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La noche en la que Pérez Reverte me hizo flotar

Hace un par de noches soñé que flotaba tras muchos meses en los que, intentando volar, lo único que había conseguido es sobrevivir a una caída desde los cines Callao. 

Hace un par de noches me vi en una callejuela. Visto desde la vigilia bien podría haber sido una pesadilla. Abrí un portón con llamador grande, llamador al que hice caso omiso porque entré sin llamar. Anduve a lo largo de un pasillo ensombrecido y sombrío hasta llegar a una puerta que le ponía fin.

Entré sabiendo que estaba participando en un juego y que entraba en un libro de Pérez Reverte. Algo me encogió el corazón porque Pérez Reverte no está entre mis escritores favoritos, por lo que temí no poder adivinar en cuál de sus libros estaba (de eso se trataba el juego). No obstante, tan pronto como entré en la habitación, supe que había llegado a La Piel del Tambor.

Era una habitación asfixiante, sin ventanas y pequeña. Las paredes eran amarillentas y estaban acolchadas porque habían sido tapizadas con esmero. Comencé a saltar y cuál fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que flotaba. Salté y salté con la tranquilidad y emoción con las que se salta en un espacio sin gravedad. Saltaba de un lado al otro con tanta confianza que hasta conseguí dar una pirueta.

De ahí salí a la callejuela de nuevo. No recuerdo cómo ni tampoco la razón. Sólo sé que, de repente, fui consciente de que estaba soñando y que había flotado. Todavía en el sueño supe que flotar es un paso previo a volar y me puse muy contenta porque llevo muchos años esperándolo.

Lo cierto es que no entiendo qué pintaba Pérez Reverte en mi sueño ni por qué me hizo flotar, pero le doy las gracias y le digo que, a partir de ahora, leeré sus libros con otros ojos. Prometido.

 

espacio

Dibujo de Aitor Sarabia. Colección disponible en aitorsarabia.com

 

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Feliz 2014, el año de la lucha y la rebelión

Muchos de nosotros nacimos en una época en la que ya no existía ese señor que, a escondidas, tenía el gran honor de ver las películas en su totalidad, con besos y ligas, nalgas y espaldas desnudas y se encargaba de decidir qué escenas podían ver en el cine los demás y cuáles no. Nacimos en un tiempo de cambio en el que los matrimonios ya se podían mandar a tomar viento si dejaban de quererse porque los cónyuges ya solo estaban unidos por un férreo yugo en cuanto a etimología; una época en la que la lista de los libros prohibidos era cosa del pasado y en la que las mujeres, nuestras madres, iban dando pasos cortos pero firmes velando por nuestro futuro.

Antes de que nosotros naciésemos fueron muchas las personas que lucharon para conseguir que nosotros llegásemos a este mundo disfrutando de unos derechos que a lo largo de este último año no hemos perdido, sino que hemos regalado, porque solo se pierde o gana lo que se lucha.

Espero que 2014 sea un año de lucha y de rebelión, de recuperar nuestros derechos, hacer valer los pocos que nos quedan, como nuestra malherida libertad de expresión, así como de seguir cumpliendo con nuestros deberes. De hacer ver que la democracia no es solo meter un papelito en una urna y dar vía libre a los políticos para que se mofen de quienes han confiado en ellos, sino que es una filosofía que debemos salvar los ciudadanos sembrando ética en nuestras acciones y sanando el terreno donde se desarrolla la política y la moral de los tres aparatos y que ahora solo está lleno de gusanos.

Espero que 2014 sea el año en el que salgamos todos a la calle a recuperar lo que nos pertenece, entre otras cosas la dignidad como ciudadanos.

Nos vemos en las calles. Feliz 2014.

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Lo que me sale del hipotálamo

Adoro la forma en que mi cerebro desconecta por las noches. Igual que hay veces en el que lo mataría por estar dos semanas dándome la tabarra con sueños relacionados con algo chungo; hay otras en las que, como anoche, hace clic y sube el telón. Ayer bien habría podido ser el típico día en el que por la noche arraso con todo lo que se ponga por delante, lo que yo conozco como Noches Kill Bill. Sin embargo, mi hipotálamo decidió desconectarme y, en un momento del sueño, me ha regalado un galápago.

Le he puesto de nombre Lenta y era más grande que mis dos manos juntas. Tenía la tripa amarilla y verde con dibujos que se movían como si estuviese mirando a través de un caleidoscopio. Su caparazón era verde con dibujos que simulaban un artesonado pintado a mano; y su cabeza se movía despacio como la de Morla.

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Ilustración de Benjamin Lacombe.

De repente, Lenta empezó a perder su caparazón, los bordes se descascarillaron y poco a poco se fue rompiendo su concha. Su tripa ya no era un caleidoscopio, estaba blandita y todo comenzaba a tomar un color amarronado. Lo primero que pensé, porque en los sueños se piensan esas cosas, es que estaba mudando de concha, igual que las serpientes mudan de piel o los gatos pelechan. Mientras yo dejaba pasar el tiempo, parte de su caparazón se convirtió en un cúmulo de polvo que se derrumbó como un alud en cuanto lo toqué con el dedo.

No sé cuánto tiempo pasó en el sueño y tampoco en la historia pero, cuando quise darme cuenta, Lenta estaba desnudita, tan sólo cubierta por una concha nueva pero pequeña y blanda. Sin artesonados y sin caleidoscopios. Como los sueños son así, de ahí salté a un avión rumbo a California. Mientras esperaba a que despegara, alguien me llamó por teléfono y me dijo que Lenta había muerto. Había perdido su caparazón. Y ahí, con la muerte de Lenta, ha terminado mi sueño.

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