Archivos Mensuales: mayo 2014

El capítulo 7 desde el objeto

Tocas mi boca, con un dedo tocas el borde de mi boca, vas dibujándola como si saliera de tu mano, como si por primera vez mi boca se entreabriera, y te basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, haces nacer la boca que deseas, la boca que tu mano elige y me dibujas en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por ti para dibujarla con tu mano en mi cara, y que por un azar que no buscas comprender coincide exactamente con mi boca que sonreíe por debajo de la que tu mano dibuja.

Te miro, de cerca te miro, cada vez más cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes nos miramos, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces tus manos buscan hundirse en mi pelo, acariciar lentamente la profundidad de mi pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos de dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de alienteo, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y me sientes temblar contra ti como una luna en el agua.

Rayuela, el capítulo 7 contado desde el objeto del texto, que se deja hacer.

 

Rayuela, Julio Cortázar

Rayuela, Julio Cortázar. Desde el sujeto.

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Hoy hace un año que María y Gonzalo se casaron

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Foto: Marcos Sánchez. http://www.marcossanchez.es

Hace un año me maquillé, me peiné y me fui a su boda. Santi, Manu y yo, que nos desvirtualizábamos ese día, llegábamos tarde y llevábamos una tarta de dulce de leche y nocilla en el maletero del coche que sobrevivió hasta ese pueblecito de la sierra de milagro. Cuando llegamos a aquel lugar recóndito, nos recibió un caminito de tiras de cómic y una bienvenida a la #Bodagmasm. Ya estaban casados oficialmente pero faltaba la ceremonia bonita. María llevaba un vestido blanco precioso, como es ella; nada usual, como también es ella. Gonzalo, llevaba encima una ración de hipsterismo de clase A que me dejó atónita (como es él).

Cogimos nuestros antifaces, las pajitas, los vasos de colores, las chapas, los botes para hacer pompas de jabón y nos fuimos al jardín. Un amigo los casó. Una amiga dio un discurso precioso. Algunos descubrimos que, en medio de la tristeza es posible llorar de felicidad. María dijo las palabras más bonitas que le he oído decir jamás; mientras Gonzalo, con los ojos llorosos la miraba sabiendo que era la chica de su vida.

Durante el resto del día jugamos, hicimos pompas de jabón, metimos los pies en la piscina, nos abrazamos, hablamos de nuestras cosas, les dijimos que los queríamos, hicimos fotos irreverentes y nos llevamos, como uno de tantos recuerdos, un frasquito de mermelada de frutos del bosque casera, que un año después se ha convertido en el azucarero con el que comparto los mejores cafés.

Hoy hace un año que María y Gonzalo se casaron, que dijeron que querían estar juntos toda la vida con un pequeño estanque de pececillos como testigo y los ojos acuososos de sus familiares y amigos. Hoy todos celebramos su primer año de casados, que es también el nuestro, porque han sido unos meses en los que, entre ñoñería y ñoñería, nos han demostrado que sí, que eso del amor puede ser verdad. ¡Feliz aniversario, amigos! Por muchos más. Si os digo que os quiero, me quedo corta.

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Foto: Marcos Sánchez. http://www.marcossanchez.es

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Amélie Nothomb también se salvó

Cuando creas que ya no hay salida, coge un libro y empieza a leer. Haz el esfuerzo de seguir cada letra, cada sílaba… No dejes que tu mente salga de esas páginas mientras sigues recorriendo renglones con tus ojos si no es para traspasarlas y llevarte a ese instante, en ese lugar.

“La Literatura me salvó la vida”, dice Amélie Nothomb, mi autora favorita, en esta entrevista para Página 2. La Literatura es el mayor y más fuerte ejército contra nuestros demonios, junto con el aire de las mañanas soleadas de primavera, ese que te abofetea la cara y te revuelve el pelo mientras te dice: “No pasa nada, brilla el sol”.

 

Foto: Pablo Zamora para El País

Foto: Pablo Zamora para El País

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Medio pan y un libro

Han pasado 83 años desde que se pronunciaron estas palabras. Cinco años después, Trescastro se jactaba de haberle metido “dos tiros en el culo por maricón”. A él no lo asesinaron por maricón, lo asesinaron por valiente. Por rebelarse ante el mayor arma con la que cuenta el Poder para la sumisión de un pueblo: el robo de la cultura.

 

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“Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura». Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz”.

Federico García Lorca, en Fuente Vaqueros (1931)

 

La cultura es el origen de cualquier riqueza y el mayor poder con el que pueden contar las personas, los ciudadanos. Sin embargo, el pueblo sigue sin reivindicarla y, gracias a eso, el Poder sigue limitando su acceso, muchas veces sin hacer ruido. No hay nada mejor y más cómodo que tener ciudadanos fáciles. No lo olvides cada vez que te den la oportunidad de elegir a tus representantes.

 

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Prosopagnosia efímera frente al espejo

Las pupilas estaban fijas en el espejo, como dos puntos negros prendidos en un pensamiento caleidoscópico, ese del que, al prestarle atención, sale un ramillete de otros pensamientos diferentes. Giratorios. Viciados. Conocidos por llevarse por delante la razón. Las pupilas bailaban como una lamparita en aceite sobre sus iris claros, abriéndose y cerrándose en un movimiento inherente a su naturaleza; porque las pupilas, como los latidos del corazón, solo se quedan quietas por un motivo.

Con cada parpadeo dejaba de reconocerse un poco. ¿Era suya esa boca? ¿Era suya esa nariz? La mirada… ¿Los demás la reconocían en aquellas facciones? ¿Ese ser que tenía enfrente era ella?

Permaneció con la mirada fija hasta que la familiaridad de su tono de piel, la de sus lunares y la del color de su pelo desaparecieron, como si se hubiesen ido de paseo y hubiesen dejado solo un cuerpo extraño frente al espejo.

Buscó, entonces, su identidad más básica, la de su nombre, y allí estaba. ¡Por fin! Le era familiar. Lo repitió una y otra vez, prestando atención al sonido de cada sílaba, como Humbert Humbert cuando pensaba en Lo-li-ta. Representaba mentalmente su escritura. ¿Mi nombre responde a esas combinación de letras?

Durante un rato se dedicó a repetir su nombre en golpes silábicos. Su lengua se quedaba en reposo mientras salía un golpe de aliento seco con la primera sílaba; y así seguía con la segunda, cuando sus labios, completamente relajados, se sellaban en un roce casi imperceptible; pegándose y despegándose casi sin dejar hueco a que saliera la voz. Con la tercera sílaba, la lengua se alzaba detrás de los dientes, tocando ese lugar del paladar que solo había rozado ella, y así, con una manotada, como si la lengua enfadada quisiera perderla de vista para siempre, terminar su nombre, dejando los labios preparados para soplar suavemente un diente de león mientras pide un deseo.

Cuando hubo terminado, ella había desaparecido y ahí quedaba su cuerpo para ponerse en marcha, alejarse del espejo y emprender su búsqueda a gritos.

 

Ilustración de Sol Díaz. @soldibujos

Ilustración de Sol Díaz. @soldibujos

 

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Me gusta consentirme

Me gusta cocinar con un pincho de cualquier cosa cerca, un pincho que reinvento conforme voy añadiendo más ingredientes al plato.

Me gusta… Me gusta patinar las madrugadas de verano, las de esas noches en las que llamamos al viento y el viento no viene; en las que compartes tu sudor con las sábanas y la vigilia.

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¿Qué más me gusta? Me gusta hacer hummus y pasar la yema de los dedos por el borde del vaso para ver, mientras lo bato, si está bien o tengo que añadirle más comino.

M

E

G

U

S

T

A escribir. Me gusta el zumo de naranja, zanahoria y jengibre.

Me más-que-me-gusta el chocolate mezclado con naranja y, desde hace poco, el chocolate negro con sal de Uyuni.

Me gusta beber los vasos de agua de un trago en verano. Las tardes de manta en invierno y pasear en otoño por los parques de lluvias amarillas, mientras la hojarasca hace crash.

Me gusta regar mis plantas. Bailar por las mañanas. Escuchar a María Callas mientras desayuno café con leche, fruta y tostadas con tomate y aceite de oliva. Me gustan los sitios tranquilos… Me gusta sacudir las alfombras en el balcón.

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Me gusta leer, me gustan los libros de papel, poner dedicatorias, meter los dedos entre sus hojas. Olerlos. Abrirlos y releer un par de párrafos. Comprarlos. Regalarlos. Darles una segunda e, incluso, tercera oportunidad. Me gusta llevármelos de paseo y sentarnos en cualquier sitio para ver atardecer.

Me gusta gusta ver la estela que dejan los aviones en el cielo.  También me gusta despertarme, darme cuenta de que falta mucho para que suene el despertador y volver a dormirme. Remolonear en la cama y la apropiación indebida cuando la mitad de esa cama está fría. Me gusta coger flores mientras paseo y meterlas en un libro a secar.

Me gusta la comida japonesa, casi tanto como hablar con mi madre de nuestras cosas en la cocina. Me gustan los bocadillos al aire libre, sobre el césped o en un banco; los helados y comer naranjas con las manos.

Me gustan las mañanas de domingo, como la de hoy, entre otros millones de cosas, como tumbarme en el suelo y notar su frescor; o meterme desnuda en el mar y, al salir, tumbarme en la arena caliente.

Me gusta consentirme haciendo todo lo que me gusta.

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Mi niña favorita de las mañanas

Me los encuentro casi cada mañana en el transbordo del autobús. Suben la calle Alcalá aprisa, como si, un día más, llegaran tarde al colegio.

Él se acerca a los cuarenta. Perfectamente afeitado luce un traje gris unos días, azul marino otros, complementado con una mochila de Peppa Pig, que le cuelga del hombro izquierdo; y otra de una princesa con el pelo muy rubio y muy largo, que más que arrastrar lleva en volandas. De este modo, una de las niñas, la mayor, que no supera los seis años, puede ir delante, siempre dentro de su campo de visión; y ella, mi favorita, puede ir agarrada a su mano izquierda.

Mi niña favorita de las mañanas no brinca los cuatro. Siempre lleva su ondulado pelo castaño en dos coletas, hechas cada día según cae, y lo suficientemente largas para que le rocen los hombros con las puntas del pelo, como si fueran dos expertas bailarinas de danza clásica que, con ligereza, hacen cosquillas al suelo con los dedos de los pies.

De su mano izquierda cuelga un oso de peluche, que es en altura un tercio de la suya, y que unas veces cuelga y otras arrastra. A pasitos cortos intenta seguir la marcha de su padre, que suele llegar a la Plaza de la Independencia como si acabara de subir el Tourmalet, momento que él aprovecha para recordarles que tienen que andar más rápido. Es entonces cuando ella ladea la cabecita y lo mira desde más allá de esas grandes gafas de plástico rosa que lleva atadas a la cabeza como si fuera a bucear por la vida y piensa, imagino yo: “¡Tú te pinchas!”.

Hoy, al llegar a la Puerta de Alcalá, la hermana mayor ha salido despedida:

-¡Ten cuidado! –le ha dicho su padre.

Ha ido al kiosko, ha mirado la portada de las revistas que había expuestas y ha dicho:

-Mira papá, ¿y ésta de novia no te gusta?

Mi niña favorita de las mañanas ha soltado su mano, ha salido corriendo hacia su hermana y el padre, con la mochila de Peppa Pig, la de la princesa rubia de pelo largo y dos bolsitas de tela con la merienda, se ha acercado hacia ellas, le ha subido los calcetines a la pequeña y ha reemprendido el camino al cole con una sonrisa en la cara y con un gesto que da muestras de una historia que no he sabido cómo interpretar.

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Un día nublado

Tememos a los dioses que nosotros mismos hemos creado. Los adoramos, seguimos sus reglas, les pedimos perdón…

Tememos a los monstruos que alimentamos nosotros mismos con cuentos, leyendas y fe; cerrando los ojos como hacíamos con los monstruos que habitaban debajo de nuestra cama cuando éramos niños. Es la única forma de conseguir que permanezcan en la oscuridad y desplieguen todas sus habilidades, ésas que nos hacen correr despavoridos.

Queremos a quien decidimos querer porque un día apostamos a que pese más la balanza de lo bonito y a no reparar en los “fallos”. Emprendemos entonces un viaje por los surcos de su cara para conocer la experiencia que esconden esas arrugas, por ejemplo. O para saber cuál es el motivo de esa risa escandalosa, que nos es la risa que más nos gustaría para alguien a quien querer incondicionalmente, pero que es la suya.

Al final el origen de todo está en nosotros mismos. Por eso podemos conseguir todo lo que nos propongamos. Por eso nadie puede hacer, si no queremos, que este día nublado en Madrid sea un día sin sol.

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