Archivo de la categoría: Mundos Fascinantes

Las epístolas de Frida

La semana pasada hablaba sobre Chavela Vargas y me refería a ella como la amante de Frida Kahlo. Este es uno de los casos en el que ambas partes tienen entidad como para ser la “amante de”. Chavela de Frida y Frida de Chavela.

Hace un rato, mientras me duchaba, he recordado que Frida Kahlo, además de pintora, fue una escritora fabulosa, con una tremenda capacidad para el género epistolar. Hay varias cartas suyas publicadas, entre ellas, las que escribió a Carlos Pellicer, poeta mexicano. Dentro de esas cartas se encuentra una con un valor histórico indiscutible para quienes las admiramos y vemos la Historia con otros matices: la que escribió el día que conoció a La Chamana. Mientras se hace el café, que ya oigo borbotear, aquí la dejo.

Carlos:

Hoy conocí a Chavela Vargas. Extraordinaria, lesbiana, es más se me antojó eróticamente. No sé si ella sintió lo que yo pero creo que es una mujer lo bastante liberal que si me lo pide no dudaría un segundo en desnudarme ante ella. Cuántas veces no se te antoja un acostón y ya. Ella repito es erótica. Acaso es un regalo que el cielo me envía.

Frida K.

carta

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Hoy, Día Universal del Niño

Hace unos meses, un par con alguna semana, alguien me invitó a recordar capítulos de mi niñez. Cerré los ojos y pasaron por mi mente decenas de vivencias de mi infancia en las que no había vuelto a pensar nunca más.

De repente, me recordé preguntándole una mañana a mi madre de dónde venía. Me respondió: “Del médico”. Yo me asusté pero no había motivo. Estaba a punto de nacer mi hermano. No llegaba a los tres años y creo que es el primer recuerdo que tengo.

Me recordé meses después, en una salita, viendo cómo a mi madre se le escapaba un chorro de leche del pecho, algo que me pareció magia y que, a día de hoy, sigue pareciéndomelo.

También pasaron por mi mente esas tardes de primavera en las que me iba a merendar al campo, cuando todavía los niños vagaban solos, incluso en los pueblos. Recuerdo tumbarme a hurtadillas en los cebadales altos y verdes, mirar al cielo y verlo completamente azul, mientras estaba ahí, escondida y protegida por un fuerte de espigas.

Recordé uno de mis episodios favoritos: una tarde de verano me metí con mis amigos por las alcantarillas que había a un lado de la plaza del pueblo. Estaban convencidísimos de que podríamos salir al otro lado. Yo tenía mis dudas. Aun así, me apunté a la excursión, las recorrimos, y al llegar a nuestro destino nos encontramos con que el ayuntamiento había puesto una reja. No había salida.

-¿Dónde estamos? -pregunté a alguien que había fuera

-¡Estáis debajo de la estatua de Franco!

Comenzamos a gritar y salimos corriendo con el corazón en un puño, descorriendo lo andado y pensando, en mi caso, que no volvería a ver nunca más a mis padres ni a mi hermano. Era tan pequeña que podía correr por ese minúsculo túnel sin tener que agacharme. Ese día juré no volver a jugar más con chicos (algo que no lo cumplí, porque era con quienes me gustaba jugar). Cuando salí todos olíamos fatal. Por aquella época ya había dejado de disfrazarme de Superman, una de mis aficiones favoritas, y quería comer ratones como Diana, la de V.

Otro recuerdo imborrable de mi infancia son las palabras de mi madre cuando secuestraron a Melodie Nakachian: “Si ves una furgoneta con alguien que no conozcas, corre a casa”. Y eso hice en cuanto vi aparecer por la plaza la fugoneta de un señor del pueblo que nunca supo que hubo un día en el que creí que iba a ser mi secuestrador.

Durante el tiempo que estuve pensando en esos años pasaron por mi mente cientos de historias que tenía casi olvidadas y me prometí recordarlas de vez en cuando. Sobre todo ahora, cuando veo mi niñez como algo lejano, como algo que no forma parte de mi vida. Ahora que ya no me atrevo a ponerme una capa de Superman, aunque daría cualquier cosa por volver a hacerlo. Ahora que ya no pongo cucos debajo de la cama para que canten mientras duermo.

Hoy es el Día Universal del Niño, un día para recordar que quienes ya no somos niños tenemos la responsabilidad de hacer que sus infancias sean, por maravillosas, inolvidables.

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Lección de vida en Monfragüe

Me resultaba imposible abarcar en un solo golpe de vista la copa de ese árbol. Me acerqué completamente conmovida por lo que tenía ante mis ojos.

-¿Cuántos años tiene? -le pregunté a mi amiga.

-Alrededor de cuatrocientos. Este otro unos doscientos -me dijo.

Me sentía enana y más que enana. Toqué su tronco con ambas manos, poniendo la atención en las yemas de los dedos. Era la primera vez que tocaba un ser vivo tan longevo. Sentía la humedad de la corteza, su textura… Acerqué la nariz. No sé decir a qué olía, más que a árbol húmedo.

Desde la base miré hacia arriba y vi sus ramas extendiéndose, llenas de corteza verde grisácea todavía. A ellas no se la habían quitado, sólo habían descortezado el tronco. Debió ser hace tiempo, pensé, porque ya había perdido el color rojizo, ya había dejado de sangrar, interpreté.

Cuando volví a subir al coche, mientras avanzábamos por esa maravillosa dehesa de alcornocales en el Parque Nacional de Monfragüe, pensaba que ese alcornoque que acababa de tocar y disfrutar había sobrevivido a guerras, a epidemias, al simple paso del tiempo. Pensé en la cantidad de veces que le habrán arrancado la corteza, que habrán dejado su tronco desnudo, rojizo, en carne viva… tantas veces como veces ha vuelto a generarla. Todo ello sin prisa, dejando actuar al tiempo, hundiendo, mientras tanto, y fortaleciendo sus raíces, cada vez más profundas, más robustas… Las mismas que hoy, con casi 400 años, lo sostienen.

Un maravilloso ejercicio de supervivencia el de este árbol. Una lección fascinante sobre la vida si queremos aprenderla.

Gracias a Monfragüe Vivo por esta experencia. Gracias a mis amigos Maribelita y Raúl por “secuestrarme” este fin de semana.

 

arbol

 

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El capítulo 7 desde el objeto

Tocas mi boca, con un dedo tocas el borde de mi boca, vas dibujándola como si saliera de tu mano, como si por primera vez mi boca se entreabriera, y te basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, haces nacer la boca que deseas, la boca que tu mano elige y me dibujas en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por ti para dibujarla con tu mano en mi cara, y que por un azar que no buscas comprender coincide exactamente con mi boca que sonreíe por debajo de la que tu mano dibuja.

Te miro, de cerca te miro, cada vez más cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes nos miramos, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces tus manos buscan hundirse en mi pelo, acariciar lentamente la profundidad de mi pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos de dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de alienteo, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y me sientes temblar contra ti como una luna en el agua.

Rayuela, el capítulo 7 contado desde el objeto del texto, que se deja hacer.

 

Rayuela, Julio Cortázar

Rayuela, Julio Cortázar. Desde el sujeto.

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Mis libros

librosCada vez que tengo una mudanza os empaqueto en enormes cajas y os llevo conmigo, vaya donde vaya. A lo largo de estos años, y tantos cambios de casa, a muchos de vosotros he tenido que dejaros en la casa del pueblo.

Durante un tiempo habéis estado ocultos, debajo de mi cama de adolescente, metidos en enormes cajas. Me dolía abrirlas y veros porque me recordabais a las estanterías de esa casa donde un día estuvisteis y donde os coloqué para que os diera el sol del atardecer. Ya sabéis vosotros lo que pueden llegan a doler los recuerdos.

Poco a poco os he vuelto a traer conmigo y volvéis a llenar las estanterías de mi mundo; las mesas, mesillas de noche, aparadores, sillas, el otro lado de la cama… Os llevo al trabajo; os meto en el bolso cuando salgo a pasear porque me gusta parar y leeros en mitad del campo o en un parque. Vais siempre en mi maleta, aunque sea una maleta de un día. Os quito el polvo, siempre uno por uno, y os hojeo y ojeo para buscar marcapáginas olvidados, notas, dedicatorias, restos de un beso… Y, mientras tanto, me siento en el sofá para leeros con la excusa de descansar un ratito, que puede convertirse en una mañana o una tarde entera.

Sois mi regalo favorito, recibido y entregado; mi máquina del tiempo, mi teletransportador espacial; sois el azote a una consciencia a veces dormida. Sois el inicio de todas mis historias de amor y el abono de mis mayores historias de amistad.

¡Qué sería de mí sin vosotros, tiranos!*.

 

*”Qué sería de mí sin vosotros,
tiranos y, a la vez, embajadores
de la imaginación,
verdugos del deseo
y, al mismo tiempo, mensajeros suyos,
libros llenos de cosas deplorables
y de cosas sublimes,
a los que odiar
o por los que morir”.

(Luis Alberto de Cuenca, Libros)

 

 

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El chico calvo es Jesús Carrasco, el autor de “Intemperie”

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Ese chico calvo con bigotazo es Jesús Carrasco, el autor de “Intemperie”. Ayer estuve en la librería Albertien una charla-coloquio en la que participaba. Todo muy íntimo, muy bonito. Estaba a reventar, de hecho tuve que seguirla encaramada a una escalera. Llevé el libro para que me lo firmara (todavía resacosa porque terminé de leerlo el lunes).

-Creía que estabas loco*. A veces paraba de leer y miraba tu foto a ver si tenías cara de loco o no. No imaginaba qué cabeza podía cocer esa historia. Ahora veo que no, así que me quedo más tranquila.

-¿Loco? ¿Por la foto?

-¡No, por la foto no!

Él escuchaba mientras yo hablaba muy rápido para que cupiera todo lo que quería decirle en un minuto que, como buena groupie literaria y con poca consideración por los que estaban esperando, quería alargar. Leyó la dedicatoria que ya llevaba el libro, la de la persona que me lo regaló. Fíjate, este regalo fue un acto de fe porque era la primera vez que esta persona me regalaba un libro sin haberlo leído antes. Lo eligió porque porque ha oído hablar muy bien de él y porque el autor es paisano suyo (y por algo más que él no sabía en ese momento y que está relacionado con la transformación que iba ejercer este libro en mi forma de ver la vida. A veces, cuando nos conocemos mucho ocurren estas cosas inexplicables).

Jesús Carrasco (se me hace raro escribir su nombre) me dedicó todo el tiempo del mundo. Se leyó la dedicatoria del libro, una dedicatoria que sin saberlo ya me lanzaba un mensaje que casualmente también impregna la novela y, basándose en ella, escribió la suya.

Este autor terminará estudiándose en los colegios y, cuando eso ocurra, yo podré decir que le estreché la mano durante unos segundos interminables cuando tan solo había publicado una novela.

*No está loco. Además tiene una dignidad abrumadora.

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La biblioteca de mi pueblo

Hoy es el Día Internacional de las Bibliotecas (públicas) añadiría yo. Esos lugares donde muchos tuvimos la oportunidad de perdernos y que cada vez despiertan menos interés entre los que ahora tienen oportunidad de perderse.

La biblioteca de mi pueblo era casi una institución. La regentaba un señor mayor, que tendría menos de 65 pero que a mis ojos parecía un octogenario. Era alto, pelicano, con una calvicie importante y muy delgado. Encongido por la chepa, leía el periódico cada tarde sobre su mesa. Le conocíamos como El Galgo; creo que se llamaba Antonio. Su mujer siempre me despertó mucho interés. También era alta, delgada, con los rasgos prominentes: grandes ojos, gran nariz (creo recordar). Siempre llevaba los labios pintados de rosa chillón e iba bien peinada, con rulos, como las señoras ricas. El pelo negro y dos perlones en las orejas. Tenía los dedos huesudos y la veía como salida de un cuento en el que fuese una marquesa. La veía muy elegante. Mientras él leía, ella miraba por un ventanal que daba a la plaza del pueblo.

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La biblioteca tenía tres estanterías grandes, una sola dedicada a poesía, y todos los libros tenían un trozo de papel con un celofán y un código que nadie entendía, solo El Galgo. Eran altísimas, tan altas que nunca llegamos a saber cuáles eran los libros que había arriba del todo, llenos de polvo. Al lado de la de poesía, en la más grande, había un par de estantes con los libros prohibidos, los de dos rombos, los de los mayores. No había nada del Marqués de Sade, era una colección de libros sobre reproducción humana. Recuerdo que me acercaba remolona por ahí, al lado de los libros de historia, para coger uno de ellos disimuladamente y ver en qué consistía eso de la reproducción. Me fascinaban los dibujos del aparato reproductor, los de las mujeres amamantando a sus hijos…

Agachada como un ovillo le robaba ratitos al tomo III, a escondidas para que el bibliotecario no me llamase la atención por estar leyendo cosas de mayores (+12 años). Ahí, a ratos, entre tardes lluviosas, descubrí que los niños no los traía la cigüeña, que no llegábamos al mundo porque nuestros padres escribiesen una carta, sino porque teníamos unas cosas dentro que producían óvulos y espermatozoides (como los cristales en días de lluvia, que también producían decenas de espermatozoides que dejaban regueros en las ventanas).

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La biblioteca de mi pueblo fue el lugar donde aprendí a leer y a valorar los libros. Allí tuve acceso a cientos de ellos, de los que solo terminaba los cuentos porque la mayor parte de las veces me entretenía mirando las fotos y los dibujos. Aprendí que esos libros eran de todos, que nos los prestaban pero teníamos que cuidarlos y devolverlos en el mismo estado para que otros los leyeran. Eran libros de todos y para todos.

La biblioteca de mi pueblo era un lugar donde ir las tardes de lluvia, un lugar donde merendar leyendo un cuento, un lugar donde resguardarte en verano durante las guerras de globos de agua (mientras se calmaba el campo de batalla, leías un cómic); un lugar en el que hacer los deberes y poder tener a mano un diccionario que no tenías en casa, o un libro que no había en el cole.

La biblioteca de mi pueblo no era solo una biblioteca, era un símbolo más de la enseñanza pública y de su calidad, del acceso público a la cultura pública; del uso y el respeto por “lo público”; de la educación, la Educación; un símbolo de lo que significa “compartir”.

Ahora ya no está en el mismo lugar, sus puertas siguen abiertas pero cada vez va menos gente. Probablemente termine desapareciendo, como la enseñanza pública, como lo público, si cada vez que pasamos por la puerta decidimos pasar de largo.

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Cuentacuentos, cuántos cuentos…

Además del Día Mundial de la Felicidad, ayer también fue el Día Internacional de la Narración Oral. Por eso, un amigo que me conoce muy bien me llevó a un espectáculo de cuentacuentos en La Infinito, un café-librería de Lavapiés.

Durante una hora, tres cuentacuentos nos contaron historias de todo tipo. La mayor parte de ellas no tenía final feliz, de hecho, una de las narradoras nos confesó que los cuentos siempre tienen finales felices porque tan sólo son el inicio de las historias.

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Una de las historias que contó fue la de la princesa y el sapo. Para quienes no la conozcan diré que había una princesa que un día, paseando por el bosque, escuchó croar a un sapo. Miró por casualidad hacia una charca sucia y ahí estaba el sapo, mirándola fíjamente. La chica, que había oído hablar de que había sapos encantados que al besarlos se convertían en príncipes azules, se agachó, metió las manos en el agua turbia de la charca, cogió al sapo entre sus manos y, cerrando los ojos, lo besó.

Al abrirlos descubrió que el sapo seguía ahí. Éste la miró, rió y le dijo: “Ja, ¡te he engañado!”. La princesa devolvió el sapo a su charca sucia y siguió caminando. El cuento dice que tiempo después encontró otro sapo, pero no voy a contar lo que ocurrió en esa ocasión. Eso tendréis que descubrirlo la próxima semana en La Infinito, donde cada miércoles a las 20.30 h, un cuentacuentos te saca de tu historia y te mete en otros mundos durante un ratito.

Lo mejor es que, cuando termina la función, además de haber escuchado unos cuentos magníficos y haber degustado unas aceitunas buenísimas, sales sabiendo que detrás de esos cuentos hay más que un cuento.

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Lo que me sale del hipotálamo

Adoro la forma en que mi cerebro desconecta por las noches. Igual que hay veces en el que lo mataría por estar dos semanas dándome la tabarra con sueños relacionados con algo chungo; hay otras en las que, como anoche, hace clic y sube el telón. Ayer bien habría podido ser el típico día en el que por la noche arraso con todo lo que se ponga por delante, lo que yo conozco como Noches Kill Bill. Sin embargo, mi hipotálamo decidió desconectarme y, en un momento del sueño, me ha regalado un galápago.

Le he puesto de nombre Lenta y era más grande que mis dos manos juntas. Tenía la tripa amarilla y verde con dibujos que se movían como si estuviese mirando a través de un caleidoscopio. Su caparazón era verde con dibujos que simulaban un artesonado pintado a mano; y su cabeza se movía despacio como la de Morla.

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Ilustración de Benjamin Lacombe.

De repente, Lenta empezó a perder su caparazón, los bordes se descascarillaron y poco a poco se fue rompiendo su concha. Su tripa ya no era un caleidoscopio, estaba blandita y todo comenzaba a tomar un color amarronado. Lo primero que pensé, porque en los sueños se piensan esas cosas, es que estaba mudando de concha, igual que las serpientes mudan de piel o los gatos pelechan. Mientras yo dejaba pasar el tiempo, parte de su caparazón se convirtió en un cúmulo de polvo que se derrumbó como un alud en cuanto lo toqué con el dedo.

No sé cuánto tiempo pasó en el sueño y tampoco en la historia pero, cuando quise darme cuenta, Lenta estaba desnudita, tan sólo cubierta por una concha nueva pero pequeña y blanda. Sin artesonados y sin caleidoscopios. Como los sueños son así, de ahí salté a un avión rumbo a California. Mientras esperaba a que despegara, alguien me llamó por teléfono y me dijo que Lenta había muerto. Había perdido su caparazón. Y ahí, con la muerte de Lenta, ha terminado mi sueño.

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Gmork, ¡yo soy Atreyu!

Si comento esta foto, os hago un spoiler como una catedral.

Si comento esta foto, os hago un spoiler como una catedral.

Hace unos días vi una de mis pelis favoritas, La historia interminable. Aunque la magnitud del libro es tal que jamás se podría replicar en una película, sí es cierto que consigue transmitir los mensajes y enseñanzas más importantes del legado de Michael Ende. Hacía muchísimos años que no la veía y, si cada vez que la he visto he sacado una lección nueva, en esta ocasión no he podido evitar tener presente durante los 102 minutos que dura la crisis y sus consecuencias. Como supongo que todo el mundo conoce el argumento y ha visto la peli, voy a pasar directamente a dibujar mi particular reparto (más que súper reducido) mostrando extractos de los diálogos y que cada uno saque sus conclusiones de quién es quién y quién querría ser:

Morla: “Somos viejas, pequeño, demasiado viejas, y hemos vivido bastante (…) Todo se repite eternamente: el día y la noche, el verano y el invierno… El mundo está vacío y no tiene sentido. Todo se mueve en círculos. Lo que aparece debe desaparecer y lo que nace debe morir. Todo pasa: el bien y el mal, la estupidez y la sabiduría, la belleza y la fealdad. Todo está vacío. Nada es verdad, nada es importante”.

Artax: Es el caballo de Atreyu, las arenas movedizas del Pantano de la Tristeza se lo tragan: “Vamos, Artax, ¿qué te pasa? ¡Vamos! Ya lo sé, es muy pesado este terreno para ti y te cuesta. Artax, estás hundiendo. ¡Es la tristeza! Tenemos que salir. ¡Tienes que luchar contra la Tristeza!”

Gmork: “Las personas que no tienen ninguna esperanza son fáciles de dominar. Y quien tiene el dominio tiene el poder (…)  Soy el servidor, el poder que surge tras La Nada. Me encargaron eliminar al único que podría haberla detenido, pero le perdí la pista en el Pantano de la Tristeza. Se llamaba Atreyu”.

La Nada: “El vacío que queda. Como una ciega desesperación que destruye este mundo”.

Fújur: El dragón de la Suerte. Su cuerpo está formado de escamas color madreperla y no necesita alas para volar. Acompaña a Atreyu y a Bastian a lo largo de su viaje por Fantasía.

Fantasía: “Es el mundo de la fantasía humana. Cada parte de su Reino, cada criatura suya no es más que un trozo de los sueños y esperanzas de la humanidad”, dice Gmork.

Atreyu: “¡Ven por mí Gmork, yo soy Atreyu!”

 

Nota: De la Emperatriz Infantil no hablamos por ser un personaje súper pasivo y tener afán de protagonismo.

 

Sin Fin.

 

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