Archivos Mensuales: abril 2014

Mari, su chico y Edgar Allan Poe

edgarMari y su chico empezaron a salir el 24 de mayo de 1998. Por aquella época yo estaba terminando 3º BUP y haciendo un hueco fuera de mi retina para la miopía, ya que tras los exámenes de junio, como si de una historia de realismo mágico se tratara, dejé de ver y tuve que ponerme gafas. Fue el precio que pagué por sacar la máxima nota en todas las asignaturas.

Ese fue el curso (porque entonces la vida se organizaba por cursos) en el que escuché hablar por primera vez de Antonio Muñoz Molina por boca de Paco, mi profesor de Literatura; y mayo el mes en el que me volví loca con el Ponendo Ponens, el Tollendo Tollens y Nietzsche.

Mientras todo esto ocurría en mi vida, Mari y su chico se enamoraban.

Quince meses después de ese 24 de mayo, hacía unas semanas que había regalado a mi amor platónico mi libro de La Colmena, que había leído tres veces, en cuyas pastas tenía escritas las mejores citas de los personajes y que él recibió de forma anecdótica,  sin saber el valor que tenía. También acababa de teñirme el pelo de negro azulado y había pasado unos días nublados con mis padres en la playa. Además, había superado la selectividad, tenía nota para estudiar Periodismo en la Complutense, estaba sacándome el carnet de conducir y había empezado a comer chocolate sin miedo.

Mientras todo esto ocurría, Mari y su chico continuaban su historia de amor.

El 24 de agosto de 1999, el día que mi hermano cumplía quince años, Mari le regaló a su chico las narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, un libro que llegó a mí mucho tiempo después a través de una tienda de libros de segunda mano y cuya dedicatoria he visto hoy por casualidad mientras limpiaba el polvo, a pesar de haberlo abierto decenas de veces.

Supongo que el amor acabó entre ellos y él decidió deshacerse de su libro, sus once corazones y sus palabras.

 

dedicatoria

 

 

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Mis libros

librosCada vez que tengo una mudanza os empaqueto en enormes cajas y os llevo conmigo, vaya donde vaya. A lo largo de estos años, y tantos cambios de casa, a muchos de vosotros he tenido que dejaros en la casa del pueblo.

Durante un tiempo habéis estado ocultos, debajo de mi cama de adolescente, metidos en enormes cajas. Me dolía abrirlas y veros porque me recordabais a las estanterías de esa casa donde un día estuvisteis y donde os coloqué para que os diera el sol del atardecer. Ya sabéis vosotros lo que pueden llegan a doler los recuerdos.

Poco a poco os he vuelto a traer conmigo y volvéis a llenar las estanterías de mi mundo; las mesas, mesillas de noche, aparadores, sillas, el otro lado de la cama… Os llevo al trabajo; os meto en el bolso cuando salgo a pasear porque me gusta parar y leeros en mitad del campo o en un parque. Vais siempre en mi maleta, aunque sea una maleta de un día. Os quito el polvo, siempre uno por uno, y os hojeo y ojeo para buscar marcapáginas olvidados, notas, dedicatorias, restos de un beso… Y, mientras tanto, me siento en el sofá para leeros con la excusa de descansar un ratito, que puede convertirse en una mañana o una tarde entera.

Sois mi regalo favorito, recibido y entregado; mi máquina del tiempo, mi teletransportador espacial; sois el azote a una consciencia a veces dormida. Sois el inicio de todas mis historias de amor y el abono de mis mayores historias de amistad.

¡Qué sería de mí sin vosotros, tiranos!*.

 

*”Qué sería de mí sin vosotros,
tiranos y, a la vez, embajadores
de la imaginación,
verdugos del deseo
y, al mismo tiempo, mensajeros suyos,
libros llenos de cosas deplorables
y de cosas sublimes,
a los que odiar
o por los que morir”.

(Luis Alberto de Cuenca, Libros)

 

 

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La historia de Pavarti y Shivá

Cuenta la leyenda que Pavarti, hija de Hima-vat ( “el que tiene nieve”), pidió en una ocasión ayuda a Kamadeva, el dios alado con la cabeza llena de flores, para que con sus flechas consiguiera que Shivá se enamorara de ella. Kamadeva, muy solícito, accedió a los deseo de la hija de la montaña, que es lo que significa su nombre, con tan mala suerte que, cuando lanzó su dardo, pilló a Shivá en plena meditación. Tal fue el enfado del dios destructor por haberle interrumpido, que abrió su tan temido tercer ojo y convirtió a Kamadeva en cenizas. El tiempo hizo que Shivá cayera enamorado de Pavarti y, cuando hubo ocurrido, ésta le pidió que resucitase al dios de la cabeza de flores porque con su muerte había desaparecido el deseo sexual en el mundo, lo que ponía en peligro de supervivencia los humanos. Shivá, enamorado, venció su furia e hizo caso a Pavarti, pero decidió que la resurrección de Kamadeva fuera espiritual, no corpórea. Así lo hizo y con esto nació una de las enseñanzas de Shivá a la humanidad: los seres humanos debemos valorar el estado mental del amor por encima de la lujuria física. Hoy, 3 de abril de 2014, comienza mi viaje a India.

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