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Mi niña favorita de las mañanas

Me los encuentro casi cada mañana en el transbordo del autobús. Suben la calle Alcalá aprisa, como si, un día más, llegaran tarde al colegio.

Él se acerca a los cuarenta. Perfectamente afeitado luce un traje gris unos días, azul marino otros, complementado con una mochila de Peppa Pig, que le cuelga del hombro izquierdo; y otra de una princesa con el pelo muy rubio y muy largo, que más que arrastrar lleva en volandas. De este modo, una de las niñas, la mayor, que no supera los seis años, puede ir delante, siempre dentro de su campo de visión; y ella, mi favorita, puede ir agarrada a su mano izquierda.

Mi niña favorita de las mañanas no brinca los cuatro. Siempre lleva su ondulado pelo castaño en dos coletas, hechas cada día según cae, y lo suficientemente largas para que le rocen los hombros con las puntas del pelo, como si fueran dos expertas bailarinas de danza clásica que, con ligereza, hacen cosquillas al suelo con los dedos de los pies.

De su mano izquierda cuelga un oso de peluche, que es en altura un tercio de la suya, y que unas veces cuelga y otras arrastra. A pasitos cortos intenta seguir la marcha de su padre, que suele llegar a la Plaza de la Independencia como si acabara de subir el Tourmalet, momento que él aprovecha para recordarles que tienen que andar más rápido. Es entonces cuando ella ladea la cabecita y lo mira desde más allá de esas grandes gafas de plástico rosa que lleva atadas a la cabeza como si fuera a bucear por la vida y piensa, imagino yo: “¡Tú te pinchas!”.

Hoy, al llegar a la Puerta de Alcalá, la hermana mayor ha salido despedida:

-¡Ten cuidado! –le ha dicho su padre.

Ha ido al kiosko, ha mirado la portada de las revistas que había expuestas y ha dicho:

-Mira papá, ¿y ésta de novia no te gusta?

Mi niña favorita de las mañanas ha soltado su mano, ha salido corriendo hacia su hermana y el padre, con la mochila de Peppa Pig, la de la princesa rubia de pelo largo y dos bolsitas de tela con la merienda, se ha acercado hacia ellas, le ha subido los calcetines a la pequeña y ha reemprendido el camino al cole con una sonrisa en la cara y con un gesto que da muestras de una historia que no he sabido cómo interpretar.

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Lo que escondía la niña de cada mañana

Estaba buscando una razón para reanudar el blog y aquí está.

Cuando cumples una rutina cada día empiezas a formar parte, sin saberlo, de la rutina de otros; igual que esos otros comienzan a formar parte, sin saberlo, de tu vida. Casi todas las mañanas, de camino al trabajo, me cruzo con una mujer y una niña con síndrome de Down. Me había dado cuenta que, últimamente, la niña no paraba de hablar hasta que me veía. En ese momento callaba y me observaba fijamente hasta que nos cruzábamos. Casi siempre a la misma altura. Siempre en la misma acera. Llevamos cruzándonos desde que comenzó el cole y desde hace un tiempo, yo siempre le sonreía. Ella no. Ella, la niña, abría la boquita, con los labios húmedos y pelados, y observaba.

Esta mañana, cuando me ha visto, le ha dicho algo a la mujer. Ésta ha sonreído y ha dicho en voz alta: “Bueno, ¿no se lo vas a decir a ella?”. Nos hemos parado y le he dicho:

-Pero ¡qué guapa estás hoy!

-…

-Venga, díselo… -dice la mujer. Dile lo que me dices siempre.

-Me gusta tu pintalabios rojo.

-Ahm… ¡Muchas gracias! A mí me gusta mucho tu mochila.

-Es de Peppa Pig… ¿Por qué hoy no los llevas pintados? ¿Se te ha perdido?

-No… hoy no me ha dado tiempo…

-¿Y mañana te va a dar?

-Sí, claro.

-¿Y después de mañana?

-También…

-Cuando sea mayor me los voy a pintar como tú. ¿Cuántos años tienes?

-32. ¿Y tú?

-Ocho. ¿Cuántos me faltan?

-Muy poquitos ya…

-¿Cómo te llamas?

-Camino. ¿Y tú?

-¡Hala, qué nombre tan raro! –dice entre flipada y tímida.

-Sí, un poco… ¿Tú cómo te llamas?

-…

-Venga, ¡díselo! –dice la mujer, que supongo que será su madre.

-¿No me lo dices?

-No…

-Bueno, hacemos un trato. Yo mañana traigo los labios rojos y tú me dices cómo te llamas.

-¡Vale!

Espero verla mañana. Éste es, sin duda, el regalo que octubre me tenía reservado este año.

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