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La buena vida en 2016

Anoche me desperté dándole un beso en la nariz, me acurruqué y seguí durmiendo. Esta mañana me he puesto muy contenta al levantar la persiana y ver que el último día de 2015 traía niebla y lluvia. He intentado dibujar la cicatriz que tendré en unos días para hacerme a la idea (no creáis que termina de gustarme esta idea). He desayunado sentada en una encimera que todavía no sabemos si soporta mi peso, pero el caso es que todavía no se ha derrumbado. Me he limpiado la cara y he salido de casa sin maquillar, dándome cuenta en el ascensor que tenía mala cara, pero que a mis treinta y cuatro no tengo el cutis tan mal. Me he ido a la estación con el tiempo pegado porque había remoloneado durante mucho tiempo antes de levantarme y el desayuno había durado una hora. Una hora para una taza de café cortado.

He estado tarareando para mí, durante una hora y cuarenta y cinco minutos que ha durado el viaje en bus, “My way”, de Sinatra, que por cierto he bailado en dos ocasiones a lo largo de este año. Cuando he llegado a mi destino estaba esperándome mi hermano, que es la persona a la que más quiero en esta vida. En casa estaban mi madre, terminando de freír un huevo porque hoy tocaba arroz a la cubana y chorizo (en La Mancha todo lo completamos con un chorizo), y mi abuela. Anís me ha dado la bienvenida poniéndose boca arriba y arañándome las manos de arriba a abajo.

Nos hemos echado todos una siesta (mi padre también, que ha llegado tarde de trabajar). Anís se ha subido en mi cadera y, ahí acurrucados en la manta de coralina, nos hemos quedado fritos mientras sonaba de fondo un documental sobre una conspiración en Estados Unidos.

Y la buena vida es esto, queridos. Espero que 2016 me reserve muchos días así. Ahora os dejo, que me voy a ayudarle a mi madre a pelar langostinos.

FELIZ AÑO.

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Feliz 2014, el año de la lucha y la rebelión

Muchos de nosotros nacimos en una época en la que ya no existía ese señor que, a escondidas, tenía el gran honor de ver las películas en su totalidad, con besos y ligas, nalgas y espaldas desnudas y se encargaba de decidir qué escenas podían ver en el cine los demás y cuáles no. Nacimos en un tiempo de cambio en el que los matrimonios ya se podían mandar a tomar viento si dejaban de quererse porque los cónyuges ya solo estaban unidos por un férreo yugo en cuanto a etimología; una época en la que la lista de los libros prohibidos era cosa del pasado y en la que las mujeres, nuestras madres, iban dando pasos cortos pero firmes velando por nuestro futuro.

Antes de que nosotros naciésemos fueron muchas las personas que lucharon para conseguir que nosotros llegásemos a este mundo disfrutando de unos derechos que a lo largo de este último año no hemos perdido, sino que hemos regalado, porque solo se pierde o gana lo que se lucha.

Espero que 2014 sea un año de lucha y de rebelión, de recuperar nuestros derechos, hacer valer los pocos que nos quedan, como nuestra malherida libertad de expresión, así como de seguir cumpliendo con nuestros deberes. De hacer ver que la democracia no es solo meter un papelito en una urna y dar vía libre a los políticos para que se mofen de quienes han confiado en ellos, sino que es una filosofía que debemos salvar los ciudadanos sembrando ética en nuestras acciones y sanando el terreno donde se desarrolla la política y la moral de los tres aparatos y que ahora solo está lleno de gusanos.

Espero que 2014 sea el año en el que salgamos todos a la calle a recuperar lo que nos pertenece, entre otras cosas la dignidad como ciudadanos.

Nos vemos en las calles. Feliz 2014.

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Lista de propósitos y deseos confesables para las próximas 52 semanas

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Calendario de Adviento DIY

Mantener más ordenada la casa (ordenando más la casa, ordenas más la mente). Hacer caso a la gente de los patines y salir a patinar con ellos. Perder el miedo a la mayonesa. Elaborar un excel para llevar las cuentas de la economía doméstica. Aprender a hacer punto para regalar bufandas y gorros. Perdonarle, perdonarme. Pensar antes de hablar. Pensar antes de escribir. Volver a pisar la hojarasca a finales de octubre. Multiplicar las sonrisas de 2013 por cinco, las risas por nueve, las carcajadas por siete y las lágrimas por cero. Más yoga. Más meditación. Menos TwitterDar besos. Dejar que me los den, aunque lleguen en cadena. Seguir sin televisión en casa. Aprender a hacer más recetas de puchero. Aprender a hacer postres sin miedo a echar una cucharada más de azúcar. Meterme más en el mar, salir y tumbarme al calor de la arena. Viajar más a Barcelona. Conocer Asturias y su fabada… Dejarme caer por ExtremaduraMejorar mi inglés y, de paso, mi portugués. Pasear más, incluso bajo la lluvia, pero en este caso sin paraguas. Pasar más ratos con mi familia. Escuchar más música, cantarla y bailarla. Ir con los ojos lo suficientemente abiertos como para que no se me escape ninguna bandada de pájaros. Darle la bienvenida a las canas y hacerles un hueco en mi cabeza si deciden llegar. Comprar más flores frescas. Ayudar más a los demás. Sacar adelante todas mis plantas. Acariciarla… Libros nuevos, basta de releer. Escuchar más música en directo, como la de Paz y Pájaro Juárez. Apostar por el DIY. Terminar todos los botes de cremas anticelulíticas que tengo empezados y no comprar más hasta los 38. Pasar más tiempo con mis amigos. Dejar de morderme las uñas forever and ever. No darte la espalda si te da por decir: “¡Ya estoy aquí!”. Estar y ser presente.

Que mi madre me acaricie el pelo.

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Treinta y uno de diciembre, con letra

Treinta y uno de diciembre, el día de los deseos, de los propósitos para el año nuevo. Es el día en el que el cerebro pone en marcha su maquinaria de higiene mental para formatear de manera selectiva nuestros recuerdos y empezar así el nuevo año con un brindis.

Este verano estuve en Bali visitando a una amiga. Uno de los últimos días fuimos a Tanah Lot, un templo erigido sobre una roca en medio del mar. Paseando dimos con una cala a la que era difícil acceder, pero bajamos entre las rocas hasta pisar esa arena fina y limpia. Mientras arañábamos tiempo a la marea, que subía lentamente pero sin regalarnos un segundo, ésta nos dejó en la orilla un coco. Decidimos cogerlo, meter ahí todas nuestras nuestras preocupaciones, cavilaciones y tristezas y lanzarlo al mar para que se fueran lejos, muy lejos.

La marea no sólo nos devolvió ese coco, sino otro más. En ese momento, ambas nos miramos pensando que ese mar de aguas sagradas nos devolvía al cuadrado aquello de lo que queríamos desprendernos. Hoy sé que no, el atardecer de Tanah Lot nos devolvió una oportunidad a cada una de cambiar aquello que no queríamos tener cerca de nosotras. La nueva vida, el futuro, como el coco, estaba de nuevo en nuestras manos.

Me gusta el treinta y uno de diciembre porque es ese día en el que lanzas un coco al mar cargado de lo que no quieres y te devuelve dos, llenos de ilusiones y nuevas oportunidades.  De nosotros depende encontrar la forma de abrirlo y disfrutar de esas nuevas historias que guarda y que, como este treinta y uno de diciembre, se escriben con letra.

Feliz Dos mil trece.

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