Archivo de la etiqueta: historias bonitas

La mujer de rosa

Ayer tenía la cabeza como una cafetera, llena de problemas. Ni siquiera me había calmado la visita a la filmoteca, ni las cañas con mis amigos en La Provencita (el puesto 23 del Mercado de Antón Martín), ni el paseo por Lavapiés mirando esas pequeñas tiendas de grandes mundos.

Subí al autobús, al 34. Este es un número que me gusta. Me gusta porque me gustan los números pares, pero también porque lleva mis dos números favoritos, el 3 y el 4. Una amiga decía que si cuando te dan a elegir un número, eliges el 3, sueles ganar. Y es cierto. También lleva el número 4, que es un número bonito, sensato. Juntos suman el 7, que dicen es el número de la suerte. Además, si los multiplicas, dan como resultado el 12, que es un número mágico porque cada año la luna gira doce veces alrededor de la Tierra; y en la mitología griega, una de mis grandes pasiones, los principales dioses eran también eran 12: Zeus, Atenea, Apolo, Hera, Afrodita, Hefesto, Poseidón, Hermes, Ares, Artemisa, Hestia y Deméter.

Subí al autobús 34, decía, y me quedé en la puerta del medio, apoyada en la baranda amarilla. Me había dejado olvidada a Rayuela en el trabajo y no tenía con qué entretenerme, así que pensaba, pensaba, pensaba… En esas estaba cuando paró el autobús. Se abrieron las puertas. Fuera esperaba una chica joven con una señora en silla de ruedas. La señora, que estaba más cerca de los 90 que de los 80, iba vestida de rosa completamente, como un algodón de azúcar en una feria. Su cara estaba oculta por una enorme pamela de paja y no pesaría 30 kilos. Parecía un pajarito posada en su silla. Ambas mujeres esperaban. Miraban hacia el conductor. Yo las miraba a ellas. La puerta seguía abierta.

-Perdona, ¿vais a subir en éste? -le dije a la chica.

-Sí, pero tiene que cerrar las puertas para sacar la plataforma.

-Ah, ok. ¿Se lo digo al conductor? ¿Te ha visto?

-Sí, creo que me ha visto, gracias.

Las puertas se cerraron. Las tres, la chica, la señora y yo, estábamos atentas a la plataforma, pero no salía. Fui hacia el conductor.

-Disculpe, esas señoras necesitan que saque la plataforma.

-Creo que se ha roto… -me dijo mientras intentaba solucionarlo.

Volví a mi sitio y les dije: “Se ha roto”. En ese momento, entre unos y otros, subimos a la señora al autobús. Me gustó ver que, en unos segundos, un grupo de desconocidos nos habíamos organizado como un ejército de hormigas para ayudar a otra desconocida. Ni siquiera habíamos necesitado hablar y, lo que era mejor, sabíamos que teníamos que hacerlo.

Sería porque tenía la cabeza como una cafetera o porque a veces estás más sensible, pero me gustó pararme a observar que todavía somos capaces de ayudarnos unos a otros sin necesidad de conocernos. Que todavía nos mueve el impulso de la educación, el sentido común y el instinto de ayudar a los demás. Me gustó tanto como ver que, una vez la señora hubo subido al autobús, se quitó su pamela rosa, se atusó sus cuatro pelitos blanco transparente y nos sonrió mientras la chica que la llevaba, que supongo era su hija, se acercaba a su cabeza, cerraba los ojos, le daba un beso e inspiraba su olor.

Igual esta historia os parece una tontería, pero la vi preciosa. Además, consiguió que, durante ese rato, mi cafetera dejara de sonar.

Porque la vida no son las cafeteras, sino otra cosa. La vida es estas cosas.

 

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La historia de amor de un señor desconocido

Hace unos días iba en el autobús leyendo, como siempre. Sentada en el asiento de siempre, en contra del sentido de la marcha. Debí de hacer algún ademán que puso la cubierta del libro lo suficientemente al descubierto para que la viera un señor.

-Estás leyendo uno de los libros favoritos de mi mujer -me dijo.

-¿Sí? Pues dígale a su mujer que me está encantando. Es muy bueno.

-Bueno -dijo soltando a continuación un nudo atascado en la garganta, un mazacote de aliento a medio camino entre el suspiro y risa de resignación- Falleció ya…

-Lo siento…

-No pasa nada -continuó con una sonrisa triste y levantando el labio inferior como queriendo abrigar al superior- tenía alzheimer. ¡Quién le iba a decir, con lo que le gustaba leer, que al final no iba a recordar ninguno de sus libros y que ni siquiera iba a poder coger uno!

-Ya… Debe ser muy triste para la familia.

-Sí, fue muy triste pero llegó un momento en el que, cada vez que le decía te quiero, era como si se lo dijera por primera vez. Y poco antes de eso, cuando ella me lo decía, era como si me lo dijera por primera vez también. Y no todo el mundo puede decir que le han dicho “te quiero” por primera vez más que la vez primera.

Sonrió de nuevo triste.

Después me estuvo, y se estuvo, contando que ya no ha vuelto nunca más a fijarse en ninguna mujer, “como si hubieran desaparecido”, que se dieron en vida todo el amor que necesitaban “a pesar de no haber sido un amor de estos que te vuelven loco, porque nosotros nunca nos volvimos locos. Lo nuestro fue un amor sosegado, de los que se hacen un día, y otro, y otro… De los de disfrutar el desayuno, leer juntos, pasear…”.

Durante el ratito que duró su trayecto compartió conmigo su teoría y su historia de amor, sobreponiendo en todo momento el amor de “crecer juntos” al amor de “caminar dos palmos por encima del suelo”.

A veces la vida te pone estas cosas en el camino. Muchas gracias, señor desconocido.

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Cuatro Microhistorias

Cuatro microhistorias de un fin de semana lluvioso. Todas encierran una primera vez. Todas juntas conforman una historia; cada una es una historia en sí misma. Todas están dedicadas a Geor.

Historia Uno. Después de hacer yoga, nos sentamos una frente a la otra mientras nos mirábamos a los ojos y escuchábamos de fondo la lluvia en los cristales. Llevamos conociéndonos muchos años, hemos pasado muchas cosas juntas pero nos daba pudor mantenernos la mirada. Las dos intentábamos ver qué se escondía más allá de los ojos de la otra. Al cabo de un rato, cada una puso su mano derecha en el pecho de la otra. Su corazón latía con fuerza contra la palma de mi mano. Pum Pum. Pum Pum. Sé que aquel latido nos ha unido para siempre.

granadas

Historia Dos. Terminamos el desayuno y salimos a pasear. El día anterior habíamos llegado tarde y teníamos curiosidad por saber qué paisaje nos ocultaban los muros de la casa. Nada más salir encontré unas cuantas granadas rendidas a la fuerza de la gravedad. Nunca antes las había visto fuera de un frutero o de una caja.

Historia Tres. Llevaba lloviendo un día y medio. La tierra, rojiza, sudaba lluvia. Pisar por las hierbas y ramitas que se amontonaban en el medio del camino nos dejaba seguir avanzando sanas y salvas. De pronto, a la derecha, se abrió un atajo, un largo pasillo de limoneros que nos llevaba directamente a la casa. Entre frutales y hojas mojadas, mientras nuestros pies se hundían en el barro, avanzamos fotografiando las gotas de lluvia que se habían quedado agarradas en los limones, todavía verdes, brillantes.

limoneros

Historia Cuatro. Me senté en una silla, bajo un soportal. En la mano llevaba unos calcetines secos. Me puse uno de ellos y, de repente, cuando me giré a coger el otro, saltó sobre mis piernas. En un segundo tenía encima un gatito gris. Tras superar ambos el susto de la sorpresa, se hizo un ovillo y se quedó quieto. Durante unos minutos nos acariciamos… Yo le acariciaba el lomo; él estiraba su cuello para tocar con su nariz rosa la mía, mientras esperábamos que llegara Geor. Cuando llegó y se lo conté, muy sabia me dijo: “No pienses que lo ha hecho para darte cariño… Es un gato. Solo buscaba su propio beneficio”.

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