Archivos Mensuales: julio 2014

El señor que vende sus libros

milan kunderaSalí del trabajo tarde y me apetecía caminar, pero todavía hacía demasiado sol. Los días frescos del inicio del verano se habían ido a otro lugar, quizás al norte, y, aunque la aguja del reloj pasaba las ocho de la tarde, andar por el sol y entre el tráfico era cosa de valientes o de insensatos.

Me cambié de acera en cuanto vi el primer paso de peatones. Con el confort y la tranquilidad que da caminar por el lado fresco de la vida, le dejé vía libre a mi mente, que otra vez me puso la zancadilla. Mientras intentaba dominarla en un ejercicio de “no, no vayas por ahí, ve por allá”, pasé al lado de un señor.

Lo primero que vi fue su carta de presentación, tan común desde hace tiempo. Era un cartón doblado por la mitad y apoyado en el suelo con el que alguien pedía una ayuda. Giré la cabeza para ver quién había tras ese mensaje y vi a un señor alto, delgado y con barba oscura que, resguardado en un soportal de un centro comercial, leía.

Otro golpe de vista me llevó a una caja de zapatos en la que había unos cuantos libros expuestos; y, a la izquierda de ésta, un bote con algunos céntimos.

Pasé de largo y seguí andando. No sé si di diez pasos, no sé si veinte. Paré. Saqué el monedero de mi bolso para comprobar cuánto dinero tenía. Un billete de cinco euros bailaba en soledad al lado de un céntimo. Volví.

-Buenas tardes -le dije.

-Buenas tardes -dijo dejando su lectura y acercándose a mí.

-¿Vende sus libros?

-Bueno, no los vendo exactamente. Es la voluntad.

-¿Son suyos? – Había uno de Michael Crichton, otro de Baroja

-Sí, son libros míos y alguno me lo han dado.

-Tenga, esto es para usted -Le di el dinero que llevaba mientras pensaba qué pasaría si yo tuviera que vender mis libros. Abrió los ojos, miró su bote, que tenía unos céntimos. – Bueno pues… que pase una buena tarde -le dije sin saber muy bien qué decir.

-Espere, coja un libro…

-No, no se preocupe.

-Sí, por favor, coja uno.

Miré los cinco o seis libros que tenía y opté por uno de ellos.

-Desde que leí La insoportable levedad del ser siempre he querido leer algo más de Milan Kundera -le dije.

-Sí, este libro no está mal.

Lo cogí y me lo llevé a la nariz. Cuando el acordeón de sus hojas estaba acariciándola y desprendiendo el olor que guardaba, tomé consciencia de que la inconsciencia de mis manías me había llevado a hacer ese ritual tan habitual ante un desconocido, que sonreía ante el gesto. Un poco cortada por eso le dije:

-Lo leeré muy a gusto. Muchas gracias.

-Gracias a usted -contestó.

Metí el libro en mi bolso y retomé mi paseo dándole vueltas a la posible vida de ese amante de la lectura que sale a la calle, quizás cada tarde, a vender su libros por la voluntad en los primeros número de Hermanos García Noblejas, a la sombra. 

 

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La mujer de rosa

Ayer tenía la cabeza como una cafetera, llena de problemas. Ni siquiera me había calmado la visita a la filmoteca, ni las cañas con mis amigos en La Provencita (el puesto 23 del Mercado de Antón Martín), ni el paseo por Lavapiés mirando esas pequeñas tiendas de grandes mundos.

Subí al autobús, al 34. Este es un número que me gusta. Me gusta porque me gustan los números pares, pero también porque lleva mis dos números favoritos, el 3 y el 4. Una amiga decía que si cuando te dan a elegir un número, eliges el 3, sueles ganar. Y es cierto. También lleva el número 4, que es un número bonito, sensato. Juntos suman el 7, que dicen es el número de la suerte. Además, si los multiplicas, dan como resultado el 12, que es un número mágico porque cada año la luna gira doce veces alrededor de la Tierra; y en la mitología griega, una de mis grandes pasiones, los principales dioses eran también eran 12: Zeus, Atenea, Apolo, Hera, Afrodita, Hefesto, Poseidón, Hermes, Ares, Artemisa, Hestia y Deméter.

Subí al autobús 34, decía, y me quedé en la puerta del medio, apoyada en la baranda amarilla. Me había dejado olvidada a Rayuela en el trabajo y no tenía con qué entretenerme, así que pensaba, pensaba, pensaba… En esas estaba cuando paró el autobús. Se abrieron las puertas. Fuera esperaba una chica joven con una señora en silla de ruedas. La señora, que estaba más cerca de los 90 que de los 80, iba vestida de rosa completamente, como un algodón de azúcar en una feria. Su cara estaba oculta por una enorme pamela de paja y no pesaría 30 kilos. Parecía un pajarito posada en su silla. Ambas mujeres esperaban. Miraban hacia el conductor. Yo las miraba a ellas. La puerta seguía abierta.

-Perdona, ¿vais a subir en éste? -le dije a la chica.

-Sí, pero tiene que cerrar las puertas para sacar la plataforma.

-Ah, ok. ¿Se lo digo al conductor? ¿Te ha visto?

-Sí, creo que me ha visto, gracias.

Las puertas se cerraron. Las tres, la chica, la señora y yo, estábamos atentas a la plataforma, pero no salía. Fui hacia el conductor.

-Disculpe, esas señoras necesitan que saque la plataforma.

-Creo que se ha roto… -me dijo mientras intentaba solucionarlo.

Volví a mi sitio y les dije: “Se ha roto”. En ese momento, entre unos y otros, subimos a la señora al autobús. Me gustó ver que, en unos segundos, un grupo de desconocidos nos habíamos organizado como un ejército de hormigas para ayudar a otra desconocida. Ni siquiera habíamos necesitado hablar y, lo que era mejor, sabíamos que teníamos que hacerlo.

Sería porque tenía la cabeza como una cafetera o porque a veces estás más sensible, pero me gustó pararme a observar que todavía somos capaces de ayudarnos unos a otros sin necesidad de conocernos. Que todavía nos mueve el impulso de la educación, el sentido común y el instinto de ayudar a los demás. Me gustó tanto como ver que, una vez la señora hubo subido al autobús, se quitó su pamela rosa, se atusó sus cuatro pelitos blanco transparente y nos sonrió mientras la chica que la llevaba, que supongo era su hija, se acercaba a su cabeza, cerraba los ojos, le daba un beso e inspiraba su olor.

Igual esta historia os parece una tontería, pero la vi preciosa. Además, consiguió que, durante ese rato, mi cafetera dejara de sonar.

Porque la vida no son las cafeteras, sino otra cosa. La vida es estas cosas.

 

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De nombre “Hombre Libre”.

Tenía barriga, una barriga enorme. Tenía un lunar entre el pómulo izquierdo y la sien, recubierto con una mancha del mismo color que el zumo de uva negra. Tenía los dientes pequeños, quizás de chirriarlos por las noches. Tenía una caja torácica que, cuando dormía, se convertía en una caja de truenos. Tenía una casa en un pueblecito de la frontera, cerca de Francia. Tenía las piernas flacas. Tenía la costumbre de sentarse en una silla con las piernas abiertas, los brazos estirados y las manos entrelazadas. Una postura que acompañaba de un movimiento de cabeza que asentía. Asentía ante la vida con conformidad. “Así tienen que ser las cosas”, parecía decir.

Tuvo un hijo a los dieciocho años, un nieto a los treinta y seis, y un bisnieto a los cincuenta y cuatro. Tuvo una habitación con su nombre en casa, que sigue llamándose con su nombre aunque nunca la utilizó.

Fue padre en seis ocasiones, abuelo en cinco y bisabuelo en una. Tuvo una mujer para toda la vida y muchas que rellenaron casi todos los días de esa vida. Sí, tuvo éxito con las mujeres, más del que debería haber tenido; pero menos del que le hubiese gustado tener.

Hace un par de días pensé ese día en el que su vida dejara de escribirse en presente, pretérito perfecto simple o pretérito perfecto compuesto, con algún futuro, para comenzar a escribirse en pretérito para siempre. Me extrañó. No supe a cuento de qué. Pero el caso es que acabo de recibir una llamada para decirme que ese día empieza hoy.

Tuviste un nombre, de origen griego, que significa “hombre libre”.

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La Cosmética de Amélie Nothomb

Cerré el libro y me quedé en silencio. Volví a abrirlo y conté catorce renglones, los renglones finales, los renglones que yo quitaría a esta novela. Hice una foto. Subí un post a Facebook. Tenía que contarlo.

amelie

Cosmética del enemigo era una de mis novelas pendientes, en parte porque la ha escrito mi autora favorita, Amélie Nothomb. La cogí con ansias y a las dieciséis páginas apareció el primer “¡boom!” o lo que en televisión se llama el “efecto terremoto”. Para ese momento ya había disfrutado de una magnífica disertación sobre la etimología de “texto” que me hizo recordar una entrada que escribí semanas atrás (ver entrada). Llevaba ocho hojas de diálogo ininterrumpido. Ágil, absurdo, estresante. Pum, pum, pum. Con un personaje insoportablemente pesado que asalta a un señor en un aeropuerto para contarle su vida. ¿Cómo reaccionaría yo si me ocurriera esto?, pensaba mientras el diálogo continuaba.

Quería seguir leyendo pero cada página leída era una menos por leer y solo había noventa y cinco. Por otro lado, Textor Texel me sacaba de quicio. No lo soportaba. Así que cerraba el libro cabreada pero volvía a abrirlo porque claro: ¿cuándo podía cortar la lectura? No había puntos y aparte. No había fin de capítulo. Era un diálogo ininterrumpido. Si cerraba sin más me sentía insatisfecha. Me tenía en jaque: por un lado, no soportaba a uno de los personajes; por otro, no era capaz de cortar sin quedarme con información colgando.

Esta historia trampa te va metiendo en una espiral. Tardas en acostumbrarte al incordio de Textor pero lo consigues. A veces tienes que volver atrás y reanudar el diálogo para no perderte entre ambos personajes. Llega un momento en el que comienzas a disfrutar de sus disertaciones locas, absurdas, intolerantes, denigrantes… Es difícil pero lo haces porque empiezas a leer más allá del contenido. Te fijas en la fórmula matemática que dirige su lógica y piensas en la autora y en cómo ha tenido que dividir su mente para escribir la novela. Y ahí estás tú, disfrutando de la versatilidad y capacidad de la pluma de Amélie Nothomb cuando, ¡tachán! comienza a hacer aparición una procesión de autores ocultos entre sus líneas.

Dostoyevski se deja entrever pronto, casi de inmediato, a mitad de la novela. Con él aparece el castigo y “su moral” y, con ello, un mensaje al lector de posicionamiento ante los personajes. Estas cosas las odio, las odio porque remueven por unos segundos mis principios básicos, sólidamente cimentados. No contenta, saca a relucir a Spinoza y su idea del bien, del mal, del placer; Max Stirner también tiene un hueco con el egoísmo… Sin darte cuenta estás en medio de un diálogo absurdo, sí, pero con mucha chicha. Está lleno de argumentos perfectamente articulados para una mente enferma y referenciados que te dejan fuera de juego y que, afortunadamente los tumba tu moral, tu moral de ser humano (entendiendo humano como algo que va más allá de lo que nos viene concedido como especie) y de ser humano mentalmente sano, pero que, como una cebolla, va deshaciéndose de capas hasta quedarse desnudo.

Cuando terminé la novela pensé que merecía una segunda lectura. Que debo ahondar más en Spinoza y conocer a Stirner y el Jansenismo para descifrar las pistas que ha ido dejando la autora, porque estoy segura de que las hay. Lo ha hecho, las ha dejado y yo las he perdido por desconocimiento. Mi lectura se ha quedado en una lectura superficial pero que me ha presentado un diálogo ágil, un discurso enérgico, una discusión perfectamente estructurada, una invasión a mi integridad como mujer que preferiría haber evitado, un momento vomitivo (solo comparable a los momentos vomitivos de Bukowsky), un objetivo: leer todo lo que caiga en mis manos sobre Spinoza, Stirner, Pascal, y los jasenistas para descubrir los secretos de esta pequeña novela cuando vuelva a leerla; y una resolución clara: estamos ante una de las mejores escritoras contemporáneas.

 

 

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