Archivos Mensuales: diciembre 2013

Feliz 2014, el año de la lucha y la rebelión

Muchos de nosotros nacimos en una época en la que ya no existía ese señor que, a escondidas, tenía el gran honor de ver las películas en su totalidad, con besos y ligas, nalgas y espaldas desnudas y se encargaba de decidir qué escenas podían ver en el cine los demás y cuáles no. Nacimos en un tiempo de cambio en el que los matrimonios ya se podían mandar a tomar viento si dejaban de quererse porque los cónyuges ya solo estaban unidos por un férreo yugo en cuanto a etimología; una época en la que la lista de los libros prohibidos era cosa del pasado y en la que las mujeres, nuestras madres, iban dando pasos cortos pero firmes velando por nuestro futuro.

Antes de que nosotros naciésemos fueron muchas las personas que lucharon para conseguir que nosotros llegásemos a este mundo disfrutando de unos derechos que a lo largo de este último año no hemos perdido, sino que hemos regalado, porque solo se pierde o gana lo que se lucha.

Espero que 2014 sea un año de lucha y de rebelión, de recuperar nuestros derechos, hacer valer los pocos que nos quedan, como nuestra malherida libertad de expresión, así como de seguir cumpliendo con nuestros deberes. De hacer ver que la democracia no es solo meter un papelito en una urna y dar vía libre a los políticos para que se mofen de quienes han confiado en ellos, sino que es una filosofía que debemos salvar los ciudadanos sembrando ética en nuestras acciones y sanando el terreno donde se desarrolla la política y la moral de los tres aparatos y que ahora solo está lleno de gusanos.

Espero que 2014 sea el año en el que salgamos todos a la calle a recuperar lo que nos pertenece, entre otras cosas la dignidad como ciudadanos.

Nos vemos en las calles. Feliz 2014.

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Lista de propósitos y deseos confesables para las próximas 52 semanas

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Calendario de Adviento DIY

Mantener más ordenada la casa (ordenando más la casa, ordenas más la mente). Hacer caso a la gente de los patines y salir a patinar con ellos. Perder el miedo a la mayonesa. Elaborar un excel para llevar las cuentas de la economía doméstica. Aprender a hacer punto para regalar bufandas y gorros. Perdonarle, perdonarme. Pensar antes de hablar. Pensar antes de escribir. Volver a pisar la hojarasca a finales de octubre. Multiplicar las sonrisas de 2013 por cinco, las risas por nueve, las carcajadas por siete y las lágrimas por cero. Más yoga. Más meditación. Menos TwitterDar besos. Dejar que me los den, aunque lleguen en cadena. Seguir sin televisión en casa. Aprender a hacer más recetas de puchero. Aprender a hacer postres sin miedo a echar una cucharada más de azúcar. Meterme más en el mar, salir y tumbarme al calor de la arena. Viajar más a Barcelona. Conocer Asturias y su fabada… Dejarme caer por ExtremaduraMejorar mi inglés y, de paso, mi portugués. Pasear más, incluso bajo la lluvia, pero en este caso sin paraguas. Pasar más ratos con mi familia. Escuchar más música, cantarla y bailarla. Ir con los ojos lo suficientemente abiertos como para que no se me escape ninguna bandada de pájaros. Darle la bienvenida a las canas y hacerles un hueco en mi cabeza si deciden llegar. Comprar más flores frescas. Ayudar más a los demás. Sacar adelante todas mis plantas. Acariciarla… Libros nuevos, basta de releer. Escuchar más música en directo, como la de Paz y Pájaro Juárez. Apostar por el DIY. Terminar todos los botes de cremas anticelulíticas que tengo empezados y no comprar más hasta los 38. Pasar más tiempo con mis amigos. Dejar de morderme las uñas forever and ever. No darte la espalda si te da por decir: “¡Ya estoy aquí!”. Estar y ser presente.

Que mi madre me acaricie el pelo.

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Deseos sin fecha

Desde EnLaPalmera os deseamos que viváis estas fechas como más os guste y proponemos una cosa: que el espíritu que nos embarga durante estos días de amor, ayuda, solidaridad, respeto y paz, tenga el origen que tenga, lo mantengamos vivo cada día independientemente de la fecha que marque el calendario.

Un beso.

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Aniversarios

Tal día como hoy, hace ocho años, envié un correo con el siguiente asunto: “Sin ánimo de recibir respuesta”. Al día siguiente llegó la respuesta bajo el asunto: “Con ánimo de contestar”.

Fue el primer punto de un textum con el que íbamos a tejer un lazo indestructible, pero todavía no lo sabíamos. Lo supimos once días después.

Ya no hemos vuelto a ser los mismos.

Σ’αγαπο.

sagapo

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La señora de los tres besos

Casi cada mañana coincido en la marquesina con tres hermanos. Dos chicas y un chico. Él es el pequeño, aunque de altura es el mayor. Está secuestrado por la fealdad preadolescente. Ellas son guapísimas, de tez mulata y pelo alisado. Están en plena adolescencia y todavía no se han “liberado”, como me decía una amiga dominicana cuando hablaba de sus melenas de rizo rizadísimo. Los tres van al colegio.

Muchas de esas mañanas los está esperando dentro del autobús una chica joven, que no pasa los cuarenta y que no comparte con ellos ni rasgos ni tez.  Les dice “hola” sin saber muy bien qué se va a encontrar. Es un “hola” temeroso, como el que se dice cuando no las tienes todas contigo; como cuando sabes que ese “hola” puede sembrar la paz o desatar un cataclismo; resignado, como el que se le dice a la persona que te gusta cuando sabes que tienes muy poco o nada que hacer.

Uno a uno los va parando y les da tres besos seguidos en la misma mejilla, con fuerza, sabiendo que podrán ser limitados en número y tiempo pero pueden arañar algo de cariño por su intensidad. Sin embargo, ellos se dejan besar mirando hacia otro lado, como hacen todos los adolescentes, aunque en este caso creo que se debe a una aleación de una cuarta parte de adolescencia, dos de indiferencia y una de amor por ella que no dejan que salga.

Conforme los besa, ellos se van al fondo de autobús y ella se baja en la siguiente parada deseándoles un buen día mientras miran al suelo o por la ventana.

Se va con los ojos llorosos. Es su madre.

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Puedes acusarme de apropiación indebida

Me voy a apropiar indebidamente de tus hábitos que, sin conocerlos, es lo que echo de menos.

De hoy en adelante tomaré el café sentada, comiendo una tostada de unto desdibujado porque no sé lo que te gusta. Cogeré un libro con la mano derecha y masticaré el pan, crujiente, pensando en los dos últimos renglones, como supongo que haces tú cada mañana.

Trataré de quitarme con la punta de la lengua la miga de pan que se ha quedado prendida en la parte derecha de tu labio superior. La dejaré asomar por mi boca con movimientos lentos y suaves, como lo hacen quienes no salen de su ensimismamiento o como lo haría si tuviera que ser yo quien te la retirara de los labios. Permaneceré atenta a su humedad y a su temperatura, que es en lo que supongo que te fijarías tú si fuera mi lengua la que se llevara por delante esa miga en boca ajena mientras escuchas una respiración que, ya que está ahí, aprovecha para respirarte recién levantado.

ilustra

Ilustración: Sara Herranz

Y por las noches, con el sabor de la miga de pan sobre tu labio; con tu aroma respirado atascado en mi garganta; y con los detalles que te haya robado en el proceso, cogeré tus manos y haré con ellas y con tus hábitos lo que supongo tú harías.

Llegado el caso, si te sientes incómodo, puedes acusarme de apropiación indebida. 

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Como los amantes de las películas

Todas las mañanas, cuando subo en el autobús, la encuentro sentada en la parte de atrás. Desde la entrada diviso su gorro rojo de lana con una flor amarilla, morada y verde. Conforme me acerco, veo su pelo, un pelo caoba corto que instantáneamente me hace imaginarla casi cuatro décadas atrás luchando por las mujeres. Siempre asocio los pelos caobas a las mujeres feministas.

Un flequillo escaso enmarca sus ojos, cansados, con bolsas hinchadas. Una hinchazón que no producen ni el sueño ni el cansancio físico, sino que está macerada en el paso de las emociones. Lo único que le alegra la cara son sus labios rojos, agranatados, perfectamente perfilados. Me atrevería a decir que están maquillados con pincel.

Desde los labios rojos hacia abajo, no sabría describirla. Jamás me he fijado.

Su trayecto llega hasta Paseo del Prado. Se baja en la parada que hay frente al museo. Todas las mañanas me pregunto si trabajará en la pinacoteca. ¿Será restauradora? ¿Será recepcionista? ¿Será bedela?

Hoy, me he sentado en la última fila, pegada a la última ventana. Cuando se ha bajado y el autobús ha arrancado, me he dado la vuelta, como los amantes de las películas que se rebelan ante las despedidas y se dicen adiós con la mano hasta que se pierden de vista. Quería saber dónde iría, si se metería por alguna puertecita oculta del museo, a la que solo tienen acceso unos pocos.

Ha comenzado a caminar, cabizbaja, como siempre. El autobús ha parado en un semáforo. Ella seguía andando. “¡No arranques, no arranques!”, rezaba. Cada segundo de semáforo era un paso suyo. Ella avanzaba paralela a mi lado. Se ha puesto en verde y los coches que nos precedían me han dado unos segundos de cortesía. Inevitablemente ella ha terminado perdiéndose entre los árboles y yo me he dado la vuelta como los amantes de las películas, que se rebelan a las despedidas, pero que al final no les queda más remedio que dejar de decir adiós tras la ventana del autobús, darse la vuelta y seguir su camino.

Quizás mañana.

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Otro continente

Hace unos días, al salir de la ducha, cayó sin querer en un juego de espejos y vio su espalda reflejada. Algunas gotas de agua todavía no se habían secado. Ahí estaban, prendidas con todas las uñas porque no querían caerse, como decía Cortázar*. Se le marcaban las costillas, aunque menos que antes. Observó sus hombros, acariciados por su media melena, ya más larga; su cintura seguía dibujándose, ya no tanto por ella como por  sus caderas, dos curvas maravillosamente inexactas, heredadas de su madre.

En ese momento vio su cuerpo como nunca antes lo había visto: como una obra perfecta, en esa bella imperfección, hecha para ser el continente de otro ser humano.

*Aplastamiento de las gotas, de Julio Cortázar:

“Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. 
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós”.

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Cuatro Microhistorias

Cuatro microhistorias de un fin de semana lluvioso. Todas encierran una primera vez. Todas juntas conforman una historia; cada una es una historia en sí misma. Todas están dedicadas a Geor.

Historia Uno. Después de hacer yoga, nos sentamos una frente a la otra mientras nos mirábamos a los ojos y escuchábamos de fondo la lluvia en los cristales. Llevamos conociéndonos muchos años, hemos pasado muchas cosas juntas pero nos daba pudor mantenernos la mirada. Las dos intentábamos ver qué se escondía más allá de los ojos de la otra. Al cabo de un rato, cada una puso su mano derecha en el pecho de la otra. Su corazón latía con fuerza contra la palma de mi mano. Pum Pum. Pum Pum. Sé que aquel latido nos ha unido para siempre.

granadas

Historia Dos. Terminamos el desayuno y salimos a pasear. El día anterior habíamos llegado tarde y teníamos curiosidad por saber qué paisaje nos ocultaban los muros de la casa. Nada más salir encontré unas cuantas granadas rendidas a la fuerza de la gravedad. Nunca antes las había visto fuera de un frutero o de una caja.

Historia Tres. Llevaba lloviendo un día y medio. La tierra, rojiza, sudaba lluvia. Pisar por las hierbas y ramitas que se amontonaban en el medio del camino nos dejaba seguir avanzando sanas y salvas. De pronto, a la derecha, se abrió un atajo, un largo pasillo de limoneros que nos llevaba directamente a la casa. Entre frutales y hojas mojadas, mientras nuestros pies se hundían en el barro, avanzamos fotografiando las gotas de lluvia que se habían quedado agarradas en los limones, todavía verdes, brillantes.

limoneros

Historia Cuatro. Me senté en una silla, bajo un soportal. En la mano llevaba unos calcetines secos. Me puse uno de ellos y, de repente, cuando me giré a coger el otro, saltó sobre mis piernas. En un segundo tenía encima un gatito gris. Tras superar ambos el susto de la sorpresa, se hizo un ovillo y se quedó quieto. Durante unos minutos nos acariciamos… Yo le acariciaba el lomo; él estiraba su cuello para tocar con su nariz rosa la mía, mientras esperábamos que llegara Geor. Cuando llegó y se lo conté, muy sabia me dijo: “No pienses que lo ha hecho para darte cariño… Es un gato. Solo buscaba su propio beneficio”.

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Receta de mi crema de zanahoria

Ingredientes:Zanahoria_0

  • Zanahorias. Muchas, ¡muchísimas! Pongamos siete grandes, por decir un número alto.
  • Puerro: con uno es suficiente
  • Una patata mediana
  • Una naranja
  • Sal
  • Aceite de oliva
  • Música

Lava las zanahorias y pélalas. Córtalas en trocitos (cómete un trocito de cada zanahoria que eches a la olla). Añade la patata pelada y pon todo a cocer. Es importante que no la cuezas con mucha agua porque si no, perderá sus propiedades. Yo aquí no añado sal, pero tú puedes hacer lo que quieras. Cuando la olla exprés empiece a hacer ruido (un ruido que te impida oír con claridad la música que estés escuchando, sube la música y espera diez minutos).

Durante esos diez minutos que tienes la música a toda leche, pon el aceite a calentar en una cacerola. Mientras se calienta, corta una cebolla mediana. A mí me gusta cortarla como hacen los cocineros experimentados, con brío. Las cebollas hay que cortarlas como las relaciones, rápido, para que solo llores en el momento. Corta también el puerro (recuerda: quítale la parte verde, haz un corte en cruz a lo largo de la parte blanca para lavar el interior y hazlo trocitos). Pon todo en la cacerola con un poco de sal y rehoga. ¡Importante! Mientras rehogas, no limpies… eso al final. Escucha la música que tienes de fondo, canta el tema si te lo sabes y pica algo de la nevera (el queso manchego con membrillo viene fenomenal para hacer tiempo).

Una vez esté rehogado (15-20 minutos… tómate tu tiempo. Hazlo a fuego lento, que así sabe todo mejor), saca las zanahorias y la patata de la olla, ¡pero no tires el caldo!, apártalo. Mézclalas con el puerro y la cebolla y rehoga 5 minutos más. A estas alturas recuerda bajar el volumen de la música y ve pensando qué vas a hacer de segundo.

Cuando esté rehogado, añade el caldo y tritura (BrrrrrrrrBrrrrBrrrrrrrr, BrrrrrBrrrBrrrr, Brrrrrrrrrrrrrrrrrr). Una vez esté batido, ya tienes permiso para meter el dedo y probar qué tal te ha salido. Rectifica de sal y… échale el zumo de media naranja (la otra media guárdala para el postre).

Mezcla bien, déjalo reposar y ¡hala!

Nota: Si has querido guardar tan bien las propiedades de las zanahorias que te has quedado corto de caldo y no lo has rectificado ni con el zumo, échale un poco de agua del grifo, que no se acaba el mundo.

Otra nota: Como verás, el puerro es muy traicionero. Cuando lo compras no te cabe en el bolso y luego, a la hora de la verdad, se queda en la mitad. Esto pasa en muchas ocasiones en esta vida, así que no hagas un drama. Eso sí, lávalo bien.

Una nota más: Si no te sale rica, es porque has hecho algo mal.

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