Archivos Mensuales: septiembre 2015

Quiero enamorarme

-He decidido romper con todo -me dijo

-Romper con todo es bueno

-No estoy seguro

Para celebrarlo hizo una fiesta a la que invitó a todos sus amigos. Llegué y no había ningún conocido más allá de una chica que no recordaba mi cara, aunque yo sí la suya. Llevaba un bebé en brazos.

Unos minutos después apareció otra chica. Creí recordarla, pero tras hacer un recorrido rápido por el tiempo que pasamos juntos, no conseguí situarla en ningún lugar.

Continué degustando el vino que me habían servido y, mientras estaba charlando con un desconocido,  de profesión traductor, sobre la situación actual de los periodistas, la mano de mi amigo se posó en mi hombro. Acercándose por detrás a mi oído, en un susurro me dijo:

-¿Recuerdas a esa chica que me hizo tanto daño?

-Sí.

-Ahí está. ¡Pégale!

Claro, era ella. Tenía frente a mí, por primera vez, a la chica que le causó el daño que yo intenté curar unos años atrás sin demasiado éxito. La misma que le despertó unos sentimientos que yo intenté despertarle, también sin demasiado éxito. Estaba con su ahora marido.

-Quiero enamorarme -me dijo entre la algarabía de los invitados.

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La puerta 10

No sé qué les lleva a mis vecinos a seguir juntos. Ahora mismo están gritándose. Otra vez. Llevan así desde mayo. Hacía semanas que no les oía. De hecho, pensé que se habían separado y tenía vecinos nuevos ya que, hace un tiempo, en una sola ocasión, les oí hacer el amor. Creí que eso había ocurrido (la ruptura) tras una discusión en la que ella le dijo: “¿Sabes lo que me pasa? Que estoy hasta (hizo alusión a los-genitales-de-él) de ti”. Y dio un portazo en el dormitorio.

Pero hace un rato han vuelto los gritos de Álvaro, los descalificativos y esas palabras que salen a rastras de su boca, como si del asco que llevan se le desgarrara la garganta, y que resuenan en toda la planta: “Lo último que necesito al llegar a casa es preocuparme por ti”, le ha dicho.

Acabo de oír la puerta, he dejado de escribir y me he acercado corriendo hacia la mirilla. Quería ponerle cara a alguno de los dos. Cuando se ha abierto la puerta del ascensor le he visto.

No me lo imaginaba así, me lo imaginaba más alto, más robusto, con ademanes más “oficialmente masculinos”. El dueño de apelativos como “payasa”, “inútil”, “imbécil”, “subnormal”… El señor al que pertenece esa voz que suele decir: “No vales para nada”, “No sirves para nada”, “No vales para nada”, “No sirves para nada”, así, constantemente, es un pijo raquítico que viste un polo de Burberry azul marino y pantalón camel.

Tras eso se ha hecho el silencio en la puerta 10. Presiento que esta noche volverán los gritos y los portazos al otro lado del tabique.

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