Archivos Mensuales: diciembre 2014

La experiencia de la Literatura

Anoche casi entro en éxtasis tras leer un extracto de una carta de Federico García Lorca a Anna Maria Dalí*. En ella recordaba su estancia en Cadaqués y “el canto tartamudo de las canoas de gasolina”. Tras leer este extracto paré en seco la lectura. Di marcha atrás y lo leí despacio, hasta la respiración estaba atenta: “el-canto-tartamudo-de-las-canoas-de-gasolina”. Casi podía imaginar su sonido, su cadencia. Casi podía ver, solo con eso, esas canoas de gasolina de 1925.

En ese momento, cogí el móvil y grabé un mensaje de voz a un amigo. En él intentaba transmitirle las emociones que me despierta la Literatura partiendo de la experiencia de leer las cartas de Lorca. Reflexionaba sobre cómo me sentía y terminaba preguntándole cómo es posible que se pueda vivir sin Literatura, para recordar, más tarde, las palabras de mi profesor de Semiótica sobre “la experiencia”, no desde el empirismo, sino desde la sentimentalidad.

¿Qué es lo que me emociona de ella?, me pregunté cuando ya hube acabado el mensaje. ¿Qué hace que sea algo imprescindible en mi vida? Pensé si serían las tramas, pero no… no son las tramas. No son los argumentos, que siempre dejo en un segundo plano. No es tampoco, aunque es muy importante, su capacidad de abstracción. Lo que me emociona realmente de la Literatura es diseccionar las expresiones, la brillantez de las composiciones gramaticales… Absorber las metáforas y disfrutar de las imágenes que forman en mi cabeza, y pensar qué habrá dentro de la cabeza de quien lo ha escrito para que se le haya ocurrido algo así. Quedarme con el aliento contenido y rebobinar ojos, mente y corazón para releer la última línea o el último párrafo mientras me conmueven esas palabras o esas figuras, no tanto por lo que la acción implique en el discurso de la historia, sino por ellas mismas: por su forma de cruzarse, de organizarse; por la elección correcta de ese verbo que tiene un matiz impecable; por lo que dicen y lo que quieren decir… Es lo que hace que, además de elegir autores, en ocasiones también elija el traductor.

Mientras escribo esto recuerdo ese precioso verso de Julio Llamazares que tan bien resume esta experiencia, similar a diseccionar en sabores un delicioso bocado, llevándolo a lo largo, ancho y profundo de tu boca: “Todo es lento, como el pasar de un buey sobre la nieve”.

*Querido Salvador, Querido Lorquito: Epistolario 1925-1936. Barcelona. Ediciones Elba S.L. 2013. 268 p.

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Aniversarios

Tal día como hoy, hace nueve años, cuando se cumplían 37 de la muerte de John Steinbeck, envié un correo con el siguiente asunto: “Sin ánimo de recibir respuesta”. Al día siguiente, sobre las once de la mañana, creo recordar, llegó la respuesta bajo el asunto: “Con ánimo de contestar”.

Fue el primer punto de un textum con el que íbamos a tejer un lazo indestructible, pero todavía no lo sabíamos. Lo supimos once días después, un 31 de diciembre de 2005, alrededor de las ocho de la tarde. Sonaba Rusalka, de Dvořák.

Ya no hemos vuelto a ser los mismos.

Σ’αγαπο.

sagapo

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Las epístolas de Frida

La semana pasada hablaba sobre Chavela Vargas y me refería a ella como la amante de Frida Kahlo. Este es uno de los casos en el que ambas partes tienen entidad como para ser la “amante de”. Chavela de Frida y Frida de Chavela.

Hace un rato, mientras me duchaba, he recordado que Frida Kahlo, además de pintora, fue una escritora fabulosa, con una tremenda capacidad para el género epistolar. Hay varias cartas suyas publicadas, entre ellas, las que escribió a Carlos Pellicer, poeta mexicano. Dentro de esas cartas se encuentra una con un valor histórico indiscutible para quienes las admiramos y vemos la Historia con otros matices: la que escribió el día que conoció a La Chamana. Mientras se hace el café, que ya oigo borbotear, aquí la dejo.

Carlos:

Hoy conocí a Chavela Vargas. Extraordinaria, lesbiana, es más se me antojó eróticamente. No sé si ella sintió lo que yo pero creo que es una mujer lo bastante liberal que si me lo pide no dudaría un segundo en desnudarme ante ella. Cuántas veces no se te antoja un acostón y ya. Ella repito es erótica. Acaso es un regalo que el cielo me envía.

Frida K.

carta

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A las mariposas suicidas

El trato con las mariposas del estómago no es fácil. Normalmente te pillan desprevenida, no hay que olvidar que antes de volar ser arrastran como gusanos. Hasta ese momento, el de arrastrarse, permanecen ocultas en huevas, esperando eclosionar. Digo que es complicado porque, normalmente, el tiempo que convivimos con ellas en fase ovípara y deslizante es mayor que el que pasan revoloteando.

Mi relación con las mariposas de mi estómago nace de una mezcla de respeto y falta de contemplaciones, como dice una amiga que dice Benjamín Prado de la suya con Sabina. A menudo les he arrancado las alas, he alargado su tiempo en la crisálida a propósito esperando que murieran de aburrimiento o las he soltado en vendaval por hablar demasiado, en un vendaval de mariposas como esos de los que hablaba García Márquez.

En muy pocas ocasiones he aguantado el circo que han montado en mi estómago, por no decir casi nunca. Las he odiado cuando salían despedidas a través de un cañón, todavía en forma de gusano, (¡pum!) y sacaban de repente sus alas (¡plas!). Las he aguantado tan poco como tanto he odiado a las precoces, esas que no tenían las alas lo suficientemente fuertes para aguantar más de dos vuelos pero revolotean haciendo un ruido que es difícil ignorar. Lo siento.

Pero también me he compadecido de otras que, moribundas, luchaban por renacer de sus cenizas aunque tuvieran las alas quemadas, así como de aquellas que he escondido dentro de una piñata para que le dieran golpes. Quizás por eso ha habido otras a las que he cuidado con mimo, con tanto mimo que he preferido cometer con ellas una injusticia y matarlas por amor propio antes de que las maten de desamor o de una cornada, porque mi alma antitaurina no solo sale en plaza, sino también en la cama. Aun así, sé que no tiene justificación, como no la tiene el hecho de que a algunas les haya tintado las alas del color que tocaba en ese momento y a otras las haya camuflado durante años para que no las vieran.

Menos mal que las mariposas son seres valientes, pequeñas suicidas, que se atreven a desenroscar su lengua y sacarmela de vez en cuando aun sabiendo que tienen los días contados y que siempre tengo a mano una red para, al menos, cazarlas.

Benjamin Lacombe | Madame Butterfly de Les Valseurs en Vimeo.

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El día que besé a Chavela Vargas

Nunca he contado, nunca por aquí porque fuera de aquí lo cuento siempre que tengo oportunidad, que yo besé a Chavela Vargas. Fue el 1 de julio de 2006, alrededor de las ocho de la tarde.

Por aquel entonces trabajaba en una pequeña productora de televisión y estaba haciendo un reportaje sobre la manifestación del Orgullo Gay, que ese año estaba dedicado a las mujeres (un reportaje con bastante contención porque era para Vocento). Sabía que venía Chavela aunque no tenía la más mínima esperanza de tenerla cerca. Pero la suerte, a veces, se pone de parte de una.

Aquella tarde de verano, la suerte quiso que entrara en Plaza de España en una carroza cuando iniciaba su última canción. La suerte quiso, también, que atravesásemos el cámara y yo la calle por la “zona prohibida” sin que la policía nos dijera nada. La suerte quiso que llegásemos a la valla justo cuando ella bajaba las escaleras.

-¡Chavela! -le grité- ¡Chavela!

Levantó la vista del suelo al bajar el último escalón. Con su poncho a cuestas, como sus años, ayudada por una corte de devotos, porque todo el que ha rodeado a esa mujer ha terminado conociendo la devoción, se encaminó hacia donde estábamos nosotros.

No recuerdo qué le pregunté a la intérprete única de La Llorona, a la amante de mi admirada Frida Kahlo, a la protagonista de las letras de Sabina. Solo recuerdo que, en el escaso minuto que la tuve delante, no dejó de sonreír ni un solo segundo. Poco me importaba el plano ni todo lo que suele importar cuando estás ante un momento irrepetible. Durante esos segundos puse todos mis sentidos al 120% para que no se me escapara ni un gesto de esa mujer.

-¿Le puedo dar un beso? -le pregunté saltándome cualquier norma de profesionalidad.

Y así fue como, con tanta devoción como quienes la rodeaban, le di un beso en la mano con la que me tenía agarrada y otro en la cara.

-Las mujeres tenemos derecho a enamorarnos de quien nos dé la gana -me dijo después de eso, mientras la encaminaban al coche que esperaba para llevarla a algún otro lugar de Madrid.

Ella nunca lo supo pero, después de eso, dejé al cámara tirado y salí corriendo a contarlo, como hizo Dominguín tras pasar una noche con Ava Gardner, a quien dicen que la dama del poncho rojo también despertó un escalofrío, por cierto.

Esta suerte fue lo que recordé ayer cuando recibí un regalo tan maravilloso como inesperado: el cómic La casa azul que cuenta cómo Chavela (“con ‘v’, por joder”, como ella decía) se enamoró de quien le dio la gana, en este caso de Frida Kahlo. Estoy deseando leerlo despacio, para que dure más. Mil gracias por el regalo.

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Conjugando el verbo “ser”

De repente, ha saltado su whatsapp. He visto una composición de fotos suyas. Seguidamente había un mensaje: “Era esta. Ya no soy esa persona”. Nos hemos puesto a hablar, con las limitaciones del whatsapp, sobre la vida y su evolución, pero en seguida hemos cambiado de tema.

Nadie es quien fue, dar. Absolutamente nadie, créeme. Puede que haya alguien que tenga la desgracia se ser siempre la misma persona.

La vida es eso, una muerte y una resurrección constantes de días, de estados de ánimo, de suertes, de infortunios, de conocimientos…; de células, incluso, si nos ponemos científicas. La vida es dejar de ser quienes hemos sido para ser otras personas, generalmente mejores, con más experiencia, con más vida vivida.

Sin embargo, dejar de ser quienes fuimos siempre produce tristeza. Será porque esta mente racional y selectiva nos juega la pasada de mirar atrás con melancolía (ya sabes que la melancolía siempre va vestida de una copa de whisky, un cigarrillo y unos labios rojos que expulsan el humo mientras suena de fondo una buena pieza de blues. A veces, por el contrario, viene acompañada de un filtro luminoso de Instagram. Pero, en ambos casos, solo es apariencia y estética, no te dejes engañar por esas cosas).

No sé si te lo he dicho en alguna ocasión, pero yo tampoco me siento la misma que entonces. No soy la que conociste, ni la que era cuando se tomaron esas fotos (creo que por aquel entonces solo hablábamos de barcos hundidos). En alguna ocasión le he dicho a un amigo: “Me da pena que no me hayas conocido siendo como era”. Pero, ¿sabes qué te digo? Que ya no me importa no ser la de antes. Es más, me gusta ser la de ahora, prefiero ser la de ahora, aunque esté embarrada. Ahora sé tantas cosas y tengo tanta fuerza que puede que no me salga reír como antes o hacer el payaso, pero no puedo evitar quererme con delirio hasta en esos momentos en los que creo que no sé nada y no puedo dar un paso más.

Esto es crecer, dar. Nos pasamos la vida queriendo crecer. Crecer profesionalmente, crecer en el amor, crecer económicamente. Y cuando crecemos de verdad, queremos medir menos. ¿Para qué? Cuanto más altos seamos, más lejos podremos mirar.

Así que levanta la vista del suelo y deja de mirarte los pies. Mira al horizonte, muy lejos, hasta donde te alcance la vista. No verás los barcos hundidos de antaño, esos ya no están ni los queremos, pero es probable que veas algún velero o un barco pirata a lo lejos, todo puede ser.

Por último, déjame que me suba mis gafas de ratita sabia y te dé un consejo con cierto aire gramatical: deja de conjugar ese pretérito imperfecto horroroso. El pretérito imperfecto lleva impresa la melancolía. Utiliza en todo caso el pretérito perfecto simple, que es el de la determinación, el de los ciclos cerrados, el de la experiencia adquirida. Aun así, si puedes, evítalo y habla en presente, que el presente dura lo que dura un parpadeo. Y en futuro, habla en futuro, que hablar de sueños siempre es maravilloso.

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