Archivo de la categoría: amor

Hecha un ovillo

Sonó el despertador con un ruido que ya no es capaz de recordar. Lo ignoró como se ignora la llamada de alguien a quien no quieres contestar; como ignoras a un conocido al no devolverle la mirada, como si con eso consiguieras hacer desaparecer la llamada o la mirada. Quiso hacer que no lo había oído.

Al otro lado de la cama apagaron el despertador, pero siguió hecha un caracol, con los ojos muy cerrados y muy apretados.

Fuera llovía y hacía frío. Dentro, al otro lado de la cama, hacía calor y cogieron su pelo como las pinzas de las máquinas de feria cogen los muñecos, casi sin fuerza. Era una llamada.

Se dio la vuelta y escondió la nariz y la boca entre la almohada, su hombro, su cuello y se agarró fuerte a él con los brazos y con las piernas.

Hecha un ovillo.

#RetazosDeTextos

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Réquiem por La Puerta 10

Mis vecinos se han separado. ¿Recordáis a los protagonistas de La Puerta 10? Ya no están juntos. Lo supe hace quince días cuando volví de pasar tres semanas en casa de mis padres. Ya no olía a porro en el rellano (en las últimas semanas alguno de ellos se había encomendado a la marihuana) y ahora la única puerta que no tenía felpudo era la suya. Me lo habían regalado.

Miré el felpudo a los pies de mi portal y miré el suelo desnudo a los pies del suyo intermitentemente. Por un momento pensé qué les habría llevado a dejarme ese regalo. ¿Querrían que me limpiara los pies antes de entrar en casa y dejar fuera los demonios que ellos no pudieron evitar que se colaran en la suya? Podría ser una buena metáfora. De ser así sería un regalo magnífico.

Cuando me fui a pasar esos días a casa de mis padres la vida al otro lado de la pared de mi dormitorio estaba en paliativos. Casi no oía sus conversaciones, tampoco sus discusiones. En cuanto a las reconciliaciones, hacía tiempo que ya no traspasaban el tabique. Intuyo que habían llegado a una tregua: nada de portazos, nada de insultos, nada de nada. Tan solo un: “Vas muy guapa” que robé a su intimidad, a través de la mirilla, un día mientras esperaban el ascensor.

Anoche, cuando fui a abrir el buzón, vi que en el de ellos ya no estaba su nombre. Estaba abierto. Levanté la tapa y ahí yacían todas las cartas, esas que todavía seguirán llegando hasta que formalicen su ruptura sentimental con la compañía telefónica, con el banco… Cuando dejé caer la tapa tuve una sensación similar a la que, supongo, debe tenerse al enterrar a alguien tras mucho sufrimiento, algo parecido a un: ya han descansado.

Espero que os vaya bien y seáis más felices separados que juntos.

PD. Mientras escribía este post anoche, al otro lado del tabique, en la puerta 12, estaban tocando una canción preciosa. Mi otro vecino cantaba de fondo.

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La madriguera de Alicia

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

“La miro porque me hace feliz mirarla”, me decía. “No es nada sexual. Sólo me hace feliz mirarla”.

La escuchaba desde un rincón en un rincón de El Rincón, en la calle Espíritu Santo. Sus manos acompañaban a sus reflexiones. Sus ojos, azules y con unas pupilas completamente dilatadas (no sé muy bien si por la escasez de luz del lugar o porque son así), parecían la madriguera de Alicia: un agujero que podía llevarte a un mundo fantástico. Caerse por sus pupilas y ver qué guarda en su interior y por qué ve las cosas como las ve, debe ser fascinante.

Muestra una aparente fragilidad. Su piel es muy fina, blanca, casi transparente. Las puntas de sus rizos rubios, tapados casi en su totalidad por un gorro de lana, asomaban como pequeños tentáculos para quedarse pegados en su cara angulosa, de actriz de los años treinta. “Habría podido pertenecer, perfectamente, a la pandilla de Marlene Dietrich”, he pensado en alguna ocasión.

Una copa de vino tinto y un vermut nos acompañaron durante una conversación en la que hablamos de amor, principalmente, y de desamor; y, por lo tanto, de crecer. También hablamos de sueños, pesadillas, ondas cerebrales y diapasones.

Ocho fueron las veces que conjugó el verbo “llorar” y, en una de ellas, los ojos se le llenaron de lágrimas que no llegaron a caer. Supongo que se las tragó, en remolino, la madriguera.

Espero que pronto encuentre una pértiga que le haga saltar por encima de los malos momentos y seguir caminando. Espero que pronto vuelva a grabar, ahora que ha encontrado ese lugar del que me habló, de alfombras interminables, y del que nadie quiere irse. Espero que pronto encuentre a esa chica con la que quiere casarse. Es posible que ya la conozca y, como dice José Luis Pardo en el inicio de La regla del juego, el cambio ya haya empezado.

<SoloAElla> Quién sabe, puede que sea la chica del gimnasio. ¡Háblale! </SoloAElla>

 

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Love Wins

“A Chloe le gustaba Olivia…, leí. Y entonces me di cuenta de qué inmenso cambio representaba aquello. Era la primera vez que en un libro a Chloe le gustaba Olivia”. Virginia Woolf, Un cuarto propio.

 

Anoche me acosté con una ligera idea de lo que había ocurrido a 6.094 kilómetros de distancia aproximadamente. Esta mañana, al despertarme y consultar las redes sociales, he visto que era una realidad. El Tribunal Supremo de Estados Unidos por fin ha legalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo, una decisión con la que ganamos todos, incluido el amor, ese que dicen que siempre gana.

EnLaPalmera lo celebramos con mucha alegría y con un maravilloso poema de Safo, poetisa a la que dos siglos después de su muerte Platón se dirigió como la décima musa, y cuya poesía en relación a su amor y atracción sexual por las mujeres, de una perfección formal e intensidad indiscutibles, dio lugar a términos como “lesbianismo” o “safismo”.

Este post está dedicado a Federico García Lorca, a Luis Cernuda, a Vicente Aleixandre (Premio Nobel). A Marguerite Duras, a Mishima, a Gil de Biedma, a Terenci, Gide, Walt Whitman. A Virginia Woolf, a Susan Sontag… y al resto que, donde quiera que estén, estarán bailando.

 

poemas safo

 

Pasión

Un igual a los dioses me parece

el hombre aquel que frente a ti se sienta,

de cerca y cuando dulcemente hablas

te escucha, y cuando ríes

seductora. Esto -no hay duda- hace

mi corazón volcar dentro del pecho.

Miro hacia ti un instante y de mi voz

ni un hilo ya me acude,

la lengua queda inerte y un sutil

fuego bajo la piel fluye ligero

y con mis ojos nada alcanzo a ver

y zumban mis oídos;

me desborda el sudor, toda me invade

un temblor, y más pálida me vuelvo

que la hierba. No falta -me parece-

mucho para estar muerta.

(Traducción de Aurora Luque para Acantilado Quaderns de Crema).

 

PD. Ahora las Chloe y Olivia de Virginia Woolf podrían casarse en cualquier lugar de USA, incluido el pueblo más recóndito de Iowa.

 

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Aniversarios

Tal día como hoy, hace nueve años, cuando se cumplían 37 de la muerte de John Steinbeck, envié un correo con el siguiente asunto: “Sin ánimo de recibir respuesta”. Al día siguiente, sobre las once de la mañana, creo recordar, llegó la respuesta bajo el asunto: “Con ánimo de contestar”.

Fue el primer punto de un textum con el que íbamos a tejer un lazo indestructible, pero todavía no lo sabíamos. Lo supimos once días después, un 31 de diciembre de 2005, alrededor de las ocho de la tarde. Sonaba Rusalka, de Dvořák.

Ya no hemos vuelto a ser los mismos.

Σ’αγαπο.

sagapo

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Las epístolas de Frida

La semana pasada hablaba sobre Chavela Vargas y me refería a ella como la amante de Frida Kahlo. Este es uno de los casos en el que ambas partes tienen entidad como para ser la “amante de”. Chavela de Frida y Frida de Chavela.

Hace un rato, mientras me duchaba, he recordado que Frida Kahlo, además de pintora, fue una escritora fabulosa, con una tremenda capacidad para el género epistolar. Hay varias cartas suyas publicadas, entre ellas, las que escribió a Carlos Pellicer, poeta mexicano. Dentro de esas cartas se encuentra una con un valor histórico indiscutible para quienes las admiramos y vemos la Historia con otros matices: la que escribió el día que conoció a La Chamana. Mientras se hace el café, que ya oigo borbotear, aquí la dejo.

Carlos:

Hoy conocí a Chavela Vargas. Extraordinaria, lesbiana, es más se me antojó eróticamente. No sé si ella sintió lo que yo pero creo que es una mujer lo bastante liberal que si me lo pide no dudaría un segundo en desnudarme ante ella. Cuántas veces no se te antoja un acostón y ya. Ella repito es erótica. Acaso es un regalo que el cielo me envía.

Frida K.

carta

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A las mariposas suicidas

El trato con las mariposas del estómago no es fácil. Normalmente te pillan desprevenida, no hay que olvidar que antes de volar ser arrastran como gusanos. Hasta ese momento, el de arrastrarse, permanecen ocultas en huevas, esperando eclosionar. Digo que es complicado porque, normalmente, el tiempo que convivimos con ellas en fase ovípara y deslizante es mayor que el que pasan revoloteando.

Mi relación con las mariposas de mi estómago nace de una mezcla de respeto y falta de contemplaciones, como dice una amiga que dice Benjamín Prado de la suya con Sabina. A menudo les he arrancado las alas, he alargado su tiempo en la crisálida a propósito esperando que murieran de aburrimiento o las he soltado en vendaval por hablar demasiado, en un vendaval de mariposas como esos de los que hablaba García Márquez.

En muy pocas ocasiones he aguantado el circo que han montado en mi estómago, por no decir casi nunca. Las he odiado cuando salían despedidas a través de un cañón, todavía en forma de gusano, (¡pum!) y sacaban de repente sus alas (¡plas!). Las he aguantado tan poco como tanto he odiado a las precoces, esas que no tenían las alas lo suficientemente fuertes para aguantar más de dos vuelos pero revolotean haciendo un ruido que es difícil ignorar. Lo siento.

Pero también me he compadecido de otras que, moribundas, luchaban por renacer de sus cenizas aunque tuvieran las alas quemadas, así como de aquellas que he escondido dentro de una piñata para que le dieran golpes. Quizás por eso ha habido otras a las que he cuidado con mimo, con tanto mimo que he preferido cometer con ellas una injusticia y matarlas por amor propio antes de que las maten de desamor o de una cornada, porque mi alma antitaurina no solo sale en plaza, sino también en la cama. Aun así, sé que no tiene justificación, como no la tiene el hecho de que a algunas les haya tintado las alas del color que tocaba en ese momento y a otras las haya camuflado durante años para que no las vieran.

Menos mal que las mariposas son seres valientes, pequeñas suicidas, que se atreven a desenroscar su lengua y sacarmela de vez en cuando aun sabiendo que tienen los días contados y que siempre tengo a mano una red para, al menos, cazarlas.

Benjamin Lacombe | Madame Butterfly de Les Valseurs en Vimeo.

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La carta de amor de John Steinbeck

Hoy he vuelto a sacar de la estantería, una vez más, uno de mis libros favoritos: La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas. El mismo título descubre que no se trata de una novela, sino un estudio sobre la sexualidad, la intimidad y las emociones escrito por el sociólogo Anthony Giddens en 1995 y que recomiendo sin pestañear.

Mientras revisaba sus palabras y mis anotaciones sobre el “amor romántico” y la “sexualidad plástica”, he recordado la carta que John Steinbeck escribió, cuatro años antes de obtener el Premio Nobel de Literatura en 1962, a su hijo Thom cuando este le confesó que se había enamorado de Susan. Steinbeck, que era un gran amante del género epistolar en la intimidad, le contestó con una carta en la que le explicaba su visión sobre el amor. Sin duda, habría mantenido una interesantísima conversación con Giddens.

 

New York
November 10, 1958

Dear Thom:

We had your letter this morning. I will answer it from my point of view and of course Elaine will from hers.

First—if you are in love—that’s a good thing—that’s about the best thing that can happen to anyone. Don’t let anyone make it small or light to you.

Second—There are several kinds of love. One is a selfish, mean, grasping, egotistical thing which uses love for self-importance. This is the ugly and crippling kind. The other is an outpouring of everything good in you—of kindness and consideration and respect—not only the social respect of manners but the greater respect which is recognition of another person as unique and valuable. The first kind can make you sick and small and weak but the second can release in you strength, and courage and goodness and even wisdom you didn’t know you had.

You say this is not puppy love. If you feel so deeply—of course it isn’t puppy love.

But I don’t think you were asking me what you feel. You know better than anyone. What you wanted me to help you with is what to do about it—and that I can tell you.

Glory in it for one thing and be very glad and grateful for it.

The object of love is the best and most beautiful. Try to live up to it.

If you love someone—there is no possible harm in saying so—only you must remember that some people are very shy and sometimes the saying must take that shyness into consideration.

Girls have a way of knowing or feeling what you feel, but they usually like to hear it also.

It sometimes happens that what you feel is not returned for one reason or another—but that does not make your feeling less valuable and good.

Lastly, I know your feeling because I have it and I’m glad you have it.

We will be glad to meet Susan. She will be very welcome. But Elaine will make all such arrangements because that is her province and she will be very glad to. She knows about love too and maybe she can give you more help than I can.

And don’t worry about losing. If it is right, it happens—The main thing is not to hurry. Nothing good gets away.

Love,

Fa

 

steinbeck

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