Archivos Mensuales: septiembre 2014

La niña que un día será una mujer

Hace unos días comenzó a llover y, al vuelo, me subí en el bus 34. Me senté frente a una niña que no pasaría los seis años. Vestía un chándal con los puños y los bajos de los pantalones remangados. Pensé que sería heredado. Tenía el pelo liso y negro, por debajo de los hombros, e iba peinada con el pelo suelto y una pequeña trenza que nacía desde el flequillo y terminaba en un coletero naranja, a juego con las franjas del chándal. Sus ojos eran negros y sus labios finos. Su sangre venía del otro lado del Atlántico.

Compartía unos auriculares con su madre. No sé qué escucharía pero casi no le prestaba atención. Todos sus sentidos estaban puestos en lo que había tras la ventana. Estiraba el cuello para alcanzar a ver qué ocurría más allá del cristal mojado por la lluvia.

-Mamá, ¿ahí están los trenes? -dijo al pasar por Atocha.

-Sí -contestó la madre.

-¿Y dónde van?

-A todos los lugares.

-¿A la casa de los abuelitos también?

-No, allí solo llegan los aviones

Mientras, yo la observaba imaginándola como la mujer que será dentro de unos años. Pensaba en que llegará un día en que sufra por amor y en la necesidad que tenemos de crear una sociedad en la que esos amores, aunque sufridos, la traten bien. En la que, como mujer, no se sienta desprotegida, ni amenazada, sino bien querida, bien amada y bien tratada. También reflexionaba sobre nuestra responsabilidad para crear una sociedad en la que pueda ser lo que ella quiera y aspirar a aquello que ella desee, con los mismos derechos que todos los demás, independientemente de su origen, de su género o de cualquier aspecto que todavía hoy, fuera del papel, sigue siendo un condicionante para que todos seamos iguales.

Mientras tanto ella, ajena a lo que la desconocida que tenía enfrente, y a la que miraba a veces de reojo, quería para su futuro, mantenía la cabeza alta escudriñando con la boca abierta el mundo que había fuera de ese autobús. Para ella no había charcos, ni el suelo mojado que veíamos los demás. Sus ojos llegaban justos a la altura de la ventana y, desde ahí, solo veía árboles, edificios altos y, más allá, el cielo.

Al llegar a Cibeles se levantó dispuesta a salir y encontrarse con la lluvia. “Está bien que llueva, así mañana habrá flores”, le dijo a su madre. En ese instante se abrieron las puertas, esperó su turno y, mientras quienes iban delante abrían los paraguas o se ponían una chaqueta encima de sus cabezas, ella salió del bus de un saltito y, muy contenta, dijo: “¡Empapada!”.

 

 

 

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Despertar de final de verano

Se despertó a mitad de la noche empapada en sudor. Era una pesadilla más de las que solía tener desde hacía meses. No tan violenta como las que venía padeciendo en los últimos días pero sí más extraña. Miró a la ventana desde la cama. A través de los visillos se veían las farolas, todavía encendidas. No había amanecido. No tenía un reloj a mano pero la afluencia de tráfico en la calle le hizo pensar que la ciudad ya se había puesto en marcha.

Quiso volver a coger el sueño pero cada vez que cerraba los ojos, entre sus párpados y su córnea se formaba una batalla de miedos. Los abría en seguida con la misma desgana y necesidad con la que lo hace un borracho cuando le da vueltas el universo. Pasado un tiempo miró el reloj: las 6.45 h. Sintió alivio.

Se levantó con la infantil idea de que el hormiguero de nervios que tenía esparcido por el pecho caería por la fuerza de la gravedad hasta otra parte de su cuerpo. “Si se fuera a los pies y salieran las hormigas en batallón por las uñas…”, pensó. Pero una vez se hubo incorporado, seguía ahí, atascado.

Intentó determinar dónde estaba el agujero por el que salían aquellas hordas de insectos que avanzaban desorientados hasta su garganta. No fue capaz pero estaban en algún lugar, quizás en un hueco indeterminado entre las clavículas, el esternón y la boca del estómago.

Se metió a la ducha. El agua le caía en los ojos cerrados como si fuera una lluvia de alfileres. Dejó que le recorriera caliente por los hombros. Lloró un poco, con un llanto tranquilo y discreto (llorar mientras te das una ducha es la forma más discreta de llorar).

Al cabo de un par de minutos, la obligación la sacó de ese lugar, le hizo coger la toalla, secarse, arreglarse el pelo. Le permitió no maquillarse un día más. La dirigió al armario a elegir la ropa de ese día.

Mientras tanto, el corazón le recordaba que estaba ahí con latidos de un caballo después de salvar el pellejo. Desbocado. Como si alguien desde dentro lo estuviera lanzando contra las paredes de su tórax con todas sus fuerza en una partida de billar a tres bandas.

“Algún día me va a salir por la boca”, pensó mientras la obligación le hacía preparar el desayuno.

Cuando retiró la cafetera del fuego, se le cayó el café encima y se quemó los dedos.

bansky

girl vomiting hearts. Banksy.

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Ellas no “mueren a manos de”

Esta mañana, no había puesto un pie en la calle, cuando he sabido que un hombre asesinó anoche a su esposa en Granada tras dispararle con una escopeta. Se me ha encogido el estómago. Pero ese encogimiento ha pasado a revoltijo cuando, una vez más, he visto esta eufemística estructura gramática-sintáctica-léxica que tanto asco me produce: “morir a manos de”.

Los periodistas nos deshacemos ante las piruetas semánticas, nos gusta regodearnos en las florituras gramaticales y muchas veces, en esa borrachera léxica, perdemos el sentido de la realidad y el resultado es que dejamos a la realidad sin sentido.

Aunque yo no lo he encontrado en el Diccionario Panhispánico de Dudas, parece ser que “morir a manos de” es “morir como consecuencia de la agresión de alguien”. Visto así, el empleo de esta expresión es adecuado. Sin embargo, si usamos esta expresión, podemos hablar de una mujer “muerta a manos de” su marido, pero este marido, el dueño de esas manos, se queda sin definir. Esto hace hace que el ejecutor de esa muerte quede exento de sustantivación y de responsabilidad en dicha acción. Esto es algo que no podemos permitir siendo dueños de una lengua tan rica, por lo que vamos a ofrecer una posible alternativa que solvente esta carencia.

Si esta mañana el periódico, en vez de utilizar “morir a manos de” hubiese utilizado el verbo “asesinar”, que según la RAE es “matar  a alguien con premeditación y alevosía”, estaría describiendo en una sola palabra lo que ha ocurrido. Esto le habría ayudado a identificar al sujeto como “el asesino” y no “el agresor”, porque “agresor”, según la RAE es “el que comete una agresión”, siendo “agresión” el “acto de acometer a alguien para matarlo, herirlo o hacerle daño”. La misma definición muestra que la muerte, herida o daño no se consuma, ya que “acometer” es, implícitamente, “intentar”. Sin embargo, en este caso, y en el de tantas mujeres, 41 hasta hoy en 2014, la consumación se ha producido.

Nos encontramos, por tanto, una vez más con que los medios de comunicación hablan de “morir a manos de” en vez de “asesinar”; con lo que el objeto que sufre la acción, que es la mujer, es referido como “muerta” y no como “asesinada”; y el sujeto que ejecuta la acción queda como un “agresor” en vez de como un “asesino”. A esto se le añade que el titular suele ser: “Una mujer muere a manos de su marido” pero nunca “Un hombre asesina a su esposa”, por lo que la implicación que tiene el hombre como ejecutor deriva a un segundo plano. Es decir, el sujeto de la acción queda en un mero complemento circunstancial de causa.

Quizás desde los medios determinen que no hay que sacrificar la estética y que conjugar sobre el papel el verbo “asesinar” queda feo, pero lo cierto es que la noticia es un asesinato, no una muerte. Entre otras cosas porque “morir”, según la RAE, es “llegar al término de la vida”, no “precipitar a alguien al término de la vida”.

Con este análisis, que no tiene ningún valor, lo que intentamos mostrar es que utilizar las palabras correctas ayuda a entender la realidad. Y, en este caso, no hay que edulcorarla, sino mostrarla tal y como es.

Por eso, aunque esta entrada no va a llegar a ningún sitio, quiero hacer una corrección sobre los titulares que he leído esta mañana y decir que hoy una mujer no ha muerto a manos de su marido en Granada, sino que “Un hombre ha asesinado a su esposa en Granada”. Porque en el uso de este verbo de cuatro sílabas está su responsabilidad y su culpa.

Llama al 016.

 

NOTA: Este post está orientado desde un punto de vista léxico y gramatical. En ningún momento nos referimos a las connotaciones y condicionantes legales y judiciales del verbo “asesinar”.

 

violencia-190

 

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Cuatro gotas

El cielo se ha encapotado justo enfrente de mi vista. El aire entraba cálido. He abierto la casa de par en par: puertas, ventanas, ventanitas… Parecía que quería llegarme un aroma a tierra mojada, ese aroma que mezcla polvo y lluvia de cuatro gotas, y que siempre me hace pensar en Oz y en si esas gotas caerán como pequeñas gotas de barro.

Cuando el aire ha empezado a correr con la suficiente fuerza por los rincones de la casa, tirando a su paso el jarrón de lata lleno de lavanda seca, que yo misma corté el verano pasado; abriendo un libro de Marvin Harris y entrando entre sus páginas, quizás para cazar vacas o brujas; y asustándome con un portazo inesperado, he decidido atrancar las bocas por las que la casa empezaba a respirar.

En la del salón, he puesto un libro sobre la Grecia clásica y, sobre éste, “La regla del juego”, de José Luis Pardo. Con ellos he atrancado una hoja del ventanal; con la mesa, la otra. Para mi dormitorio he hecho uso de la cama, que he atravesado ligeramente para que se interpusiera en la trayectoria de una de ellas. En las puertas del salón y el dormitorio de invitados, respectivamente, una silla y un bidón de agua destilada que tengo para regar una de mis plantas, la carnívora, la más delicada y a la que más mimo, pero no mi favorita.

Hecho esto, he encendido la lámpara, he abierto “El amor en los tiempos del cólera” y, con el aire de tormenta entrando, me he dispuesto a ver qué tal llevaba Florentino el desamor mientras esperaba la lluvia. Dos páginas más tarde he escuchado cómo empezaban a caer con fuerza goterones de agua en el balcón. Conforme estaba, semivestida, que es como únicamente puede sobrevivir uno en casa en estas tardes de canícula, he salido al balcón y, agarrada a la baranda, me he quedado aparentemente inerte para que me cayeran en la cara lo que sabía iban a ser cuatro gotas de lluvia aleatoria.

Al mismo tiempo, en la calle la gente aceleraba el paso y algunos, precavidos, ya caminaban bajo el paraguas.

Así han transcurrido la espera y precipitación de las primeras cuatro gotas del verano.

 

lluvia

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