Archivo de la etiqueta: historias reales

El chico que lee a Tanizaki

Hoy he salido de esa nuestra maravillosa casa, la Agencia Tributaria, cuando ha pasado el bus 2. Lo he cogido. Por la teoría de la compensación he encontrado varios asientos libres. He elegido el de siempre: junto a la ventana y de espaldas, mirando al pasado.

Frente a mí había un chico leyendo un libro. En seguida he sabido que era de la editorial Siruela. La portada era bicolor, en este caso amarilla y gris marengo. Eso me daba otra pista: leía ensayo.

Llevada por la costumbre he abierto “Metafísica de los tubos”, de Amélie Nothomb (es mi actual libro de noche pero es más fácil de leer en el transporte público que el de “Trópico de Cáncer”, de Miller, que queda demasiado expuesto a estrechas miradas ajenas, así que hoy he hecho intercambio). He comenzado a pasar las pupilas por los renglones. A los pocos segundos me he dado cuenta de que no estaba leyendo. He vuelto a empezar. A los otros pocos segundos me he dado cuenta de que no había retomado la lectura porque, aunque lo evitaba, a través de los bordes de mi campo de visión veía al chico de enfrente. Finalmente he cerrado el libro y me he dedicado a observar.

Él mantenía la cara hierática, como un kourós, absorbido por el libro. No se percibía el más mínimo gesto. Algunos mechones de pelo oscuro le caían entre las gafas. No se mordía las uñas. Camiseta con camisa de cuadros… Ni se inmutaba. Seguía leyendo.

“Éste pasa los treinta y…”, estaba calculando cuando la suerte ha tenido a bien que el bus pillase un bache que lo ha sacado de su lectura. En ese momento he visto a qué se debía tal dedicación: “El elogio de la sombra”, de Junichiro Tanizaki. ¡Oh! Lo leí hace años, cuando estaba en la facultad, pero aún recuerdo algunas sensaciones.

En unos segundos he visto sus ojos, oscuros, la barba de algunos días y su mirada lasciva aunque descafeinada a la chica fabulosa que estaba a mi lado tocándose el reloj. Ha vuelto a la lectura.

¿Qué puede llevar a un treintañero a leer a Tanizaki en un bus un viernes por la mañana? ¿Se lo habrán regalado? ¿Lo habrá comprado él? ¿Se habrá echado un ligue al que quiera impresionar y estará haciendo un Marilyn*? ¿Será un psicópata? ¿Será un chico normal que solo lee a un libro en un bus, sin más?

Estas son algunas de las cosas que me iba preguntando cuando se ha sentido observado. Ha levantado la vista. Yo la he apartado buscando pajaritos. Se ha ajustado las gafas y ha seguido la lectura. Ha levantado la vista de nuevo. Se ha removido en el asiento. Ha seguido su lectura. Ha vuelto a interrumpirla. Ha mirado. La ha retomado. Y así unas cuantas veces. En una de ellas he pensado algo parecido a: la próxima vez que levante la vista le digo “hola”. Finalmente ha apartado el libro como queriendo mirar a algún sitio que lo sacara de la incomodidad de que un extraño lo estuviera observando. Mientras me decidía a pronunciar o no la “h”, en función de si me miraba o no, ¡plin! ha pulsado el botón de “Solicitud de parada”. ¡No!

Y ahí me he quedado, con la “h” en la boca.

Seguro que no lo leía, que solo fingía, he pensado. Y, con la misma convicción, he abierto mi libro, me he puesto a pasar las pupilas por los renglones hasta que lo he vuelto a cerrar y he decidido observar el pasado de la ciudad a través de la ventana.

*Hacer un Marilyn: Cuenta la leyenda A, a la que se acusa este concepto, que Marilyn Monroe fue capaz de leer o, al menos, pasar sus pupilas por todos los renglones del “Ulysses” de Joyce para impresionar al dramaturgo Arthur Miller, que tiempo después se convirtió en su esposo. La leyenda B asegura, sin embargo, que la actriz era una lectora empedernida y que, tras esos bucles platino, escondía una auténtica intelectual. Tras su muerte, A. Miller dijo esto de ella: “fue una poetisa callejera que habría querido recitar sus versos a una multitud ávida de arrancarle la ropa.”

fragmento

Etiquetado , , , , , , , , , , ,

El señor que vende sus libros

milan kunderaSalí del trabajo tarde y me apetecía caminar, pero todavía hacía demasiado sol. Los días frescos del inicio del verano se habían ido a otro lugar, quizás al norte, y, aunque la aguja del reloj pasaba las ocho de la tarde, andar por el sol y entre el tráfico era cosa de valientes o de insensatos.

Me cambié de acera en cuanto vi el primer paso de peatones. Con el confort y la tranquilidad que da caminar por el lado fresco de la vida, le dejé vía libre a mi mente, que otra vez me puso la zancadilla. Mientras intentaba dominarla en un ejercicio de “no, no vayas por ahí, ve por allá”, pasé al lado de un señor.

Lo primero que vi fue su carta de presentación, tan común desde hace tiempo. Era un cartón doblado por la mitad y apoyado en el suelo con el que alguien pedía una ayuda. Giré la cabeza para ver quién había tras ese mensaje y vi a un señor alto, delgado y con barba oscura que, resguardado en un soportal de un centro comercial, leía.

Otro golpe de vista me llevó a una caja de zapatos en la que había unos cuantos libros expuestos; y, a la izquierda de ésta, un bote con algunos céntimos.

Pasé de largo y seguí andando. No sé si di diez pasos, no sé si veinte. Paré. Saqué el monedero de mi bolso para comprobar cuánto dinero tenía. Un billete de cinco euros bailaba en soledad al lado de un céntimo. Volví.

-Buenas tardes -le dije.

-Buenas tardes -dijo dejando su lectura y acercándose a mí.

-¿Vende sus libros?

-Bueno, no los vendo exactamente. Es la voluntad.

-¿Son suyos? – Había uno de Michael Crichton, otro de Baroja

-Sí, son libros míos y alguno me lo han dado.

-Tenga, esto es para usted -Le di el dinero que llevaba mientras pensaba qué pasaría si yo tuviera que vender mis libros. Abrió los ojos, miró su bote, que tenía unos céntimos. – Bueno pues… que pase una buena tarde -le dije sin saber muy bien qué decir.

-Espere, coja un libro…

-No, no se preocupe.

-Sí, por favor, coja uno.

Miré los cinco o seis libros que tenía y opté por uno de ellos.

-Desde que leí La insoportable levedad del ser siempre he querido leer algo más de Milan Kundera -le dije.

-Sí, este libro no está mal.

Lo cogí y me lo llevé a la nariz. Cuando el acordeón de sus hojas estaba acariciándola y desprendiendo el olor que guardaba, tomé consciencia de que la inconsciencia de mis manías me había llevado a hacer ese ritual tan habitual ante un desconocido, que sonreía ante el gesto. Un poco cortada por eso le dije:

-Lo leeré muy a gusto. Muchas gracias.

-Gracias a usted -contestó.

Metí el libro en mi bolso y retomé mi paseo dándole vueltas a la posible vida de ese amante de la lectura que sale a la calle, quizás cada tarde, a vender su libros por la voluntad en los primeros número de Hermanos García Noblejas, a la sombra. 

 

Etiquetado , , , ,

El niño tonto

Hoy, al llegar al Paseo del Prado, he levantado los ojos del libro. Al mirar por la ventanilla he visto a un chico. Tendría unos dieciséis o diecisiete años. Había salido a correr. Ejecutaba sus movimientos con lentitud, casi a cámara lenta. Al llegar a las marquesinas, paraba, miraba la pantalla del reloj y la temperatura, esperaba a que parpadeasen equis veces y retomaba su carrera. Nuestra velocidad era lenta, demasiado tráfico, así que podía seguirlo.

De repente, el niño que tenía enfrente ha levantado la vista del videojuego y ha reparado en él:

-¡Mira mamá, un tonto!

-Sí, pero calla – le ha dicho su madre, más preocupada por si lo habíamos oído que por lo que había dicho el niño.

Me ha sonreído apurada.

Este chico, unos segundos antes, se había parado, se había agachado con muchísima dificultad y había retirado una rama enorme que había en el Paseo para que nadie se tropezase. Después, había retomado su carrera.

Quizás los tontos seamos los demás. Quizás sea hora de empezar a redefinir ciertos conceptos y educarnos y educar en otros valores.

Etiquetado , , , , ,