Archivos Mensuales: septiembre 2012

Santiago Carrillo rumbo al Purgatorio

Al salir del trabajo he leído un tuit en el que se decía que Carrillo había muerto. Al ver que lo ha hecho con la edad de 97 años, he pensado que las campañas antitabaco no tienen sentido. Mi cerebro se ha convertido en una nube de tags y hastags sin fin: #AutopistaAParacuellos, #Pelucas (y por ende, #Peluquitas y #NancysRubias); #Pablo, mi vecino, al que su madre llama cariñosamente Carrillo cuando se pone a hablar de política.

En esas estaba cuando me ha venido un flash del día que lo conocí. Fue en la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense. Era mediodía. Llegó entre más vítores que abucheos aunque todos, unos y otros, entramos en el salón de actos a ver qué decía. Tenía a 10 metros escasos y con un foco “apuntando hacia su persona”, como le gusta decir a Isabel Pantoja cuando está en televisión, pero en su caso, el artículo está en primera persona, a un trozo de historia. Sin embargo no lo miré y casi no lo escuché. Aunque oía de fondo el runrún de su voz, las preguntas de los alumnos, su versión de la historia, las interrupciones de quienes le abucheaban y demás, mi vista estaba en otro lugar, concretamente al fondo a la izquierda. Allí, prestando atención y estoy segura que con la cabeza en otro sitio, estaba uno de los amores de mi vida y al que acababa de besar por primera vez hacía unos minutos.

Fue un 23 de febrero.
RIP a este trozo de historia (trozo, no pedazo). Para él esta canción, para que la lleve cuando vaya camino al Purgatorio fumándose un piti: Peluquitas

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Mery y la mancha color coca-cola

Cuando piensas que ya no queda nadie en Madrid que se preocupe por un desconocido, subes por casualidad a un autobús y te encuentras con Mery.

Ayer a mediodía había quedado con unos amigos en La Latina. Al cruzar el río me vi sin ánimo subir hasta Puerta de Toledo a no ser que tuviera una polea, así que cogí el autobús número 35 que, casualmente, paraba en ese mismo instante. Nada más subir, una señora mayor que estaba de pie me llamó:

-Bonita, ven un momento.

Era bajita, tenía el pelo blanco, media melena y liso. Llevaba una diadema de metal negra con florecitas negras y unos brillantes pequeños. Las uñas de las manos, verde Tragabolas; las de los pies, verde botella. Una falda larga, gafas de pasta, mil quinientas pulseras y los labios rojos, como yo.

-¿Te puedes dar la vuelta? –me dijo cuando me acerqué

Me di la vuelta pensando yo qué sé,  y me dijo:

-¿Te has sentado en algún sitio sucio o tienes la regla? Es que te has manchado…

-Pues he debido sentarme –dije mientras me retorcía y buscaba la mancha entre mi vestido azul de topitos negros.

Efectivamente, ahí estaba. Un manchurrón color coca-cola. Le di las gracias por avisarme, nos cruzamos dos sonrisas, cuatro comentarios y fui a apoyarme cerca del conductor. Mientras redactaba un tuit para contar lo sucedido, vino de nuevo:

-Disculpa, discúlpame por haberte avisado. Ahora vas a estar preocupada todo el día

-No, no se preocupe, en absoluto. Todo lo contrario, muchas gracias (yo puedo ser tremendamente educada y pedante cuando me pongo)

-Ay, hija, luego he pensado que soy tonta, porque estas cosas ya no os pasan… Vosotras ya no utilizáis compresas… usáis esos tubitos… Esos…  -decía mientras hacía la forma con los dedos pulgar e índice

-Tampones

-Eso!

-Bueno, a veces pasa. No se preocupe, en serio.

-Ten, ¿quieres unas toallitas húmedas y te frotas? Están sin estrenar. Son nuevas.

En ese momento sacó del bolso un neceser blanco y pequeño con el escudo del Real Madrid.

-No, no, gracias… no se preocupe, en serio.

-Sí, mujer, pero si las tengo aquí toda la vida… Yo no las uso.

Cogí una. Me invitó a coger otra. Me dijo que cogiera más. Pero no, con dos fue suficiente para comprobar que, efectivamente, llevaban en el neceser del Real Madrid desde que Hugo Sánchez se hizo hombre. Se ofreció a frotarme, pero le prometí que al llegar al bar donde había quedado con mis amigos, iría al baño a darme con agua y jabón.

Nos bajamos en la misma parada. Ella me enseñó su truco para bajarse del autobús sin caerse:

-Yo siempre lo hago así, sabes? Ya tengo la maña cogida. Vengo mucho porque voy a Tirso de Molina casi todos los días.

Nos despedimos y le dije mi nombre. Ella me contestó que se llamaba Mery. Nos despedimos con una sonrisa y acariciándonos el brazo en señal de, agradecimiento por mi parte y por el suyo amabilidad, supongo. Espero verla más veces porque la próxima la invitaré a un café con leche y unos churros.

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