Archivos Mensuales: enero 2015

No le tengo miedo al Ponto

Ulises, Odiseo, hijo de Laertes y Anticlea, marido de la paciente Penélope y padre del joven Telémaco. Protegido permanentemente bajo la égida de Atenea y reconstructor del reino de Ítaca, pasó diez años luchando en la guerra de Troya por el rapto de Helena, la hija más bella de Zeus, el que amontona las nubes.

Cuando la guerra hubo acabado, emprendió su camino de regreso a Ítaca, donde un centenar de pretendientes luchaban por la mano de Penélope, a quien ya se le consideraba viuda del Rey. Sin embargo tuvo que bregar fieramente durante diez años que duró su travesía por el Ponto. Muchas fueron las batallas a las que tuvo que enfrentarse Ulises. Luchó contra cíclopes, contra el fiero Poseidón… Superó los encantos de Calipso y escapó de Circe, de Escila y Caribdis… Sobrevivió, atado a un mástil, a los cantos de las sirenas y jamás le venció el Hades.

A pesar de todo, Ulises siempre mantuvo a Ítaca en su pensamiento y finalmente consiguió arribar a su tierra. Para entonces habían pasado veinte años desde su marcha. Su hijo, protegido por Atenea y Mentor, se había convertido en un hombre; y su mujer, Penélope, quien jamás perdió la esperanza de volver a verlo, había salvado inteligentemente el trono de Ítaca de los intereses de los pretendientes.

Cuando llegó a casa lo hizo, a ojos de todos, como un forastero. Ya nadie le reconocía. Sus diez años de guerra y sus diez años vagando por el Ponto lo habían convertido en un hueste pero seguía manteniendo su cicatriz en el muslo, esa que recordó que era el mismo que partió veinte años antes a Troya para recuperar el honor de Helena. Estaba de vuelta, en casa, ahora más fuerte y más poderoso. Había vencido.

Tengo la naves preparadas y no le tengo miedo al Ponto. Tampoco a Cronos.

 

odisea

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Dos horas en la vida de tres personas

 

placita

Sobre la mesa teníamos dos vinos blancos y una caña en vaso de tubo. Un chico con barba y bigote (un clon de ese millar de chicos con barba y bigote que pueblan Madrid) se acercó a la mesa buscando un 37. “Estamos haciendo una prueba de zapatos, ¿te importaría?”. Dos minutos después estaba subida en los tacones más altos que jamás he llevado puestos. Unos doce centímetros sobre los que hacía equilibrios con el único miedo de no torcerme un pie y estamparme contra el suelo delante del camarero, tan guapo y descarado, al que le había devuelto los ojitos al pedir nuestra comanda.

Al cabo de un rato, ya con los calcetines gordos y mis botas planas, mientras dábamos buena cuenta de un plato de hummus y otro de tartar de atún, vimos, a través de los ventanales, acercarse a un chico y una chica. Se pararon en la placita y, bajo un olivo, dejaron dos sillas, una de plástico y otra de madera. La chica llevaba una cámara fotográfica colgada al cuello pero no hizo nada, ni siquiera una foto. Dejaron las sillas bien colocadas y se fueron.

El tiempo siguió corriendo dentro del restaurante. Lo delataban los restos de hummus, la vinagreta en soledad del tartar y unos huevos escalfados con trufa que pedimos después. Fuera, el escenario no cambiaba, exceptuando el paso fugaz de un señor que, al ver las sillas solas bajo el olivo, hizo dos fotografías desde dos ángulos distintos (la segunda quizás para corregir una presencia inoportuna en la primera: la de la persona que había más allá, en la más absoluta de las intemperies, sin el resguardo psicológico de un portal, ni de una esquina o recoveco; sin apoyarse si quiera en la pared que tenía a unos centímetros. Allí, dormía o velaba, tumbada en un colchón, sola como un náufrago en una balsa).

Durante las dos horas que estuvimos dentro del restaurante, mis amigos y yo cenamos, charlamos y nos quejamos de nuestra vida; el chico con barba y bigote y sus amigos los diseñadores, montaron sus diseños y se marcharon llenos de bolsas; y por la placita no pasó nadie más salvo al final, cuando abandonábamos el restaurante. Entonces llegaron dos chicas y un chico con dos galgos. Uno de los galgos se acercó a la persona que dormía o velaba en esa balsa que la salvaba del frío del suelo, la husmeó y volvió al lado de su dueña, que lo esperaba sentada en una de las sillas fumando un cigarro mientras reía compulsivamente.

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Mañana de Reyes

“¡Tierra a la vista! ¡Tierra a la vista!”, se escucha más allá del cabecero de mi cama. El día de Reyes y el día que les dan las vacaciones son los dos únicos días del año que oigo a los vecinos del edificio de al lado, unos completos desconocidos a quienes, parece ser, hoy les han regalado un barco pirata. El reloj ya está más cerca de las 11:00 que de las 10:00.

A falta de tener al otro lado de la cama a quien darle un beso mañanero, enciendo el móvil y, en hilera, comienzan a llegar los whatsapps de mis amigas con fotos y vídeos de sus hijos abriendo los regalos, algunos por primera vez. He contado catorce archivos audiovisuales.

Miro Twitter. Tres followers nuevos. ¡Oh! ¡El editor y el autor del epistolario de Lorca y Dalí me han retuiteado! Leo un post de una chica que nos recuerda que la vida es más fácil de lo que parece (sí, bueno… si tú lo dices…). Seguidamente, leo un tuit referido a Juan Manuel de Prada en el que muestra su última estupidez y confirmo que no hemos avanzado en los seis días que llevamos de 2015.

En el mail no hay correos nuevos. Tengo que responder a Ismael, por cierto.

Miro el rayito de luz que pasa por la puerta del dormitorio como queriendo ver el jaleo que tienen montado las mellizas con sus regalos “al otro lado” del “otro lado”. En el “otro lado” está el salón. Y, en el salón, mis zapatos con los ingredientes para un gintonic “porque cuando los Reyes lleguen aquí ya será la hora del after”, pensé anoche. ¿Me habrán dejado algo?

Al abrir la puerta he visto con estupor mis zapatitos de Reyes (los llamo así porque me los compré pequeños y solo he podido ponérmelos una vez, así que los utilizo únicamente para este menester) tan solo acompañados por el sol que entraba por la ventana. Todo estaba igual que lo dejé anoche y en silencio. En la calle había menos tráfico de lo habitual debido a que la gente estaría en sus casas y se ha empezado a oír cantar al pájaro de la vecina. Unos segundos después, las mellizas del otro lado han salido al descansillo dispuestas a ir a ver qué habían dejado los Reyes en casa de los abuelos. Mientras eso ocurría yo seguía de pie, en el salón, mirando los zapatos a medio camino entre la incredulidad y la contemplación.

“Pero si les he puesto Nordic!” –he pensado mientras entrecerraba los ojos debido a una ligera jaqueca- “¡Malditos!”.

He tardado unos minutos en dejar de adorar este fracaso, pero finalmente lo he hecho y he puesto rumbo a la cocina (de camino, he cogido un paracetamol). Mientras se hacía el café, apoyada en el quicio de la puerta, miraba desde lejos los zapatos, la tónica, la manzana y la ginebra sin entender todavía el porqué de ponerlos y el porqué de la desilusión si tengo treinta y tres y seis meses. Me ha venido Jung a la cabeza y su inconsciente colectivo, por si ahí estuviera la respuesta. “¿Qué coño tiene que ver esto ahora, Camino?” y ha saltado la tostada.

Cada año dejo preparados los zapatos; y cada año, por un momento, se despierta la ilusión de abrir la puerta del dormitorio y encontrarme un regalito. Debe ser un fallo cerebral en el desarrollo de la madurez, o una pirueta que hace el niño que todavía llevamos dentro; o un espasmo del mismo que avisa de que estoy a punto de cargármelo.

Mientras rallaba el tomate para la tostada he obtenido la respuesta: ¡no he escrito la carta! ¡Oh, Caminito, qué desastre…! Bueno, la escribiré en cuanto termine el café, a ver si llega una señal en la ronda de cambios y devoluciones.

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La principal regla del juego: el inicio inadvertido

Descubrí a José Luis Pardo a raíz de leer “La Intimidad”, un estudio sobre las falacias, las ilusiones y las perversiones de este concepto y donde deslinda brillantemente el papel que juega la intimidad en el tablero de la res publica y la res privata gracias al lenguaje.

En su libro “La regla del juego”, Premio Nacional de Ensayo 2005, abre la Introducción reflexionando sobre el inicio y el final de los libros, o mejor dicho, sobre el “inadvertido punto de comienzo”.

Quiero compartirlo ahora que empezamos un nuevo año, que nos cargamos de propósitos y clavamos en el punto de partida de nuestra nueva existencia un banderín lleno de esperanzas. Quizás ayude pensar que el inicio de nuestros sueños haya pasado inadvertido y que estemos ya viviéndolos.

Aquí os dejo, como regalo de reyes, su pie de página, el secreto del inicio de la principal regla de este juego que es la vida con un mundo lleno de posibilidades.

reglajuego

“Hablando en particular, este libro comienza una tarde en que soplaba un viento inhóspito y absurdo, de esos vientos que, en algunos pueblos, se utilizan para explicar el mal que aqueja a cientos de habitantes diciendo que “se quedaron” así de un aire. Yo estaba lejos de mi casa y, en un gesto que no puedo imaginar, sin cierta perplejidad y cierta sensación de ridículo -el de alguien que se llama a sí mismo a sabiendas de que no habrá respuesta-, marcaba de vez en cuando el teléfono de mi domicilio para escuchar, si los había, los mensajes del contestador automático. Aquel día había uno, pero repetido tres o cuatro veces: era un mensaje equivocado (estaba destinado a otra persona) y, en él, se escuchaba casi todo el rato un fragmento de música ambiental en el que Frank y Nancy Sinatra cantaban ‘Something Stupid’.

Unos minutos antes, me había enterado por la radio de la muerte de un hombre, de unos de los mejores poetas que ha habido en nuestros días. Durante sus últimos tiempos, este hombre había estado escribiendo un libro, un libro que llevaba siempre consigo, que él sabía que sería el último, y del cual sólo la muerte decidiría -como decidió- cuál sería la última página, aunque el hombre siempre decía que su libro no tenía última página, y que ni siquiera su muerte sería capaz de terminarlo y convertirlo en libro. Así que podría decirse que este libro comienza con la muerte de un hombre, aunque ese día yo no supiese que había comenzado.

Igual que las personas, los libros, cuando comienzan, están, como un poco cínicamente se dice, “llenos de posibilidades”. El día en que se pone la primera línea de esas posibilidades empiezan a restringirse, y el día en el que se pone la última ya no queda posibilidad alguna, el libro ya no puede ser otro libro más que el que es, el que “ha sido”. Así como se habla a menudo de “la angustia de la página en blanco”, podría hablarse también de la angustia de la página en negro, de todas las páginas posibles que se han arrojado a la papelera para que esa página precisa fuera real.

La noche que siguió a aquella tarde fue muy sombría, como si todas las páginas en negro posibles se abigarrasen en la espesura del paisaje, más allá del círculo de luz blanca que salía de mi balcón. Como yo entonces no podía saber que se trataba del bosque de un libro que estaba comenzando, veía en aquella “summa” de papeles oscuros los restos de un libro ya escrito, las cenizas de un libro anterior. Ni siquiera imaginaba que, en aquellas hojas descartadas de un libro acabado, había comenzado otro.

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El día que decides escribir

El día que decides que lo que tú quieres hacer en esta vida es escribir, tomas, sin saberlo, la mejor decisión de tu vida. Te conviertes en ladrón de historias ajenas; en ese ladrón que corre tras las Musas mendigando inspiración, para luego buscar momentos a solas durante los que robarle a la realidad su parte real y convertirla en literatura (unas veces con más acierto que otras).

Escribir es pulsar con la yema de tus dedos las teclas que llevan el pasaje a otros mundos; es adulterar lo que ven tus ojos con lo que quiere ver tu mente, de forma que quede bonito cuando se cuente en alto, cuando esos toques de tecla se conviertan en aire y sonido a través de la garganta de un desconocido.

El día que decides escribir sabes que aceptas, como decía Lorca, el trato de “medio pan y un libro” y que, cuando no tengas para comer, como dice mi madre en tono recriminatorio, “coges tus libros y te comes el papel”.

El día que decides que lo que quieres en este mundo es escribir, decides, sin saberlo, que vas a ser pobre de bolsillo toda tu vida, rico de espíritu y mendigo de corazón, y lo escribes.

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