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La mortaja, un mundo fascinante

Uno de los temas más concurridos en cualquier pueblo de La Mancha que se precie, además de uno de mis favoritos, es el tema de la mortaja. Del mismo modo que las mujeres mayores tienen ropa guardada “para por si ocurre”, que es normalmente una muda, un camisón, zapatillas, bata, abrigo…, que guardan celosamente por si un día tienen que salir corriendo (o “de revolance”) a un hospital, también tienen preparada una  mortaja. En La Mancha hemos convivido con la muerte desde pequeños, bien desde el punto de vista de la monaguilla que acompañaba al cura a los entierros, o bien por los lutos que han guardado nuestras madres, tías y una señora a la que no voy a nombrar pero que estuvo de luto años y años y años. También hemos convivido con ella celebrando cada año el Día de todos los Santos, en el que nuestras madres hacían ramos de flores para sus muertos, además de rutas “turísticas” por el cementerio para ver de paso quién tiene el ramo más caro. Y, por supuesto, comiendo gachas, que se pueden comer cualquier día de lluvia siempre y cuando no se haya muerto alguien, porque en ese caso, el muerto mete el dedo en la sartén. Pero ninguno de estos motivos es tan fascinante como el tema que nos ocupa: la mortaja.

Fotograma de "Volver", en un típico 1 de noviembre, el Día de todos los Santos en el que los forasteros vienen al pueblo a traer flores y a hartarse a comer

Fotograma de “Volver”, en un típico 1 de noviembre, el Día de todos los Santos en el que las lápidas se friegan y las mujeres del pueblo entran en competición callada para ver cuál tiene el ramo de flores más lindo y el menos lindo.

La mortaja es un arte, es el arte de irte al otro barrio bien arreglada. Una de mis abuelas la tiene preparada desde hace años en la planta superior de su casa. Es el hábito de las monjas de “noséqué”, unas monjas muy castas que viven en un convento de un pueblo de al lado y con el que ya le ha dicho a mi madre quiere que la entierren. Todavía recuerdo cuando llevé a casa a mi primer novio y mi abuela, muy solícita, quiso enseñarle la suya. Empezó por la planta de abajo, abriendo armarios para mostrarle la cubertería, la vajilla… y cerrar con un: “Como ves, hijo mío, nosotros somos unos pobres, así que si la quieres así bien y si no, que sepas aquí dinero no vas a encontrar”.  Acto seguido subimos al piso de arriba, le enseñó los dormitorios y, por último, una habitación: “Y ésta, la habitación donde está el traje para el… para el viaje”, dijo mientras abría lentamente la puerta. Tan sólo había un mueble bar con unos pañitos, un brasero antiguo reluciente, un baúl pequeño con dos velas rojas a ambos lados alumbrando “el traje para el viaje”. Mi pobre novio, muy educado, no salió corriendo por amor y, aunque la relación duró casi tres años, esa fue la última vez que subió las escaleras de la casa de mi abuela.

Para mi abuela, que cree en la vida más allá de la muerte, este tema es importante hasta tal punto que nos ha dicho que cuando muera le metamos en la caja un traje para mi abuelo, que falleció hace muchos años en un hospital y, al no llevar mortaja, “estará por ahí desnudo, el pobre”, dice.

Sin embargo, la mortaja no es siempre un hábito, en ocasiones es el vestido de bodas, un traje que simula a la Virgen Dolorosa, un traje chaqueta… Mi otra abuela, por ejemplo, que es muy coqueta, quería ir de Dolorosa pero, como a mí no me gusta, ha optado por un vestido de blonda azul marino, además quiere que la maquillen, la peinen y le pongan pendientes. Es más, ya nos ha dado instrucciones concretas sobre dónde hay que velarla, qué virgen hay que poner frente al féretro, cuántas sillas alrededor de la Virgen y, eso sí, que el maquillaje sea discreto.

En fin, que el mundo que hay alrededor de la mortaja es fascinante por definición, y tal y como se vive en lugares como mi pueblo, mucho más. Desde aquí os invito a introduciros en él sin pudor. Podéis empezar diseñando la vuestra… 😉

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Ha volcao un camión de Kit Kat por el frontón

kitkat

Algo que muy poca gente sabe es que en España hay un lugar en el que existe una fuerza de atracción que hace que los camiones cargados con productos alimenticios vuelquen en la carretera, permitiendo a los vecinos del pueblo más cercano surtirse de víveres. Ese pueblo pertenece a Cuenca y es mi pueblo.

En los últimos 15 años, muchos han sido los camiones que han volcado en la A3. Volcó uno de jamones, otro de yogures y flanes Clesa; otro de aceite… La verdad es que, cuando pasa algo así, no sé cómo corre la noticia ni quién es el primero que da la voz de alarma. No sé si es la Guardia Civil, o algún jubilado que anda de paseo, quien lo ve y vuelve al pueblo rápidamente (pero no para contarlo, sino para coger todas las bolsas que tenga su mujer y ser el primero en llenar la saca. Incluida la Guardia Civil). O, si por el contrario, es la gente que está en el centro de salud, que se entera y corre la voz. Independientemente de eso, cada vez que vuelca un camión con comida, mi pueblo se paraliza.

La última vez que ocurrió fue hace tres años. Mi madre se enteró porque bajó a comprar fruta y el pueblo (de 1.200 habitantes) estaba desierto. Ni los jubilados que están al sol cada día con sus chaquetas verdes de punto, que parecen lagartos, daban señales de vida. Parecía que había caído una bomba nuclear y, en la calle, lo único que faltaba para que pareciera una peli del Oeste era un corremundos cruzando de acera en acera. Cuando llegó al puesto de la fruta, le dieron la noticia: “Ha volcao un camión de Kit Kat por el frontón”. Sin entretenerse en nada más, mi madre compró la fruta y fue corriendo a contárselo a mi vecina, que tampoco lo sabía. Juntas bajaron (digo bajaron porque el frontón está en la parte baja del pueblo, al lado del Santete, como se conoce a la ermita de San Cristóbal, y del polideportivo. Algo muy común en los pueblos de La Mancha) a ver qué había ocurrido.

Para quien no lo sepa, esto es un corremundos.

Para quien no lo sepa, esto es un corremundos.

La sorpresa de ambas fue mayúscula cuando, faltando todavía más de 1 km para llegar, ya veían a gente volviendo a casa con bolsas de Decathlon de las que asomaban cajas de Kit Kat. Cuando llegaron al lugar de los hechos se encontraron una montaña de Kit Kat y, a sus pies, medio pueblo chillando a voz en grito cada uno con su bucle:

-“Nene, ¡ten cuidao no los pises que los machacas!”, decían unos.

-“¡Arriba, arriba, que abajo están pisoteaos!”, decían otros

-“Eh, ¡qué hermosura! Aquí van tres kilos por lo menos”, se regodeaban otros.

-“Nene, ¡me cagüenelcopón, baja ya y deja pa´los demás!”, decían los de más allá

La montaña de Kit Kat-merecedores-de-ser-recogidos duró menos que un caramelo en la puerta de un colegio y, a partir de ahí, todo fueron restos de cajas de cartón y migas. Las consecuencias fueron devastadoras: el pueblo estuvo lleno de papelillos de Kit Kat tres o cuatro meses; y en el centro de salud notaron un incremento de las visitas por azúcar. Al chico que acababa de abrir una tienda de chucherías le hicieron la trece catorce, porque teniendo todo el mundo Kit Kat gratis, a ver quién se iba a gastar 5 céntimos en una dentadura. En fin, un drama.

Eso sí, mi madre y mi vecina, aunque no llegaron en el fulgor de la recogida, todavía se llevaron a casa una bolsa llena de Kit Kat. Tanto es así que yo llevé una cajita en plan regalo kitch al pueblo de mi ex, que para haber terminado como terminamos, mejor empleado habría estado si me lo hubiera comido yo a ratitos.

En fin, que os cuento esto porque esta mañana se ha dado una situación de locura transitoria y he visto a mis compañeros de curro pegándose por un décimo de lotería como los de mi pueblo por una caja de Kit Kat. Porque sí, se pegaron. Aunque se pegaron mucho más cuando volcó el camión de los flanes de Clesa, pero eso lo contaré otro día.

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