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La Razón sucia de Monago

No suelo escribir de Política porque me repugna. Mejor dicho me repugnan quienes la ejercen de forma corrupta. La Política, por definición, no me causa repugnancia. Pero hoy he decidido hacerlo al ver cómo se está gestionando el malfacer político de José Antonio Monago por parte de su entorno, cómplice de sus fechorías. Me refiero a sus compañeros, sus amigos y los medios de comunicación adscritos al Régimen.

Lo de Monago no es un asunto de bragueta, es un asunto de corrupción. Sinceramente, como Ciudadana que cree en Lo Público (lo pongo con mayúscula), me da lo mismo el concepto de su gasto. No me interesan (porque no es de mi interés, no porque en mi interés haya intención de obtener algo) sus asuntos de bragueta. Lo que, como ciudadana, me interesa es su ánimo “latronicioso” a la hora de utilizar dinero que no es suyo para cuestiones personales. Es decir, para mí es lo mismo que utilice dinero público para ver a su amante que para comparle un chándal a alguno de sus hijos. No tengo interés ni intención en meterme en su vida privada en cuanto a sentimentalidad porque, si hay algo que siempre critico de su partido es su ánimo de intromisión constante en legislar y manipular la vida privada, en cuanto a sentimentalidad, de los ciudadanos. No obstante, debe saber que la relación contractual que le une al Pueblo también es un asunto privado. Pero esto vamos a dejarlo aparte.

El motivo de este post es la noticia que publicaba el periódico La Razón ayer, 9 de noviembre, bajo el titular: Olga María, la colombiana “cazadiputados”, en el que se dibuja a un Monago víctima de una señora cuyo único interés, según el periódico, es acostarse o relacionarse con diputados del Partido Popular para cazarlos, desplumarlos y ascender en el partido.

La noticia en sí no me ha causado el menor estupor teniendo en cuenta que la publica un periódico de catadura moral dudosa y que, en vez de ejercer el periodismo, realiza un constante ejercicio de corrupción estructural. Sin embargo, no he podido evitar que me deje boquiabierta durante unos segundos.

No voy a ponerme a analizar cuán sucio es que estén intentando criminalizar a Olga María Henao, ex pareja de Monago y vocal del Partido Popular en Santa Cruz de Tenerife, por haber mantenido una relación con este señor y con otros miembros del Partido Popular. No voy a analizar, en ningún caso, que se esté utilizando la vieja estratagema de la víbora que engaña a pobres hombres para que caigan en sus redes y así obtener una serie de beneficios. No lo voy a hacer porque creo que no es necesario, sobran las palabras. Pero sí voy a hacer una puntualización a los cómplices de La Razón: la persona que, desobedeciendo a sus obligaciones y responsabilidades como político, utilizó dinero público para sufragar gastos personales fue el señor Monago.

Por otro lado, creo que esta señora únicamente debe ser juzgada por su labor política, en ningún momento por sus “affaires” sentimentales. Además, entiendo que el señor Monago utilizó de motu proprio los caudales públicos para sus viajes “personales”, sin ningún tipo de presión (más allá de la sentimental, que en todo caso sería autoimpuesta).

En definitiva, intentar ensuciar la imagen de una persona y criminalizar su conducta sentimental y sexual (libre, por otro lado, como lo es la de todos) solo muestra dos cosas: en primer lugar, su desesperación para justificar una acción ilegal; y en segundo lugar, lo que es en mi opinión lo más preocupante: el nulo arrepentimiento real del infractor, la nula asunción de su culpa y la nula condena por parte de quienes, desde el partido y desde los medios, están sirviendo de parapeto del señor Monago, quizás en un intento desesperado de mantener sus barbas secas cuando deberían ponerlas a remojar.

 

“Cada uno debe aprender a responder de su propia conducta”. Gayo Julio Fedro, 15 aC- 55 dC

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Medio pan y un libro

Han pasado 83 años desde que se pronunciaron estas palabras. Cinco años después, Trescastro se jactaba de haberle metido “dos tiros en el culo por maricón”. A él no lo asesinaron por maricón, lo asesinaron por valiente. Por rebelarse ante el mayor arma con la que cuenta el Poder para la sumisión de un pueblo: el robo de la cultura.

 

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“Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura». Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz”.

Federico García Lorca, en Fuente Vaqueros (1931)

 

La cultura es el origen de cualquier riqueza y el mayor poder con el que pueden contar las personas, los ciudadanos. Sin embargo, el pueblo sigue sin reivindicarla y, gracias a eso, el Poder sigue limitando su acceso, muchas veces sin hacer ruido. No hay nada mejor y más cómodo que tener ciudadanos fáciles. No lo olvides cada vez que te den la oportunidad de elegir a tus representantes.

 

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La cuidadora y el hombre que permaneció sentado

No sé si fue a finales de 2010 o principios de 2011. Por los hechos que acontecieron después tuvo que ser por aquella época. Yo iba a natación a un polideportivo municipal de Madrid. Normalmente me gustaba ir por las mañanas pero ese día fui por la noche.

Mientras estaba en la ducha de los vestuarios, oía de fondo la conversación de dos señoras. No sabía de qué estaban hablando pero entendía que era algo importante. Salí y, mientras me secaba y me vestía, sin quererlo me enganché a esa conversación que tenía de fondo.

Enseguida supe que estaban hablando del 23F. Hablaba solo una de ellas, la otra escuchaba con atención. De vez en cuando, la escuchante, asentía y soltaba un “fíjate” en señal de entendimiento de la situación. La emisora hablaba de “los niños”, de “la señora”, de “él”. Relataba una situación muy agitada.  En un momento determinado dijo: “Y Amparo me dijo que cogiera a los niños”. En ese instante hilé toda la conversación y el resto del relato me dio la razón: estaba contando la noche del 23F que se vivió en Moncloa. La noche que vivió la familia del Presidente del Gobierno, aquel hombre que, desafiando las balas, permaneció sentado.

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Feliz 2014, el año de la lucha y la rebelión

Muchos de nosotros nacimos en una época en la que ya no existía ese señor que, a escondidas, tenía el gran honor de ver las películas en su totalidad, con besos y ligas, nalgas y espaldas desnudas y se encargaba de decidir qué escenas podían ver en el cine los demás y cuáles no. Nacimos en un tiempo de cambio en el que los matrimonios ya se podían mandar a tomar viento si dejaban de quererse porque los cónyuges ya solo estaban unidos por un férreo yugo en cuanto a etimología; una época en la que la lista de los libros prohibidos era cosa del pasado y en la que las mujeres, nuestras madres, iban dando pasos cortos pero firmes velando por nuestro futuro.

Antes de que nosotros naciésemos fueron muchas las personas que lucharon para conseguir que nosotros llegásemos a este mundo disfrutando de unos derechos que a lo largo de este último año no hemos perdido, sino que hemos regalado, porque solo se pierde o gana lo que se lucha.

Espero que 2014 sea un año de lucha y de rebelión, de recuperar nuestros derechos, hacer valer los pocos que nos quedan, como nuestra malherida libertad de expresión, así como de seguir cumpliendo con nuestros deberes. De hacer ver que la democracia no es solo meter un papelito en una urna y dar vía libre a los políticos para que se mofen de quienes han confiado en ellos, sino que es una filosofía que debemos salvar los ciudadanos sembrando ética en nuestras acciones y sanando el terreno donde se desarrolla la política y la moral de los tres aparatos y que ahora solo está lleno de gusanos.

Espero que 2014 sea el año en el que salgamos todos a la calle a recuperar lo que nos pertenece, entre otras cosas la dignidad como ciudadanos.

Nos vemos en las calles. Feliz 2014.

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La biblioteca de mi pueblo

Hoy es el Día Internacional de las Bibliotecas (públicas) añadiría yo. Esos lugares donde muchos tuvimos la oportunidad de perdernos y que cada vez despiertan menos interés entre los que ahora tienen oportunidad de perderse.

La biblioteca de mi pueblo era casi una institución. La regentaba un señor mayor, que tendría menos de 65 pero que a mis ojos parecía un octogenario. Era alto, pelicano, con una calvicie importante y muy delgado. Encongido por la chepa, leía el periódico cada tarde sobre su mesa. Le conocíamos como El Galgo; creo que se llamaba Antonio. Su mujer siempre me despertó mucho interés. También era alta, delgada, con los rasgos prominentes: grandes ojos, gran nariz (creo recordar). Siempre llevaba los labios pintados de rosa chillón e iba bien peinada, con rulos, como las señoras ricas. El pelo negro y dos perlones en las orejas. Tenía los dedos huesudos y la veía como salida de un cuento en el que fuese una marquesa. La veía muy elegante. Mientras él leía, ella miraba por un ventanal que daba a la plaza del pueblo.

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La biblioteca tenía tres estanterías grandes, una sola dedicada a poesía, y todos los libros tenían un trozo de papel con un celofán y un código que nadie entendía, solo El Galgo. Eran altísimas, tan altas que nunca llegamos a saber cuáles eran los libros que había arriba del todo, llenos de polvo. Al lado de la de poesía, en la más grande, había un par de estantes con los libros prohibidos, los de dos rombos, los de los mayores. No había nada del Marqués de Sade, era una colección de libros sobre reproducción humana. Recuerdo que me acercaba remolona por ahí, al lado de los libros de historia, para coger uno de ellos disimuladamente y ver en qué consistía eso de la reproducción. Me fascinaban los dibujos del aparato reproductor, los de las mujeres amamantando a sus hijos…

Agachada como un ovillo le robaba ratitos al tomo III, a escondidas para que el bibliotecario no me llamase la atención por estar leyendo cosas de mayores (+12 años). Ahí, a ratos, entre tardes lluviosas, descubrí que los niños no los traía la cigüeña, que no llegábamos al mundo porque nuestros padres escribiesen una carta, sino porque teníamos unas cosas dentro que producían óvulos y espermatozoides (como los cristales en días de lluvia, que también producían decenas de espermatozoides que dejaban regueros en las ventanas).

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La biblioteca de mi pueblo fue el lugar donde aprendí a leer y a valorar los libros. Allí tuve acceso a cientos de ellos, de los que solo terminaba los cuentos porque la mayor parte de las veces me entretenía mirando las fotos y los dibujos. Aprendí que esos libros eran de todos, que nos los prestaban pero teníamos que cuidarlos y devolverlos en el mismo estado para que otros los leyeran. Eran libros de todos y para todos.

La biblioteca de mi pueblo era un lugar donde ir las tardes de lluvia, un lugar donde merendar leyendo un cuento, un lugar donde resguardarte en verano durante las guerras de globos de agua (mientras se calmaba el campo de batalla, leías un cómic); un lugar en el que hacer los deberes y poder tener a mano un diccionario que no tenías en casa, o un libro que no había en el cole.

La biblioteca de mi pueblo no era solo una biblioteca, era un símbolo más de la enseñanza pública y de su calidad, del acceso público a la cultura pública; del uso y el respeto por “lo público”; de la educación, la Educación; un símbolo de lo que significa “compartir”.

Ahora ya no está en el mismo lugar, sus puertas siguen abiertas pero cada vez va menos gente. Probablemente termine desapareciendo, como la enseñanza pública, como lo público, si cada vez que pasamos por la puerta decidimos pasar de largo.

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Spanish Jones, los jóvenes aventureros sin espíritu suicida

LegoIndy“Tócate el higo”, con perdón, pensé hace unos días cuando llegaron a mis ojos las palabras que Marina del Corral, la Secre General de Emigración e Inmigración, pronunció acerca de la fuga de cerebros que estamos viviendo. Parece ser que, según este alto cargo del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, el hecho de que cientos de jóvenes españoles bien formados tengan que buscarse la vida en otro país se debe al espíritu aventurero de los mismos.

He de decir que, conforme leí el texto, (con el consiguiente improperio que lo cerraba y que no voy a reproducir por miedo a que me cierren el blog) solté una especie de carcajada que no sé si, en realidad, se acercaba más al sollozo. Sinceramente, si hubiera estado en mis manos el despido de esta señora, lo hubiera tramitado en ese mismo instante alegando “incompetencia inconmensurable”, porque si hay un lugar que todos sabemos que haría las delicidas cualquier aventurero, ese es España.

Quedarse en España, en un país en el que el 50% de la población joven está en paro; en el que si cobras la tasa por desempleo sólo puedes estar fuera de tu país equis días porque si no, te castigan quitándote esa tasa; en el que si hay que hacer recortes preferimos cerrar hospitales, encarecer la Educación, subir los impuestos pero mantener el sueldo a la Iglesia que, al fin y al cabo es la que acoge las almas encomendadas a Dios porque es lo único que le queda a muchos… Quedarse en este país sí que es una aventura.

Por eso, cuando leí ese pequeño texto que me informaba de la píldora política del día, pensé: No, señora, los jóvenes españoles no emigran porque tengan espíritu aventurero, de hecho, yo vivo una aventura casi diaria desde que cojo el metro en casa hasta que llego al trabajo. Los jóvenes españoles emigran porque tienen espíritu de supervivencia, que es distinto. Porque del mismo modo que nadie se quedaría en una habitación en la que cada vez queda menos aire sabiendo que hay una puerta que da al exterior, ningún joven que tenga la oportunidad se va a quedar en un país con una política laboral que lo asfixia y en el que aquellos que deberían abrir un agujerito para que entrara el aire dicen que no, que el aire que se respira es limpio y puro y que la culpa es de ellos.

En fin, que no es mi caso por ahora. Tampoco tengo espíritu aventurero ni quiero irme de mi país. Es más, me gustaría quedarme aquí porque aquí están mi familia y mis amigos. Pero si llegara el momento de tener que elegir, no lo dudaría. Y no es que tenga un espíritu aventurero de la hostia, no señor, es que quedarse en España sería tener espíritu suicida, y no es el caso.

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La pensión de mis abuelos

Señor Rajoy:

Hoy viernes 30 de noviembre, su Gobierno ha hecho público que no pagará el aumento de la inflación a los pensionistas. Es una decisión más de las que ha tomado a lo largo de su primer año de mandato, que no voy a cuestionar porque no le voté, por lo que no me siento engañada. Me sentiría engañada si hubiera depositado mi confianza en su partido, pero no es el caso. Escribo esto, por tanto, porque en una ocasión usted dijo que su partido escucha a los ciudadanos (y pongo el verbo en presente). Por ello, como ciudadana, le voy a contar una historia:

Tengo tres abuelos, dos de ellos llevan juntos más de 50 años y viven con la pensión de jubilación de mi abuelo. Mi otra abuela cobra una pensión de viudedad mínima.

Mi abuela tiene 89 años y se quedó viuda hace veintidós. Ha tenido cinco hijos y los ha criado en unos tiempos en los que nada era fácil. De hecho, mi madre todavía recuerda anécdotas de las reprimendas que se llevaban por comerse a escondidas las rosquillas que hacía mi abuela para las fiestas del pueblo, y que eran las únicas que probaban a lo largo del año. Y mi abuelo cuenta que sus cinco hermanos, sus padres y él se ponían alrededor de un plato con un huevo frito y aceite a mojar pan, ¡y pobre del que se le ocurriera tocar el huevo!

Supongo que no hará falta que cuente las penurias por las que ha pasado esta generación, la de nuestros abuelos que ahora cobran las pensiones. Yo, afortunadamente, no he vivido esa época, he nacido cuando los ciudadanos ya podían elegir quién les gobernaría, cuando muchas mujeres ya tenían una nómina y un título universitario, cuando la sociedad estaba cicatrizándose y sabíamos que al pasar los Pirineos, además de nevadas, como dice la canción, estaba Europa.

Sin embargo, eso no ha evitado que yo siga viendo a mi abuela mezclar leche con agua para que le dure más; o comerse un corrusco de pan duro a pesar de quedarle dos dientes porque le parece mal tirarlo. Si ve que no va a ser capaz de masticarlo, se hace unas sopas con leche. Vive con la pensión de viudedad mínima y, afortunadamente, por ahora no tiene que mantener a ninguno de sus hijos. Es del Partido Popular, probablemente porque todavía tiene miedo a ser de otro, pero el caso es que le ha votado a usted. Es decir, con su pierna arrastra, porque cojea, ha ido al Ayuntamiento a depositar su confianza en un señor que llegaba a su casa a través de la televisión y prometió no tocar las pensiones.

Ahora, sin embargo, cuando va a comprar paga más por la leche con la que se hace sopas de corruscos de pan, también paga por las medicinas y paga sus impuestos y el IBI de su casa, que en mi pueblo, un pueblo minúsculo de La Mancha, se paga más por metro cuadrado que en el Barrio de Salamanca. También flipa cuando mi madre le da unas natillas, que le vuelven loca, pero que ella no compra por no gastar. Ahorra lo poco de su pensión para cuando se muera, ¡ya ve usted!, y para dárselo a sus hijos, que como hijos, no se lo merecen porque ningún hijo se merece lo que hacen sus padres por ellos.

Por eso, ahora que pasa las noches en casa porque en la suya hace frío y le da miedo dormir sola, cuando la veo aparecer con su hatillo a las 19.30 h por la puerta del salón sin querer molestar, y tras darnos dos besos se va a dormir, la observo alejarse renqueando y veo a una persona que, como todos nuestros abuelos, se ha dejado su vida para sacar adelante un país y una sociedad que, desagradecida, al final de sus días, le roba hasta la comida que se lleva a la boca. Y la pena es que ellos, mis abuelos, nuestros abuelos, como dijo usted hace unos meses, “ya no va a tener otra oportunidad”.

Fin de la historia.

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Érase una vez un cumpleaños budista en Catalunya

El finde pasado celebré in situ, tras muchos años celebrándolo en la distancia, el cumpleaños de una muy amiga de El Prat del Llobregat. El Prat es ese pueblo barcelonés que, excepto en Catalunya, en el resto de la Península y archipiélagos colindantes (digo esto para no herir sensibilidades porque sinceramente ya no sé cómo referirme al tema España) se conoce por ser la sede de numerosos platós de televisión de los años 80 y principios de los 90.  Sin embargo, en Catalunya se conoce por uno de sus principales atractivos turísticos, que no es el río Llobregat que le pone apellido, sino los pollos de pota blava (pata azul). Existe la teoría de que tienen la pata de ese color por la radioactividad de la zona, pero por ahora sólo es una creencia. Dicho esto y una vez he hecho promoción de ese pueblo que, para unos será una cosa; para otros, otra, pero para mí es un retiro espiritual, voy con el tema que nos ocupa.

Mi muy amiga cumplió 34 años la semana pasada y, ya que estaba en Barcelona, decidí apuntarme al plan de celebración que hubiere. Democráticamente, entre todos, decidimos el plan: pasar una jornada en el monasterio budista tibetano del Garraf. Así fue como iniciamos una incursión (para algunos de nosotros era la primera vez pero otros ya habían pasado el curso de 1º de Meditación) por el mundo de los chakras, karmas y respiraciones profundas.

Tengo que reconocer que me fascinó la idea desde el principio. Lo primero que hicimos fue hacer un tour por el palacete, porque los monjes del Garraf no viven en la pobreza ni mucho menos (tampoco hacen voto de celibato ni castidad, dato con el que se ganaron todos mis respetos). Tienen un palacete pequeño pero muy cuco lleno de esculturas de budas varios y fotos de Richard Gere y Jordi Puyol (más otras personalidades catalanas) con los lamas. Fue una visita muy interesante. Después, Roger, un voluntario muy sexy de pelo negro, largo y con las puntas súper selladas, nos introdujo en el mundo de la relajación, sesión con la que me quedé dormida hasta tal punto que, parece ser, les deleité con un recital de ronquidos. Sólo recuerdo una vez en la que me desperté con una sensación de paz casi similar, fue cuando me sedaron para hacerme una prueba médica. La diferencia es que Roger no me drogó.

El momentazo del día vino cuando, después de esta sesión, nos acogió el segundo monje más importante del monasterio, el encargado de perpetuar la especie lama del Garraf. Esto no quiere decir que tenga que reproducirse, sino que es el que, una vez fallezca el súper jefe, tendrá que viajar por el mundo para encontrar la reencarnación de éste. Visto así, es el señor más importante de este monasterio. Se presentó envuelto en un hábito de monje, con su chal y todo. Era joven, guapo (me lo pareció) y, con una ironía y sarcasmo muy finos y directos, nos dio una mini charla de introducción a la meditación que resultó muy interesante. Eso sí, salí pensando: “Y ahora cuando llegue a Madrid, ¿qué?”. Hicimos más cosas: comimos alimentos benditos por los lamas y le di vueltas a unas ruedas para bendecirme con las que, por no leer las instrucciones y haber hecho ese ritual después de haber comido “alimentos negros” conseguí el efecto contrario, pero bueno.

Lo interesante es que esta mañana me he dado cuenta de que la charla del monje sobre la meditación y la filosofía budista fue muy provechosa. Cuando he llegado al Metro he visto que dos quinquis con un plumas de capucha de pelo y unos 25 años, venían corriendo tras de mí. Cuando han llegado al andén, el metro ya había cerrado sus puertas y se ponía en marcha, por lo que fuera de sí y gritando “Mecagüendios, mecagüendios” la han emprendido a patadas con el tren. Ahí estaban los dos, en mitad del andén 2 de Pueblo Nuevo (Línea 7), como dos toretes dándole puntapiés a los vagones conforme avanzaba el tren . Entonces me ha venido a la cabeza el monje budista tibetano de la semana pasada, el encargado de buscar por el mundo la reencarnación del súper jefe, y he pensado que les diría que no “personalizaran” su ira con el tren porque perder el metro sólo es el efecto de haberse entretenido durante el trayecto. Y llegar tarde a donde quiera que vayan sólo es el efecto de no haber madrugado más. Por lo tanto, ellos se lo han ganado.

En ese momento he dado respuesta a mi pregunta de “Y ahora cuando llegue a Madrid, ¿qué?” y he emprendido mi camino hacia lo que los budistas denominan “el despertar”. Ahora ya veo la vida con otros ojos y he conseguido dar explicación a todos los fenómenos de mi existencia, como por ejemplo, que el cambio de ph que me trae por la calle de la amargura no es mala suerte, es el efecto de una causa: lo bien que me lo estoy pasando.

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Matrimonio, a secas

Ayer el Tribunal Constitucional falló a favor del matrimonio homosexual (no voy a hacer apreciación alguna respecto al término “matrimonio” porque cuando se tiene una clase política que utiliza como utiliza la retórica, debatir esta cuestión me parece obsceno). Siete años ha costado que unos señores se pronuncien sobre la constitucionalidad o no de casarte con quien quieras independientemente de lo que esa persona tenga entre las piernas (y empleo el verbo “querer” como sinónimo de “amar” y de “tener voluntad”).

Lo que quiero exponer en este post es otra cuestión. Siempre me ha chocado que haya que casarse para “formalizar” una relación que va más allá de un papel. Desde mi punto de vista es un intento de privatizar la intimidad, y con ello digo: limitar la libertad de amar a alguien permitiendo que un tercero, como puede ser un juez, decida a todos los efectos qué límite se pone a tus sentimientos. Pero no voy a discutir sobre la “cosa privada” ni lo íntimo, porque no es lo que nos ocupa. Sobre todo porque, visto así, lo de ayer más que un motivo de alegría, sería un ejemplo más de los límites que establecen las instituciones. Por ello, esta reflexión la voy a dejar aquí aparcada, aunque escrita.

Lo que ocurrió ayer vino a demostrar, una vez más, que en la desobediencia está el éxito. Hace poco alguien que me está enseñando muchas cosas decía: “La clave está en desobedecer”, y tiene razón. Durante años, los sentimientos y los impulsos desobedecieron a lo establecido. Las niñas se rebelaron ante la pregunta: “¿Qué niño de clase te gusta?”; los chicos dijeron que el color azul no les representaba; y ambos, hombres y mujeres, le sacaron la lengua al hecho de tener que elegir entre enamorarse de unas o de otros, optando simplemente por amar a personas tanto dentro y fuera de la cama; o simplemente dentro, que tampoco es tan grave.

Me resulta triste que lo que quiera que sea “El Poder Judicial” tenga que escribir en un papel que es legal algo que, desde mi punto de vista, excede a su competencia. Me resulta invasivo que alguien se manifieste contra la legalidad de una cuestión tan íntima como los sentimientos que puedas tener por otra persona; me resulta igual de invasivo como juzgar el hecho de que alguien decida rezar por las noches porque cree que así entrará en el reino de los cielos. Sin embargo, poca gente se plantea que casarse es pasar a formar parte de una institución del mismo modo que ser bautizado es entrar a formar parte de otra, con la única diferencia de que, afortunadamente, en este país te casas de forma voluntaria (especifico lo de “en este país” porque hay culturas en las que es una obligación), mientras que cuando te bautizan lo hacen decidiendo por ti. Sin embargo, la decisión de firmar un papel para oficializar una cuestión íntima es la misma, independientemente de quién la tome, porque éste es otro debate.

Por eso, si me preguntan si estoy contenta o no con la decisión de ayer, he de decir que depende. Por una parte me resulta triste porque este fallo implica que todavía alguien tiene en su mano decidir si prevalece el hecho de con quién podemos compartir nuestra vida sobre el hecho de con quién queremos compartirla. Por suerte, el fallo ha sido positivo, pero podría haber sido al revés. Sin embargo, por otra parte estoy muy feliz porque, en el fondo, estamos hablando de sentimientos y por fin, en esta sociedad para lo que “lo legal” es a veces tan importante y otras baladí, hay escrito en algún lugar que todos tenemos derecho a elegir con quien queremos compartir nuestra vida para siempre, o a ratos.

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Santiago Carrillo rumbo al Purgatorio

Al salir del trabajo he leído un tuit en el que se decía que Carrillo había muerto. Al ver que lo ha hecho con la edad de 97 años, he pensado que las campañas antitabaco no tienen sentido. Mi cerebro se ha convertido en una nube de tags y hastags sin fin: #AutopistaAParacuellos, #Pelucas (y por ende, #Peluquitas y #NancysRubias); #Pablo, mi vecino, al que su madre llama cariñosamente Carrillo cuando se pone a hablar de política.

En esas estaba cuando me ha venido un flash del día que lo conocí. Fue en la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense. Era mediodía. Llegó entre más vítores que abucheos aunque todos, unos y otros, entramos en el salón de actos a ver qué decía. Tenía a 10 metros escasos y con un foco “apuntando hacia su persona”, como le gusta decir a Isabel Pantoja cuando está en televisión, pero en su caso, el artículo está en primera persona, a un trozo de historia. Sin embargo no lo miré y casi no lo escuché. Aunque oía de fondo el runrún de su voz, las preguntas de los alumnos, su versión de la historia, las interrupciones de quienes le abucheaban y demás, mi vista estaba en otro lugar, concretamente al fondo a la izquierda. Allí, prestando atención y estoy segura que con la cabeza en otro sitio, estaba uno de los amores de mi vida y al que acababa de besar por primera vez hacía unos minutos.

Fue un 23 de febrero.
RIP a este trozo de historia (trozo, no pedazo). Para él esta canción, para que la lleve cuando vaya camino al Purgatorio fumándose un piti: Peluquitas

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