Archivos Mensuales: febrero 2014

Un amor de juventud que ha durado toda la vida

Tenía veinte años cuando se enamoró de un chico. “Muy guapo”, decían. Él pertenecía a una familia rica y ella no, por lo que la familia del chico consiguió que ni siquiera llegaran a ser novios formales y se quedara en una historia de críos.

Cuentan que, en aquella época, en los pueblos, cuando una mujer tenía novio o medio novio y éste moría o la dejaba, ella tenía que casarse con un señor mayor, con un forastero o resignarse y quedarse soltera porque ya era una mujer con mancha. Con el tiempo él se casó, aunque nunca tuvo hijos, pero ella no volvió a estar con ningún hombre.

Muchos años después, cuando ella rondaba o, había pasado la cuarentena, fue un señor a pretenderla. Llamó a su puerta, ella abrió:

-Buenos días. Me llamo fulanito y vengo a pedirle que se case conmigo. Soy viudo, tengo dos hijos y soy de un pueblo de al lado. Me han dicho que usted es una buena mujer, trabajadora, limpia y que nunca se ha casado. Yo soy un hombre bueno y todavía soy joven, por lo que busco una mujer que me acompañe.

Mientras el señor, en un acto de valentía, le explicaba lo que le había llevado hasta su casa, ella escuchaba. Cuando terminó, ella le dijo:

-Le agradezco mucho que haya venido pero yo no me voy a casar. Si no pude casarme con quien yo quería, prefiero estar sola.

Mucho tiempo después, su amor de juventud murió y ella lo lloró como solo se llora a un novio. Ahora la moira Átropos ha cortado su hilo y, más de setenta años después, vuelven a estar juntos.

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Su proceso del olvido

Observaba cada día su proceso del olvido sin prisas, sabiendo que llegaría.

Lo observaba con la misma serenidad con la que se observa una lamparita votiva dejada en una playa de aguas tranquilas, y cuya luz se persigue desde la orilla con los ojos, mientras avanza por la inmensidad del mar.

Hasta que la mirada la pierde de vista.

Hasta que llega al lugar donde habitan los muertos del recuerdo.

Los olvidados.

Festival linternas flotantes. Hawaii. / THEBIGPINEAPPLE

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El niño tonto

Hoy, al llegar al Paseo del Prado, he levantado los ojos del libro. Al mirar por la ventanilla he visto a un chico. Tendría unos dieciséis o diecisiete años. Había salido a correr. Ejecutaba sus movimientos con lentitud, casi a cámara lenta. Al llegar a las marquesinas, paraba, miraba la pantalla del reloj y la temperatura, esperaba a que parpadeasen equis veces y retomaba su carrera. Nuestra velocidad era lenta, demasiado tráfico, así que podía seguirlo.

De repente, el niño que tenía enfrente ha levantado la vista del videojuego y ha reparado en él:

-¡Mira mamá, un tonto!

-Sí, pero calla – le ha dicho su madre, más preocupada por si lo habíamos oído que por lo que había dicho el niño.

Me ha sonreído apurada.

Este chico, unos segundos antes, se había parado, se había agachado con muchísima dificultad y había retirado una rama enorme que había en el Paseo para que nadie se tropezase. Después, había retomado su carrera.

Quizás los tontos seamos los demás. Quizás sea hora de empezar a redefinir ciertos conceptos y educarnos y educar en otros valores.

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El exceso

Hay una parte del pintalabios sacrificada, a la que ni nosotras mismas prestamos atención. Que no sale de paseo. Que no enmarca sonrisas. Que, despistada, no adorna ningún diente como si fuera una perlita de color. Que no se queda prendida en las mejillas, ni en las nucas, ni en otras bocas. Que no deja al descubierto a quienes aman a escondidas porque nunca roza el cuello de una camisa. Que no se restriega más allá el borde de los labios, víctima de un beso apasionado. Que no marida con saliva ajena ni recorre esófagos entre jadeos. Que no se queda como una ráfaga en la almohada. Que no siente el leve toque de una servilleta después de que lo haya rozado un buen bocado.

Es el exceso.

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Historia real de un San Valentín

Hace años, muchos años, más de veinte, cuando todavía estaba en el colegio, decidimos celebrar el día de San Valentín. Para ello cogimos una caja de zapatos, la envolvimos en papel bonito y le hicimos una abertura en la tapa. Cuando ya estaba bonita, la colocamos en un lugar visible y, justo encima, pusimos un folio que decía: Buzón del Corazón. La idea era poder decirle a alguien que te gustaba o, lo que era más importante, saber si le gustabas a alguien.

Durante todo el día la gente fue pasando por ese lugar para depositar su mensaje o carta de amor en la caja. Cada vez que pasábamos por ahí le echábamos un vistazo.

-¡Hay un mensaje!

-¿Para quién?

-Para fulanita

-Grrrr

Pasó el día de San Valentín y fue tal el éxito del Buzón del Corazón, que decidimos dejarlo toda la semana. La gente se animó y la caja se convirtió en un lugar de peregrinación: “Fulanita, que sepas que me gustas. Firmado, Menganito, “Te quiero, Fulanito. Firmado: Una chica de tu clase”, “Menganito, me vuelves loco. Firmado Frutanito” (con el consiguiente cabreo de Frutanito). Y así.

Todo era muy chulo, pero pasaban los días y yo no tenía ni un solo mensaje (algo que no me extraña porque, siendo como era la empollona, en el remotísimo caso de que pudiera gustarle a algún chico, ninguno tendría el valor de echar a perder su reputación demostrándome su amor). Tan dramática era mi situación que, cuando fui a dejar el mensaje para el chico que me gustaba, me enteré que ya había recibido uno y se lo había llevado otra más espabilada.

Frustrada, y viendo con temor que se acercaba el fin de semana, decidí hacerlo. Arranqué una hoja de la libreta de cuadritos tamaño cuartilla, le arranqué las hilachas de las anillas y escribí:

“Camino, te quiero. Firmado: Anónimo”

Nerviosa, por si alguien me veía, me dirigí al lugar dispuesta a tener yo también mi mensaje de amor pero, cuando llegué, la caja ya no estaba. Tenía 11 años.

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Tornaràs a tremolar

Sé que ahora no ves más allá de la punta de tu nariz porque dejas el espacio justo para que se te caigan las lágrimas, lo supe el otro día cuando me hablabas a solas por teléfono. Pero lo dice Mishima: volverás.

Volverás a llevar tu mirada hacia el horizonte, donde se junten el cielo y la tierra y abarcarás con tu vista los pájaros y los árboles que se crucen ante tus ojos. Volverás a desanudar tu garganta para que te salgan palabras claras, sin romper ni entrecortar; y risas, muchas risas. Volverás a abrir tu pecho sin miedo, aunque ahora no quieras, pero volverá a abrirse como vuelven a abrirse las flores cada primavera.

Volverás a despertarte con el desayuno como primer pensamiento. Volverás a pasar por los sitios que ahora forman parte de tu película y con ellos harás una película distinta, de esas que se ven una vez y otra y otra con palomitas y manta.

Volverás a acostarte en una habitación con el aire viciado y compartido; con restos de sudor en las sábanas y recuerdos todavía líquidos en tu piel.

Volverás a decir que te sientes feliz, que “por fin…”, que “por fin…”.

Volverás. Estoy segura.  (Y, mientras tanto, aquí estoy para ser tu brújula,como tú has sido la mía).

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Especie de niños en peligro de extinción

cerasHoy el autobús estaba a rebosar. Cuando he pasado la tarjeta he mirado al fondo con poca esperanza de encontrar un sitio. Mi sitio de siempre estaba ocupado. Quedaba uno libre en la fila de atrás. He avanzado dando bandazos y, a duras penas, he conseguido sentarme. A la derecha tenía a un señor que miraba distraído por la ventana y, a la izquierda, un niño y una niña de unos diez años.

Tras dejar la tartera, quitarme la bufanda, el gorro y ponerme cómoda, he abierto mi libro. No he podido leer ni la primera línea:

-Es una tontería que llevemos todos cajas tan grandes de ceras Manley. Lucas lleva una de 50 –dice el niño con voz de pito

-La mía es de 75 –responde la niña

-Podríamos compartirlas y así no tendríamos todas las cajas empezadas

-Yo no puedo compartir. No puedo compartir la mía de 75 con Lucas. Saldría él ganando.

-Ya… Por cierto, al final no va a ser tan malo compartir sitio con una chica

-Claro que no

-Mejor que con Amalio, que es muy pesado. No para de hablar. Oye, una cosa, y te lo digo en serio… Por favor, Patricia, ¡no hables tanto!

-Ya…

-Yo me siento muy mal porque tengo que apuntarte y no quiero. Pero entiende que no es justo que apunte a los demás y a ti no. Así que si te digo que te calles, cállate, por favor.

-¡Pues apúntame!

-Sabes que no lo voy a hacer. Sabes que te voy a dar más oportunidades que a los demás pero entiende que para mí esto es muy complicado porque, en cierto modo, me siento culpable de que la gente que apunto se quede luego castigada a las 15.30.

-Apúntame y me borras…

-No puedo hacer eso, Patricia. Tengo que ser justo y tratarte como a los demás, así que, por favor, si te digo que te calles, cállate…

-Vaaale

Ambos se han callado. Impactada con el razonamiento del niño, del que solo había visto las manos cuando hablaba del tamaño de las cajas de ceras Manley, y con su “en cierto modo” retumbándome en la cabeza (¿cómo es posible que salga un “en cierto modo” de la boca de un niño?), he abierto de nuevo mi libro y he comenzado a leer. Tras un par de minutos de silencio, escucho:

-No te habrás enfadado, ¿verdad Patricia?

-No. Solo me duele la cabeza y la tripa. Será la regla.

-¿La regla? Tú todavía no tienes la regla…

-¿Y tú qué sabes?

-¿No te estudiaste la lección? La regla se tiene a partir de los 11 ó 12. Te habrá sentado mal el desayuno.

-Pues yo creo que es la regla

-Es como si yo digo que tengo pelo en el pecho. Es más probable que sea una pelusa del jersey. ¿Te duele mucho mucho?

-Sí

-¿Aquí?

-Sí…

-Entonces es cagalera

Acto seguido, la niña ha sacado el móvil y ha abierto el whatsapp. Ha comenzado a hablar con una amiga, Melibea.

-Me bajaré antes, Melibea quiere que vayamos andando.

-Hace mucho frío…

-Ya, pero así se encuentra con Carlos y como le gusta…

-Ah, claro. Bueno, yo me bajaré más allá.

-¿No te vienes con nosotras?

-No

-¿Me acompañas a la puerta?

Ambos se han levantado y han ido hacia la puerta del autobús. El niño, rubio, con el pelo liso y algo largo, se colocaba el plumas rojo. La niña se ha adelantado y ha pulsado el botón de “Próxima parada”. Al llegar a la parada se han abierto las puertas y la niña, con sus patitas de araña, ha salido de un salto.

-¡Hasta luego, David!

-¡Hasta luego, Patricia!

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El chico calvo es Jesús Carrasco, el autor de “Intemperie”

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Ese chico calvo con bigotazo es Jesús Carrasco, el autor de “Intemperie”. Ayer estuve en la librería Albertien una charla-coloquio en la que participaba. Todo muy íntimo, muy bonito. Estaba a reventar, de hecho tuve que seguirla encaramada a una escalera. Llevé el libro para que me lo firmara (todavía resacosa porque terminé de leerlo el lunes).

-Creía que estabas loco*. A veces paraba de leer y miraba tu foto a ver si tenías cara de loco o no. No imaginaba qué cabeza podía cocer esa historia. Ahora veo que no, así que me quedo más tranquila.

-¿Loco? ¿Por la foto?

-¡No, por la foto no!

Él escuchaba mientras yo hablaba muy rápido para que cupiera todo lo que quería decirle en un minuto que, como buena groupie literaria y con poca consideración por los que estaban esperando, quería alargar. Leyó la dedicatoria que ya llevaba el libro, la de la persona que me lo regaló. Fíjate, este regalo fue un acto de fe porque era la primera vez que esta persona me regalaba un libro sin haberlo leído antes. Lo eligió porque porque ha oído hablar muy bien de él y porque el autor es paisano suyo (y por algo más que él no sabía en ese momento y que está relacionado con la transformación que iba ejercer este libro en mi forma de ver la vida. A veces, cuando nos conocemos mucho ocurren estas cosas inexplicables).

Jesús Carrasco (se me hace raro escribir su nombre) me dedicó todo el tiempo del mundo. Se leyó la dedicatoria del libro, una dedicatoria que sin saberlo ya me lanzaba un mensaje que casualmente también impregna la novela y, basándose en ella, escribió la suya.

Este autor terminará estudiándose en los colegios y, cuando eso ocurra, yo podré decir que le estreché la mano durante unos segundos interminables cuando tan solo había publicado una novela.

*No está loco. Además tiene una dignidad abrumadora.

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El desayuno de los sentidos si despiertas solo

Me gusta poner el café al fuego y prepararlo sabiendo que, en tan solo unos minutos, tendré la casa llena de ese olor que, inevitablemente, asocio a los sábados por la mañana, como a María Callas.

Mientras la cafetera, el café, el fuego y el agua se encargan de aromatizar la casa, pongo el pan a tostar. Bajo la palanca de la tostadora cerciorándome de que las rebanadas están bien colocadas y se van a quedar ahí quietecitas para hacerse crujientísimamente por fuera y blanditas por dentro. Mientras esto ocurre, revoloteo por la cocina cortando las naranjas o sacando el exprimidor, esperando el ¡chas! que convierte los panes en tostadas y que, de un saltito, éstas salgan por encima de la ranura para quedarse al calor.

Una vez oigo el ¡chas!, ya puedo poner en marcha el exprimidor para hacer un zumo con mucha pulpa, que es como debe ser el zumo. A veces lo hago de pomelo rojo y naranja; otras solo de naranja. Siempre con una naranja fría y el resto a temperatura ambiente. Mientras el exprimidor tunela el corazón de la naranja, aprieto los dedos contra él para que sus aristas me den un masaje en las manos, pasando como aspas suaves de un molinillo por las yemas.

Llegado este momento solo me queda darle un gusto a la vista y, mientras el zumo con pulpa reposa, preparo el tomate para pasarlo por el rallador. Lo abro con un corte limpio, pongo un cuenquito y, con una precisión que viene y va debido a mi impaciencia, cuelo la ralladura que sale por sus agujeros. Levanto el rallador ligeramente para verla salir. Rojo, escurridizo, con burbujas y semillas, el tomate rallado se va acumulando lentamente en el fondo del cuenco  en forma de montaña roja brillante, como una lava a medias de hacer.

Tras verter el café en la taza y perderlo de vista unas milésimas de segundo por acumulación de vapor, sacar las tostadas, ponerlas en un platito,  llenar un vaso de zumo con pulpa reposado, y tener el cuenco más lleno que vacío de tomate, lo sirvo reservando en la mesa un hueco al aceite de oliva y la sal y me dispongo a darle placer al gusto, el último sentido en disfrutarlo, el sentido que pone fin a este festín mañanero con el que amanecen los sentidos cuando te despiertas solo: el desayuno.

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Ilustración Sara Herranz. @sara_herranz

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