Archivos Mensuales: octubre 2012

Teoría sobre el enamoramiento

Hoy una amiga, @martalpz, ha puesto en Facebook este corto y, acto seguido nos hemos puesto a dialogar sobre el amor y el desamor.

El corto, aunque el tema es más profundo, superficialmente pone sobre la mesa una de mis principales teorías acerca del amor: “Lo que enamora es lo que termina desenamorando”. Esto es una verdad absoluta. De hecho, todos hemos asistido en algún momento a la chapa de una amiga que nos dice:

-Me he enamorado, en serio, ahora sí. Es el amor de mi vida. Maduro, interesante, inteligente… Súper tranquilo, con los pies en el suelo… Con un Golf rojo monísimo. El otro día me llevó a cenar a un sitio súper chulo, donde había una pava tocando el arpa. Me cogió la mano…

-¿Cómo son los calzoncillos?

-Slip, pero no importa. Le quedan fenomenal. Súper atento, cultísimo, le encanta la arquitectura…

-Aham…

-Sí, tía, y cuando se queda en casa a dormir me prepara el desayuno y se le quema la tostada por el borde… Y me pone una carita… -Y así hasta que te pone la cabeza como un bombo.

Sin embargo, tan sólo tienes que esperar unos meses para que tu amiga te diga: Tía, no sé… Me gusta, pero no sé… Es que estoy harta de hacer siempre lo mismo: restaurantes caros, te cojo la mano, cogemos el Golf para ir a hacer la compra porque llueve… Todo el puto día hablando de arquitectura… No sé, ¡yo soy un espíritu libre! Yo lo que quiero es alguien que me monte un picnic improvisado en Madrid Río, con un bocadillo de atún con pimientos y un cartón de sangría, aunque sea mala. Que me haga el amor bajo las estrellas y en cualquier momento, y no como con éste, tía, que  tengo que pedir audiencia. Alguien con quien me moje bajo la lluvia. No sé… Y luego que no me sorprende, tía, no me sorprende. Se queda en casa y me hace siempre el café con leche con las tostadas, todos los días quemadas por los bordes! ¡Yo quiero levantarme un día y tener gofres con chocolate! ¡Y luego esos putos slips!

Y es que, por regla general, tendemos a ser idiotas y, en vez de buscar a alguien que nos complemente, que nos aporte cosas nuevas y que nos ayude a crecer, buscamos a alguien que sea como nosotros. Que en vez de descubrirnos unos nuevos pepinillos en conserva, compre los pepinillos de siempre, los mismos que tú has estado comiendo hasta ahora. Y eso, al principio, puede ser guay porque quiere decir que tenéis los pepinillos en común… (que es una gilipollez, pero el romanticismo es tan gilipollas que hace romántico a los pepinillos, una de las hortalizas más feas que existen a mi juicio). O que en vez de enseñarte nuevas canciones, le guste lo mismo que a ti, siendo tu canción favorita la misma que la suya, lo que quiere decir que estáis hechos el uno para el otro.

Pero claro, llega un momento en el que el enamoramiento se pasa, se ponen las cartas sobre la mesa y ves que esa persona te aburre. ¿Y entonces qué? Entonces sueltas un “No eres tú, soy yo” y empieza el drama, como pasa en el corto. Está claro que, como dice mi madre, el amor es un engaño, al menos el amor para toda la vida. Pero si surge algo, amor, cariño o lo que sea, porque esas cosas pasan, cerciórate de que quepa la posibilidad de que un día te despierte con gofres y chocolate, te haga el amor bajo las estrellas y, si al final termina, puedas decir aquello de… “Con esa persona descubrí…”.

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Historia Real contra la hipocondría

Una de las cosas positivas de la crisis es la reducción de hipocondríacos que va a efectuarse. En primer lugar, porque no te van a atender en el centro de salud; en segundo, porque no habrá dinero para pagar la conexión de internet y buscar en Google. Un caso severo de hipocondría podría hacerlo en enciclopedias y libros pero con lo mal acostumbrados que estamos, cuando quisiera terminar de encontrar la enfermedad, o se habría muerto o seguiría vivo, por lo que todo habría acabado.

Aunque ahora hablo con este desdén de la hipocondría, igual que hubo una época en la que fui choni, otra en la que fui pija u otra en la que fui monaguilla, también hubo una época en la que fui hipocondríaca. De esta época, aparte de los sustos y los malos ratos, recuerdo muchos momentos que pasarán a mi Top Ten de anécdotas.

Una noche de noviembre de 2004 me fui a la cama alrededor de las 2.00 am. Al tumbarme, la suerte tuvo a bien llevarme la mano hacia el muslo. Me acaricié, y lejos de ser un movimiento con un propósito erótico, que es lo que parece dicho así, fue un movimiento hacia el abismo. Con la yema de los dedos toqué un bulto como un conguito. Empecé a hacer circulitos. Me dolía… Acto seguido empecé a palpar alrededor, descubriendo bultos más anchos pero no tan marcados. Tocándome tocándome, me di cuenta de que parecía una olla de garbanzos.

Seguidamente abrí el portátil, me metí en Google y cinco minutos bastaron para tener un cuadro de cáncer en su recta final. Me dolía la espalda (porque siempre me ha dolido, pero eso lo he comprobado años después), tenía sudores nocturos (en parte porque dormía con un nórdico de Ikea nivel térmico 4 de plumón de pato y no hay quien los aguante) y había adelgazado (lo había hecho pero porque tenía novio nuevo y estábamos en un carnaval día, tarde y noche). Además, parecía que sí, que el bulto se movía, tal y como decía Google que tenía que ser para que fuera fatídico, y dolía. Es más, se había extendido.

Al borde de la asfixia llamé a un taxi y le pedí que me llevara al hospital. Durante el trayecto, la locutora de Hablar por Hablar atendía a un oyente que hablaba sobre un caso de cáncer (esto también es muy común: cuanto tienes un mal rollo, todo se confabula para que todo el mundo hable de ese tema: amigos, desconocidos, Ana Rosa Quintana, los anuncios…). El taxista me preguntó si tenía algún familiar allí, y le dije que no, que me estaba muriendo.

Cuando ingresé, en seguida me atendieron. El doctor me llevó a una sala, le conté lo que me pasaba y empezó a palparme. Él mantenía el silencio mientras a mí se me escapaba una lágrima que caía en la camilla. Llamó a otro médico, que vino a comprobar el bulto, también en silencio. Por la cabeza se me pasaba mi duda eterna: me incineran, me entierran, dono mi cuerpo a la Ciencia… Entró una doctora, ahí estaban los tres tocando mi bulto.

Cuando terminaron de analizarlo, y mientras las lágrimas me brotaban de los ojos como un personaje manga de animé, uno de ellos se dirigió a mí y me dijo: “Laurita, tranquila. No tienes cáncer, tienes celulitis. Te vamos a dar un Diazepam”.

Lo que ocurrió después forma parte de mi intimidad.

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