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La historia de amor de un señor desconocido

Hace unos días iba en el autobús leyendo, como siempre. Sentada en el asiento de siempre, en contra del sentido de la marcha. Debí de hacer algún ademán que puso la cubierta del libro lo suficientemente al descubierto para que la viera un señor.

-Estás leyendo uno de los libros favoritos de mi mujer -me dijo.

-¿Sí? Pues dígale a su mujer que me está encantando. Es muy bueno.

-Bueno -dijo soltando a continuación un nudo atascado en la garganta, un mazacote de aliento a medio camino entre el suspiro y risa de resignación- Falleció ya…

-Lo siento…

-No pasa nada -continuó con una sonrisa triste y levantando el labio inferior como queriendo abrigar al superior- tenía alzheimer. ¡Quién le iba a decir, con lo que le gustaba leer, que al final no iba a recordar ninguno de sus libros y que ni siquiera iba a poder coger uno!

-Ya… Debe ser muy triste para la familia.

-Sí, fue muy triste pero llegó un momento en el que, cada vez que le decía te quiero, era como si se lo dijera por primera vez. Y poco antes de eso, cuando ella me lo decía, era como si me lo dijera por primera vez también. Y no todo el mundo puede decir que le han dicho “te quiero” por primera vez más que la vez primera.

Sonrió de nuevo triste.

Después me estuvo, y se estuvo, contando que ya no ha vuelto nunca más a fijarse en ninguna mujer, “como si hubieran desaparecido”, que se dieron en vida todo el amor que necesitaban “a pesar de no haber sido un amor de estos que te vuelven loco, porque nosotros nunca nos volvimos locos. Lo nuestro fue un amor sosegado, de los que se hacen un día, y otro, y otro… De los de disfrutar el desayuno, leer juntos, pasear…”.

Durante el ratito que duró su trayecto compartió conmigo su teoría y su historia de amor, sobreponiendo en todo momento el amor de “crecer juntos” al amor de “caminar dos palmos por encima del suelo”.

A veces la vida te pone estas cosas en el camino. Muchas gracias, señor desconocido.

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Amores

Ella quería hacer el amor,

él le decía que  hacían el amor cada vez que hablaban.

Ella le respondía que las palabras se las lleva el viento;

él, que lo que se lleva el viento es el polvo.

Vivían amores diferentes.

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Teoría sobre el enamoramiento

Hoy una amiga, @martalpz, ha puesto en Facebook este corto y, acto seguido nos hemos puesto a dialogar sobre el amor y el desamor.

El corto, aunque el tema es más profundo, superficialmente pone sobre la mesa una de mis principales teorías acerca del amor: “Lo que enamora es lo que termina desenamorando”. Esto es una verdad absoluta. De hecho, todos hemos asistido en algún momento a la chapa de una amiga que nos dice:

-Me he enamorado, en serio, ahora sí. Es el amor de mi vida. Maduro, interesante, inteligente… Súper tranquilo, con los pies en el suelo… Con un Golf rojo monísimo. El otro día me llevó a cenar a un sitio súper chulo, donde había una pava tocando el arpa. Me cogió la mano…

-¿Cómo son los calzoncillos?

-Slip, pero no importa. Le quedan fenomenal. Súper atento, cultísimo, le encanta la arquitectura…

-Aham…

-Sí, tía, y cuando se queda en casa a dormir me prepara el desayuno y se le quema la tostada por el borde… Y me pone una carita… -Y así hasta que te pone la cabeza como un bombo.

Sin embargo, tan sólo tienes que esperar unos meses para que tu amiga te diga: Tía, no sé… Me gusta, pero no sé… Es que estoy harta de hacer siempre lo mismo: restaurantes caros, te cojo la mano, cogemos el Golf para ir a hacer la compra porque llueve… Todo el puto día hablando de arquitectura… No sé, ¡yo soy un espíritu libre! Yo lo que quiero es alguien que me monte un picnic improvisado en Madrid Río, con un bocadillo de atún con pimientos y un cartón de sangría, aunque sea mala. Que me haga el amor bajo las estrellas y en cualquier momento, y no como con éste, tía, que  tengo que pedir audiencia. Alguien con quien me moje bajo la lluvia. No sé… Y luego que no me sorprende, tía, no me sorprende. Se queda en casa y me hace siempre el café con leche con las tostadas, todos los días quemadas por los bordes! ¡Yo quiero levantarme un día y tener gofres con chocolate! ¡Y luego esos putos slips!

Y es que, por regla general, tendemos a ser idiotas y, en vez de buscar a alguien que nos complemente, que nos aporte cosas nuevas y que nos ayude a crecer, buscamos a alguien que sea como nosotros. Que en vez de descubrirnos unos nuevos pepinillos en conserva, compre los pepinillos de siempre, los mismos que tú has estado comiendo hasta ahora. Y eso, al principio, puede ser guay porque quiere decir que tenéis los pepinillos en común… (que es una gilipollez, pero el romanticismo es tan gilipollas que hace romántico a los pepinillos, una de las hortalizas más feas que existen a mi juicio). O que en vez de enseñarte nuevas canciones, le guste lo mismo que a ti, siendo tu canción favorita la misma que la suya, lo que quiere decir que estáis hechos el uno para el otro.

Pero claro, llega un momento en el que el enamoramiento se pasa, se ponen las cartas sobre la mesa y ves que esa persona te aburre. ¿Y entonces qué? Entonces sueltas un “No eres tú, soy yo” y empieza el drama, como pasa en el corto. Está claro que, como dice mi madre, el amor es un engaño, al menos el amor para toda la vida. Pero si surge algo, amor, cariño o lo que sea, porque esas cosas pasan, cerciórate de que quepa la posibilidad de que un día te despierte con gofres y chocolate, te haga el amor bajo las estrellas y, si al final termina, puedas decir aquello de… “Con esa persona descubrí…”.

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