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La madriguera de Alicia

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

“La miro porque me hace feliz mirarla”, me decía. “No es nada sexual. Sólo me hace feliz mirarla”.

La escuchaba desde un rincón en un rincón de El Rincón, en la calle Espíritu Santo. Sus manos acompañaban a sus reflexiones. Sus ojos, azules y con unas pupilas completamente dilatadas (no sé muy bien si por la escasez de luz del lugar o porque son así), parecían la madriguera de Alicia: un agujero que podía llevarte a un mundo fantástico. Caerse por sus pupilas y ver qué guarda en su interior y por qué ve las cosas como las ve, debe ser fascinante.

Muestra una aparente fragilidad. Su piel es muy fina, blanca, casi transparente. Las puntas de sus rizos rubios, tapados casi en su totalidad por un gorro de lana, asomaban como pequeños tentáculos para quedarse pegados en su cara angulosa, de actriz de los años treinta. “Habría podido pertenecer, perfectamente, a la pandilla de Marlene Dietrich”, he pensado en alguna ocasión.

Una copa de vino tinto y un vermut nos acompañaron durante una conversación en la que hablamos de amor, principalmente, y de desamor; y, por lo tanto, de crecer. También hablamos de sueños, pesadillas, ondas cerebrales y diapasones.

Ocho fueron las veces que conjugó el verbo “llorar” y, en una de ellas, los ojos se le llenaron de lágrimas que no llegaron a caer. Supongo que se las tragó, en remolino, la madriguera.

Espero que pronto encuentre una pértiga que le haga saltar por encima de los malos momentos y seguir caminando. Espero que pronto vuelva a grabar, ahora que ha encontrado ese lugar del que me habló, de alfombras interminables, y del que nadie quiere irse. Espero que pronto encuentre a esa chica con la que quiere casarse. Es posible que ya la conozca y, como dice José Luis Pardo en el inicio de La regla del juego, el cambio ya haya empezado.

<SoloAElla> Quién sabe, puede que sea la chica del gimnasio. ¡Háblale! </SoloAElla>

 

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Love Wins

“A Chloe le gustaba Olivia…, leí. Y entonces me di cuenta de qué inmenso cambio representaba aquello. Era la primera vez que en un libro a Chloe le gustaba Olivia”. Virginia Woolf, Un cuarto propio.

 

Anoche me acosté con una ligera idea de lo que había ocurrido a 6.094 kilómetros de distancia aproximadamente. Esta mañana, al despertarme y consultar las redes sociales, he visto que era una realidad. El Tribunal Supremo de Estados Unidos por fin ha legalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo, una decisión con la que ganamos todos, incluido el amor, ese que dicen que siempre gana.

EnLaPalmera lo celebramos con mucha alegría y con un maravilloso poema de Safo, poetisa a la que dos siglos después de su muerte Platón se dirigió como la décima musa, y cuya poesía en relación a su amor y atracción sexual por las mujeres, de una perfección formal e intensidad indiscutibles, dio lugar a términos como “lesbianismo” o “safismo”.

Este post está dedicado a Federico García Lorca, a Luis Cernuda, a Vicente Aleixandre (Premio Nobel). A Marguerite Duras, a Mishima, a Gil de Biedma, a Terenci, Gide, Walt Whitman. A Virginia Woolf, a Susan Sontag… y al resto que, donde quiera que estén, estarán bailando.

 

poemas safo

 

Pasión

Un igual a los dioses me parece

el hombre aquel que frente a ti se sienta,

de cerca y cuando dulcemente hablas

te escucha, y cuando ríes

seductora. Esto -no hay duda- hace

mi corazón volcar dentro del pecho.

Miro hacia ti un instante y de mi voz

ni un hilo ya me acude,

la lengua queda inerte y un sutil

fuego bajo la piel fluye ligero

y con mis ojos nada alcanzo a ver

y zumban mis oídos;

me desborda el sudor, toda me invade

un temblor, y más pálida me vuelvo

que la hierba. No falta -me parece-

mucho para estar muerta.

(Traducción de Aurora Luque para Acantilado Quaderns de Crema).

 

PD. Ahora las Chloe y Olivia de Virginia Woolf podrían casarse en cualquier lugar de USA, incluido el pueblo más recóndito de Iowa.

 

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El día que besé a Chavela Vargas

Nunca he contado, nunca por aquí porque fuera de aquí lo cuento siempre que tengo oportunidad, que yo besé a Chavela Vargas. Fue el 1 de julio de 2006, alrededor de las ocho de la tarde.

Por aquel entonces trabajaba en una pequeña productora de televisión y estaba haciendo un reportaje sobre la manifestación del Orgullo Gay, que ese año estaba dedicado a las mujeres (un reportaje con bastante contención porque era para Vocento). Sabía que venía Chavela aunque no tenía la más mínima esperanza de tenerla cerca. Pero la suerte, a veces, se pone de parte de una.

Aquella tarde de verano, la suerte quiso que entrara en Plaza de España en una carroza cuando iniciaba su última canción. La suerte quiso, también, que atravesásemos el cámara y yo la calle por la “zona prohibida” sin que la policía nos dijera nada. La suerte quiso que llegásemos a la valla justo cuando ella bajaba las escaleras.

-¡Chavela! -le grité- ¡Chavela!

Levantó la vista del suelo al bajar el último escalón. Con su poncho a cuestas, como sus años, ayudada por una corte de devotos, porque todo el que ha rodeado a esa mujer ha terminado conociendo la devoción, se encaminó hacia donde estábamos nosotros.

No recuerdo qué le pregunté a la intérprete única de La Llorona, a la amante de mi admirada Frida Kahlo, a la protagonista de las letras de Sabina. Solo recuerdo que, en el escaso minuto que la tuve delante, no dejó de sonreír ni un solo segundo. Poco me importaba el plano ni todo lo que suele importar cuando estás ante un momento irrepetible. Durante esos segundos puse todos mis sentidos al 120% para que no se me escapara ni un gesto de esa mujer.

-¿Le puedo dar un beso? -le pregunté saltándome cualquier norma de profesionalidad.

Y así fue como, con tanta devoción como quienes la rodeaban, le di un beso en la mano con la que me tenía agarrada y otro en la cara.

-Las mujeres tenemos derecho a enamorarnos de quien nos dé la gana -me dijo después de eso, mientras la encaminaban al coche que esperaba para llevarla a algún otro lugar de Madrid.

Ella nunca lo supo pero, después de eso, dejé al cámara tirado y salí corriendo a contarlo, como hizo Dominguín tras pasar una noche con Ava Gardner, a quien dicen que la dama del poncho rojo también despertó un escalofrío, por cierto.

Esta suerte fue lo que recordé ayer cuando recibí un regalo tan maravilloso como inesperado: el cómic La casa azul que cuenta cómo Chavela (“con ‘v’, por joder”, como ella decía) se enamoró de quien le dio la gana, en este caso de Frida Kahlo. Estoy deseando leerlo despacio, para que dure más. Mil gracias por el regalo.

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