Archivos Mensuales: diciembre 2012

Treinta y uno de diciembre, con letra

Treinta y uno de diciembre, el día de los deseos, de los propósitos para el año nuevo. Es el día en el que el cerebro pone en marcha su maquinaria de higiene mental para formatear de manera selectiva nuestros recuerdos y empezar así el nuevo año con un brindis.

Este verano estuve en Bali visitando a una amiga. Uno de los últimos días fuimos a Tanah Lot, un templo erigido sobre una roca en medio del mar. Paseando dimos con una cala a la que era difícil acceder, pero bajamos entre las rocas hasta pisar esa arena fina y limpia. Mientras arañábamos tiempo a la marea, que subía lentamente pero sin regalarnos un segundo, ésta nos dejó en la orilla un coco. Decidimos cogerlo, meter ahí todas nuestras nuestras preocupaciones, cavilaciones y tristezas y lanzarlo al mar para que se fueran lejos, muy lejos.

La marea no sólo nos devolvió ese coco, sino otro más. En ese momento, ambas nos miramos pensando que ese mar de aguas sagradas nos devolvía al cuadrado aquello de lo que queríamos desprendernos. Hoy sé que no, el atardecer de Tanah Lot nos devolvió una oportunidad a cada una de cambiar aquello que no queríamos tener cerca de nosotras. La nueva vida, el futuro, como el coco, estaba de nuevo en nuestras manos.

Me gusta el treinta y uno de diciembre porque es ese día en el que lanzas un coco al mar cargado de lo que no quieres y te devuelve dos, llenos de ilusiones y nuevas oportunidades.  De nosotros depende encontrar la forma de abrirlo y disfrutar de esas nuevas historias que guarda y que, como este treinta y uno de diciembre, se escriben con letra.

Feliz Dos mil trece.

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La vida es una inocentada

El Día de los Santos Inocentes debe su nombre a un episodio evangélico que relata la matanza de todos los niños menores de dos años. La Iglesia Católica lo celebra el 28 de diciembre, aunque por fechas y acontecimientos debió ser, si es que fue, en enero. No obstante, parece ser que fue un capítulo más vinculado a Moisés* que a Jesucristo o Jesús o Jesús de Nazareth o Hijo o Espíritu Santo (perdonad, pero es tantos en uno que  no sé cómo llamarlo).

*Moisés, para quien no lo ubique, fue ese bebé sobrehumano que corrió río abajo en un canastillo hasta llegar sano y salvo a un remanso de agua en el que lo encontró una faraona que lo recogió para más tarde buscar a una nodriza que lo amamantara y que, curiosamente, resultó ser la madre del niño porque Dios así lo dispuso (sé que son muchas coincidencias pero ateniéndonos a la Teoría de los Multiversos de William James, es posible).

Natalie Portman. Closer.

Natalie Portman. Closer.

Sea como fuere, la historia ha evolucionado y vete tú a saber por qué el Día de los Santos Inocentes ha dado lugar a una tradición en la que nos dedicamos a gastar bromas pesadas. Supongo que tendrá su origen en la broma que gastó el tal Moisés (una vez había crecido) a la humanidad haciendo creer que dividió las aguas para salvar al pueblo judío (aunque teniendo en cuenta lo que ha terminado haciendo este pueblo con los palestinos, podría haberlos dejado en Egipto. Bueno, a algunos, a “los malos” pero no a todos porque no me imagino mi vida sin Barbra Streisand, Natalie Portman o Sex in the City tal y como la conocemos, porque fue Sarah Jessica Parker la que puso pasta para que se rodase en las calles de New York… O sin Susan Sontag, qué sería mi vida sin ella!).

Pero, como siempre, el tema del post, es otro, así que voy al grano. Aunque bien es cierto que no me gusta esta festividad, desde hace años la celebro leyendo unas páginas de una obra de Delibes que lleva por título Los Santos Inocentes. Una novela muy bien llevada al cine que se ajusta como un guante a mi teoría de que la vida es una inocentada, una broma pesada que, con un juego de luces y sombras, te pone a los pies del destino para un día decirte: “Ey, ¡que era broma! ¡Inocente!”. Ante esto tienes dos posibilidades: cabrearte o vivirla. Yo soy partidaria de vivirla y participar de la broma, aunque a veces te den ganas de tirar al destino, a la broma y a la vida por un puente.

Para quienes no hayáis leído la novela, aquí tenéis la peli online.


 

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Ha volcao un camión de Kit Kat por el frontón

kitkat

Algo que muy poca gente sabe es que en España hay un lugar en el que existe una fuerza de atracción que hace que los camiones cargados con productos alimenticios vuelquen en la carretera, permitiendo a los vecinos del pueblo más cercano surtirse de víveres. Ese pueblo pertenece a Cuenca y es mi pueblo.

En los últimos 15 años, muchos han sido los camiones que han volcado en la A3. Volcó uno de jamones, otro de yogures y flanes Clesa; otro de aceite… La verdad es que, cuando pasa algo así, no sé cómo corre la noticia ni quién es el primero que da la voz de alarma. No sé si es la Guardia Civil, o algún jubilado que anda de paseo, quien lo ve y vuelve al pueblo rápidamente (pero no para contarlo, sino para coger todas las bolsas que tenga su mujer y ser el primero en llenar la saca. Incluida la Guardia Civil). O, si por el contrario, es la gente que está en el centro de salud, que se entera y corre la voz. Independientemente de eso, cada vez que vuelca un camión con comida, mi pueblo se paraliza.

La última vez que ocurrió fue hace tres años. Mi madre se enteró porque bajó a comprar fruta y el pueblo (de 1.200 habitantes) estaba desierto. Ni los jubilados que están al sol cada día con sus chaquetas verdes de punto, que parecen lagartos, daban señales de vida. Parecía que había caído una bomba nuclear y, en la calle, lo único que faltaba para que pareciera una peli del Oeste era un corremundos cruzando de acera en acera. Cuando llegó al puesto de la fruta, le dieron la noticia: “Ha volcao un camión de Kit Kat por el frontón”. Sin entretenerse en nada más, mi madre compró la fruta y fue corriendo a contárselo a mi vecina, que tampoco lo sabía. Juntas bajaron (digo bajaron porque el frontón está en la parte baja del pueblo, al lado del Santete, como se conoce a la ermita de San Cristóbal, y del polideportivo. Algo muy común en los pueblos de La Mancha) a ver qué había ocurrido.

Para quien no lo sepa, esto es un corremundos.

Para quien no lo sepa, esto es un corremundos.

La sorpresa de ambas fue mayúscula cuando, faltando todavía más de 1 km para llegar, ya veían a gente volviendo a casa con bolsas de Decathlon de las que asomaban cajas de Kit Kat. Cuando llegaron al lugar de los hechos se encontraron una montaña de Kit Kat y, a sus pies, medio pueblo chillando a voz en grito cada uno con su bucle:

-“Nene, ¡ten cuidao no los pises que los machacas!”, decían unos.

-“¡Arriba, arriba, que abajo están pisoteaos!”, decían otros

-“Eh, ¡qué hermosura! Aquí van tres kilos por lo menos”, se regodeaban otros.

-“Nene, ¡me cagüenelcopón, baja ya y deja pa´los demás!”, decían los de más allá

La montaña de Kit Kat-merecedores-de-ser-recogidos duró menos que un caramelo en la puerta de un colegio y, a partir de ahí, todo fueron restos de cajas de cartón y migas. Las consecuencias fueron devastadoras: el pueblo estuvo lleno de papelillos de Kit Kat tres o cuatro meses; y en el centro de salud notaron un incremento de las visitas por azúcar. Al chico que acababa de abrir una tienda de chucherías le hicieron la trece catorce, porque teniendo todo el mundo Kit Kat gratis, a ver quién se iba a gastar 5 céntimos en una dentadura. En fin, un drama.

Eso sí, mi madre y mi vecina, aunque no llegaron en el fulgor de la recogida, todavía se llevaron a casa una bolsa llena de Kit Kat. Tanto es así que yo llevé una cajita en plan regalo kitch al pueblo de mi ex, que para haber terminado como terminamos, mejor empleado habría estado si me lo hubiera comido yo a ratitos.

En fin, que os cuento esto porque esta mañana se ha dado una situación de locura transitoria y he visto a mis compañeros de curro pegándose por un décimo de lotería como los de mi pueblo por una caja de Kit Kat. Porque sí, se pegaron. Aunque se pegaron mucho más cuando volcó el camión de los flanes de Clesa, pero eso lo contaré otro día.

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Spanish Jones, los jóvenes aventureros sin espíritu suicida

LegoIndy“Tócate el higo”, con perdón, pensé hace unos días cuando llegaron a mis ojos las palabras que Marina del Corral, la Secre General de Emigración e Inmigración, pronunció acerca de la fuga de cerebros que estamos viviendo. Parece ser que, según este alto cargo del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, el hecho de que cientos de jóvenes españoles bien formados tengan que buscarse la vida en otro país se debe al espíritu aventurero de los mismos.

He de decir que, conforme leí el texto, (con el consiguiente improperio que lo cerraba y que no voy a reproducir por miedo a que me cierren el blog) solté una especie de carcajada que no sé si, en realidad, se acercaba más al sollozo. Sinceramente, si hubiera estado en mis manos el despido de esta señora, lo hubiera tramitado en ese mismo instante alegando “incompetencia inconmensurable”, porque si hay un lugar que todos sabemos que haría las delicidas cualquier aventurero, ese es España.

Quedarse en España, en un país en el que el 50% de la población joven está en paro; en el que si cobras la tasa por desempleo sólo puedes estar fuera de tu país equis días porque si no, te castigan quitándote esa tasa; en el que si hay que hacer recortes preferimos cerrar hospitales, encarecer la Educación, subir los impuestos pero mantener el sueldo a la Iglesia que, al fin y al cabo es la que acoge las almas encomendadas a Dios porque es lo único que le queda a muchos… Quedarse en este país sí que es una aventura.

Por eso, cuando leí ese pequeño texto que me informaba de la píldora política del día, pensé: No, señora, los jóvenes españoles no emigran porque tengan espíritu aventurero, de hecho, yo vivo una aventura casi diaria desde que cojo el metro en casa hasta que llego al trabajo. Los jóvenes españoles emigran porque tienen espíritu de supervivencia, que es distinto. Porque del mismo modo que nadie se quedaría en una habitación en la que cada vez queda menos aire sabiendo que hay una puerta que da al exterior, ningún joven que tenga la oportunidad se va a quedar en un país con una política laboral que lo asfixia y en el que aquellos que deberían abrir un agujerito para que entrara el aire dicen que no, que el aire que se respira es limpio y puro y que la culpa es de ellos.

En fin, que no es mi caso por ahora. Tampoco tengo espíritu aventurero ni quiero irme de mi país. Es más, me gustaría quedarme aquí porque aquí están mi familia y mis amigos. Pero si llegara el momento de tener que elegir, no lo dudaría. Y no es que tenga un espíritu aventurero de la hostia, no señor, es que quedarse en España sería tener espíritu suicida, y no es el caso.

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