Archivos Mensuales: junio 2013

El verano ha llegado a la ciudad

Llevamos casi una semana de verano y En La Palmera todavía no hemos escrito ningún post dándole la bienvenida a tan excelsa estación. No es porque uno de los principios de nuestra línea editorial sea llegar tarde a la cobertura de cualquier hecho o evento sino porque, oficialmente, todavía no lo habíamos vivido en nuestras carnes.

Ha sido esta mañana cuando, por primera vez desde que comenzó la época más calurosa en el hemisferio septentrional , he sufrido en mis propias carnes la llegada de tan temida estación. No ha sido el calor ni tampoco las molestas y poco estéticas marcas que deja patinar bajo el sol, lo que inaugura la época estival para una mujer es torcerse un tobillo tras hidratarse los pies y calzarse las sandalias de turno sin haber dado tiempo a que la crema se absorba. Así ha sido como hoy, a pesar de haberme despertado a las 5.32 am, he esperado a sacar el bote de Neutrógena para pies treinta segundos antes de salir de casa.

Como la ratita presumida, in a really cute Kling dress, he abierto la puerta de la calle y he salido ufana a encontrarme con la vida. Veinte pasos ha durado mi periplo mañanero, los veinte pasos que han sido necesarios para coger confianza, pisar fuerte y notar cómo mi talón derecho se escurría de la sandalia lavanda, tocando en un segundo los 7 cm de tacón que lo separaba del suelo.

 

A really cute Kling Dress

 

Con mucho estilo he caído al suelo. Mi práctica en caídas ha hecho que apoyara las manos a tiempo para que mi estupendo pintalabios Rojo Chili de MAC quedase intacto en mi boca. Más preocupada por si me había manchado que por si había dejado al aire mis vergüenzas, me he levantado y digna me he sacudido el polvo de la falda. Acto seguido me he vuelto a recoger el pelo y he seguido camino del metro.

El destino ha tenido a bien unos segundos después lanzarme un mensaje en forma de cartel publicitario: “Ahora, caerte sólo dependerá de ti”. Y con esta caída y este mensaje, que con sarcasmo fino se suma a la listas de caprichos que el destino me ha puesto hoy en el camino, inauguramos el verano EnLaPalmera.

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#HistoriasDelMetro: Discusiones parejiles

Él llega al andén. Después entra ella flipando porque el tren del otro andén se escapa. Él está a por uvas. Ella hace ademanes de: “Pero no ves g…. que tenemos que ir al otro andén?”. Él sigue a por uvas. Ella lo mira con ojos de desquiciada, hace gestos para hacerle entrar en razón pero no lo consigue, así que se da media vuelta en plan Pimpinela. Sus destinos se separan.

pareja350

Él sigue en su andén, caminando, y me mira sabiendo que los he estado observando. Disimulo (la, la, la). Ella se va en sentido contrario, andando a paso pronto, y sube las escaleras como una carretilla. Segundos después, él se pierde entre la multitud que espera el metro en el andén. Miro frente a mí y espero a que ella baje las escaleras. Ahí está, en el andén de enfrente. Camina con el suficiente cabreo como para que le boten los pechos debajo de una camiseta de algodón de cuello a la caja y se le levanten los rizos. Mira de reojo al otro andén para ver si ve a su chico y, mientras lanza rayos láser por los ojos, se sienta de un bote en un banco, poniendo resolutivamente el bolso sobre sus rodillas y haciendo un gesto de fastidio. En ese momento pienso para mí: “Qué pereza las discusiones parejiles!”. Mientras, suena en mi móvil “Dejad que las niñas se acerquen a mí”, de Hombres G.

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Cuando nuestro universo era la Nocilla

Esta tarde he decidido mimarme y lo que ha comenzado siendo un: “Bajo y compro pescao” se ha convertido en una visita a un mercado. Después de dar muchas vueltas he terminado comprando piedra pómez (por afán puramente estético, en absoluto amoroso o erótico) y Nocilla. Sí, Nocilla. Llevaba queriendo comprar Nocilla muchísimo tiempo y nunca lo hacía, pero hoy  he cogido y la he metido en el carro.

Cuando he llegado a casa era tal mi entusiasmo que, conforme la he sacado de la bolsa, le he hecho una foto y la he colgado en Facebook. Ya ves tú… Al destaparla he notado su olor inconfundible, olor que me ha dado otro dato: estaba derretida. En ese momento sacado a la Caminito de hace veinticinco años y me he dispuesto a hacer un viaje en el tiempo.

Lo primero que he hecho es lo que hacía siempre que mi madre compraba Nocilla: abrirla y tocarla con el dedo para ver el grado de derretimiento. La he tocado con la punta del índice derecho y estaba muy blanda, así que acto seguido he hecho lo segundo que siempre hacía con cinco o seis años: meterla en la nevera. Y aquí estoy, esperando que se enfríe.

Todavía recuerdo el primer sándwich de Nocilla que comí. Nos lo preparó una hermana de mi abuelo a mis primos y a mí. Tengo que decir que flipé por dos cuestiones: la primera, es que en esa época yo sólo comía Nocilla en pan normal, que era más barato; y la segunda, es que solamente comía pan de sándwich en los cumpleaños y siempre acompañado de fiambre o salchichón. Por eso, un sándwich de Nocilla mezclaba lo guay de la Nocilla con el pan guay de los cumpleaños, así que  ya entendéis por qué estaba alucinada. Y pensé: “Qué guay vivir en Madrid!” (porque mis primos vivían en Madrid y claro, esas mezclas no se hacían en mi pueblo).

nocilla_nino

En cuanto al sabor, siempre he sido muy exquisita: yo era de la Nocilla de dos sabores, de la de la tapa azul (porque la de la tapa roja era sólo de chocolate). Como entonces no existían las marcas blancas, sólo había una cosa que diferenciaba la calidad de la Nocilla: el vaso, que podía ser de cristal o de plástico. De hecho, todas nuestras madres hacían la colección de vasitos, que igual hacían las veces de vaso de agua que de vaso de leche.

Además, para mí la Nocilla guardaba un secreto: ¿Quién era el niño de la foto? ¿Quién era? Siempre dudé de si existía realmente o no porque en mi pueblo no había nadie con ese color de pelo y ese bronceado. Los que tenían ese color de pelo eran blancos, y los morenos de piel, tenían el pelo castaño o negro. Así que siempre pensé, no sé por qué, que sería holandés, aunque ni sabía dónde estaba Holanda, pero sí estaba convencida de que español no era.

Otra cuestión por la que me flipaba la Nocilla (voy a hacer el post más largo de la historia) es por la pintaza de la rebanada que tenía un dedo de pan y dos dedos de chocolate. Pasaba lo mismo que con el paté La Piara, que comparabas la rebanada del anuncio con el bocadillo que te hacía tu madre, en el que había una lámina de paté de un milímetro, y no había color…

Rebanada-paté

En fin, voy a sacar la Nocilla de la nevera a ver qué tal. Espero que no me lleve un chasco y sea lo que recuerdo aunque viendo que tiene un código bidi en el tarro, voy con recelo.

Huelga decir que yo era de las que cantaba la canción de leche, cacao, avellanas y azúcar… Noociiillaaa!!

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