Archivos Mensuales: octubre 2015

La chica del bus “extraviada”

Ha entrado en el autobús con cara de prisa. Se mueve en zig zag a pesar del gentío. Desde mitad del pasillo la veo acercarse. Tiene el pelo corto, castaño y una media melena que le tapa las orejas. Dos ondas suaves le enmarcan la cara. Si no fuera porque tiene los labios demasiado finos, creería que es francesa (no sé por qué lo de los labios). Su boca, entreabierta, hace muecas intermitentes entre los “por favor” y los “gracias”.

Llega a mi sitio, se coloca a mi espalda. En mi nuca, descubierta por el pelo recogido, noto la consecuencia del suspiro que acabo de escuchar y que informa de su llegada al lugar deseado: los últimos coletazos de una ráfaga de aliento. Muevo el cuello de forma inconsciente, como si acabaran de besarme.

Pocos segundos después comienza a quitarse un abrigo de verano. Mueve el bolso de mano y se deja llevar por un vaivén del autobús. Con sus tacones, marca los frenazos y mantiene el equilibrio.

Me roza.

Me roza con su bolso.

El autobús vuelve a parar. Sale más gente, entra más gente. Nos recolocamos como si fuésemos bolas en un recipiente. En ese proceso se coloca delante de mí, de espaldas, a dos palmos. Lo suficientemente cerca como para que me llegue el olor de su perfume.

Lleva un vestido de punto granate, minifaldero. Cualquier hombre heterosexual o mujer homosexual que estuviera en mi lugar estaría ahora mismo a punto de alcanzar el éxtasis, pero yo no, yo rezo. Rezo para que el conductor no frene porque, con sólo un paso que dé hacia atrás, sólo uno, me clavará su magnífico tacón de aguja en mis dedos desnudos.

(#ChicaDelBus que había quedado extraviada entre los borradores de EnLaPalmera de junio de 2014)

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Y a Luis Alberto de Cuenca le dieron el Premio Nacional de Poesía

Hace unas semanas Luis Alberto de Cuenca fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía por su libro “Cuaderno de vacaciones”.

Descubrí a Luis Alberto de Cuenca hace años, cuando alguien me envió su poema “Bébetela”. Me entusiasmó que hablase de relojes de arena, o que llamase cohetes dirigidos al centro de la Tierra a unas piernas, o que cambiarse el derretirse por el licuarse, que es al final lo que hacemos las mujeres: licuarnos más que derretirnos. También me gustó que el símil de sus senos fuera una madriguera. Me gustó que cambiara el verbo comer por el verbo beber. Tal fue mi pasión, meramente romántica, por ese poema que terminaron regalándome una antología.

Pasaron los años y llegué a conocerle (hasta entablamos en una ocasión una conversación más o menos interesante). Pero un día, mientras hojeaba y ojeaba esa antología, descubrí algo que dio un vuelco a la historia: me paré a leer el pie de página de su poema “Libros”, una oda que me fascinó desde la primera vez que lo leí, y atónita hallé que estos versos que tantas veces había repetido estaban dedicados a su gran amigo José María Aznar.

¡Jamás tamaño puñal había atravesado mi alma! Tanto es así que, presa del desconcierto, no volví a abrir sus poemas a pesar de tenerlos al lado de “Song of Myself”, de Walt Whitman, maravilla que leo con bastante frecuencia a sorbitos (durante el desayuno o antes de dormir o los domingos por la mañana).

Sin embargo, hace unas semanas leí que Luis Alberto de Cuenca había recibido el Premio Nacional de Poesía y me alegré a pesar de todo, y recordé ese poema suyo que tanto me gusta, no por calidad literaria, sino porque acaba con dos versos en los que no sé muy bien qué papel prefiero tener, si el de sujeto u objeto de la acción, y que dicen así:

“Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno.”

(El Desayuno, de “La rosa y el hacha”, 1993)

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Una mañana cualquiera de la vida misma

7.40 horas. He subido al metro y, en la parada siguiente, ha subido una señora de aproximadamente 1.65 metros. Lucía unas mechas rubias de tonalidad Partido Popular, media melena y pelo liso. Vestía una camisa de Ralph Lauren de rayitas rosas y unos vaqueros básicos de corte ligeramente acampanado. Asomaban unas botas o botines de piel marrón. Todo el look estaba aderezado con un chaleco azul marino acolchado. Tendría unos cuarenta y pocos.

Ha entrado y ha virado a la izquierda para sentarse en ese lado. Conforme ha apoyado las posaderas en el sitio, ha debido darse cuenta de su decisión inconsciente y se ha levantado dispuesta a venir a los asientos del centro, que es desde donde yo la observaba.

La suerte ha tenido a bien o a mal que, cuando pasaba a la altura de las puertas, un chico la haya interceptado. Medía aproximadamente 1.75 metros. Lucía pelo rubio oscuro, sin brillo, liso y con una coleta que le llegaba hasta la cintura. Su cara estaba semi oculta por una no-demasiado-poblada barba. Llevaba camiseta de manga larga verde y pantalones de un color indescriptible, a medio camino entre el verde militar, el marrón y el gris. Unas botas que no puedo describir por falta de conocimiento estilístico y una mochila le acompañaban. Tendría unos treinta y estoy segura de que se ha comido más de una asamblea del 15M.

Ha pasado por delante de la señora como una exhalación. Tan rápido iba que se ha chocado contra las puertas del metro. La señora, hábil de reflejos, ha parado en seco y, una vez las puertas del vagón habían parado el ímpetu del muchacho, ha dado tres pasos más y se ha sentado frente a mí.

A sabiendas de que observaba la situación, ha buscado en mí (que hoy luzco unas perlas buenas, de Majorica, y entiendo que por ahí ha llegado su conexión) una cómplice y, haciéndome un gesto despectivo hacia el chico, ha rumiando unas palabras que casi no he entendido y que mostraban su enfado por la situación, más algo de hartazgo y un poco de fastidio por tener que compartir vagón con semejante individuo (pongo “semejante individuo” en cursiva porque entiendo que es como en su interior se refería a él). Poco he podido hacer más que decir:

-Sí, muy mala educación. Pero ya sabemos lo que fastidia perder el metro. Así que vamos a perdonarle… –he concluido queriendo imprimir un tono de “venga, anda, no te pongas así que puede pasarnos a cualquiera” pero consiguiendo ese tono con el que la Iglesia dice que hay que tratar a los pecadores.

Ella ha asentido a mi contestación con cara de póquer porque entiendo que mi respuesta no contestaba a su comentario en absoluto. Mientras, el chico, al otro lado, se quitaba el sudor de la frente y recomponía su camiseta.

En ese momento me he visto desde fuera y me he partido de risa interiormente.

Así comienza el día de una ciudadana de Madrid.

¡Buenos días!

 

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La efeméride de hoy lleva por nombre Clara Campoamor

 

“Defendí en Cortes Constituyentes los derechos femeninos. Deber indeclinable de mujer que no puede traicionar a su sexo”. Clara Campoamor.

 
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Hoy estamos de fiesta. Tal día como hoy, hace 84 años, Clara Campoamor y mujeres que lucharon junto a ella conseguían un hito histórico: que las mujeres tuviésemos derecho a elegir a nuestros representantes políticos, que pudiésemos meter un papel en una urna y tuviésemos así voz en la res publica.

Los periódicos de la época dicen que, cuando se conocieron los resultados de la votación, “las señoras de las tribunas se pusieron muy contentas”.

84 años después seguimos dando las gracias a Clara Campoamor y todas esas mujeres que impulsaron la consecución de los derechos de los que ahora disfrutamos.

Por eso debemos seguir abriendo camino: por ellas, por nosotras y por las que vendrán.

¡Feliz día!

 

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