Archivo de la categoría: Libros

Lorca es para el verano

A Federico García Lorca hay que leerle en verano, cuando la canícula aprieta, cuando la luz que impregna sus obras atraviesa las páginas para cegarte e iluminarte la razón y el corazón.

Todos los veranos releo La Casa de Bernarda Alba; unos, completamente; otros, páginas sueltas. No entiendo el estío sin esta obra. Cada vez que abro este libro soy capaz de sentir el calor que debía caer como plomo en esa casa de almas enlutadas y paredes pulcramente encaladas. Puedo sentir el polvo que levanta el caballo de Pepe El Romano. Seco. Puedo percibir el frescor de Adela, cuando de madrugada se acerca sudorosa y febril a la ventana para que le acaricie la brisa y el hombre… Incluso no resulta difícil imaginar las largas y aburridas tardes bordando de esas pobres, jóvenes y condenadas hijas, sin que corra un pelo de aire en la casa, tan sólo el de los abanicos y el de las envidias, las traiciones y el que levanta la velocidad de los malos pensamientos.

La Casa de Bernarda Alba encarna un drama que sólo puede vivirse en verano. Cuando la locura seca los sesos. Cuando esa quietud que trae la falta de brisa, el calor plomizo y reseco, y la luz que abrasa con tan solo mirarla hace que dejes de respirar para centrar toda tu atención en esta maravillosa obra.

Lorca era un genio.

 

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Etílico*

 

*El vocablo “etílico” procede del griego /aither/, que tiene su origen en la raíz indoeuropea aidh- y significa “quemado”. De ahí nos llegan vocablos como “estío” o “estela”. No puede ser más bonito.

 

Cuando empecé a leer en Twitter a @lavozdelarra pensé que estaba ante un tipo de unos cuarenta años. No podía imaginar que tras esa fotografía de perfil con bastón y silla de terciopelo incluida se escondiera un veinteañero. Por eso, cuando una mañana de hace casi dos años mientras yo iba camino de Cibeles en el bus 34 y en sentido contrario a la marcha, mucho antes de conocernos y ponernos cara, me dijo que no llegaba a los treinta años, yo, que estoy a punto de llegar al ecuador de la treintena, me sentí más que enana y, sobre todo, vieja.

Nunca imaginé que alguien que tuviera un conocimiento literario tan amplio y tan fino, un olfato crítico tan agudizado y un blog (lavozdelarra.wordpress.com) en el que era capaz de resucitar hasta los miembros del personaje más amputado en cuerpo y alma, no hubiese escrito ningún libro. Por eso, desde la distancia o cercanía que da una red social como Twitter, le animé encarecidamente a que escribiera uno mientras él, con una modestia que sé que no era fingida, venía a decirme algo así como: “¡Y quién me va a leer!”.

 

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Cuando hace unas semanas, con dos copas de vino más una tapa de aceitunas separándonos (digo lo de la tapa porque no quiero que creáis que soy una Sylvia Plath cualquiera y el jugo cayó en estómago vacío), me habló de Etílico experimenté cierta excitación, que casi llegó al grado de sexual, con sólo pensar lo que tendría la posibilidad de leer.

 

 

Etílico, el libro de Carlos Mayoral, es un auto de Poe, Hemingway, Fitzgerald, Plath y Bukowski. Cinco escritores encadenados a la Literatura y al alcohol a partes iguales y cuya supervivencia íntima y literaria se hace pública a través de este autor. El libro se publicará en Libros.com, una editorial de crowdfunding que va más allá haciendo realidad obras de una calidad literaria y creativa exquisitas. Con este tipo de iniciativas tenemos la posibilidad de apoyar una tarea cada vez más ardua: conseguir que salgan a la luz maravillosas creaciones literarias que merecen un hueco en las estanterías físicas o virtuales.

Esta obra se encuentra actualmente en esta fase de búsqueda de mecenas y, desde aquí, os animo a que colaboréis para hacerlo realidad. En estos momentos, cuenta con 71 de los 150 mecenas necesarios para su publicación, y ahora tenemos la posibilidad de convertirnos en uno de ellos y conseguir entre todos llevar, ya no las novelas ni los textos, sino la pasión por la Literatura y sus creadores a nuestras retinas.

CONVIÉRTETE EN MECENAS DE ETÍLICO, que quiero que me queme las manos.

 

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La noche en la que Pérez Reverte me hizo flotar

Hace un par de noches soñé que flotaba tras muchos meses en los que, intentando volar, lo único que había conseguido es sobrevivir a una caída desde los cines Callao. 

Hace un par de noches me vi en una callejuela. Visto desde la vigilia bien podría haber sido una pesadilla. Abrí un portón con llamador grande, llamador al que hice caso omiso porque entré sin llamar. Anduve a lo largo de un pasillo ensombrecido y sombrío hasta llegar a una puerta que le ponía fin.

Entré sabiendo que estaba participando en un juego y que entraba en un libro de Pérez Reverte. Algo me encogió el corazón porque Pérez Reverte no está entre mis escritores favoritos, por lo que temí no poder adivinar en cuál de sus libros estaba (de eso se trataba el juego). No obstante, tan pronto como entré en la habitación, supe que había llegado a La Piel del Tambor.

Era una habitación asfixiante, sin ventanas y pequeña. Las paredes eran amarillentas y estaban acolchadas porque habían sido tapizadas con esmero. Comencé a saltar y cuál fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que flotaba. Salté y salté con la tranquilidad y emoción con las que se salta en un espacio sin gravedad. Saltaba de un lado al otro con tanta confianza que hasta conseguí dar una pirueta.

De ahí salí a la callejuela de nuevo. No recuerdo cómo ni tampoco la razón. Sólo sé que, de repente, fui consciente de que estaba soñando y que había flotado. Todavía en el sueño supe que flotar es un paso previo a volar y me puse muy contenta porque llevo muchos años esperándolo.

Lo cierto es que no entiendo qué pintaba Pérez Reverte en mi sueño ni por qué me hizo flotar, pero le doy las gracias y le digo que, a partir de ahora, leeré sus libros con otros ojos. Prometido.

 

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Dibujo de Aitor Sarabia. Colección disponible en aitorsarabia.com

 

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El taxista con la novia de Círculo de Lectores

“Mi primer profesor de Historia del Instituto fue un cura que se saltó la Revolución Rusa porque consideraba que era un periodo poco relevante, pero después llegó Don Gregorio, que apoyaba el culo en la esquina de la mesa y no cerrábamos la boca hasta que sonaba el timbre”.

Me lo contaba un taxista ayer a mediodía. Le pillé en la parada, leyendo en un libro electrónico. Arrancó e intentó iniciar conversación. Pasados unos metros me dijo: “Estoy muy enfadado, mi ebook no funciona”.

Comenzamos a hablar de Literatura. Él, cuya pareja había trabajado en Círculo de Lectores durante muchísimos años, tenía las estanterías de casa llenas de libros en papel, “pero esto es mucho más cómodo y puedo ampliar la letra todo lo que quiera porque tengo problemas serios de visión”. Teniendo en cuenta que iba al volante, este comentario me alertó ligeramente.

Zalacaín el aventurero, de Pío Baroja, fue el primer libro que leyó en el Instituto. “Me encantó. Es lo único que he leído de él”. Yo aproveché para rememorar mi paso por El árbol de la Ciencia. Le fascinan los libros de historia novelada y todavía recuerda lo que le recorrió por el cuerpo cuando empezó a leer El Señor de los Anillos.

Hablamos de Momo, que me lo recomendó “porque La historia interminable es bonita, sí, pero Momo es uno de los libros más bonitos que han caído en mis manos”. Hablamos de La lluvia amarilla, de Ainielle, de la habilidad para la melancolía de Julio Llamazares y de su maravilloso humor (esto él no lo conocía, pero yo sí). Vázquez Figueroa “¡qué tío! Los sube antes en digital que en papel” y Ruiz Zafón “oye, que me impresionó con La sombra del viento porque tienes de todo, misterio, amor, ficción…”

-Tiene una capacidad narrativa fantástica. Es una novela redonda.

-Rendondísima. Claro, que luego todo lo demás te sabe a poco. Tenemos buenos escritores en España -contestó.

Cuando llegué a mi destino le había hablado de mis profesores de Literatura del Instituto, de cómo me impresionó leer Las penas del joven Werther a los doce años y sobre cómo leí en dos sentadas Anna Karenina “porque quizás los rusos sean los mejores narradores. Las revoluciones poco relevantes suelen ahondan en la calidad retórica”, terminé concluyendo antes de bajarme.

Moraleja: siempre que puedas, habla de Literatura con desconocidos.

 

 

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La madriguera de Alicia

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

“La miro porque me hace feliz mirarla”, me decía. “No es nada sexual. Sólo me hace feliz mirarla”.

La escuchaba desde un rincón en un rincón de El Rincón, en la calle Espíritu Santo. Sus manos acompañaban a sus reflexiones. Sus ojos, azules y con unas pupilas completamente dilatadas (no sé muy bien si por la escasez de luz del lugar o porque son así), parecían la madriguera de Alicia: un agujero que podía llevarte a un mundo fantástico. Caerse por sus pupilas y ver qué guarda en su interior y por qué ve las cosas como las ve, debe ser fascinante.

Muestra una aparente fragilidad. Su piel es muy fina, blanca, casi transparente. Las puntas de sus rizos rubios, tapados casi en su totalidad por un gorro de lana, asomaban como pequeños tentáculos para quedarse pegados en su cara angulosa, de actriz de los años treinta. “Habría podido pertenecer, perfectamente, a la pandilla de Marlene Dietrich”, he pensado en alguna ocasión.

Una copa de vino tinto y un vermut nos acompañaron durante una conversación en la que hablamos de amor, principalmente, y de desamor; y, por lo tanto, de crecer. También hablamos de sueños, pesadillas, ondas cerebrales y diapasones.

Ocho fueron las veces que conjugó el verbo “llorar” y, en una de ellas, los ojos se le llenaron de lágrimas que no llegaron a caer. Supongo que se las tragó, en remolino, la madriguera.

Espero que pronto encuentre una pértiga que le haga saltar por encima de los malos momentos y seguir caminando. Espero que pronto vuelva a grabar, ahora que ha encontrado ese lugar del que me habló, de alfombras interminables, y del que nadie quiere irse. Espero que pronto encuentre a esa chica con la que quiere casarse. Es posible que ya la conozca y, como dice José Luis Pardo en el inicio de La regla del juego, el cambio ya haya empezado.

<SoloAElla> Quién sabe, puede que sea la chica del gimnasio. ¡Háblale! </SoloAElla>

 

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Y a Luis Alberto de Cuenca le dieron el Premio Nacional de Poesía

Hace unas semanas Luis Alberto de Cuenca fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía por su libro “Cuaderno de vacaciones”.

Descubrí a Luis Alberto de Cuenca hace años, cuando alguien me envió su poema “Bébetela”. Me entusiasmó que hablase de relojes de arena, o que llamase cohetes dirigidos al centro de la Tierra a unas piernas, o que cambiarse el derretirse por el licuarse, que es al final lo que hacemos las mujeres: licuarnos más que derretirnos. También me gustó que el símil de sus senos fuera una madriguera. Me gustó que cambiara el verbo comer por el verbo beber. Tal fue mi pasión, meramente romántica, por ese poema que terminaron regalándome una antología.

Pasaron los años y llegué a conocerle (hasta entablamos en una ocasión una conversación más o menos interesante). Pero un día, mientras hojeaba y ojeaba esa antología, descubrí algo que dio un vuelco a la historia: me paré a leer el pie de página de su poema “Libros”, una oda que me fascinó desde la primera vez que lo leí, y atónita hallé que estos versos que tantas veces había repetido estaban dedicados a su gran amigo José María Aznar.

¡Jamás tamaño puñal había atravesado mi alma! Tanto es así que, presa del desconcierto, no volví a abrir sus poemas a pesar de tenerlos al lado de “Song of Myself”, de Walt Whitman, maravilla que leo con bastante frecuencia a sorbitos (durante el desayuno o antes de dormir o los domingos por la mañana).

Sin embargo, hace unas semanas leí que Luis Alberto de Cuenca había recibido el Premio Nacional de Poesía y me alegré a pesar de todo, y recordé ese poema suyo que tanto me gusta, no por calidad literaria, sino porque acaba con dos versos en los que no sé muy bien qué papel prefiero tener, si el de sujeto u objeto de la acción, y que dicen así:

“Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno.”

(El Desayuno, de “La rosa y el hacha”, 1993)

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El chico del gatito y el transportín

Muchas mañanas me cruzo al salir de casa con un chico argentino. Es alto y muy guapo. Lleva un sombrero bombín y una lágrima de arlequín tatuada bajo el ojo izquierdo. Con la mano derecha sujeta un transportín en el que se esconde, creo, un gatito. 

Siempre que nos cruzamos me echa el alto amablemente y, casi desmadejado, como si estuviera agotado, me pregunta lo mismo:
-Disculpe, señorita: ¿una cafetería con wifi por aquí?
-Lo siento, soy nueva en el barrio y no conozco nada… Siento no poder ayudarte.

Me da las gracias y sigue andando.

Yo miro al suelo para ver en qué casilla de Rayuela me encuentro.

Rayuela. Julio Cortázar.

Rayuela. Julio Cortázar.

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Visita a La Laforet, a Andrea y al carrer d´Aribau

5289_I_H_Laforet, Carmen.cult Faltan tan sólo unas horas para que vuelva a pasear por Barcelona. Siempre que voy  pienso inevitablemente en Andrea, la protagonista que tan magistralmente tejió Carmen Laforet cuando en este país tenías que volar a ras del suelo con la esperanza de encontrar cielos más estrellados, cuando tenía que hablarse en voz bajita para que no te oyeran, pero sí te escucharan quienes estaban deseando escuchar esas voces que hablaban de esperanza.

Suelo pasear por el carrer d´Aribau, habitualmente en la moto de Carol, pensando que, quizás, tras alguno de esos edificios todavía resuenen los ecos del frustrado tío Juan maltratando a Gloria, su mujer; o los de Román, enfermo manipulador, fumando asquerosamente mientras hace de la seducción una tabla de salvación. Intento poner cara a Pons, a Gerardo y a Jaime…; a Ena, a la abuelita y a la represión de tía Angustias (que hace que piense en otra Angustias, la hija mayor de Bernarda Alba. Ambas Angustias tan desgraciadas… la primera por desagradable y la segunda por desafortunada).

Carmen Laforet escribió Nada en 1944. Todavía resonaban en las horas de sueño de muchos lectores los bombardeos, tan sólo hacía ocho años que Lorca había comenzado a yacer perdido en un olivar. La miseria se iba extendiendo por la piel, la mente y el estómago de muchísimas familias, como la de Andrea. Personajes de personas andantes, con sentimientos completamente desmembrados e ilusiones erradicadas, cuya supervivencia se tambaleaba fuera de las páginas de los libros.

Cada vez que viajo a Barcelona visito, inevitablemente, a La Laforet, la autora de ese libro que comencé dos veces para dejarlo apartado hasta que un tercer intento me hizo comprender que hasta ese momento no había estado preparada para perderme entre sus páginas. A La Laforet… esa mujer de media melena y raya al lado, devota de Santa Teresa de Jesús, que fumaba pizpireta en esa famosa foto, sacando la lengua con la mirada.

Mañana viajo a Barcelona, pasaré allí el fin de semana. Como de costumbre, aprovecharé para recorrer el carrer d´Aribau y “visitar” a Carmen y Andrea, aunque esta vez lo haré paseando, porque Carol, en esta ocasión, no traerá la moto.

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¡Feliz Día del Libro!

Antes de utilizar el papiro como soporte para la escritura, en la antigüedad se escribía en hojas de palma o en la parte interior de la corteza de los árboles. En esas cortezas se encuentra la etimología de “libro”.

La palabra “libro” procede del latín liber que originariamente hacía referencia a descortezar los árboles, ya que ésta tiene su origen en la raíz indoeuropea leub (h), que significa “pelar” o “quitar la corteza de un árbol”. Sin embargo, en ninguno de estos dos antiguos soportes (la palma y los árboles) tiene su origen la palabra “papel”, parte fundamental de los libros.

La etimología de “papel” está en πάπυρος (papyros), que es como los antiguos griegos llamaban a una misteriosa planta que crecía en el país del Nilo y que los antiguos egipcios utilizaban para escribir. Esta planta, que parece ser crecía en grandes cantidades pero actualmente está extinta, producía unas láminas que servían como soporte para la escritura. Tal era, cuenta la historia, el valor que los egipcios daban a esta planta por sus láminas que jamás comercializaron con ellas, ni dieron ningún tipo de información con el fin de protegerla de los extranjeros.

Aquí os dejo una guía llena de planes para celebrar la Noche de los Libros y, con ella, la historia que arrastran desde sus orígenes. Una de esas actividades se llevará a cabo por parte del Museo Reina Sofía, que “liberará” 2.000 libros en su iniciativa de Bookcrossing, a la que yo también me uniré “liberando”, por primera vez, algunos de mis libros. Me cuesta reconocerlo, pero creo que me va a doler… 🙂

¡Feliz Día del Libro!

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El pecado de juventud de Julio Llamazares

Hace una semana a estas horas, en la librería Alberti, terminaba la presentación de “El entierro de Genarín” (Alfaguara), “un pecado de juventud literario”, según confesó el autor, “un libro maldito, bastardo y marginal” que, pasados los años, ha sido reeditado con las ilustraciones de Antonio Santos y donde se recoge la historia y los romances dedicados a Genarín, “un mesías de altura” y símbolo de la Semana Santa leonesa.

El entierro de Genarín, Santo gracias al orujo y a la vida disipada, es “un evangelio escrito en torno a una solemne gilipollez”, según Julio Llamazares, el autor, sí. Él mismo reconoce que ahora no lo escribiría, lo que no quiere decir que reniegue de él, en absoluto. Confiesa que lo acepta y lo quiere tal y como se acepta y se quiere a un hijo pródigo. Escrito en su etapa de periodista, en medio de una crisis de fe y “mientras descubría la libertad” fue terminado en el mismo instante en el que Tejero entraba en el Congreso*. Quizás por ello haya terminado siendo, según el escritor, “como el Evangelio, pero sin obispos ni papas”.

Durante una hora, el pasado viernes asistimos a la puesta de largo de un libro marginal que nos recordó, en numerosos momentos, conforme avanzaban las reflexiones y recuerdos de Llamazares, a la picaresca y el esperpento que han rodeado la literatura española. Tanto es así que, mientras lo escuchaba, imaginaba a Valle Inclán desternillándose en algún lugar y muriéndose de envidia por no haber sido él quien “desde arriba”, como le gustaba mirar a sus personajes, literaturizara las industrias y “milagros” de este mesías leonés.

Hace una semana me vi sorprendida por Julio Llamazares como un escritor de grandes y variados registros, bendecido (porque creo que es una bendición) por la melancolía que acompaña la  mayor parte de sus obras, pero capaz de desatar carcajadas entre el público con una habilidad cómica muy fina, y un sarcasmo e ironía muy pulidos.

Aquí os dejo una foto que saqué sin darme cuenta mientras, atenta a cómo me firmaba “Versos y Ortigas”, esperaba con la cámara preparada para hacerme una foto con él. Pena que, a pesar de la breve conversación que mantuvimos sobre literatura mientras elaboraba su rúbrica, terminara diciéndole cuando iba a abrazarlo para tomar la foto: “Esto es para mí tan emocionante como para una adolescente estar con Justin Bieber”. En fin… siempre me pongo nerviosa y desafortunada ante los chicos que, de un modo u otro, me gustan.

* Tengo que confesar que me contuve, a pesar del ambiente cómico y distendido del acto, de emitir unos disparos “pum, pum, pum” mientras Llamazares relataba cómo vivió el cameo de Tejero, a través de la radio. Algo que habría sido muy propio de mí, por otro lado, pero que descabezó un pudor incipiente que tiene que deberse, entre otras cosas, a la edad y a querer mantener la compostura ante el que sigue siendo uno de mis autores favoritos.

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