Archivos Mensuales: octubre 2014

El chico que lee a Tanizaki

Hoy he salido de esa nuestra maravillosa casa, la Agencia Tributaria, cuando ha pasado el bus 2. Lo he cogido. Por la teoría de la compensación he encontrado varios asientos libres. He elegido el de siempre: junto a la ventana y de espaldas, mirando al pasado.

Frente a mí había un chico leyendo un libro. En seguida he sabido que era de la editorial Siruela. La portada era bicolor, en este caso amarilla y gris marengo. Eso me daba otra pista: leía ensayo.

Llevada por la costumbre he abierto “Metafísica de los tubos”, de Amélie Nothomb (es mi actual libro de noche pero es más fácil de leer en el transporte público que el de “Trópico de Cáncer”, de Miller, que queda demasiado expuesto a estrechas miradas ajenas, así que hoy he hecho intercambio). He comenzado a pasar las pupilas por los renglones. A los pocos segundos me he dado cuenta de que no estaba leyendo. He vuelto a empezar. A los otros pocos segundos me he dado cuenta de que no había retomado la lectura porque, aunque lo evitaba, a través de los bordes de mi campo de visión veía al chico de enfrente. Finalmente he cerrado el libro y me he dedicado a observar.

Él mantenía la cara hierática, como un kourós, absorbido por el libro. No se percibía el más mínimo gesto. Algunos mechones de pelo oscuro le caían entre las gafas. No se mordía las uñas. Camiseta con camisa de cuadros… Ni se inmutaba. Seguía leyendo.

“Éste pasa los treinta y…”, estaba calculando cuando la suerte ha tenido a bien que el bus pillase un bache que lo ha sacado de su lectura. En ese momento he visto a qué se debía tal dedicación: “El elogio de la sombra”, de Junichiro Tanizaki. ¡Oh! Lo leí hace años, cuando estaba en la facultad, pero aún recuerdo algunas sensaciones.

En unos segundos he visto sus ojos, oscuros, la barba de algunos días y su mirada lasciva aunque descafeinada a la chica fabulosa que estaba a mi lado tocándose el reloj. Ha vuelto a la lectura.

¿Qué puede llevar a un treintañero a leer a Tanizaki en un bus un viernes por la mañana? ¿Se lo habrán regalado? ¿Lo habrá comprado él? ¿Se habrá echado un ligue al que quiera impresionar y estará haciendo un Marilyn*? ¿Será un psicópata? ¿Será un chico normal que solo lee a un libro en un bus, sin más?

Estas son algunas de las cosas que me iba preguntando cuando se ha sentido observado. Ha levantado la vista. Yo la he apartado buscando pajaritos. Se ha ajustado las gafas y ha seguido la lectura. Ha levantado la vista de nuevo. Se ha removido en el asiento. Ha seguido su lectura. Ha vuelto a interrumpirla. Ha mirado. La ha retomado. Y así unas cuantas veces. En una de ellas he pensado algo parecido a: la próxima vez que levante la vista le digo “hola”. Finalmente ha apartado el libro como queriendo mirar a algún sitio que lo sacara de la incomodidad de que un extraño lo estuviera observando. Mientras me decidía a pronunciar o no la “h”, en función de si me miraba o no, ¡plin! ha pulsado el botón de “Solicitud de parada”. ¡No!

Y ahí me he quedado, con la “h” en la boca.

Seguro que no lo leía, que solo fingía, he pensado. Y, con la misma convicción, he abierto mi libro, me he puesto a pasar las pupilas por los renglones hasta que lo he vuelto a cerrar y he decidido observar el pasado de la ciudad a través de la ventana.

*Hacer un Marilyn: Cuenta la leyenda A, a la que se acusa este concepto, que Marilyn Monroe fue capaz de leer o, al menos, pasar sus pupilas por todos los renglones del “Ulysses” de Joyce para impresionar al dramaturgo Arthur Miller, que tiempo después se convirtió en su esposo. La leyenda B asegura, sin embargo, que la actriz era una lectora empedernida y que, tras esos bucles platino, escondía una auténtica intelectual. Tras su muerte, A. Miller dijo esto de ella: “fue una poetisa callejera que habría querido recitar sus versos a una multitud ávida de arrancarle la ropa.”

fragmento

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El vacío de mi cama

Ayer hablaba con un amigo de cómo nos trata la vida. Estábamos en el Pepe Botella, un conocido bar de Madrid. Entre él y yo se interponía un café con leche y un Brugal con Cola en sus últimas voluntades. Estábamos en un rincón, en el “reservado”, con la penumbra que dan unas paredes ciruela y la solemnidad de un gran espejo antiguo.

Comenzamos a hablar, entre otras cosas, del amor, de la lealtad, de la fidelidad… De qué esperamos del otro. En un arranque de romanticismo desangelado, acompañado de desencanto y algún sueño, le dije:

-Yo lo que quiero un amor para siempre. Eso que dice Revólver en Eso de saber. Dice: “Eso de saber que cada arruga de tu cara es cosa mía”. Eso quiero. Saber que estamos “creciéndonos”. No quiero un analfabeto emocional, quiero alguien que sea capaz de llorar con un poema si le apetece llorar. Y que no tenga faltas de ortografía, claro, y le ponga la tilde a “sólo y a “éste, ésta…”.

-¡Eso es muy importante! ¡Pronombres demostrativos siempre llevarán tilde!

Seguimos hablando, aparecieron nuevos temas. Cada noche duermo acompañada por el vacío de mi cama, le dije con un impostado tono de melodrama. Es una cama de 1.50 m. y sólo ocupo los 30 centímetros escasos del ancho de mi cuerpo. De hecho, mi colchón no es demasiado bueno y se ha llegado a formar un hueco con mi silueta. Dormir en cualquier lado de la cama me resulta extraño porque el colchón está más duro, sin pecar. Es más, conforme avanza el tiempo, el vacío de mi cama ocupa un espacio mayor. Tanto es así que, en ocasiones, me caigo, confesé mientras él se tronchaba en mi cara.

Sí, es así, le dije. Con 33 años todavía me caigo a veces de la cama. Creo que es por eso, por culpa el vacío, que la está colonizando, incidí.

-¿Tienes una almohada o dos? -preguntó.

-Tengo dos.

-Prueba a dormir en la parte del vacío y atravesar una en medio.

-Claro, como los niños, ¿no?

No es necesario. Desde hace tiempo hago otra cosa, confesé. Suelo dejar el libro que estoy leyendo en ese momento al otro lado de la cama. Si leo a Nietzsche, cierro el libro y lo dejo ahí. Porque es absurdo que, con tanto espacio, deje el libro en la mesilla.

-¿Nietzsche? ¿No tienes otra cosa más triste? -me dijo entre risas.

-Bueno, depende del día, a veces dejo a Hannah Arendt, que tengo un libro con unas entrevistas maravillosas que leo de vez en cuando. Pero llevo un par de noches durmiendo con Philip Roth. Me encanta… Estoy leyendo El animal moribundo, te lo recomiendo.

-Creo que deberías extenderte y ocupar toda la cama -sugirió.

-Sí, puede ser. De hecho, estoy pensando que, si me voy al otro lado, tengo que dar muchas vueltas y… se reducen las posibilidades de caerme.

-Sí. Es una opción. Eso te da para un post que se titule así: “El vacío de mi cama”.

-Pues sí. ¿Has acabado la copa?

-Sí, ya no da pa´más -dijo mirando los hielos y viendo que la licuación se había impuesto.

-¿Puedo cogerte la rodaja de naranja? Me gusta comerme las rodajas de las naranjas y los limones de las copas.

-Sí, claro.

Y, mientras tanto, resuelto el tema logístico del vacío de mi cama y habiendo dado buena cuenta de la rodaja de naranja en Brugal con Cola, seguimos hablando del amor y otras cosas que nada tienen que ver con ello.

 

Dedicado a Ángel Calleja, que otra tarde, en tercero de carrera, antes de una clase con Fuentes, me dijo con su tono de sorna: “¿No crees que ya eres mayor para leer Madame Bovary? Deberías haberla leído antes…”.

 

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Lección de vida en Monfragüe

Me resultaba imposible abarcar en un solo golpe de vista la copa de ese árbol. Me acerqué completamente conmovida por lo que tenía ante mis ojos.

-¿Cuántos años tiene? -le pregunté a mi amiga.

-Alrededor de cuatrocientos. Este otro unos doscientos -me dijo.

Me sentía enana y más que enana. Toqué su tronco con ambas manos, poniendo la atención en las yemas de los dedos. Era la primera vez que tocaba un ser vivo tan longevo. Sentía la humedad de la corteza, su textura… Acerqué la nariz. No sé decir a qué olía, más que a árbol húmedo.

Desde la base miré hacia arriba y vi sus ramas extendiéndose, llenas de corteza verde grisácea todavía. A ellas no se la habían quitado, sólo habían descortezado el tronco. Debió ser hace tiempo, pensé, porque ya había perdido el color rojizo, ya había dejado de sangrar, interpreté.

Cuando volví a subir al coche, mientras avanzábamos por esa maravillosa dehesa de alcornocales en el Parque Nacional de Monfragüe, pensaba que ese alcornoque que acababa de tocar y disfrutar había sobrevivido a guerras, a epidemias, al simple paso del tiempo. Pensé en la cantidad de veces que le habrán arrancado la corteza, que habrán dejado su tronco desnudo, rojizo, en carne viva… tantas veces como veces ha vuelto a generarla. Todo ello sin prisa, dejando actuar al tiempo, hundiendo, mientras tanto, y fortaleciendo sus raíces, cada vez más profundas, más robustas… Las mismas que hoy, con casi 400 años, lo sostienen.

Un maravilloso ejercicio de supervivencia el de este árbol. Una lección fascinante sobre la vida si queremos aprenderla.

Gracias a Monfragüe Vivo por esta experencia. Gracias a mis amigos Maribelita y Raúl por “secuestrarme” este fin de semana.

 

arbol

 

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Al otro lado está “Mañana”

Hoy mi casa está en silencio. Casi no se escuchan los coches que pasan por la calle. No suena el timbre, la lluvia debe haber intimidado a los repartidores de publicidad, a los carteros… Las gemelas del D no lloran ni corretean porque están en el cole y no hay música de fondo. Últimamente no pongo música. Tan solo se escucha el sonido del teclado, producto de una conversación que estoy manteniendo.

Finaliza la conversación. Nos despedimos. Dejo de pulsar las teclas. Me dispongo a hacer una maleta. En ese instante oigo de fondo la voz de una mujer que canta. Una voz clara, casi infantil. Joven. Ingenua. Es una vecina. No sé si es la vecina de abajo, la madre de las gemelas o la chica del B, a la que solo he visto una vez en un año.

Me planto en medio del salón y cierro los ojos. Trato de averiguar de dónde viene esa voz. Alguien la acompaña con una guitarra. Giro ligeramente el cuello hacia la izquierda. Me acerco descalza, a hurtadillas, como si estuviera en casa ajena y alguien pudiera oír mis pasos. Pego la oreja a la pared. Más allá del frío del tabique están cantando.

Reconozco la canción. Conozco su letra.  Se me llenan los ojos de lágrimas. La tarareo. La canto, a medio susurro, con ellos. Desde el otro lado. Por causalidad.

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