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Quiero enamorarme

-He decidido romper con todo -me dijo

-Romper con todo es bueno

-No estoy seguro

Para celebrarlo hizo una fiesta a la que invitó a todos sus amigos. Llegué y no había ningún conocido más allá de una chica que no recordaba mi cara, aunque yo sí la suya. Llevaba un bebé en brazos.

Unos minutos después apareció otra chica. Creí recordarla, pero tras hacer un recorrido rápido por el tiempo que pasamos juntos, no conseguí situarla en ningún lugar.

Continué degustando el vino que me habían servido y, mientras estaba charlando con un desconocido,  de profesión traductor, sobre la situación actual de los periodistas, la mano de mi amigo se posó en mi hombro. Acercándose por detrás a mi oído, en un susurro me dijo:

-¿Recuerdas a esa chica que me hizo tanto daño?

-Sí.

-Ahí está. ¡Pégale!

Claro, era ella. Tenía frente a mí, por primera vez, a la chica que le causó el daño que yo intenté curar unos años atrás sin demasiado éxito. La misma que le despertó unos sentimientos que yo intenté despertarle, también sin demasiado éxito. Estaba con su ahora marido.

-Quiero enamorarme -me dijo entre la algarabía de los invitados.

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Un amor de juventud que ha durado toda la vida

Tenía veinte años cuando se enamoró de un chico. “Muy guapo”, decían. Él pertenecía a una familia rica y ella no, por lo que la familia del chico consiguió que ni siquiera llegaran a ser novios formales y se quedara en una historia de críos.

Cuentan que, en aquella época, en los pueblos, cuando una mujer tenía novio o medio novio y éste moría o la dejaba, ella tenía que casarse con un señor mayor, con un forastero o resignarse y quedarse soltera porque ya era una mujer con mancha. Con el tiempo él se casó, aunque nunca tuvo hijos, pero ella no volvió a estar con ningún hombre.

Muchos años después, cuando ella rondaba o, había pasado la cuarentena, fue un señor a pretenderla. Llamó a su puerta, ella abrió:

-Buenos días. Me llamo fulanito y vengo a pedirle que se case conmigo. Soy viudo, tengo dos hijos y soy de un pueblo de al lado. Me han dicho que usted es una buena mujer, trabajadora, limpia y que nunca se ha casado. Yo soy un hombre bueno y todavía soy joven, por lo que busco una mujer que me acompañe.

Mientras el señor, en un acto de valentía, le explicaba lo que le había llevado hasta su casa, ella escuchaba. Cuando terminó, ella le dijo:

-Le agradezco mucho que haya venido pero yo no me voy a casar. Si no pude casarme con quien yo quería, prefiero estar sola.

Mucho tiempo después, su amor de juventud murió y ella lo lloró como solo se llora a un novio. Ahora la moira Átropos ha cortado su hilo y, más de setenta años después, vuelven a estar juntos.

enterrando-el-amor

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Tornaràs a tremolar

Sé que ahora no ves más allá de la punta de tu nariz porque dejas el espacio justo para que se te caigan las lágrimas, lo supe el otro día cuando me hablabas a solas por teléfono. Pero lo dice Mishima: volverás.

Volverás a llevar tu mirada hacia el horizonte, donde se junten el cielo y la tierra y abarcarás con tu vista los pájaros y los árboles que se crucen ante tus ojos. Volverás a desanudar tu garganta para que te salgan palabras claras, sin romper ni entrecortar; y risas, muchas risas. Volverás a abrir tu pecho sin miedo, aunque ahora no quieras, pero volverá a abrirse como vuelven a abrirse las flores cada primavera.

Volverás a despertarte con el desayuno como primer pensamiento. Volverás a pasar por los sitios que ahora forman parte de tu película y con ellos harás una película distinta, de esas que se ven una vez y otra y otra con palomitas y manta.

Volverás a acostarte en una habitación con el aire viciado y compartido; con restos de sudor en las sábanas y recuerdos todavía líquidos en tu piel.

Volverás a decir que te sientes feliz, que “por fin…”, que “por fin…”.

Volverás. Estoy segura.  (Y, mientras tanto, aquí estoy para ser tu brújula,como tú has sido la mía).

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Amores

Ella quería hacer el amor,

él le decía que  hacían el amor cada vez que hablaban.

Ella le respondía que las palabras se las lleva el viento;

él, que lo que se lleva el viento es el polvo.

Vivían amores diferentes.

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Autopsia de amor, con pluma y tintero

Calmando el pulso a susurros cogió la pluma. Se miró al espejo y, temblorosa, abrió con una sola mano su camisa, dejándola caer a lo largo de sus brazos hasta dar en el suelo. Hacía frío, sus pechos se endurecieron.

Sin destreza, pues nunca había sido buena pintando, mojó la pluma en el tintero y comenzó a trazar una línea desde el hueco de las clavículas hacia abajo. Reteniendo la respiración, con un trazo fino, se desvió ligeramente hacia la izquierda, descendiendo en la marca como un meandro que bordeaba su seno.

Cuando hubo terminado, ladeó la cabeza ligeramente hacia la derecha para contemplar su obra. Dejó que la pluma resbalara por el lavabo y, mientras esta hacía un breve viaje de un lado a otro, acercó sus dedos manchados de negro a su pecho, separó la piel que quedaba a ambos lados de la tinta y, abriendo con ellos una brecha, le dijo: “Háblame, que hace tiempo que no te siento”.

shine

“Shine through”, de BoaMistura. Serigrafía 4 tintas. Disponible en Gunter Gallery.

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Los disparados corazones buenos

Cuenta la leyenda que existió un lugar en el que todos los hombres y mujeres que tenían el corazón moribundo sacaron una pistola y, enfadados, dispararon con los ojos cerrados al vacío. Las balas no solo llegaron a los corazones de los hombres y mujeres malos, también alcanzaron el pecho de aquellos hombres y mujeres buenos que pasaban por ahí.

Dicen quienes vivieron aquella matanza que, tiempo después, los corazones de esas mujeres y esos hombres volvieron a latir y quisieron encontrar otros corazones buenos que latieran para latir juntos, pero no los hallaron. Los corazones buenos, habían quedado fríos para siempre tras tantos disparos; los malos siguieron latiendo inmunes a las balas; y los que se salvaron, estaban escondidos por si algún día, se levantaba otra ballata.

De “Leyendas que se te ocurren cuando te pones a escuchar las letras de las canciones”.

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