Archivo de la categoría: reflexiones

De Protocolo y Saber Estar Sentimental

“Nadie pide permiso para irse de una vida. Nada tiene que ver ese momento con ese otro en el que se intenta entrar a formar parte de ella. Debe ser que damos por hecho que las invasiones han de hacerse con un visto bueno o, al menos, con cierto tiento. Sin embargo, el abandono del terreno previamente invadido, y en ocasiones sitiado, se hace de forma unilateral. Es normal, por otro lado. No imagino una situación en la que alguien te pregunte: “¿Te importa que me vaya de tu vida?” porque cabe la posibilidad de que le digas: “Sí, mucho”.

Hay gente que cuando se va de tu vida lo hace de forma rápida, tan rápido como se sacan los cuchillos de los costados en las películas.

De todos modos, ¡qué triste es irse de la vida de alguien sin pedir permiso! ¡Qué feo y qué error! Te pasas la vida huyendo a hurtadillas de la persona, y sin hurtadillas de la tristeza y la fealdad, creyendo que no te ven, pensando que lo hiciste bien, esperando en balde que algún día deje de perseguirte”.

De “Protocolo y saber estar sentimental”.  

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Educación y respeto

Hoy no voy a hablar de Literatura, sino de aporofobia. Es probable que esta palabra resulte tan ajena como la Literatura para muchos, pero es una realidad (no novelada y de terror) con la que convivimos diariamente.

Tengo que reconocer que jamás había escuchado esta palabra hasta que mi amiga Maribel Ramos Vergeles (@maravergel, una mujer maravillosa) comenzó a trabajar en RAIS Fundación en un programa contra los delitos de odio a las personas sin hogar. A partir de entonces, el maltrato que sufren estas personas ha tenido un hueco en la mayor parte de nuestras conversaciones.

Hasta que Maribel comenzó a hablar de ello, nunca me había parado a pensar que no hay nada en este mundo más desprotegido que una persona que huye a ningún sitio, que raramente encuentra el resguardo de cuatro paredes. Esa sensación de llegar a casa a final de un día duro no la tienen; como tampoco la sensación de ser visibles a ojos de los demás, que pasamos a su lado con el mismo sentimiento como si pasásemos al lado de una señal de tráfico. Quizás menos, porque no nos dicen nada. Ni siquiera “peligro“, pueden prenderme fuego esta noche; o “cruce con cuidado“, puede pisarme.

Hoy he visto en el telediario cómo unos desalmados, unos monstruos (perdonad mi poca originalidad, pero no soy capaz de encontrar una palabra que describa a estos energúmenos, o cerdos, en definitiva, con perdón de la especie animal), orinaban encima de una persona sin hogar en Roma. Tengo que reconocer que, antes de ver las imágenes, con sólo escuchar la entradilla, he cogido el mando y he cambiado. Sin embargo, al segundo he vuelto al canal y las he visto.

Ahí estaban, cuatro varones orinando sobre una mujer envuelta en lanas oscuras que rogaba que la dejaran en paz. Los viandantes miraban, sin pararse. Finalmente, la señora se ha levantado y llena de orines ha huido a paso lento a ningún sitio. Por un momento he pensado qué habría hecho yo. ¿Me habría enfrentado a ellos? ¿Habría ayudado a la señora? Pues no sé. Quizás poco podamos hacer en ese momento frente a esos monstruos y, como siempre, la solución esté en la educación a la sociedad de la que todos formemos parte.

Educación y respeto.

 

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Réquiem por La Puerta 10

Mis vecinos se han separado. ¿Recordáis a los protagonistas de La Puerta 10? Ya no están juntos. Lo supe hace quince días cuando volví de pasar tres semanas en casa de mis padres. Ya no olía a porro en el rellano (en las últimas semanas alguno de ellos se había encomendado a la marihuana) y ahora la única puerta que no tenía felpudo era la suya. Me lo habían regalado.

Miré el felpudo a los pies de mi portal y miré el suelo desnudo a los pies del suyo intermitentemente. Por un momento pensé qué les habría llevado a dejarme ese regalo. ¿Querrían que me limpiara los pies antes de entrar en casa y dejar fuera los demonios que ellos no pudieron evitar que se colaran en la suya? Podría ser una buena metáfora. De ser así sería un regalo magnífico.

Cuando me fui a pasar esos días a casa de mis padres la vida al otro lado de la pared de mi dormitorio estaba en paliativos. Casi no oía sus conversaciones, tampoco sus discusiones. En cuanto a las reconciliaciones, hacía tiempo que ya no traspasaban el tabique. Intuyo que habían llegado a una tregua: nada de portazos, nada de insultos, nada de nada. Tan solo un: “Vas muy guapa” que robé a su intimidad, a través de la mirilla, un día mientras esperaban el ascensor.

Anoche, cuando fui a abrir el buzón, vi que en el de ellos ya no estaba su nombre. Estaba abierto. Levanté la tapa y ahí yacían todas las cartas, esas que todavía seguirán llegando hasta que formalicen su ruptura sentimental con la compañía telefónica, con el banco… Cuando dejé caer la tapa tuve una sensación similar a la que, supongo, debe tenerse al enterrar a alguien tras mucho sufrimiento, algo parecido a un: ya han descansado.

Espero que os vaya bien y seáis más felices separados que juntos.

PD. Mientras escribía este post anoche, al otro lado del tabique, en la puerta 12, estaban tocando una canción preciosa. Mi otro vecino cantaba de fondo.

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Una conversación sobre Literatura

Ayer tuve una conversación sobre Literatura. Hacía meses que no la tenía, tantos meses que creo que no perdería la mano si dijera que ese periodo de sequía ronda el año.

Estábamos en una mesa con una copa de vino blanco cada uno y, en el medio, un platito con diez aceitunas de las cuales cinco volvieron después al frasco (no creo que las tiraran) porque nuestra conversación nos impedía meterlas en la boca y darle vueltas al hueso. Teníamos mucho que contar y sólo una lengua.

Él se había prometido a sí mismo no hablar más de una hora sobre Literatura, creo recordar que me dijo. Yo, sin embargo, estaba deseando que hablara durante horas. Creo que entre nosotros se estableció el juego implícito que se establece entre dos amantes en una fase previa: el “no lo voy a hacer” del uno frente al “hazlo y no pares” del otro.

Hablar de Literatura te lleva por unos derroteros poco predecibles. Para empezar, la persona que tienes enfrente, por muy desconocida que sea, se convierte en familiar y acabas por contarle hasta tus últimas voluntades.

Creo que lo de ayer terminó siendo una confesión sostenida en una conversación amena. Sólo así se explica que pueda confesar a alguien así, y mirándole a los ojos, que mi periplo por la Literatura comenzó con un desencuentro con Lucía Etxebarria, consecuencia de vivir en un pueblo sin librería y con una gasolineara a mano, que traté de solventar cogiendo por banda a Goethe (Goethe, que me apuñaló el corazón con Las penas del joven Werther. Nunca antes había leído algo así ni nunca he vuelto a leerlo. A veces, leer con la inocencia de quien no sabe a lo que se enfrenta te regala momentos irrepetibles).

Ayer confirmé lo que hacía tiempo venía pensando: conversar sobre Literatura, aunque sea unos minutos, es suficiente para llegar a la conclusión de que el poder de escribir, leer y contar historias será la llave que salve nuestra civilización.

No sólo en carne, también en alma.

 

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La madriguera de Alicia

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

“La miro porque me hace feliz mirarla”, me decía. “No es nada sexual. Sólo me hace feliz mirarla”.

La escuchaba desde un rincón en un rincón de El Rincón, en la calle Espíritu Santo. Sus manos acompañaban a sus reflexiones. Sus ojos, azules y con unas pupilas completamente dilatadas (no sé muy bien si por la escasez de luz del lugar o porque son así), parecían la madriguera de Alicia: un agujero que podía llevarte a un mundo fantástico. Caerse por sus pupilas y ver qué guarda en su interior y por qué ve las cosas como las ve, debe ser fascinante.

Muestra una aparente fragilidad. Su piel es muy fina, blanca, casi transparente. Las puntas de sus rizos rubios, tapados casi en su totalidad por un gorro de lana, asomaban como pequeños tentáculos para quedarse pegados en su cara angulosa, de actriz de los años treinta. “Habría podido pertenecer, perfectamente, a la pandilla de Marlene Dietrich”, he pensado en alguna ocasión.

Una copa de vino tinto y un vermut nos acompañaron durante una conversación en la que hablamos de amor, principalmente, y de desamor; y, por lo tanto, de crecer. También hablamos de sueños, pesadillas, ondas cerebrales y diapasones.

Ocho fueron las veces que conjugó el verbo “llorar” y, en una de ellas, los ojos se le llenaron de lágrimas que no llegaron a caer. Supongo que se las tragó, en remolino, la madriguera.

Espero que pronto encuentre una pértiga que le haga saltar por encima de los malos momentos y seguir caminando. Espero que pronto vuelva a grabar, ahora que ha encontrado ese lugar del que me habló, de alfombras interminables, y del que nadie quiere irse. Espero que pronto encuentre a esa chica con la que quiere casarse. Es posible que ya la conozca y, como dice José Luis Pardo en el inicio de La regla del juego, el cambio ya haya empezado.

<SoloAElla> Quién sabe, puede que sea la chica del gimnasio. ¡Háblale! </SoloAElla>

 

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La efeméride de hoy lleva por nombre Clara Campoamor

 

“Defendí en Cortes Constituyentes los derechos femeninos. Deber indeclinable de mujer que no puede traicionar a su sexo”. Clara Campoamor.

 
clara_campoamor_prensa

Hoy estamos de fiesta. Tal día como hoy, hace 84 años, Clara Campoamor y mujeres que lucharon junto a ella conseguían un hito histórico: que las mujeres tuviésemos derecho a elegir a nuestros representantes políticos, que pudiésemos meter un papel en una urna y tuviésemos así voz en la res publica.

Los periódicos de la época dicen que, cuando se conocieron los resultados de la votación, “las señoras de las tribunas se pusieron muy contentas”.

84 años después seguimos dando las gracias a Clara Campoamor y todas esas mujeres que impulsaron la consecución de los derechos de los que ahora disfrutamos.

Por eso debemos seguir abriendo camino: por ellas, por nosotras y por las que vendrán.

¡Feliz día!

 

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Hoy cierra el Café Comercial

Acabo de leer que hoy cierra el Café Comercial. Pensaba que era una broma. Creo que no ha trascendido todavía la razón, pero desde hace media hora no se habla de otra cosa que del “café más antiguo de Madrid”.

El Comercial cierra tras haber estado abierto 128 años, cuatro meses y seis días. A lo largo de estos años, los mármoles de sus mesas han sostenido los cafés de Antonio Machado, José Hierro, Blas de Otero o Gloria Fuertes y ha llegado a ser un referente en el mundo de la Literatura, inspirando ambientes como el del Café de Doña Rosa, que es como Camilo José Cela llamó al café de ese odioso personaje de “La Colmena“.

El Comercial deja de ser hoy un café para ser un recuerdo. En mi mente quedará aquella mañana en la que, pasmada, vi a Pérez Reverte más moreno y más guapo que nunca. Tanto es así que hice un amago (que se quedó en amago) de acercarme y decirle que no había conseguido conquistarme con sus letras hasta ese momento en el que me había olvidado de ellas para centrarme en su camisa azul y su americana.

También quedará aquella noche lluviosa con Marta, Jano, Miguel y los demás, en la que el mundo parecía desplomarse; o aquel café demasiado cargado que compartí en una cita a escondidas.

El Comercial cierra y, mientras esperamos que se haga público el motivo, hago cábalas sobre qué veremos a partir de ahora cada vez que salgamos por la boca del metro de Bilbao y miremos nuestra izquierda.

Por cierto, acabo de cerrar una cita con unos amigos en la que, como siempre, hemos quedado en la puerta del Café Comercial.

Comunicado del Café Comercial en Facebook

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La vida

La vida hay que celebrarla tanto cuando llega a borbotones como cuando viene seca.

La vida, por hábito, nos sorprende con reveses y también con grandes momentos, pero hay que aprender a mirarla, como has aprendido a mirar a alguien a quien quieres, porque está repleta de gestos que pasan inadvertidos.

Es cierto que a la vida le gusta darse la vuelta como un calcetín y convertirse en una muñeca rusa. Igual que el contexto siempre es responsable de cualquier malentendido, la vida también es casi siempre una gran damnificada: suele caer en el destino de quien esperaba otra cosa.

Sin embargo la vida no cae, no nos toca y se va, sino que nos acompaña a lo largo de los años, por lo que es importante que aprendamos a llevarnos bien con ella, que la respetemos, que la contemplemos, que la cuidemos… Quizás no sea la que, en principio, esperábamos porque a la vida le gusta hacer camino, no castillos en el aire, y en los caminos hay piedras, baches… Pero los caminos también están llenos sombras cuando necesitas resguardarte del sol, de fuentes, flores y lugares de descanso.

La vida no sólo es respirar, también es andar acompañando y que te lleven de la mano; es perdonar y pedir perdón, aprender de los que tienes a tu alrededor y dejar buenos momentos para ellos y para ti. Es dormirte con la conciencia tranquila y avanzar seguro, aunque vayas despacio. Es compartir y comprobar que los años pasan y tú sigues creciendo, que ya sólo luchas en batallas guiadas por el compromiso*, en el sentido más etimológico de la palabra.

Cualquier día es un buen día para salir a celebrar la vida, que es al final lo más valioso y lo único que sigue con nosotros a lo largo de los años.

*Compromiso (com/pro/missio): llevar a cabo una misión con el otro.

vicente

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Encarando las mañanas estivales

Esta mañana, nada más despertarme, he pensado en los cíclopes de Kavafis y se ha producido un silencio que, supongo, será el silencio que te embarga cuando te quedas huérfano de una pesadilla. Sólo se oían coches en la calle, no había nada dentro de la cabeza. Ha sido extraño. Ha sido fabuloso.

He puesto los pies en el suelo y he notado el frío. Me he desperezado, me he rascado la cintura y he soltado amarras. Me ha embargado una ligera emoción cuando las velas se han desplegado y las naves han salido a un Ponto en calma, con viento favorable.

Hoy, después de mucho tiempo atracados, retomamos nuestro camino a Ítaca. Deseo que el viaje sea largo y que sean muchas las mañanas estivales en las que, con gran alegría, entre en puertos por primera vez. Prometo detenerme en los mercados fenicios a comprar madreperlas y nácares, aprender de los sabios, y mantener mi pensamiento y alma lo suficientemente altos.

Prometo comerte a besos cada mañana.

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Niña con globos superando el muro de Gaza. Banksy.

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Sobre el rostro de los pigmeos y la vida

Hace un par de meses escribí un mail. Hoy lo he leído por casualidad y, aunque no tengo permiso previo de su destinatario, lo voy a compartir. Espero que sepa perdonar esta exhibición de nuestra intimidad.

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He visto publicado este artículo en Facebook. Lo tenía una amiga bajo el epígrafe: “Esta cosa que cuenta Manuel Ansede me reconcilia con el mundo”. Lo he abierto y me he puesto a leer. En seguida me ha venido a la cabeza la conversación que mantuvimos anoche sobre política y en la que trataba de explicarte que nuestra vida tiene que estar dirigida a dejar un mundo mejor, que nuestros esfuerzos deben estar encaminados a luchar por quienes vendrán después, incluso por aquellos que no conozcamos, estén o no unidos a nosotros por lazos de sangre. Ese compromiso “filantrópico” es lo que ha hecho que hoy estemos nosotros aquí, disfrutando de lo que disfrutamos. Es a lo que yo anoche llamaba “el sentido de la vida”.

Sé que mi discurso de anoche era utópico, pero siempre me he negado a claudicar ante las utopías. Creo que se debe a una cuestión de romanticismo (de Romanticismo del s.XVIII en algunas ocasiones) pero el romanticismo, uno u otro, siempre ha sido lo que ha movido el mundo.

Hoy, al leer este artículo, he pensado que las grandes utopías comienzan a alcanzarse enfrentándote a las pequeñas, a las que tenemos más cerca. Todos tenemos la capacidad de cambiar el mundo de alguna manera, hasta la persona a priori más insignificante y menos influyente, porque todos podemos acceder a lugares que para otros son ajenos e inaccesibles. Por eso no debemos volver la cabeza ante quienes no forman parte de nuestro universo. Es importante que caminemos con los ojos amplios y abiertos.

Esta es la historia de Oriol Mitjà, el protagonista de este artículo, un pediatra que está a punto de erradicar una enfermedad completamente desconocida para nosotros y que borra los rostros de los pigmeos: el Pian. Es la historia del compromiso desde su origen etimológico: “llevar a cabo una misión con el otro”.

No te voy a adelantar más porque quiero que lo leas. Sólo te pondré el inicio del artículo, en el que probablemente reconozcas lo que te preguntabas anoche acerca de la incoherencia de mi discurso sobre nuestra misión en la vida con mis no-convicciones religiosas:

“Hay un par de fotografías históricas que dejan claro que la humanidad, cuando quiere, puede superar en bondad y poder a cualquiera de los dioses adorados por las 4.000 religiones diferentes que existen en el mundo”.

Un beso.

A veces pienso que el ser humano ha anquilosado su capacidad de tanto andar a la sombra de los dioses.

Artículo: El joven médico que va a erradicar la segunda enfermedad humana. Fdo.: Manuel Asende. El País.

Nota: Mientras editaba este post he visto que la labor de Oriol Mitjà ha sido reconocida con el Premio Princesa de Girona de Investigación Científica.

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