Archivo de la categoría: Amistad

De Protocolo y Saber Estar Sentimental

“Nadie pide permiso para irse de una vida. Nada tiene que ver ese momento con ese otro en el que se intenta entrar a formar parte de ella. Debe ser que damos por hecho que las invasiones han de hacerse con un visto bueno o, al menos, con cierto tiento. Sin embargo, el abandono del terreno previamente invadido, y en ocasiones sitiado, se hace de forma unilateral. Es normal, por otro lado. No imagino una situación en la que alguien te pregunte: “¿Te importa que me vaya de tu vida?” porque cabe la posibilidad de que le digas: “Sí, mucho”.

Hay gente que cuando se va de tu vida lo hace de forma rápida, tan rápido como se sacan los cuchillos de los costados en las películas.

De todos modos, ¡qué triste es irse de la vida de alguien sin pedir permiso! ¡Qué feo y qué error! Te pasas la vida huyendo a hurtadillas de la persona, y sin hurtadillas de la tristeza y la fealdad, creyendo que no te ven, pensando que lo hiciste bien, esperando en balde que algún día deje de perseguirte”.

De “Protocolo y saber estar sentimental”.  

Etiquetado , ,

Feliz cumpleaños, guardián de almas

Hoy es el cumpleaños de Mario, mi amigo Mario. Con Mario la palabra amigo adquiere una connotación etimológica. Etimológicamente, amigo procede del verbo latino amareque significa amar; incluso se vincula con la voz indoeuropea amma, que es como los niños llamaban a las madres. Incluso hay una versión poética que vincula amicus con animi (alma) y custos (custodia). Me parece tan maravilloso este último desarrollo que es sobre el que voy a elaborar esta entrada porque, si algo es Mario, es el custodio o guardián de mi alma. 

Hoy, como decía, cumple años mi amigo, y si ya un cumpleaños es motivo de celebración, en este caso estamos hablando de un gran motivo de celebración o de un motivo de gran celebración. Podría recordar mil vivencias que hemos compartido para homenajearle (porque a las personas como Mario se las homenajea), pero me voy a limitar a contar (sin su permiso, claro está) un par de cosas sobre él.

Mario es un amante profundo de Federico García Lorca, tan amante y tan profundo que todavía hoy, y tras muchos años, cuando veo en su casa esa foto de Lorca pienso que es él o algún antepasado suyo. Es una décima de segundo, pero siempre siempre siempre tengo esa misma sensación.

A Mario le encanta compartir sus buenos momentos (y los malos también), no por exhibición, sino por lo que implica la palabra compartir. Por eso, si sus momentos son buenos, nos da un pedazo de esa alegría para hacernos la vida más llevadera; y si no lo son tanto, nos da un pedacito de esa tristeza, y así son más llevaderos también.

A mi guardián del alma le sonríe la vida porque él le ha sonreído aunque, a veces, le haya jugado malas pasadas. Le ha sonreído con esos dos hoyuelos que se le forman en las mejillas cuando ésta ha sido amable con él; y ha terminado riéndole a carcajadas (primero con la boca cerrada, de carcajada contenida; y luego abiertamente, que es como se rie él) cuando ha decidido sorprenderle con algún requiebro.

Mi amigo Mario enseña a sus amigos a amar la vida, a vivir como si fuera el último día. Sé que muchas veces sus conversaciones o sus reflexiones son un monólogo interior que proyecta más allá de su garganta. Y es ahí, de la forma más altruista, cuando nos da los mejores consejos porque está abierto en canal.

Es verdad que nadie es imprescindible en la vida, pero mi vida habría estado inconscientemente coja si Mario no formara parte de ella; mis tristezas habrían sido más tristes si no me hubiese abierto su casa y su sofá cama; y los atolondramientos y mala baba que algunas veces se gasta esta vida habrían sido menos llevaderos si él no hubiese llamado para decir: “te invito al teatro”; o si yo no me hubiese cortado el pelo tantisísimo para decirle: aquí estoy para acompañarte (no sé si esto se lo he dicho alguna vez). Al final, estoy pensando, querer tener cerca a Mario es una cuestión de egoísmo y supervivencia.

Aquí os dejo su último libro, el libro con el que demuestra que estas cuatro letras que le he dedicado son un grano de arena en un desierto inmenso y lleno de virtudes. Un libro con el que dijo Hola cáncer hace un año y medio a un monstruo que apareció en su vida sin saber que estaba frente a un guerrero.

Nota: Mi amigo Mario es para los desconocidos Mario Suárez, un periodista magnífico y un escritor fabuloso. Devoto de nuevos artistas y, aunque él no lo sepa, etapa imprescindible en esta carrera por mostrar la calidad entre esos nuevos artistas e ilustradores que está hirviendo en este país.

Disculpad si me he excedido en cursilería, pero soy de naturaleza cursi y Mario es capaz de sacar lo peor de mí (casi siempre).

Y tú: espero que puedas perdonarme el atrevimiento.

 

9788416177967

 

Etiquetado , , , , ,

La madriguera de Alicia

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

Ilustración de Isabel Torner Aparicio

“La miro porque me hace feliz mirarla”, me decía. “No es nada sexual. Sólo me hace feliz mirarla”.

La escuchaba desde un rincón en un rincón de El Rincón, en la calle Espíritu Santo. Sus manos acompañaban a sus reflexiones. Sus ojos, azules y con unas pupilas completamente dilatadas (no sé muy bien si por la escasez de luz del lugar o porque son así), parecían la madriguera de Alicia: un agujero que podía llevarte a un mundo fantástico. Caerse por sus pupilas y ver qué guarda en su interior y por qué ve las cosas como las ve, debe ser fascinante.

Muestra una aparente fragilidad. Su piel es muy fina, blanca, casi transparente. Las puntas de sus rizos rubios, tapados casi en su totalidad por un gorro de lana, asomaban como pequeños tentáculos para quedarse pegados en su cara angulosa, de actriz de los años treinta. “Habría podido pertenecer, perfectamente, a la pandilla de Marlene Dietrich”, he pensado en alguna ocasión.

Una copa de vino tinto y un vermut nos acompañaron durante una conversación en la que hablamos de amor, principalmente, y de desamor; y, por lo tanto, de crecer. También hablamos de sueños, pesadillas, ondas cerebrales y diapasones.

Ocho fueron las veces que conjugó el verbo “llorar” y, en una de ellas, los ojos se le llenaron de lágrimas que no llegaron a caer. Supongo que se las tragó, en remolino, la madriguera.

Espero que pronto encuentre una pértiga que le haga saltar por encima de los malos momentos y seguir caminando. Espero que pronto vuelva a grabar, ahora que ha encontrado ese lugar del que me habló, de alfombras interminables, y del que nadie quiere irse. Espero que pronto encuentre a esa chica con la que quiere casarse. Es posible que ya la conozca y, como dice José Luis Pardo en el inicio de La regla del juego, el cambio ya haya empezado.

<SoloAElla> Quién sabe, puede que sea la chica del gimnasio. ¡Háblale! </SoloAElla>

 

Etiquetado , , , , ,

Quiero enamorarme

-He decidido romper con todo -me dijo

-Romper con todo es bueno

-No estoy seguro

Para celebrarlo hizo una fiesta a la que invitó a todos sus amigos. Llegué y no había ningún conocido más allá de una chica que no recordaba mi cara, aunque yo sí la suya. Llevaba un bebé en brazos.

Unos minutos después apareció otra chica. Creí recordarla, pero tras hacer un recorrido rápido por el tiempo que pasamos juntos, no conseguí situarla en ningún lugar.

Continué degustando el vino que me habían servido y, mientras estaba charlando con un desconocido,  de profesión traductor, sobre la situación actual de los periodistas, la mano de mi amigo se posó en mi hombro. Acercándose por detrás a mi oído, en un susurro me dijo:

-¿Recuerdas a esa chica que me hizo tanto daño?

-Sí.

-Ahí está. ¡Pégale!

Claro, era ella. Tenía frente a mí, por primera vez, a la chica que le causó el daño que yo intenté curar unos años atrás sin demasiado éxito. La misma que le despertó unos sentimientos que yo intenté despertarle, también sin demasiado éxito. Estaba con su ahora marido.

-Quiero enamorarme -me dijo entre la algarabía de los invitados.

Etiquetado , ,

Conjugando el verbo “ser”

De repente, ha saltado su whatsapp. He visto una composición de fotos suyas. Seguidamente había un mensaje: “Era esta. Ya no soy esa persona”. Nos hemos puesto a hablar, con las limitaciones del whatsapp, sobre la vida y su evolución, pero en seguida hemos cambiado de tema.

Nadie es quien fue, dar. Absolutamente nadie, créeme. Puede que haya alguien que tenga la desgracia se ser siempre la misma persona.

La vida es eso, una muerte y una resurrección constantes de días, de estados de ánimo, de suertes, de infortunios, de conocimientos…; de células, incluso, si nos ponemos científicas. La vida es dejar de ser quienes hemos sido para ser otras personas, generalmente mejores, con más experiencia, con más vida vivida.

Sin embargo, dejar de ser quienes fuimos siempre produce tristeza. Será porque esta mente racional y selectiva nos juega la pasada de mirar atrás con melancolía (ya sabes que la melancolía siempre va vestida de una copa de whisky, un cigarrillo y unos labios rojos que expulsan el humo mientras suena de fondo una buena pieza de blues. A veces, por el contrario, viene acompañada de un filtro luminoso de Instagram. Pero, en ambos casos, solo es apariencia y estética, no te dejes engañar por esas cosas).

No sé si te lo he dicho en alguna ocasión, pero yo tampoco me siento la misma que entonces. No soy la que conociste, ni la que era cuando se tomaron esas fotos (creo que por aquel entonces solo hablábamos de barcos hundidos). En alguna ocasión le he dicho a un amigo: “Me da pena que no me hayas conocido siendo como era”. Pero, ¿sabes qué te digo? Que ya no me importa no ser la de antes. Es más, me gusta ser la de ahora, prefiero ser la de ahora, aunque esté embarrada. Ahora sé tantas cosas y tengo tanta fuerza que puede que no me salga reír como antes o hacer el payaso, pero no puedo evitar quererme con delirio hasta en esos momentos en los que creo que no sé nada y no puedo dar un paso más.

Esto es crecer, dar. Nos pasamos la vida queriendo crecer. Crecer profesionalmente, crecer en el amor, crecer económicamente. Y cuando crecemos de verdad, queremos medir menos. ¿Para qué? Cuanto más altos seamos, más lejos podremos mirar.

Así que levanta la vista del suelo y deja de mirarte los pies. Mira al horizonte, muy lejos, hasta donde te alcance la vista. No verás los barcos hundidos de antaño, esos ya no están ni los queremos, pero es probable que veas algún velero o un barco pirata a lo lejos, todo puede ser.

Por último, déjame que me suba mis gafas de ratita sabia y te dé un consejo con cierto aire gramatical: deja de conjugar ese pretérito imperfecto horroroso. El pretérito imperfecto lleva impresa la melancolía. Utiliza en todo caso el pretérito perfecto simple, que es el de la determinación, el de los ciclos cerrados, el de la experiencia adquirida. Aun así, si puedes, evítalo y habla en presente, que el presente dura lo que dura un parpadeo. Y en futuro, habla en futuro, que hablar de sueños siempre es maravilloso.

Etiquetado ,

El vacío de mi cama

Ayer hablaba con un amigo de cómo nos trata la vida. Estábamos en el Pepe Botella, un conocido bar de Madrid. Entre él y yo se interponía un café con leche y un Brugal con Cola en sus últimas voluntades. Estábamos en un rincón, en el “reservado”, con la penumbra que dan unas paredes ciruela y la solemnidad de un gran espejo antiguo.

Comenzamos a hablar, entre otras cosas, del amor, de la lealtad, de la fidelidad… De qué esperamos del otro. En un arranque de romanticismo desangelado, acompañado de desencanto y algún sueño, le dije:

-Yo lo que quiero un amor para siempre. Eso que dice Revólver en Eso de saber. Dice: “Eso de saber que cada arruga de tu cara es cosa mía”. Eso quiero. Saber que estamos “creciéndonos”. No quiero un analfabeto emocional, quiero alguien que sea capaz de llorar con un poema si le apetece llorar. Y que no tenga faltas de ortografía, claro, y le ponga la tilde a “sólo y a “éste, ésta…”.

-¡Eso es muy importante! ¡Pronombres demostrativos siempre llevarán tilde!

Seguimos hablando, aparecieron nuevos temas. Cada noche duermo acompañada por el vacío de mi cama, le dije con un impostado tono de melodrama. Es una cama de 1.50 m. y sólo ocupo los 30 centímetros escasos del ancho de mi cuerpo. De hecho, mi colchón no es demasiado bueno y se ha llegado a formar un hueco con mi silueta. Dormir en cualquier lado de la cama me resulta extraño porque el colchón está más duro, sin pecar. Es más, conforme avanza el tiempo, el vacío de mi cama ocupa un espacio mayor. Tanto es así que, en ocasiones, me caigo, confesé mientras él se tronchaba en mi cara.

Sí, es así, le dije. Con 33 años todavía me caigo a veces de la cama. Creo que es por eso, por culpa el vacío, que la está colonizando, incidí.

-¿Tienes una almohada o dos? -preguntó.

-Tengo dos.

-Prueba a dormir en la parte del vacío y atravesar una en medio.

-Claro, como los niños, ¿no?

No es necesario. Desde hace tiempo hago otra cosa, confesé. Suelo dejar el libro que estoy leyendo en ese momento al otro lado de la cama. Si leo a Nietzsche, cierro el libro y lo dejo ahí. Porque es absurdo que, con tanto espacio, deje el libro en la mesilla.

-¿Nietzsche? ¿No tienes otra cosa más triste? -me dijo entre risas.

-Bueno, depende del día, a veces dejo a Hannah Arendt, que tengo un libro con unas entrevistas maravillosas que leo de vez en cuando. Pero llevo un par de noches durmiendo con Philip Roth. Me encanta… Estoy leyendo El animal moribundo, te lo recomiendo.

-Creo que deberías extenderte y ocupar toda la cama -sugirió.

-Sí, puede ser. De hecho, estoy pensando que, si me voy al otro lado, tengo que dar muchas vueltas y… se reducen las posibilidades de caerme.

-Sí. Es una opción. Eso te da para un post que se titule así: “El vacío de mi cama”.

-Pues sí. ¿Has acabado la copa?

-Sí, ya no da pa´más -dijo mirando los hielos y viendo que la licuación se había impuesto.

-¿Puedo cogerte la rodaja de naranja? Me gusta comerme las rodajas de las naranjas y los limones de las copas.

-Sí, claro.

Y, mientras tanto, resuelto el tema logístico del vacío de mi cama y habiendo dado buena cuenta de la rodaja de naranja en Brugal con Cola, seguimos hablando del amor y otras cosas que nada tienen que ver con ello.

 

Dedicado a Ángel Calleja, que otra tarde, en tercero de carrera, antes de una clase con Fuentes, me dijo con su tono de sorna: “¿No crees que ya eres mayor para leer Madame Bovary? Deberías haberla leído antes…”.

 

Etiquetado , , , , ,

La niña que nació el mismo día que Cortázar

Llega una edad en la que tus amigos comienzan a hacerte “tía” porque no hay una palabra que describa qué eres para esos niños. En ese momento se te pone el mundo patas arriba porque ves que tus amigas son unas mujeres a un balón pegadas, un balón superlativo.

Hoy hace un año que llegó Daniela al mundo, el mismo día que lo había hecho Cortázar 99 años antes. Siempre podré decirle que yo estaba presente cuando cogió con su manita el pecho de su madre (algo que parece ser es muy importante). Aunque en ese momento eso no lo sabes y la miras con la misma curiosidad con la que miraban las flores a Alicia, ese simple hecho hace que descubras que sí, que como dice un amigo, estamos aquí con un fin y si nuestros antepasados han sobrevivido a ataques de bisontes, a pestes y a hambrunas, no podemos cortar el hilo.

Hoy he rescatado la primera carta que le escribí cuando todavía faltaban tres semanas para que llegara. Todavía no hemos hecho algunas cosas pero las haremos porque tenemos toda la vida por delante.

Feliz añito, Daniela (y feliz centenario, Julio).

 

Querida Daniela:

 

Mientras tu madre está deseando que nazcas para verte la carita, yo, que tengo mucho más conocimiento que tu madre, rezo porque estés ahí un poquito más. No es que no tenga ganas de verte, que las tengo, aunque sólo sea para que mamá deje de bombardearnos con sus post en Pequeboom, algo que para cuando puedas leerlo ya pertenecerá al paleolítico, pero que ahora es lo más cool (“cool”, otra expresión que cuando quieras entenderla ya estará más pasada que los guateques).

Lo que ahora ocurre, Daniela, es que el mundo está fatal. Hay una crisis tremenda, los políticos están como una regadera, la familia real nos está sacando los hígados (de hecho, muchos no hacemos el amor, pero ya lo hace Urdangarin por nosotros, e invita a sus amantes con nuestro dinero). Con este panorama, valientes como tus padres hay pocos, aunque también hay que decir que tu madre siempre ha sido una descerebrada.

 

De todos modos, tu mundo lo haremos nosotros: tu abuela la portuguesa, que está peor que tu madre; tu tía Alba, que te va a llevar más derecha que una vela, pero se le caerá la baba…; tu papá, que te consentirá todo; tu madre, que te pondrá la cabeza como un bombo; y las tías lobas (la de Toledo, la de Mallorca y yo), que estaremos ahí para salvarte de esta última.

 

Yo tengo muy claro que te voy a enseñar a patinar y, en cuanto mamá esté recuperada, pillaremos los patines y te llevaremos de paseo con el carrito para que te vayas familiarizando. Contigo ensayaré para que me escupas la papilla, y si sale a pelo me vomites, y así, si algún día me da por cometer la estupenda locura de que ha cometido tu madre de traer a alguien a este mundo (que no creo), ya estaré curtida. Iré a casa a verte y, cuando te pongas pesada, me iré a la mía y te dejaré con mamá, que para eso es tu madre. También te llevaré al parque y cogeré de la mano para que empieces a andar y le echaré la bronca a los niños que quieran quitarte los juguetes. Te regalaré pintalabios bajo cuerda y te enseñaré a ser una mujer de verdad y, si es posible, intentaremos convencerte para que te gusten las mujeres, que los hombres son unos sinvergüenzas. Y si no te convenzo, por lo menos le diré a tu madre que te enseñe a dominarlos (digo tu madre porque yo a eso todavía no he aprendido).

 

Ay, Daniela, ¡qué ganas tengo de verte!, pero no tengas prisa por salir, que hace mucho calor en Madrid y una vez que sales ya no hay vuelta atrás. Te lo dice la tía Laurita. Bueno, para ti Tía Camino, porque sé que me vas a torear, así que vamos a empezar a hablarnos de tú a tú. 

 daniela

Etiquetado , ,

Hoy hace un año que María y Gonzalo se casaron

love

Foto: Marcos Sánchez. http://www.marcossanchez.es

Hace un año me maquillé, me peiné y me fui a su boda. Santi, Manu y yo, que nos desvirtualizábamos ese día, llegábamos tarde y llevábamos una tarta de dulce de leche y nocilla en el maletero del coche que sobrevivió hasta ese pueblecito de la sierra de milagro. Cuando llegamos a aquel lugar recóndito, nos recibió un caminito de tiras de cómic y una bienvenida a la #Bodagmasm. Ya estaban casados oficialmente pero faltaba la ceremonia bonita. María llevaba un vestido blanco precioso, como es ella; nada usual, como también es ella. Gonzalo, llevaba encima una ración de hipsterismo de clase A que me dejó atónita (como es él).

Cogimos nuestros antifaces, las pajitas, los vasos de colores, las chapas, los botes para hacer pompas de jabón y nos fuimos al jardín. Un amigo los casó. Una amiga dio un discurso precioso. Algunos descubrimos que, en medio de la tristeza es posible llorar de felicidad. María dijo las palabras más bonitas que le he oído decir jamás; mientras Gonzalo, con los ojos llorosos la miraba sabiendo que era la chica de su vida.

Durante el resto del día jugamos, hicimos pompas de jabón, metimos los pies en la piscina, nos abrazamos, hablamos de nuestras cosas, les dijimos que los queríamos, hicimos fotos irreverentes y nos llevamos, como uno de tantos recuerdos, un frasquito de mermelada de frutos del bosque casera, que un año después se ha convertido en el azucarero con el que comparto los mejores cafés.

Hoy hace un año que María y Gonzalo se casaron, que dijeron que querían estar juntos toda la vida con un pequeño estanque de pececillos como testigo y los ojos acuososos de sus familiares y amigos. Hoy todos celebramos su primer año de casados, que es también el nuestro, porque han sido unos meses en los que, entre ñoñería y ñoñería, nos han demostrado que sí, que eso del amor puede ser verdad. ¡Feliz aniversario, amigos! Por muchos más. Si os digo que os quiero, me quedo corta.

bodagmasm

Foto: Marcos Sánchez. http://www.marcossanchez.es

Etiquetado , , , ,