Archivo de la etiqueta: Federico García Lorca

Lorca es para el verano

A Federico García Lorca hay que leerle en verano, cuando la canícula aprieta, cuando la luz que impregna sus obras atraviesa las páginas para cegarte e iluminarte la razón y el corazón.

Todos los veranos releo La Casa de Bernarda Alba; unos, completamente; otros, páginas sueltas. No entiendo el estío sin esta obra. Cada vez que abro este libro soy capaz de sentir el calor que debía caer como plomo en esa casa de almas enlutadas y paredes pulcramente encaladas. Puedo sentir el polvo que levanta el caballo de Pepe El Romano. Seco. Puedo percibir el frescor de Adela, cuando de madrugada se acerca sudorosa y febril a la ventana para que le acaricie la brisa y el hombre… Incluso no resulta difícil imaginar las largas y aburridas tardes bordando de esas pobres, jóvenes y condenadas hijas, sin que corra un pelo de aire en la casa, tan sólo el de los abanicos y el de las envidias, las traiciones y el que levanta la velocidad de los malos pensamientos.

La Casa de Bernarda Alba encarna un drama que sólo puede vivirse en verano. Cuando la locura seca los sesos. Cuando esa quietud que trae la falta de brisa, el calor plomizo y reseco, y la luz que abrasa con tan solo mirarla hace que dejes de respirar para centrar toda tu atención en esta maravillosa obra.

Lorca era un genio.

 

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Y así como lo recuerdo era mi abuelo

Yo tuve un abuelo muy flacucho que se fue un 14 de julio, el aniversario de la Toma de la Bastilla, hace hoy veinticinco años.

Apenas veía. Tenía los ojos pequeños, uno azul y otro gris, cubiertos por unas enormes cataratas. Sus gafas, de concha, tenían unos cristales gruesos, abombados y amarillentos que asomaban bajo una gorra verde.

Iba siempre apoyado en una garrota, arrastrando los pies debido a un accidente del que nunca se había recuperado. Fumaba una barbaridad. La vida le hizo pasar del bando azul al rojo. Es el poder del tiempo…

De él recuerdo sus chascarrillos, una tarde enfermo, en cama, durante la que le conté historias fantasiosas para distraerlo; sus bocadillos de sobrasada, sus tardes en el bar de los jubilados jugando al cinquillo (era el lugar donde siempre lo encontraba) y el hilillo de agua que salía del grifo mientras cocinaba (¡siempre con las manos tan limpias!). También recuerdo una discusión que escuché a escondidas sobre por qué asesinaron a Federico García Lorca cuando TVE hizo una serie sobre su vida (no era en absoluto literaria, tan sólo política. Las heridas de la Política tardan en cicatrizar).

Recuerdo sus propinas de cinco duros, sus trucos de matemáticas y mi enfado por unas patatas fritas demasiado cortitas, que espero me haya perdonado; sus camisas blancas de rayas finas y muchísimas otras cosas. Parece que hasta quiero recordar su olor a tabaco.

Si hubiera estado aquí en los tres últimos años, pienso a veces, habría soltado un “Me cagüen dios” como una catedral y habría removido cielo y tierra hasta el final.

Mi madre, siempre que cuenta alguna anécdota suya, sea la que sea, termina diciendo: “era un trotero”. Lo era.

Últimamente pienso en él siempre que leo en el sofá de casa y lo recuerdo fantástico. Y así, como lo recuerdo, era mi abuelo.

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Visita a La Laforet, a Andrea y al carrer d´Aribau

5289_I_H_Laforet, Carmen.cult Faltan tan sólo unas horas para que vuelva a pasear por Barcelona. Siempre que voy  pienso inevitablemente en Andrea, la protagonista que tan magistralmente tejió Carmen Laforet cuando en este país tenías que volar a ras del suelo con la esperanza de encontrar cielos más estrellados, cuando tenía que hablarse en voz bajita para que no te oyeran, pero sí te escucharan quienes estaban deseando escuchar esas voces que hablaban de esperanza.

Suelo pasear por el carrer d´Aribau, habitualmente en la moto de Carol, pensando que, quizás, tras alguno de esos edificios todavía resuenen los ecos del frustrado tío Juan maltratando a Gloria, su mujer; o los de Román, enfermo manipulador, fumando asquerosamente mientras hace de la seducción una tabla de salvación. Intento poner cara a Pons, a Gerardo y a Jaime…; a Ena, a la abuelita y a la represión de tía Angustias (que hace que piense en otra Angustias, la hija mayor de Bernarda Alba. Ambas Angustias tan desgraciadas… la primera por desagradable y la segunda por desafortunada).

Carmen Laforet escribió Nada en 1944. Todavía resonaban en las horas de sueño de muchos lectores los bombardeos, tan sólo hacía ocho años que Lorca había comenzado a yacer perdido en un olivar. La miseria se iba extendiendo por la piel, la mente y el estómago de muchísimas familias, como la de Andrea. Personajes de personas andantes, con sentimientos completamente desmembrados e ilusiones erradicadas, cuya supervivencia se tambaleaba fuera de las páginas de los libros.

Cada vez que viajo a Barcelona visito, inevitablemente, a La Laforet, la autora de ese libro que comencé dos veces para dejarlo apartado hasta que un tercer intento me hizo comprender que hasta ese momento no había estado preparada para perderme entre sus páginas. A La Laforet… esa mujer de media melena y raya al lado, devota de Santa Teresa de Jesús, que fumaba pizpireta en esa famosa foto, sacando la lengua con la mirada.

Mañana viajo a Barcelona, pasaré allí el fin de semana. Como de costumbre, aprovecharé para recorrer el carrer d´Aribau y “visitar” a Carmen y Andrea, aunque esta vez lo haré paseando, porque Carol, en esta ocasión, no traerá la moto.

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El día que decides escribir

El día que decides que lo que tú quieres hacer en esta vida es escribir, tomas, sin saberlo, la mejor decisión de tu vida. Te conviertes en ladrón de historias ajenas; en ese ladrón que corre tras las Musas mendigando inspiración, para luego buscar momentos a solas durante los que robarle a la realidad su parte real y convertirla en literatura (unas veces con más acierto que otras).

Escribir es pulsar con la yema de tus dedos las teclas que llevan el pasaje a otros mundos; es adulterar lo que ven tus ojos con lo que quiere ver tu mente, de forma que quede bonito cuando se cuente en alto, cuando esos toques de tecla se conviertan en aire y sonido a través de la garganta de un desconocido.

El día que decides escribir sabes que aceptas, como decía Lorca, el trato de “medio pan y un libro” y que, cuando no tengas para comer, como dice mi madre en tono recriminatorio, “coges tus libros y te comes el papel”.

El día que decides que lo que quieres en este mundo es escribir, decides, sin saberlo, que vas a ser pobre de bolsillo toda tu vida, rico de espíritu y mendigo de corazón, y lo escribes.

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La experiencia de la Literatura

Anoche casi entro en éxtasis tras leer un extracto de una carta de Federico García Lorca a Anna Maria Dalí*. En ella recordaba su estancia en Cadaqués y “el canto tartamudo de las canoas de gasolina”. Tras leer este extracto paré en seco la lectura. Di marcha atrás y lo leí despacio, hasta la respiración estaba atenta: “el-canto-tartamudo-de-las-canoas-de-gasolina”. Casi podía imaginar su sonido, su cadencia. Casi podía ver, solo con eso, esas canoas de gasolina de 1925.

En ese momento, cogí el móvil y grabé un mensaje de voz a un amigo. En él intentaba transmitirle las emociones que me despierta la Literatura partiendo de la experiencia de leer las cartas de Lorca. Reflexionaba sobre cómo me sentía y terminaba preguntándole cómo es posible que se pueda vivir sin Literatura, para recordar, más tarde, las palabras de mi profesor de Semiótica sobre “la experiencia”, no desde el empirismo, sino desde la sentimentalidad.

¿Qué es lo que me emociona de ella?, me pregunté cuando ya hube acabado el mensaje. ¿Qué hace que sea algo imprescindible en mi vida? Pensé si serían las tramas, pero no… no son las tramas. No son los argumentos, que siempre dejo en un segundo plano. No es tampoco, aunque es muy importante, su capacidad de abstracción. Lo que me emociona realmente de la Literatura es diseccionar las expresiones, la brillantez de las composiciones gramaticales… Absorber las metáforas y disfrutar de las imágenes que forman en mi cabeza, y pensar qué habrá dentro de la cabeza de quien lo ha escrito para que se le haya ocurrido algo así. Quedarme con el aliento contenido y rebobinar ojos, mente y corazón para releer la última línea o el último párrafo mientras me conmueven esas palabras o esas figuras, no tanto por lo que la acción implique en el discurso de la historia, sino por ellas mismas: por su forma de cruzarse, de organizarse; por la elección correcta de ese verbo que tiene un matiz impecable; por lo que dicen y lo que quieren decir… Es lo que hace que, además de elegir autores, en ocasiones también elija el traductor.

Mientras escribo esto recuerdo ese precioso verso de Julio Llamazares que tan bien resume esta experiencia, similar a diseccionar en sabores un delicioso bocado, llevándolo a lo largo, ancho y profundo de tu boca: “Todo es lento, como el pasar de un buey sobre la nieve”.

*Querido Salvador, Querido Lorquito: Epistolario 1925-1936. Barcelona. Ediciones Elba S.L. 2013. 268 p.

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Medio pan y un libro

Han pasado 83 años desde que se pronunciaron estas palabras. Cinco años después, Trescastro se jactaba de haberle metido “dos tiros en el culo por maricón”. A él no lo asesinaron por maricón, lo asesinaron por valiente. Por rebelarse ante el mayor arma con la que cuenta el Poder para la sumisión de un pueblo: el robo de la cultura.

 

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“Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura». Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz”.

Federico García Lorca, en Fuente Vaqueros (1931)

 

La cultura es el origen de cualquier riqueza y el mayor poder con el que pueden contar las personas, los ciudadanos. Sin embargo, el pueblo sigue sin reivindicarla y, gracias a eso, el Poder sigue limitando su acceso, muchas veces sin hacer ruido. No hay nada mejor y más cómodo que tener ciudadanos fáciles. No lo olvides cada vez que te den la oportunidad de elegir a tus representantes.

 

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