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Y a Luis Alberto de Cuenca le dieron el Premio Nacional de Poesía

Hace unas semanas Luis Alberto de Cuenca fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía por su libro “Cuaderno de vacaciones”.

Descubrí a Luis Alberto de Cuenca hace años, cuando alguien me envió su poema “Bébetela”. Me entusiasmó que hablase de relojes de arena, o que llamase cohetes dirigidos al centro de la Tierra a unas piernas, o que cambiarse el derretirse por el licuarse, que es al final lo que hacemos las mujeres: licuarnos más que derretirnos. También me gustó que el símil de sus senos fuera una madriguera. Me gustó que cambiara el verbo comer por el verbo beber. Tal fue mi pasión, meramente romántica, por ese poema que terminaron regalándome una antología.

Pasaron los años y llegué a conocerle (hasta entablamos en una ocasión una conversación más o menos interesante). Pero un día, mientras hojeaba y ojeaba esa antología, descubrí algo que dio un vuelco a la historia: me paré a leer el pie de página de su poema “Libros”, una oda que me fascinó desde la primera vez que lo leí, y atónita hallé que estos versos que tantas veces había repetido estaban dedicados a su gran amigo José María Aznar.

¡Jamás tamaño puñal había atravesado mi alma! Tanto es así que, presa del desconcierto, no volví a abrir sus poemas a pesar de tenerlos al lado de “Song of Myself”, de Walt Whitman, maravilla que leo con bastante frecuencia a sorbitos (durante el desayuno o antes de dormir o los domingos por la mañana).

Sin embargo, hace unas semanas leí que Luis Alberto de Cuenca había recibido el Premio Nacional de Poesía y me alegré a pesar de todo, y recordé ese poema suyo que tanto me gusta, no por calidad literaria, sino porque acaba con dos versos en los que no sé muy bien qué papel prefiero tener, si el de sujeto u objeto de la acción, y que dicen así:

“Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno.”

(El Desayuno, de “La rosa y el hacha”, 1993)

desayuno

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Dos mujeres en Madrid

Acaba de ocurrir. Iba frente a mí, en el bus. Me ha llamado la atención porque llevaba un gorro de lana mientras que a su lado iba otra chica con unos pantalones cortos que dejaban ver sus piernas como dos cirios blancos (o “cohetes dirigidos al centro de la Tierra”, que diría Luis Alberto de Cuenca). Hablaba por teléfono:

-Sí, 33. Hago 34 el 2 de julio -ha dicho.

Como yo.

Tras colgar se ha puesto unos auriculares y ha abierto “Dos mujeres en Praga”, de Millás. Mientras leía, escuchaba música y daba golpes con uno de los pies en el suelo. La observaba pensando cómo es posible que pudiese aislar el ritmo de los golpecitos del ritmo de la lectura. Supongo que es una habilidad que se desarrolla como yo desarrollé en su día la de caminar leyendo, sorteando cualquier tipo de accidente humano-geográfico-urbanístico que hubiese en mi camino, he pensado.

Nos hemos bajado en la misma parada. Ella caminaba delante de mí, leyendo mientras avanzaba, como lo hago yo de camino al trabajo. Íbamos tan cerca que mi vista no alcanzaba más allá de su cazadora, sus vaqueros negros largos y sus zapatillas de deporte. Colgando de un brazo llevaba una bolsa de plástico por la que salía un tacón de aguja.

Al cruzar la calle ha girado a la izquierda, ha subido un escalón y ha abierto una puerta. Unos metros después, he girado a la izquierda, he subido un escalón y he abierto una puerta. No he podido evitar pensar que ella se había quedado atrás, en el prostíbulo que hay, casi camuflado, a unos cuantos metros de mi casa.

 

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Mis libros

librosCada vez que tengo una mudanza os empaqueto en enormes cajas y os llevo conmigo, vaya donde vaya. A lo largo de estos años, y tantos cambios de casa, a muchos de vosotros he tenido que dejaros en la casa del pueblo.

Durante un tiempo habéis estado ocultos, debajo de mi cama de adolescente, metidos en enormes cajas. Me dolía abrirlas y veros porque me recordabais a las estanterías de esa casa donde un día estuvisteis y donde os coloqué para que os diera el sol del atardecer. Ya sabéis vosotros lo que pueden llegan a doler los recuerdos.

Poco a poco os he vuelto a traer conmigo y volvéis a llenar las estanterías de mi mundo; las mesas, mesillas de noche, aparadores, sillas, el otro lado de la cama… Os llevo al trabajo; os meto en el bolso cuando salgo a pasear porque me gusta parar y leeros en mitad del campo o en un parque. Vais siempre en mi maleta, aunque sea una maleta de un día. Os quito el polvo, siempre uno por uno, y os hojeo y ojeo para buscar marcapáginas olvidados, notas, dedicatorias, restos de un beso… Y, mientras tanto, me siento en el sofá para leeros con la excusa de descansar un ratito, que puede convertirse en una mañana o una tarde entera.

Sois mi regalo favorito, recibido y entregado; mi máquina del tiempo, mi teletransportador espacial; sois el azote a una consciencia a veces dormida. Sois el inicio de todas mis historias de amor y el abono de mis mayores historias de amistad.

¡Qué sería de mí sin vosotros, tiranos!*.

 

*”Qué sería de mí sin vosotros,
tiranos y, a la vez, embajadores
de la imaginación,
verdugos del deseo
y, al mismo tiempo, mensajeros suyos,
libros llenos de cosas deplorables
y de cosas sublimes,
a los que odiar
o por los que morir”.

(Luis Alberto de Cuenca, Libros)

 

 

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Dedicatorias

Esta mañana, mientras buscaba un buen libro de poesía, he encontrado mi favorito con esta dedicatoria:

Mira hacia atrás.

Recuerda. Aún puedes

rozar el pasado con la

punta de los dedos.

El goce de los buenos momentos aún

calienta tu corazón.

¿Y la angustia? La angustia ya no

oprime tu pecho. Es sólo una sombra.

Mira hacia adelante.

El futuro te pertenece.

Días felices te esperan a

la vuelta de la esquina.

Agárralos con fuerza.

Y en los días de tormenta

siempre podrás cobijarte

bajo el olmo.

M. 13/02/07

Está escrito en Poesía 1979-1996, de Luis Alberto de CuencaHe respetado la “métrica” de los renglones, aparece tal y como está escrito en la primera página en blanco del libro. 

poema

Este poema de Luis Alberto de Cuenca está fechado en Navacerrada, en agosto de 1994

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