Archivos Mensuales: febrero 2015

De efemérides, cebras, besos y bailes

Ese día ella vestía un jersey con estampado de cebra.

(Horroroso. Puaj).

Tras dos cócteles, se quedó enganchada a su mejilla derecha.

De ahí saltó a sus labios (y se volvió a quedar enganchada).

Ahora toda su boca baila sobre ellos cada vez que se acercan.

 

 

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El desarraigo: como almas en una cuneta

julio llamazares

Entrevista a Julio Llamazares. Babelia, 14 febrero de 2015.

El desarraigo es uno de los temas sobre los que me sobrecoge leer. Localizo perfectamente dónde se sitúa la afección: en el segmento que tiene como punto inicial la boca del estómago y como punto final la garganta y que comprende el pecho. A veces, dependiendo de la intensidad, hay algunas ramificaciones.

Nunca he entendido a qué se debe esta afección, afección en su acepción de apego y de sentimiento pero también de enfermedad. No me siento una persona desarraigada, así como normalmente tampoco me siento una persona especialmente consciente de su identidad (entiéndase aquí “identidad” como consciencia de pertenencia a una tierra, ya que el concepto de “identidad” y sus vertientes e interpretaciones será quizás uno de los más ricos sobre los que podríamos estar debatiendo infinitamente).

Sin embargo, me conmueve y me hace tomar consciencia el hecho de escuchar a alguien hablar sobre el desarraigo, quizás por estar escuchando hablar, en primera persona, sobre lo que considero es una de las formas de violencia más feroces. Me cuesta no imaginar a esas personas arrancadas y alejadas a la fuerza del lugar en el que se han criado para ser colocadas en otro al que no pertenecen, en un lugar en el que solo son seres humanos que viven como autómatas. Desprovistas de raíces, al igual que esos esquejes que metes en un vaso de agua a la espera de poder plantarlos y que agarren. Sobreviviendo, pero sin echar flor.

A menudo, ¡qué inconsciente!, pienso que no me une ningún vínculo especial al lugar en el que he crecido más allá de que allí se encuentra mi familia. Es más, digo en voz alta que haber nacido allí solo es un accidente humano-geográfico, que diría una amiga. Lo digo a pesar de que ver esos campos de girasoles me recuerde que estoy en casa, a pesar de que me guste descalzarme cuando nadie me ve y caminar porque sé que estoy pisando mi tierra, rojiza, y tener sentimientos y sensaciones difícilmente explicables.

Hoy, tras leer por segunda vez esta entrevista en Babelia a Julio Llamazares, escritor del que ya he hablado en alguna ocasión y por el que siento una debilidad absoluta, he vuelto a verme afectada por esa opresión en ese segmento al que me he referido al principio. Pocos autores hablan en primera persona, como él lo hace, del desarraigo. Leyéndolo, me he visto de repente sumergida, como un pueblo por el agua de un pantano, en una afección angustiosa: la de tomar conciencia de lo que supone que nos arranquen de nuestros orígenes, que nos desuellen la identidad y dejen huérfano nuestro sentimiento de pertenencia. De vivir, en definitiva, como almas en una cuneta.

Llamazares, ese escritor que escribe para consolarse, según supone, y a quien el desarraigo lo ha llevado a convertirse en un extranjero en su país, estrena libro: Distintas formas de mirar el agua (Editorial Alfaguara). Una novela de desarraigos y consuelos que estoy deseando tener entre mis manos y con la que es probable me sienta afortunada por poder volver a ese lugar al que pertenezco, habite donde habite, y al que estoy fuertemente arraigada y enraizada aunque a veces, por inconsciente, sienta lo contrario.

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