Archivos Mensuales: mayo 2013

Un “Basta!” a la violencia de género

Hoy tenemos una colaboradora especial #EnLaPalmera. Aquí va su post!:

Imagen de Irma Gruenholz

Imagen de Irma Gruenholz

Hoy, 24 de mayo de 2013, ya son 25 las mujeres asesinadas en España por violencia de género. Desde que comenzó el año1.19 mujeres han sido asesinadas por su pareja o ex pareja. Pero la violencia no son sólo los golpes, también existe la violencia psicológica:  las amenazas, las coacciones, los insultos… Por eso, sea cual sea la forma de violencia de género que estés sufriendo: #NoLaToleres #Denuncia #Marca016 #PáraleLosPies #Vive Y recuerda: No te sientas culpable, porque la violencia jamás está justificada. No te avergüences, porque no eres tú quien está haciendo daño. No te resignes, porque tienes derecho a decir BASTA. Y No te rindas (huelga decir el porqué).

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El color de las flores supervivientes

Los libros dicen que es el color de la energía, de la fuerza y de la alegría. También es el color de la resistencia y la confianza… Los científicos aseguran que su contemplación hace que llegue más oxígeno al cerebro produciendo una sensación de vigor. También es el color de la creatividad. Es una mezcla de rojo, el color de pasión; y el amarillo, el del sol.

Pero este color es mucho más que lo que dicen los libros. Es el color de mis frutas favoritas, como ésa que me deja un olor en los dedos que no se va por mucho que me lave las manos, o la que me despierta por las mañanas, siempre con pulpa; o esa otra que me deja una pelusilla en el bigote cuando madurísima me atrevo a darle un bocado sin lavarla bien; o una que no sé si me gusta más por su carne o por su hueso y que por fuera me recuerda al pico de un tucán.

Es el color que da calor sin quemar, como los atardeceres en la playa, cuando el sol te calienta y broncea la piel para que sepas que está ahí para mimarte y que se va, pero que mañana vuelve. Es el color de mi colonia preferida, una que olía a cítricos y gominolas y que llevé durante mi adolescencia, pero que ya no se fabrica. Y el de los peces que todos hemos tenido cuando éramos pequeños.

Es el color con el que los semáforos te dicen pasa, confía, pero con cuidado. Es el color que se escondía tras la carroza de Cenicienta  y del que se tiñen las noches del 31 de octubre en Estados Unidos. Es el color de los pasajes de árboles en mi estación favorita, el inicio del otoño, que es otra estación aparte.

Es el color de ese sabor que mezclado con el chocolate negro da lugar a mi mezcla de sabores favorita, y del Gran Cañón.

Y, a partir de hoy, es el color del aquí y el ahora; el de mi Séptimo Mandamiento; el de una tarjeta escrita sin márgenes y sólo por una cara. Es el color de unas flores que sobrevivieron a 35 kilómetros en moto una mañana de mayo y que llegaron a mi oficina de la mano de alguien cuyo color en mi whatsapp también es naranja.

Mil gracias! : )

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Las bodas de mis amigas, mi próxima comedia romántica

Llega un momento en la vida de una mujer en el que en tu día a día te mete en situaciones que bien podrían formar parte del guión de una comedia romántica. La época “Eventos” es una de ellas. Un buen día se empiezan a acumular en tu correo invitaciones a bodas, fiestas de bienvenidas al mundo, despedidas de soltera… y te ves, como una mujer independiente y sola que eres, reservando aviones y trenes a tutiplén para estar al lado de tus amigos. También te ves haciendo cuentas (sin querer mirar lo que te queda en la cuenta corriente) para ver si reciclas traje o no; si estrenas zapatos, si haces un regalo u optas por pedir limosna.

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Es cierto que mientras estás en la vorágine de la preparación no repararas en nada más pero de repente, haces un alto y ahí te ves tú, hecha una Katherine Heigl en 27 vestidos, acumulando bodas, bautizos, comuniones, despedidas… y viendo cómo tus amigos dan pasos en sus vidas mientras tú sigues considerando un planazo salir una tarde con los patines y sientes por los chicos un odio parecido al de un adolescente de Hermano Mayor por sus padres.

Además, llega un momento en el que te das cuenta que irte con tus amigas unos días a la playa, como cuando estabas en la facultad, se ha convertido en una misión imposible porque, aunque ahora tengas dinero y puedas inflarte a mojitos que no sean de garrafón, vienen fagocitadas con el marido o los niños. Tu amigo y confidente de toda la vida te escribe para decirte que ha conocido a la mujer de sus sueños y que está deseando presentártela; tu amigo el gay, al que jamás creíste que colocarías, se ha echado pareja y pasa de ti. Incluso tus amigas bollo, las que siempre has tenido para una juerga, se quedan en casa porque están ahorrando para una inseminación.

Hoy, mientras me dirigía a la ducha bailando al son de “Luces de plástico me iluminan”, de Ciudad Neón, he tomado conciencia de que ya formo parte del club de “Protas de Comedia Romántica sin comedia” y que terminan sumergidas en un Romanticismo más propio de Werther que de otro estilo. Ese club que años más tarde termina disgregándose para dar paso a mujeres solteras y solas con un gato y que asustan al niño del tercero.

Así, es como tras añadir en mi Excel el Baby Shower de Daniela, me he encontrado con que este año tengo ocho eventos de primer nivel entre bodas, comuniones, nacimientos bautizos… Mi abuela, que es muy sabia y ve mi futuro, ya me advirtió el año pasado: “No vayas a ninguno, que tú no te vas a casar y no te van a devolver el regalo”, pero yo, que no le hago caso ya tengo preparado mi vestido color lavanda mientras voy perdiendo amigos en pro del amor y suena de fondo una canción propia de peli de Jennifer Aniston.

 

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Y entre vermuts y tortilla pasó Elena

El destino existe, chicos, ¡existe!. Pude comprobarlo ayer por la tarde cuando quedé a tomar un vermut de grifo. En principio todo estaba organizado para ir a la Plaza de Chueca, a la Taberna de Ángel Sierra, porque quería que mi amigo probara esos. Pero cuando llegamos al punto de encuentro, yo estaba con un ataque de hambre que le contagié. Además empezó a chispear y se nos antojó un pincho de tortilla, de esa tortilla que sólo saben hacer en un sitio. Así fue como en cuestión de segundos cambiamos nuestros planes y nos dirigimos a La Ardosa.

Cogimos una mesa de cara a la calle y allí, sentados sobre dos taburetes con respaldo, pedimos unos vermuts y un pinchito de tortilla (menú que ampliamos más tarde con más vermuts, otro pinchito de tortilla, salmorejo de la casa…). Allí echamos la tarde, como dos viejas tras un visillo, viendo pasar a la gente por delante y por detrás, gracias a un avispado y oportuno juego de cristales.

En esas estábamos, hablando de nuestras cosas, cuando de repente me dijo: “¡Mira, Elena Anaya!” Como un resorte giré la cabeza. Lo hice con tanto ímpetu que de haberla tenido metida a rosca en el cuello, ésta habría salido despedida planeando como un molinillo de motor. Era mentira, pero podría haber sido verdad. Seguimos hablando después de las coñas pertinentes y al rato me dice: “¡Natalia Verbeke!”. Hice la misma operación, con un giro de cabeza mucho más suave, directamente proporcional al entusiasmo que ésta me despierta. Una vez más estaba de coña.

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Seguimos con nuestros piquitos de pan y nuestro salmorejo, comiéndonos la tortilla a trozos pequeños para que durara más cuando, de repente, suelta: “¡Hostia, ahora sí, que sí, Elena Anaya!”. Y sí, señores, sí. Elena Anaya cruzaba por la acera de enfrente de La Ardosa pegada a un móvil. Mi amigo dice que me puse a gritar como una adolescente de mi quinta ante Luke Perry (lo de Luke Perry es mío) pero no lo recuerdo. Sólo sé que con su pelo semirecogido y una parca oscura, pasó como una exhalación frente a nosotros.

Aunque no estaba tan nerviosa desde que con quince años conociera a Julen Guerrero, lo primero que hice fue lo que hizo Dominguín tras acostarse con Ava Gardner: ir a contarlo. Adaptándome a los tiempos, esto se resumió en poner un post en Facebook.

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En fin, que esto es de lo mejor que me ha pasado en los últimos meses y estoy muy muy contenta aunque nadie en la oficina me comprenda. A ver si esta tarde el destino tiene a bien ponerme delante a Scarlett Johanson y puedo decirle que ayer, frente a La Ardosa, vi fugazmente a Elena Anaya.

PD. Después aparecieron Blanca Suárez con Miguel Ángel Silvestre, monísima ella también y un pelín gañán él, pero esta historia ya no es tan importante.

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