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Mari, su chico y Edgar Allan Poe

edgarMari y su chico empezaron a salir el 24 de mayo de 1998. Por aquella época yo estaba terminando 3º BUP y haciendo un hueco fuera de mi retina para la miopía, ya que tras los exámenes de junio, como si de una historia de realismo mágico se tratara, dejé de ver y tuve que ponerme gafas. Fue el precio que pagué por sacar la máxima nota en todas las asignaturas.

Ese fue el curso (porque entonces la vida se organizaba por cursos) en el que escuché hablar por primera vez de Antonio Muñoz Molina por boca de Paco, mi profesor de Literatura; y mayo el mes en el que me volví loca con el Ponendo Ponens, el Tollendo Tollens y Nietzsche.

Mientras todo esto ocurría en mi vida, Mari y su chico se enamoraban.

Quince meses después de ese 24 de mayo, hacía unas semanas que había regalado a mi amor platónico mi libro de La Colmena, que había leído tres veces, en cuyas pastas tenía escritas las mejores citas de los personajes y que él recibió de forma anecdótica,  sin saber el valor que tenía. También acababa de teñirme el pelo de negro azulado y había pasado unos días nublados con mis padres en la playa. Además, había superado la selectividad, tenía nota para estudiar Periodismo en la Complutense, estaba sacándome el carnet de conducir y había empezado a comer chocolate sin miedo.

Mientras todo esto ocurría, Mari y su chico continuaban su historia de amor.

El 24 de agosto de 1999, el día que mi hermano cumplía quince años, Mari le regaló a su chico las narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, un libro que llegó a mí mucho tiempo después a través de una tienda de libros de segunda mano y cuya dedicatoria he visto hoy por casualidad mientras limpiaba el polvo, a pesar de haberlo abierto decenas de veces.

Supongo que el amor acabó entre ellos y él decidió deshacerse de su libro, sus once corazones y sus palabras.

 

dedicatoria

 

 

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La historia del viejo y la joven

Lo primero que he visto de este señor han sido sus pantalones de pana color camel. La pana estaba raída, como la habría llevado Martín Marco. A la altura de las rodillas tenía el dobladillo del abrigo, negro. Negro el dobladillo, porque el abrigo era color café con leche sucio. Al levantar la mirada y llegar a sus ojos, he sonreído de forma automática. Le he sonreído a él como podría haber sonreído a cualquier otra persona.

-¡Qué sonrisa tan bonita! Estas cosas no pasan todos los días.

-Gracias –he dicho mientras tomaba consciencia y conciencia de la persona que tenía a mi lado. Su cara era una red de surcos por los que había pasado el frío, el sol, los años… Sufrimientos. Pocas alegrías y mucho tabaco.

Se ha sentado a mi lado y he visto que el dobladillo de su abrigo, además de tener un ribete negruzco, estaba salteado de agujeritos que bien podrían ser bocados de polilla, pero que eran chispas de cigarrillos.

-¿Tú sabes cuánto tiempo hacía que nadie me sonreía, muchacha? Años… Cuando uno es viejo ya nadie le sonríe. Eres casi un estorbo. Estás ahí un día y otro, esperando morirte. A veces piensas: “¿Y por qué me tengo que morir?”; otras veces dices: “Si me muriera, eso que ganaba”. Un viejo es como un mueble viejo, que nadie lo quiere, pero claro, no lo puedes cambiar por uno nuevo.

Ha soltado en tres o cuatro golpes una carcajada “productiva”, como la tos de final de los catarros. Creo que, inconscientemente, he hecho un mohín de desagrado, pero he seguido escuchando.

-Eso que dicen –continuaba- de que las jóvenes se enamoran de los hombres mayores… ¡Qué tontería! ¿Quién iba a querer estar con un viejo? Un viejo con una joven, sí, claro, porque te da vida, pero al revés solo te da muerte. Lo peor es que no sabes cuándo te haces viejo. Yo pensé que sería cuando me jubilara, pero cuando me jubilé me sentía joven. Y pasaron los años y un día me di cuenta y dije: “Estoy hecho un viejo”. ¿Y sabes por qué te das cuenta? Porque ya nadie te mira. Nadie quiere sentarse a tu lado; vas en el metro y, si pueden, te evitan. Hueles mal. Hueles a viejo. Por eso, si un día te mira una chica así tan guapa y te sonríe, pues oye, te da la vida. Cuando eres un viejo, además, te enamoras fácilmente pero solo te lleva a engaños. Piensas que te pueden querer como tú quieres pero no, porque cuando un hombre es viejo ya no puede darle a una mujer joven lo que ella necesita, ni de una cosa ni de otra. En fin, que eres un viejo para todo.

El señor se ha bajado del autobús en La Elipa y yo solo he podido responder a su monólogo interior dicho en voz alta, con un “Hasta luego, señor”. Cuando se ha ido, he sonreído recordando una gran historia verdadera de amor verdadero, que ocurrió hace no mucho, entre “un viejo” y “una joven”.

 

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Un amor de juventud que ha durado toda la vida

Tenía veinte años cuando se enamoró de un chico. “Muy guapo”, decían. Él pertenecía a una familia rica y ella no, por lo que la familia del chico consiguió que ni siquiera llegaran a ser novios formales y se quedara en una historia de críos.

Cuentan que, en aquella época, en los pueblos, cuando una mujer tenía novio o medio novio y éste moría o la dejaba, ella tenía que casarse con un señor mayor, con un forastero o resignarse y quedarse soltera porque ya era una mujer con mancha. Con el tiempo él se casó, aunque nunca tuvo hijos, pero ella no volvió a estar con ningún hombre.

Muchos años después, cuando ella rondaba o, había pasado la cuarentena, fue un señor a pretenderla. Llamó a su puerta, ella abrió:

-Buenos días. Me llamo fulanito y vengo a pedirle que se case conmigo. Soy viudo, tengo dos hijos y soy de un pueblo de al lado. Me han dicho que usted es una buena mujer, trabajadora, limpia y que nunca se ha casado. Yo soy un hombre bueno y todavía soy joven, por lo que busco una mujer que me acompañe.

Mientras el señor, en un acto de valentía, le explicaba lo que le había llevado hasta su casa, ella escuchaba. Cuando terminó, ella le dijo:

-Le agradezco mucho que haya venido pero yo no me voy a casar. Si no pude casarme con quien yo quería, prefiero estar sola.

Mucho tiempo después, su amor de juventud murió y ella lo lloró como solo se llora a un novio. Ahora la moira Átropos ha cortado su hilo y, más de setenta años después, vuelven a estar juntos.

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