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Como los amantes de las películas

Todas las mañanas, cuando subo en el autobús, la encuentro sentada en la parte de atrás. Desde la entrada diviso su gorro rojo de lana con una flor amarilla, morada y verde. Conforme me acerco, veo su pelo, un pelo caoba corto que instantáneamente me hace imaginarla casi cuatro décadas atrás luchando por las mujeres. Siempre asocio los pelos caobas a las mujeres feministas.

Un flequillo escaso enmarca sus ojos, cansados, con bolsas hinchadas. Una hinchazón que no producen ni el sueño ni el cansancio físico, sino que está macerada en el paso de las emociones. Lo único que le alegra la cara son sus labios rojos, agranatados, perfectamente perfilados. Me atrevería a decir que están maquillados con pincel.

Desde los labios rojos hacia abajo, no sabría describirla. Jamás me he fijado.

Su trayecto llega hasta Paseo del Prado. Se baja en la parada que hay frente al museo. Todas las mañanas me pregunto si trabajará en la pinacoteca. ¿Será restauradora? ¿Será recepcionista? ¿Será bedela?

Hoy, me he sentado en la última fila, pegada a la última ventana. Cuando se ha bajado y el autobús ha arrancado, me he dado la vuelta, como los amantes de las películas que se rebelan ante las despedidas y se dicen adiós con la mano hasta que se pierden de vista. Quería saber dónde iría, si se metería por alguna puertecita oculta del museo, a la que solo tienen acceso unos pocos.

Ha comenzado a caminar, cabizbaja, como siempre. El autobús ha parado en un semáforo. Ella seguía andando. “¡No arranques, no arranques!”, rezaba. Cada segundo de semáforo era un paso suyo. Ella avanzaba paralela a mi lado. Se ha puesto en verde y los coches que nos precedían me han dado unos segundos de cortesía. Inevitablemente ella ha terminado perdiéndose entre los árboles y yo me he dado la vuelta como los amantes de las películas, que se rebelan a las despedidas, pero que al final no les queda más remedio que dejar de decir adiós tras la ventana del autobús, darse la vuelta y seguir su camino.

Quizás mañana.

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Autopsia de amor, con pluma y tintero

Calmando el pulso a susurros cogió la pluma. Se miró al espejo y, temblorosa, abrió con una sola mano su camisa, dejándola caer a lo largo de sus brazos hasta dar en el suelo. Hacía frío, sus pechos se endurecieron.

Sin destreza, pues nunca había sido buena pintando, mojó la pluma en el tintero y comenzó a trazar una línea desde el hueco de las clavículas hacia abajo. Reteniendo la respiración, con un trazo fino, se desvió ligeramente hacia la izquierda, descendiendo en la marca como un meandro que bordeaba su seno.

Cuando hubo terminado, ladeó la cabeza ligeramente hacia la derecha para contemplar su obra. Dejó que la pluma resbalara por el lavabo y, mientras esta hacía un breve viaje de un lado a otro, acercó sus dedos manchados de negro a su pecho, separó la piel que quedaba a ambos lados de la tinta y, abriendo con ellos una brecha, le dijo: “Háblame, que hace tiempo que no te siento”.

shine

“Shine through”, de BoaMistura. Serigrafía 4 tintas. Disponible en Gunter Gallery.

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Marina Abramovic, Ulay y el tiempo

Muchas son las canciones, los poemas, las películas, las novelas… que hablan de los reencuentros. Dice Javier Marías en su novela “Los Enamoramientos” que llega un momento en el que la criatura pasa a ser un recuerdo. Pero también es cierto que el destino puede decidir volver a poner ante uno a la criatura, aunque sea por unos momentos.

Eso es lo que le ocurrió a Marina Abramovic, una artista serbia. En su juventud, en los 70, tuvo  relación muy intensa con Ulay. Cuando vieron que el enamoramiento se estaba escapando por debajo de la puerta, decidieron caminar la Muralla China, cada uno desde un extremo para encontrarse en el centro. Una vez allí, se dieron fuerte abrazo a sabiendas de que cada uno seguiría un camino distinto.

Treinta años después Marina expuso en el MoMa y presentó El artista está presente, un minuto de silencio mirando a los ojos de quien quisiera sentarse frente a ella. Ulay quiso estar ahí, y esto es lo que pasó cuando llegó…

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