Archivos Mensuales: agosto 2012

Dramita mañanero. Caída en el metro.

Acabo de llegar al curro y me voy a tomar cinco minutos para contaros lo que me ha ocurrido hoy en el metro. Me he bajado en la estación de Ciudad Lineal, concretamente por la salida de la calle Albarracín. Todo transcurría como de costumbre (gente, carreras, looks imposibles…) hasta que la he visto. Llevaba un vestido verde (50% algodón, 50% elastán, probablemente), tenía las piernas morenas y fibrosas, pero no en exceso; y, por lo que he podido deducir al verlas, tiene hecha la depilación láser. Su pelo estaba cortado por encima de los hombros y ligeramente ondulado. Morena. Castaña.

Se le adivinaba un tanga. Un tanga que podría ser de Unno u “Ottro”, ésos que intentan imitar a ese “Unno”. Sus chanclas eran de Ipanema, como las mías, sólo que en dorado y naranja.

Cuando la he visto, he pensado: “¡Pero si se ha subido en mi estación!”. Efectivamente, habíamos llegado juntas al metro. Mientras subía las escaleras que llevan a los tornos, miraba el movimiento que hacían sus gemelos al apoyarse en cada escalón. Era un movimiento perfecto. Se ha acercado a los tornos, con rapidez, y ha abierto la barrera con soltura, acompañándose con un gesto de pelo súper tupper grácil.

He bajado de nuevo la vista hacia sus gemelos y ahí estaba, ahí estaba el primer shock de la mañana: andaba con los pies para afuera. ¿Cómo no he podido darme cuenta de eso? Andaba como una señora de 70 años, de ésas que ya tienen los tobillos hinchados. En ese momento, he caído en la cuenta: ¿Y yo? ¿Cómo andaré yo? He intentado prestar atención a mis pasos, a la postura de mis piernas, al apoyo de mis pies sobre mis chanclas Ipanema. Y en ese momento, cuando nos disponíamos ambas a subir las escaleras que salen a la calle, ¡zas! Me he dado una hostia. Me he tropezado con la alcantarilla que hay justo antes del comienzo de las escaleras. Primero he puesto la rodilla, que ha dado en el bordillo del escalón. Las manos, el codo y todo lo demás, ha caído seguidamente. Mi bolsa-bolso de Kling se ha vencido hacia mi pecho y, no sé cómo, me he quedado a cuatro patas en las escaleras del metro y con mi falda verde prado medio subida.

La avalancha de gente ha sido instantánea:

-¿Está bien? –me ha preguntado un macho alfa, uno de ésos que siempre me encuentro cuando estoy en una situación ridícula, pero que esta vez me ha llamado de “usted”, como si no fuera bastante el sofoco que tenía.

-Sí, gracias, solo me he tropezado. Muchas gracias –intentaba decir mientras me recomponía con la mayor dignidad posible de esa postura y esa situación.

-¿Necesita ayuda?

-No, gracias, no…

Como he podido, he subido dignamente las escaleras, intentando poner cara de “aquí no ha pasado nada y no he sido yo la que se ha quedado a cuatro patas en las escaleras del metro”. La gente me miraba como diciendo: “Pobrecita, ¡qué torpe!” o “Vaya hostia” o ¡Qué lerda!, vete tú a saber.

Mientras tanto, yo, disimuladamente, comprobaba que la uña del dedo gordo de mi pie derecho estaba rota, por lo que se me ha ido la pedicura a tomar por saco, y que tenía un rasguño en el índice de ese mismo pie.

La chica del vestido verde me ha adelantado y, mientras lo hacía, con su tanga de “Unno” u “Ottro”, me he dicho a mí misma: “Esto te pasa por chunga, mirona y criticona”.

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