Archivos Mensuales: noviembre 2015

La madriguera de Alicia

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

“La miro porque me hace feliz mirarla”, me decía. “No es nada sexual. Sólo me hace feliz mirarla”.

La escuchaba desde un rincón en un rincón de El Rincón, en la calle Espíritu Santo. Sus manos acompañaban a sus reflexiones. Sus ojos, azules y con unas pupilas completamente dilatadas (no sé muy bien si por la escasez de luz del lugar o porque son así), parecían la madriguera de Alicia: un agujero que podía llevarte a un mundo fantástico. Caerse por sus pupilas y ver qué guarda en su interior y por qué ve las cosas como las ve, debe ser fascinante.

Muestra una aparente fragilidad. Su piel es muy fina, blanca, casi transparente. Las puntas de sus rizos rubios, tapados casi en su totalidad por un gorro de lana, asomaban como pequeños tentáculos para quedarse pegados en su cara angulosa, de actriz de los años treinta. “Habría podido pertenecer, perfectamente, a la pandilla de Marlene Dietrich”, he pensado en alguna ocasión.

Una copa de vino tinto y un vermut nos acompañaron durante una conversación en la que hablamos de amor, principalmente, y de desamor; y, por lo tanto, de crecer. También hablamos de sueños, pesadillas, ondas cerebrales y diapasones.

Ocho fueron las veces que conjugó el verbo “llorar” y, en una de ellas, los ojos se le llenaron de lágrimas que no llegaron a caer. Supongo que se las tragó, en remolino, la madriguera.

Espero que pronto encuentre una pértiga que le haga saltar por encima de los malos momentos y seguir caminando. Espero que pronto vuelva a grabar, ahora que ha encontrado ese lugar del que me habló, de alfombras interminables, y del que nadie quiere irse. Espero que pronto encuentre a esa chica con la que quiere casarse. Es posible que ya la conozca y, como dice José Luis Pardo en el inicio de La regla del juego, el cambio ya haya empezado.

<SoloAElla> Quién sabe, puede que sea la chica del gimnasio. ¡Háblale! </SoloAElla>

 

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El día que empezó creyendo haber visto a Millás

Esta mañana todo era normal: me ha costado levantarme, he puesto música, he recibido y enviado unos whatsapp, y he decidido que hoy tocaba vestido.

He salido de casa con el gustito que da notar el aire frío en la cara y saber que el invierno está cerca y que, quizás, uno de estos días llueva. En esas estaba cuando me he cruzado en la puerta con un señor y su perro, un vecino con un parecido increíble con Juan José Millás. ¿Será él? ¿Seré vecina de Millás…? No es posible, no es posible…

Esas industrias tenía en la cabeza cuando, al cabo de cincuenta metros, he notado el crash, el crash de saber que las medias se estaban bajando. He mantenido la calma subiéndolas disimuladamente. “Estarán ajustándose”, he pensado, por lo que he seguido caminando. Al cabo de unos metros más he visto que la carrera que mis medias habían comenzado a lo largo de mis piernas era imparable.

Sabiendo que no podía continuar, he dado la vuelta dispuesta a ponerme otras. He de confesar que los cien posibles metros que me separaban de mi casa, durante los que he intentado sin éxito subirlas con disimulo, han sido los más largos de mi vida. Tanto en así que, en un acceso de desesperación, las he dejado caer (sabiendo que no irían más allá de las rodillas) y he entrado como una exhalación en casa, dejando al portero con la palabra en la boca.

Me lo he tomado a risa y, tras un cambio rápido, he vuelto a salir a casa ya segura de mí misma, segura de que estaba a salvo.

 

El eterno retorno

Pero la suerte es caprichosa y, ya habiendo bajado del bus, ya lejos de casa y sin posibilidades de volver, las medias nuevas han decidido solidarizarse con sus compañeras y emprender un descenso lento pero continuo.

Creedme si os digo que se me han comenzado a saltar las lágrimas mientras me miraba en cada portal por el que pasaba para comprobar que todavía no habían llegado a la línea roja. Instintivamente he acelerado el paso para llegar antes al trabajo (tengo 8 minutos de camino), pero he visto que eso no hacía más que acelerar la bajada. Por ello, he optado por reducir la velocidad, aumentando por tanto la agonía.

Mientras pensaba en qué gadgets de la oficina podía valerme para terminar con éxito el día (unas gomas, unos clips…) intentaba, disimuladamente, ir subiéndolas poco a poco para evitar que, en un golpe de efecto, terminaran de nuevo a la altura de las botas. Pero este método ha mostrado su nula efectividad cuando, cruzando un paso de cebra y con el único fin de evitar que me atropellara un coche, he acelerado el paso y, de repente, he notado que el frío se apoderaba de mis rodillas.

Sinceramente, no me ha dado tiempo ni a desear morirme de la vergüenza. La desesperación ha sido tal que, entre dos coches (y tras comprobar que venía gente por delante y por detrás, pero no tenía más remedio) me he parado para subirlas (tampoco demasiado, porque una tiende al pudor y porque, todo sea dicho, no contaba con demasiado tiempo hasta que pasara por ahí el siguiente oficinista).

He intentado hacerlo rápido, pero la ley de la causalidad y Murphy, que debía estar hoy ocioso, han hecho acto de presencia, cayéndoseme el libro al suelo y metiéndose debajo de uno de los coches. A punto de dar un grito, y sin encontrar una razón lógica por la que tenía a Susan Sontag en los bajos de un Renault, he tenido que arrodillarme en una acera nevada de polvo y paja para rescatarlo y seguir mi camino.

El trecho hasta el trabajo ha transcurrido entre la ensoñación, la incredulidad y la desesperación. Los metros recorridos se han convertido en kilómetros y mi único deseo ha sido no coincidir con ningún compañero para poder, tranquilamente, poner las medias en su sitio una vez hubiese llegado sana y salva al ascensor.

Afortunadamente, en esta ocasión, los dioses se han puesto de mi parte y ahora, sentada en una silla, y sin atreverme a ir a la máquina del café, os lo cuento porque a la vida hay que ponerle un poco de humor.

¡Buenos días!

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