lo que se enfrenta te regala momentos irrepetibles).

Ayer confirmé lo que hacía tiempo venía pensando: conversar sobre Literatura, aunque sea unos minutos, es suficiente para llegar a la conclusión de que el poder de escribir, leer y contar historias será la llave que salve nuestra civilización.

No sólo en carne, también en alma.

 

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Llegó el día. Ya podemos bailar

Hay que ver, cómo es la vida. Llevo tres años menos tres días esperando una noticia que creía que no iba a llegar nunca (de hecho, hace unos días me preguntaba si el próximo año a estas alturas habría llegado ya).

La mejor noticia que me han dado en toda mi vida (hasta ahora) me ha pillado con el catarro vulgaris más virulento que he tenido jamás, llena de mocos y con unas ojeras hasta el suelo porque esta noche casi no he podido dormir. Ha aparecido en mi correo en forma de mail, cuando siempre pensé que sería como en las películas, en forma de voz engolada. Lo he leído un mínimo de quince veces. No lo creía.

Me ha pillado en el trabajo, por lo que no he podido gritar como pensé que gritaría; ni saltar como pensé que saltaría. Sólo he podido emocionarme un poquito, no demasiado, y llorar de alegría unos segundos sin que nadie se diera cuenta porque, al pillarme además sin maquillar, no se me ha corrido el rímel.

Ahora sí, ya se acabó. Ya podemos bailar. 

 

Pd. Esta canción está dedicada a las mujeres que luchan desde la verdad, la honestidad y que no pierden la esperanza; a la gente que les acompaña en el camino y a ti.

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