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La niña que un día será una mujer

Hace unos días comenzó a llover y, al vuelo, me subí en el bus 34. Me senté frente a una niña que no pasaría los seis años. Vestía un chándal con los puños y los bajos de los pantalones remangados. Pensé que sería heredado. Tenía el pelo liso y negro, por debajo de los hombros, e iba peinada con el pelo suelto y una pequeña trenza que nacía desde el flequillo y terminaba en un coletero naranja, a juego con las franjas del chándal. Sus ojos eran negros y sus labios finos. Su sangre venía del otro lado del Atlántico.

Compartía unos auriculares con su madre. No sé qué escucharía pero casi no le prestaba atención. Todos sus sentidos estaban puestos en lo que había tras la ventana. Estiraba el cuello para alcanzar a ver qué ocurría más allá del cristal mojado por la lluvia.

-Mamá, ¿ahí están los trenes? -dijo al pasar por Atocha.

-Sí -contestó la madre.

-¿Y dónde van?

-A todos los lugares.

-¿A la casa de los abuelitos también?

-No, allí solo llegan los aviones

Mientras, yo la observaba imaginándola como la mujer que será dentro de unos años. Pensaba en que llegará un día en que sufra por amor y en la necesidad que tenemos de crear una sociedad en la que esos amores, aunque sufridos, la traten bien. En la que, como mujer, no se sienta desprotegida, ni amenazada, sino bien querida, bien amada y bien tratada. También reflexionaba sobre nuestra responsabilidad para crear una sociedad en la que pueda ser lo que ella quiera y aspirar a aquello que ella desee, con los mismos derechos que todos los demás, independientemente de su origen, de su género o de cualquier aspecto que todavía hoy, fuera del papel, sigue siendo un condicionante para que todos seamos iguales.

Mientras tanto ella, ajena a lo que la desconocida que tenía enfrente, y a la que miraba a veces de reojo, quería para su futuro, mantenía la cabeza alta escudriñando con la boca abierta el mundo que había fuera de ese autobús. Para ella no había charcos, ni el suelo mojado que veíamos los demás. Sus ojos llegaban justos a la altura de la ventana y, desde ahí, solo veía árboles, edificios altos y, más allá, el cielo.

Al llegar a Cibeles se levantó dispuesta a salir y encontrarse con la lluvia. “Está bien que llueva, así mañana habrá flores”, le dijo a su madre. En ese instante se abrieron las puertas, esperó su turno y, mientras quienes iban delante abrían los paraguas o se ponían una chaqueta encima de sus cabezas, ella salió del bus de un saltito y, muy contenta, dijo: “¡Empapada!”.

 

 

 

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El Artículo 3

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Ilustración de Lady Desidia

La mujer tiene derecho, en condiciones de igualdad, al goce y la protección de todos los derechos humanos y libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural, civil y de cualquier otra índole. Entre estos derechos figuran:

  • El derecho a la vida
  • El derecho a la igualdad
  • El derecho a la libertad y la seguridad de la persona
  • El derecho a igual protección ante la ley
  • El derecho a verse libre de todas las formas de discriminación
  • El derecho al mayor grado de salud física y mental que se pueda alcanzar
  • El derecho a condiciones de trabajo justas y favorables
  • El derecho a no ser sometida a tortura, ni a otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes.

Art. 3 Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer. 85ª sesión plenaria Asamblea General, 20 de diciembre de 1993

Este listado de derechos de la mujer parece obvio pero, ¿te has parado a pensar que si está escrito es porque en algún momento estos derechos no han existido?

Mañana es 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. No hace falta que nos felicites. Nacer mujer no es mejor ni peor. No es motivo de distinción. Por eso te invitamos a que sigas luchando por la igualdad de derechos hasta que sea una realidad y esté tan arraigada que este Artículo 3 no tenga que permanecer escrito.

Gracias.

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Igualdad, igualdad y mil veces igualdad

Busca esta palabra en cada gesto de tu vida

Busca esta palabra en cada gesto de tu vida

Esta mañana ha sonado el teléfono, era mi madre:

-¡Hola!

-Hola, bueno, ¿te tengo que felicitar o qué? ¿Esto cómo va? Tengo que felicitarte por ser mujer trabajadora, ¿no?

-Mamá, hoy es el Día Internacional de la Mujer, de las que trabajan fuera de casa y de las que trabajáis dentro… El tuyo también.

-Ah, ¿el mío también?

El año pasado publiqué en un blog llamado Cartasparavolar , que abrí con la única intención del desahogo, una carta dedicada a todas esas mujeres para las que el Día Internacional de la Mujer es un día más.

En realidad, era un homenaje a ella, a mi madre. Y este año la publico de nuevo porque no ha perdido vigencia, ni lo que yo siento por ella, ni lo que ella ha hecho por nosotros, ni lo que el resto de las mujeres de su generación han hecho por la nuestra.

¡Aquí va!

Y será una tontería, pero hoy es el Día Internacional de la Mujer y, en Twitter, veo a Marta y Manel debatiendo y viendo que piensan lo mismo; a Maribel, retuiteando sin parar, porque es muy luchadora y muy reivindicativa… A mis compañeras felicitándose la una a la otra; y a Carlos Otero, poniéndose provocativo y enviando un anuncio de Ballerina.

Y yo no puedo evitar pensar, como lo hago muchas veces, en mi madre. Que no ha celebrado nunca el Día de la Mujer, y que siempre, salvo en algunas ocasiones, ha trabajado dentro de casa: limpiándonos los mofletes con lo primero que pillaba, echándonos la bronca porque no le ayudábamos en nada, haciéndonos natillas con galleta María cuando estábamos malos; y mi tarta favorita para darme una sorpresa. Leer más

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