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La historia de Pavarti y Shivá

Cuenta la leyenda que Pavarti, hija de Hima-vat ( “el que tiene nieve”), pidió en una ocasión ayuda a Kamadeva, el dios alado con la cabeza llena de flores, para que con sus flechas consiguiera que Shivá se enamorara de ella. Kamadeva, muy solícito, accedió a los deseo de la hija de la montaña, que es lo que significa su nombre, con tan mala suerte que, cuando lanzó su dardo, pilló a Shivá en plena meditación. Tal fue el enfado del dios destructor por haberle interrumpido, que abrió su tan temido tercer ojo y convirtió a Kamadeva en cenizas. El tiempo hizo que Shivá cayera enamorado de Pavarti y, cuando hubo ocurrido, ésta le pidió que resucitase al dios de la cabeza de flores porque con su muerte había desaparecido el deseo sexual en el mundo, lo que ponía en peligro de supervivencia los humanos. Shivá, enamorado, venció su furia e hizo caso a Pavarti, pero decidió que la resurrección de Kamadeva fuera espiritual, no corpórea. Así lo hizo y con esto nació una de las enseñanzas de Shivá a la humanidad: los seres humanos debemos valorar el estado mental del amor por encima de la lujuria física. Hoy, 3 de abril de 2014, comienza mi viaje a India.

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Cuatro Microhistorias

Cuatro microhistorias de un fin de semana lluvioso. Todas encierran una primera vez. Todas juntas conforman una historia; cada una es una historia en sí misma. Todas están dedicadas a Geor.

Historia Uno. Después de hacer yoga, nos sentamos una frente a la otra mientras nos mirábamos a los ojos y escuchábamos de fondo la lluvia en los cristales. Llevamos conociéndonos muchos años, hemos pasado muchas cosas juntas pero nos daba pudor mantenernos la mirada. Las dos intentábamos ver qué se escondía más allá de los ojos de la otra. Al cabo de un rato, cada una puso su mano derecha en el pecho de la otra. Su corazón latía con fuerza contra la palma de mi mano. Pum Pum. Pum Pum. Sé que aquel latido nos ha unido para siempre.

granadas

Historia Dos. Terminamos el desayuno y salimos a pasear. El día anterior habíamos llegado tarde y teníamos curiosidad por saber qué paisaje nos ocultaban los muros de la casa. Nada más salir encontré unas cuantas granadas rendidas a la fuerza de la gravedad. Nunca antes las había visto fuera de un frutero o de una caja.

Historia Tres. Llevaba lloviendo un día y medio. La tierra, rojiza, sudaba lluvia. Pisar por las hierbas y ramitas que se amontonaban en el medio del camino nos dejaba seguir avanzando sanas y salvas. De pronto, a la derecha, se abrió un atajo, un largo pasillo de limoneros que nos llevaba directamente a la casa. Entre frutales y hojas mojadas, mientras nuestros pies se hundían en el barro, avanzamos fotografiando las gotas de lluvia que se habían quedado agarradas en los limones, todavía verdes, brillantes.

limoneros

Historia Cuatro. Me senté en una silla, bajo un soportal. En la mano llevaba unos calcetines secos. Me puse uno de ellos y, de repente, cuando me giré a coger el otro, saltó sobre mis piernas. En un segundo tenía encima un gatito gris. Tras superar ambos el susto de la sorpresa, se hizo un ovillo y se quedó quieto. Durante unos minutos nos acariciamos… Yo le acariciaba el lomo; él estiraba su cuello para tocar con su nariz rosa la mía, mientras esperábamos que llegara Geor. Cuando llegó y se lo conté, muy sabia me dijo: “No pienses que lo ha hecho para darte cariño… Es un gato. Solo buscaba su propio beneficio”.

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