Archivos Mensuales: julio 2015

Hoy cierra el Café Comercial

Acabo de leer que hoy cierra el Café Comercial. Pensaba que era una broma. Creo que no ha trascendido todavía la razón, pero desde hace media hora no se habla de otra cosa que del “café más antiguo de Madrid”.

El Comercial cierra tras haber estado abierto 128 años, cuatro meses y seis días. A lo largo de estos años, los mármoles de sus mesas han sostenido los cafés de Antonio Machado, José Hierro, Blas de Otero o Gloria Fuertes y ha llegado a ser un referente en el mundo de la Literatura, inspirando ambientes como el del Café de Doña Rosa, que es como Camilo José Cela llamó al café de ese odioso personaje de “La Colmena“.

El Comercial deja de ser hoy un café para ser un recuerdo. En mi mente quedará aquella mañana en la que, pasmada, vi a Pérez Reverte más moreno y más guapo que nunca. Tanto es así que hice un amago (que se quedó en amago) de acercarme y decirle que no había conseguido conquistarme con sus letras hasta ese momento en el que me había olvidado de ellas para centrarme en su camisa azul y su americana.

También quedará aquella noche lluviosa con Marta, Jano, Miguel y los demás, en la que el mundo parecía desplomarse; o aquel café demasiado cargado que compartí en una cita a escondidas.

El Comercial cierra y, mientras esperamos que se haga público el motivo, hago cábalas sobre qué veremos a partir de ahora cada vez que salgamos por la boca del metro de Bilbao y miremos nuestra izquierda.

Por cierto, acabo de cerrar una cita con unos amigos en la que, como siempre, hemos quedado en la puerta del Café Comercial.

Comunicado del Café Comercial en Facebook

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Y así como lo recuerdo era mi abuelo

Yo tuve un abuelo muy flacucho que se fue un 14 de julio, el aniversario de la Toma de la Bastilla, hace hoy veinticinco años.

Apenas veía. Tenía los ojos pequeños, uno azul y otro gris, cubiertos por unas enormes cataratas. Sus gafas, de concha, tenían unos cristales gruesos, abombados y amarillentos que asomaban bajo una gorra verde.

Iba siempre apoyado en una garrota, arrastrando los pies debido a un accidente del que nunca se había recuperado. Fumaba una barbaridad. La vida le hizo pasar del bando azul al rojo. Es el poder del tiempo…

De él recuerdo sus chascarrillos, una tarde enfermo, en cama, durante la que le conté historias fantasiosas para distraerlo; sus bocadillos de sobrasada, sus tardes en el bar de los jubilados jugando al cinquillo (era el lugar donde siempre lo encontraba) y el hilillo de agua que salía del grifo mientras cocinaba (¡siempre con las manos tan limpias!). También recuerdo una discusión que escuché a escondidas sobre por qué asesinaron a Federico García Lorca cuando TVE hizo una serie sobre su vida (no era en absoluto literaria, tan sólo política. Las heridas de la Política tardan en cicatrizar).

Recuerdo sus propinas de cinco duros, sus trucos de matemáticas y mi enfado por unas patatas fritas demasiado cortitas, que espero me haya perdonado; sus camisas blancas de rayas finas y muchísimas otras cosas. Parece que hasta quiero recordar su olor a tabaco.

Si hubiera estado aquí en los tres últimos años, pienso a veces, habría soltado un “Me cagüen dios” como una catedral y habría removido cielo y tierra hasta el final.

Mi madre, siempre que cuenta alguna anécdota suya, sea la que sea, termina diciendo: “era un trotero”. Lo era.

Últimamente pienso en él siempre que leo en el sofá de casa y lo recuerdo fantástico. Y así, como lo recuerdo, era mi abuelo.

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La vida

La vida hay que celebrarla tanto cuando llega a borbotones como cuando viene seca.

La vida, por hábito, nos sorprende con reveses y también con grandes momentos, pero hay que aprender a mirarla, como has aprendido a mirar a alguien a quien quieres, porque está repleta de gestos que pasan inadvertidos.

Es cierto que a la vida le gusta darse la vuelta como un calcetín y convertirse en una muñeca rusa. Igual que el contexto siempre es responsable de cualquier malentendido, la vida también es casi siempre una gran damnificada: suele caer en el destino de quien esperaba otra cosa.

Sin embargo la vida no cae, no nos toca y se va, sino que nos acompaña a lo largo de los años, por lo que es importante que aprendamos a llevarnos bien con ella, que la respetemos, que la contemplemos, que la cuidemos… Quizás no sea la que, en principio, esperábamos porque a la vida le gusta hacer camino, no castillos en el aire, y en los caminos hay piedras, baches… Pero los caminos también están llenos sombras cuando necesitas resguardarte del sol, de fuentes, flores y lugares de descanso.

La vida no sólo es respirar, también es andar acompañando y que te lleven de la mano; es perdonar y pedir perdón, aprender de los que tienes a tu alrededor y dejar buenos momentos para ellos y para ti. Es dormirte con la conciencia tranquila y avanzar seguro, aunque vayas despacio. Es compartir y comprobar que los años pasan y tú sigues creciendo, que ya sólo luchas en batallas guiadas por el compromiso*, en el sentido más etimológico de la palabra.

Cualquier día es un buen día para salir a celebrar la vida, que es al final lo más valioso y lo único que sigue con nosotros a lo largo de los años.

*Compromiso (com/pro/missio): llevar a cabo una misión con el otro.

vicente

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El chico del gatito y el transportín

Muchas mañanas me cruzo al salir de casa con un chico argentino. Es alto y muy guapo. Lleva un sombrero bombín y una lágrima de arlequín tatuada bajo el ojo izquierdo. Con la mano derecha sujeta un transportín en el que se esconde, creo, un gatito. 

Siempre que nos cruzamos me echa el alto amablemente y, casi desmadejado, como si estuviera agotado, me pregunta lo mismo:
-Disculpe, señorita: ¿una cafetería con wifi por aquí?
-Lo siento, soy nueva en el barrio y no conozco nada… Siento no poder ayudarte.

Me da las gracias y sigue andando.

Yo miro al suelo para ver en qué casilla de Rayuela me encuentro.

Rayuela. Julio Cortázar.

Rayuela. Julio Cortázar.

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