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El verano ha llegado a la ciudad

Llevamos casi una semana de verano y En La Palmera todavía no hemos escrito ningún post dándole la bienvenida a tan excelsa estación. No es porque uno de los principios de nuestra línea editorial sea llegar tarde a la cobertura de cualquier hecho o evento sino porque, oficialmente, todavía no lo habíamos vivido en nuestras carnes.

Ha sido esta mañana cuando, por primera vez desde que comenzó la época más calurosa en el hemisferio septentrional , he sufrido en mis propias carnes la llegada de tan temida estación. No ha sido el calor ni tampoco las molestas y poco estéticas marcas que deja patinar bajo el sol, lo que inaugura la época estival para una mujer es torcerse un tobillo tras hidratarse los pies y calzarse las sandalias de turno sin haber dado tiempo a que la crema se absorba. Así ha sido como hoy, a pesar de haberme despertado a las 5.32 am, he esperado a sacar el bote de Neutrógena para pies treinta segundos antes de salir de casa.

Como la ratita presumida, in a really cute Kling dress, he abierto la puerta de la calle y he salido ufana a encontrarme con la vida. Veinte pasos ha durado mi periplo mañanero, los veinte pasos que han sido necesarios para coger confianza, pisar fuerte y notar cómo mi talón derecho se escurría de la sandalia lavanda, tocando en un segundo los 7 cm de tacón que lo separaba del suelo.

 

A really cute Kling Dress

 

Con mucho estilo he caído al suelo. Mi práctica en caídas ha hecho que apoyara las manos a tiempo para que mi estupendo pintalabios Rojo Chili de MAC quedase intacto en mi boca. Más preocupada por si me había manchado que por si había dejado al aire mis vergüenzas, me he levantado y digna me he sacudido el polvo de la falda. Acto seguido me he vuelto a recoger el pelo y he seguido camino del metro.

El destino ha tenido a bien unos segundos después lanzarme un mensaje en forma de cartel publicitario: “Ahora, caerte sólo dependerá de ti”. Y con esta caída y este mensaje, que con sarcasmo fino se suma a la listas de caprichos que el destino me ha puesto hoy en el camino, inauguramos el verano EnLaPalmera.

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Dramita mañanero. Caída en el metro.

Acabo de llegar al curro y me voy a tomar cinco minutos para contaros lo que me ha ocurrido hoy en el metro. Me he bajado en la estación de Ciudad Lineal, concretamente por la salida de la calle Albarracín. Todo transcurría como de costumbre (gente, carreras, looks imposibles…) hasta que la he visto. Llevaba un vestido verde (50% algodón, 50% elastán, probablemente), tenía las piernas morenas y fibrosas, pero no en exceso; y, por lo que he podido deducir al verlas, tiene hecha la depilación láser. Su pelo estaba cortado por encima de los hombros y ligeramente ondulado. Morena. Castaña.

Se le adivinaba un tanga. Un tanga que podría ser de Unno u “Ottro”, ésos que intentan imitar a ese “Unno”. Sus chanclas eran de Ipanema, como las mías, sólo que en dorado y naranja.

Cuando la he visto, he pensado: “¡Pero si se ha subido en mi estación!”. Efectivamente, habíamos llegado juntas al metro. Mientras subía las escaleras que llevan a los tornos, miraba el movimiento que hacían sus gemelos al apoyarse en cada escalón. Era un movimiento perfecto. Se ha acercado a los tornos, con rapidez, y ha abierto la barrera con soltura, acompañándose con un gesto de pelo súper tupper grácil.

He bajado de nuevo la vista hacia sus gemelos y ahí estaba, ahí estaba el primer shock de la mañana: andaba con los pies para afuera. ¿Cómo no he podido darme cuenta de eso? Andaba como una señora de 70 años, de ésas que ya tienen los tobillos hinchados. En ese momento, he caído en la cuenta: ¿Y yo? ¿Cómo andaré yo? He intentado prestar atención a mis pasos, a la postura de mis piernas, al apoyo de mis pies sobre mis chanclas Ipanema. Y en ese momento, cuando nos disponíamos ambas a subir las escaleras que salen a la calle, ¡zas! Me he dado una hostia. Me he tropezado con la alcantarilla que hay justo antes del comienzo de las escaleras. Primero he puesto la rodilla, que ha dado en el bordillo del escalón. Las manos, el codo y todo lo demás, ha caído seguidamente. Mi bolsa-bolso de Kling se ha vencido hacia mi pecho y, no sé cómo, me he quedado a cuatro patas en las escaleras del metro y con mi falda verde prado medio subida.

La avalancha de gente ha sido instantánea:

-¿Está bien? –me ha preguntado un macho alfa, uno de ésos que siempre me encuentro cuando estoy en una situación ridícula, pero que esta vez me ha llamado de “usted”, como si no fuera bastante el sofoco que tenía.

-Sí, gracias, solo me he tropezado. Muchas gracias –intentaba decir mientras me recomponía con la mayor dignidad posible de esa postura y esa situación.

-¿Necesita ayuda?

-No, gracias, no…

Como he podido, he subido dignamente las escaleras, intentando poner cara de “aquí no ha pasado nada y no he sido yo la que se ha quedado a cuatro patas en las escaleras del metro”. La gente me miraba como diciendo: “Pobrecita, ¡qué torpe!” o “Vaya hostia” o ¡Qué lerda!, vete tú a saber.

Mientras tanto, yo, disimuladamente, comprobaba que la uña del dedo gordo de mi pie derecho estaba rota, por lo que se me ha ido la pedicura a tomar por saco, y que tenía un rasguño en el índice de ese mismo pie.

La chica del vestido verde me ha adelantado y, mientras lo hacía, con su tanga de “Unno” u “Ottro”, me he dicho a mí misma: “Esto te pasa por chunga, mirona y criticona”.

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