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La madriguera de Alicia

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

“La miro porque me hace feliz mirarla”, me decía. “No es nada sexual. Sólo me hace feliz mirarla”.

La escuchaba desde un rincón en un rincón de El Rincón, en la calle Espíritu Santo. Sus manos acompañaban a sus reflexiones. Sus ojos, azules y con unas pupilas completamente dilatadas (no sé muy bien si por la escasez de luz del lugar o porque son así), parecían la madriguera de Alicia: un agujero que podía llevarte a un mundo fantástico. Caerse por sus pupilas y ver qué guarda en su interior y por qué ve las cosas como las ve, debe ser fascinante.

Muestra una aparente fragilidad. Su piel es muy fina, blanca, casi transparente. Las puntas de sus rizos rubios, tapados casi en su totalidad por un gorro de lana, asomaban como pequeños tentáculos para quedarse pegados en su cara angulosa, de actriz de los años treinta. “Habría podido pertenecer, perfectamente, a la pandilla de Marlene Dietrich”, he pensado en alguna ocasión.

Una copa de vino tinto y un vermut nos acompañaron durante una conversación en la que hablamos de amor, principalmente, y de desamor; y, por lo tanto, de crecer. También hablamos de sueños, pesadillas, ondas cerebrales y diapasones.

Ocho fueron las veces que conjugó el verbo “llorar” y, en una de ellas, los ojos se le llenaron de lágrimas que no llegaron a caer. Supongo que se las tragó, en remolino, la madriguera.

Espero que pronto encuentre una pértiga que le haga saltar por encima de los malos momentos y seguir caminando. Espero que pronto vuelva a grabar, ahora que ha encontrado ese lugar del que me habló, de alfombras interminables, y del que nadie quiere irse. Espero que pronto encuentre a esa chica con la que quiere casarse. Es posible que ya la conozca y, como dice José Luis Pardo en el inicio de La regla del juego, el cambio ya haya empezado.

<SoloAElla> Quién sabe, puede que sea la chica del gimnasio. ¡Háblale! </SoloAElla>

 

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La principal regla del juego: el inicio inadvertido

Descubrí a José Luis Pardo a raíz de leer “La Intimidad”, un estudio sobre las falacias, las ilusiones y las perversiones de este concepto y donde deslinda brillantemente el papel que juega la intimidad en el tablero de la res publica y la res privata gracias al lenguaje.

En su libro “La regla del juego”, Premio Nacional de Ensayo 2005, abre la Introducción reflexionando sobre el inicio y el final de los libros, o mejor dicho, sobre el “inadvertido punto de comienzo”.

Quiero compartirlo ahora que empezamos un nuevo año, que nos cargamos de propósitos y clavamos en el punto de partida de nuestra nueva existencia un banderín lleno de esperanzas. Quizás ayude pensar que el inicio de nuestros sueños haya pasado inadvertido y que estemos ya viviéndolos.

Aquí os dejo, como regalo de reyes, su pie de página, el secreto del inicio de la principal regla de este juego que es la vida con un mundo lleno de posibilidades.

reglajuego

“Hablando en particular, este libro comienza una tarde en que soplaba un viento inhóspito y absurdo, de esos vientos que, en algunos pueblos, se utilizan para explicar el mal que aqueja a cientos de habitantes diciendo que “se quedaron” así de un aire. Yo estaba lejos de mi casa y, en un gesto que no puedo imaginar, sin cierta perplejidad y cierta sensación de ridículo -el de alguien que se llama a sí mismo a sabiendas de que no habrá respuesta-, marcaba de vez en cuando el teléfono de mi domicilio para escuchar, si los había, los mensajes del contestador automático. Aquel día había uno, pero repetido tres o cuatro veces: era un mensaje equivocado (estaba destinado a otra persona) y, en él, se escuchaba casi todo el rato un fragmento de música ambiental en el que Frank y Nancy Sinatra cantaban ‘Something Stupid’.

Unos minutos antes, me había enterado por la radio de la muerte de un hombre, de unos de los mejores poetas que ha habido en nuestros días. Durante sus últimos tiempos, este hombre había estado escribiendo un libro, un libro que llevaba siempre consigo, que él sabía que sería el último, y del cual sólo la muerte decidiría -como decidió- cuál sería la última página, aunque el hombre siempre decía que su libro no tenía última página, y que ni siquiera su muerte sería capaz de terminarlo y convertirlo en libro. Así que podría decirse que este libro comienza con la muerte de un hombre, aunque ese día yo no supiese que había comenzado.

Igual que las personas, los libros, cuando comienzan, están, como un poco cínicamente se dice, “llenos de posibilidades”. El día en que se pone la primera línea de esas posibilidades empiezan a restringirse, y el día en el que se pone la última ya no queda posibilidad alguna, el libro ya no puede ser otro libro más que el que es, el que “ha sido”. Así como se habla a menudo de “la angustia de la página en blanco”, podría hablarse también de la angustia de la página en negro, de todas las páginas posibles que se han arrojado a la papelera para que esa página precisa fuera real.

La noche que siguió a aquella tarde fue muy sombría, como si todas las páginas en negro posibles se abigarrasen en la espesura del paisaje, más allá del círculo de luz blanca que salía de mi balcón. Como yo entonces no podía saber que se trataba del bosque de un libro que estaba comenzando, veía en aquella “summa” de papeles oscuros los restos de un libro ya escrito, las cenizas de un libro anterior. Ni siquiera imaginaba que, en aquellas hojas descartadas de un libro acabado, había comenzado otro.

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Cuatro gotas

El cielo se ha encapotado justo enfrente de mi vista. El aire entraba cálido. He abierto la casa de par en par: puertas, ventanas, ventanitas… Parecía que quería llegarme un aroma a tierra mojada, ese aroma que mezcla polvo y lluvia de cuatro gotas, y que siempre me hace pensar en Oz y en si esas gotas caerán como pequeñas gotas de barro.

Cuando el aire ha empezado a correr con la suficiente fuerza por los rincones de la casa, tirando a su paso el jarrón de lata lleno de lavanda seca, que yo misma corté el verano pasado; abriendo un libro de Marvin Harris y entrando entre sus páginas, quizás para cazar vacas o brujas; y asustándome con un portazo inesperado, he decidido atrancar las bocas por las que la casa empezaba a respirar.

En la del salón, he puesto un libro sobre la Grecia clásica y, sobre éste, “La regla del juego”, de José Luis Pardo. Con ellos he atrancado una hoja del ventanal; con la mesa, la otra. Para mi dormitorio he hecho uso de la cama, que he atravesado ligeramente para que se interpusiera en la trayectoria de una de ellas. En las puertas del salón y el dormitorio de invitados, respectivamente, una silla y un bidón de agua destilada que tengo para regar una de mis plantas, la carnívora, la más delicada y a la que más mimo, pero no mi favorita.

Hecho esto, he encendido la lámpara, he abierto “El amor en los tiempos del cólera” y, con el aire de tormenta entrando, me he dispuesto a ver qué tal llevaba Florentino el desamor mientras esperaba la lluvia. Dos páginas más tarde he escuchado cómo empezaban a caer con fuerza goterones de agua en el balcón. Conforme estaba, semivestida, que es como únicamente puede sobrevivir uno en casa en estas tardes de canícula, he salido al balcón y, agarrada a la baranda, me he quedado aparentemente inerte para que me cayeran en la cara lo que sabía iban a ser cuatro gotas de lluvia aleatoria.

Al mismo tiempo, en la calle la gente aceleraba el paso y algunos, precavidos, ya caminaban bajo el paraguas.

Así han transcurrido la espera y precipitación de las primeras cuatro gotas del verano.

 

lluvia

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