Archivo de la categoría: Novelas

Etílico*

 

*El vocablo “etílico” procede del griego /aither/, que tiene su origen en la raíz indoeuropea aidh- y significa “quemado”. De ahí nos llegan vocablos como “estío” o “estela”. No puede ser más bonito.

 

Cuando empecé a leer en Twitter a @lavozdelarra pensé que estaba ante un tipo de unos cuarenta años. No podía imaginar que tras esa fotografía de perfil con bastón y silla de terciopelo incluida se escondiera un veinteañero. Por eso, cuando una mañana de hace casi dos años mientras yo iba camino de Cibeles en el bus 34 y en sentido contrario a la marcha, mucho antes de conocernos y ponernos cara, me dijo que no llegaba a los treinta años, yo, que estoy a punto de llegar al ecuador de la treintena, me sentí más que enana y, sobre todo, vieja.

Nunca imaginé que alguien que tuviera un conocimiento literario tan amplio y tan fino, un olfato crítico tan agudizado y un blog (lavozdelarra.wordpress.com) en el que era capaz de resucitar hasta los miembros del personaje más amputado en cuerpo y alma, no hubiese escrito ningún libro. Por eso, desde la distancia o cercanía que da una red social como Twitter, le animé encarecidamente a que escribiera uno mientras él, con una modestia que sé que no era fingida, venía a decirme algo así como: “¡Y quién me va a leer!”.

 

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Cuando hace unas semanas, con dos copas de vino más una tapa de aceitunas separándonos (digo lo de la tapa porque no quiero que creáis que soy una Sylvia Plath cualquiera y el jugo cayó en estómago vacío), me habló de Etílico experimenté cierta excitación, que casi llegó al grado de sexual, con sólo pensar lo que tendría la posibilidad de leer.

 

 

Etílico, el libro de Carlos Mayoral, es un auto de Poe, Hemingway, Fitzgerald, Plath y Bukowski. Cinco escritores encadenados a la Literatura y al alcohol a partes iguales y cuya supervivencia íntima y literaria se hace pública a través de este autor. El libro se publicará en Libros.com, una editorial de crowdfunding que va más allá haciendo realidad obras de una calidad literaria y creativa exquisitas. Con este tipo de iniciativas tenemos la posibilidad de apoyar una tarea cada vez más ardua: conseguir que salgan a la luz maravillosas creaciones literarias que merecen un hueco en las estanterías físicas o virtuales.

Esta obra se encuentra actualmente en esta fase de búsqueda de mecenas y, desde aquí, os animo a que colaboréis para hacerlo realidad. En estos momentos, cuenta con 71 de los 150 mecenas necesarios para su publicación, y ahora tenemos la posibilidad de convertirnos en uno de ellos y conseguir entre todos llevar, ya no las novelas ni los textos, sino la pasión por la Literatura y sus creadores a nuestras retinas.

CONVIÉRTETE EN MECENAS DE ETÍLICO, que quiero que me queme las manos.

 

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La noche en la que Pérez Reverte me hizo flotar

Hace un par de noches soñé que flotaba tras muchos meses en los que, intentando volar, lo único que había conseguido es sobrevivir a una caída desde los cines Callao. 

Hace un par de noches me vi en una callejuela. Visto desde la vigilia bien podría haber sido una pesadilla. Abrí un portón con llamador grande, llamador al que hice caso omiso porque entré sin llamar. Anduve a lo largo de un pasillo ensombrecido y sombrío hasta llegar a una puerta que le ponía fin.

Entré sabiendo que estaba participando en un juego y que entraba en un libro de Pérez Reverte. Algo me encogió el corazón porque Pérez Reverte no está entre mis escritores favoritos, por lo que temí no poder adivinar en cuál de sus libros estaba (de eso se trataba el juego). No obstante, tan pronto como entré en la habitación, supe que había llegado a La Piel del Tambor.

Era una habitación asfixiante, sin ventanas y pequeña. Las paredes eran amarillentas y estaban acolchadas porque habían sido tapizadas con esmero. Comencé a saltar y cuál fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que flotaba. Salté y salté con la tranquilidad y emoción con las que se salta en un espacio sin gravedad. Saltaba de un lado al otro con tanta confianza que hasta conseguí dar una pirueta.

De ahí salí a la callejuela de nuevo. No recuerdo cómo ni tampoco la razón. Sólo sé que, de repente, fui consciente de que estaba soñando y que había flotado. Todavía en el sueño supe que flotar es un paso previo a volar y me puse muy contenta porque llevo muchos años esperándolo.

Lo cierto es que no entiendo qué pintaba Pérez Reverte en mi sueño ni por qué me hizo flotar, pero le doy las gracias y le digo que, a partir de ahora, leeré sus libros con otros ojos. Prometido.

 

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Dibujo de Aitor Sarabia. Colección disponible en aitorsarabia.com

 

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¡Feliz Día del Libro!

Antes de utilizar el papiro como soporte para la escritura, en la antigüedad se escribía en hojas de palma o en la parte interior de la corteza de los árboles. En esas cortezas se encuentra la etimología de “libro”.

La palabra “libro” procede del latín liber que originariamente hacía referencia a descortezar los árboles, ya que ésta tiene su origen en la raíz indoeuropea leub (h), que significa “pelar” o “quitar la corteza de un árbol”. Sin embargo, en ninguno de estos dos antiguos soportes (la palma y los árboles) tiene su origen la palabra “papel”, parte fundamental de los libros.

La etimología de “papel” está en πάπυρος (papyros), que es como los antiguos griegos llamaban a una misteriosa planta que crecía en el país del Nilo y que los antiguos egipcios utilizaban para escribir. Esta planta, que parece ser crecía en grandes cantidades pero actualmente está extinta, producía unas láminas que servían como soporte para la escritura. Tal era, cuenta la historia, el valor que los egipcios daban a esta planta por sus láminas que jamás comercializaron con ellas, ni dieron ningún tipo de información con el fin de protegerla de los extranjeros.

Aquí os dejo una guía llena de planes para celebrar la Noche de los Libros y, con ella, la historia que arrastran desde sus orígenes. Una de esas actividades se llevará a cabo por parte del Museo Reina Sofía, que “liberará” 2.000 libros en su iniciativa de Bookcrossing, a la que yo también me uniré “liberando”, por primera vez, algunos de mis libros. Me cuesta reconocerlo, pero creo que me va a doler… 🙂

¡Feliz Día del Libro!

libros

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Dos mujeres en Madrid

Acaba de ocurrir. Iba frente a mí, en el bus. Me ha llamado la atención porque llevaba un gorro de lana mientras que a su lado iba otra chica con unos pantalones cortos que dejaban ver sus piernas como dos cirios blancos (o “cohetes dirigidos al centro de la Tierra”, que diría Luis Alberto de Cuenca). Hablaba por teléfono:

-Sí, 33. Hago 34 el 2 de julio -ha dicho.

Como yo.

Tras colgar se ha puesto unos auriculares y ha abierto “Dos mujeres en Praga”, de Millás. Mientras leía, escuchaba música y daba golpes con uno de los pies en el suelo. La observaba pensando cómo es posible que pudiese aislar el ritmo de los golpecitos del ritmo de la lectura. Supongo que es una habilidad que se desarrolla como yo desarrollé en su día la de caminar leyendo, sorteando cualquier tipo de accidente humano-geográfico-urbanístico que hubiese en mi camino, he pensado.

Nos hemos bajado en la misma parada. Ella caminaba delante de mí, leyendo mientras avanzaba, como lo hago yo de camino al trabajo. Íbamos tan cerca que mi vista no alcanzaba más allá de su cazadora, sus vaqueros negros largos y sus zapatillas de deporte. Colgando de un brazo llevaba una bolsa de plástico por la que salía un tacón de aguja.

Al cruzar la calle ha girado a la izquierda, ha subido un escalón y ha abierto una puerta. Unos metros después, he girado a la izquierda, he subido un escalón y he abierto una puerta. No he podido evitar pensar que ella se había quedado atrás, en el prostíbulo que hay, casi camuflado, a unos cuantos metros de mi casa.

 

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El desarraigo: como almas en una cuneta

julio llamazares

Entrevista a Julio Llamazares. Babelia, 14 febrero de 2015.

El desarraigo es uno de los temas sobre los que me sobrecoge leer. Localizo perfectamente dónde se sitúa la afección: en el segmento que tiene como punto inicial la boca del estómago y como punto final la garganta y que comprende el pecho. A veces, dependiendo de la intensidad, hay algunas ramificaciones.

Nunca he entendido a qué se debe esta afección, afección en su acepción de apego y de sentimiento pero también de enfermedad. No me siento una persona desarraigada, así como normalmente tampoco me siento una persona especialmente consciente de su identidad (entiéndase aquí “identidad” como consciencia de pertenencia a una tierra, ya que el concepto de “identidad” y sus vertientes e interpretaciones será quizás uno de los más ricos sobre los que podríamos estar debatiendo infinitamente).

Sin embargo, me conmueve y me hace tomar consciencia el hecho de escuchar a alguien hablar sobre el desarraigo, quizás por estar escuchando hablar, en primera persona, sobre lo que considero es una de las formas de violencia más feroces. Me cuesta no imaginar a esas personas arrancadas y alejadas a la fuerza del lugar en el que se han criado para ser colocadas en otro al que no pertenecen, en un lugar en el que solo son seres humanos que viven como autómatas. Desprovistas de raíces, al igual que esos esquejes que metes en un vaso de agua a la espera de poder plantarlos y que agarren. Sobreviviendo, pero sin echar flor.

A menudo, ¡qué inconsciente!, pienso que no me une ningún vínculo especial al lugar en el que he crecido más allá de que allí se encuentra mi familia. Es más, digo en voz alta que haber nacido allí solo es un accidente humano-geográfico, que diría una amiga. Lo digo a pesar de que ver esos campos de girasoles me recuerde que estoy en casa, a pesar de que me guste descalzarme cuando nadie me ve y caminar porque sé que estoy pisando mi tierra, rojiza, y tener sentimientos y sensaciones difícilmente explicables.

Hoy, tras leer por segunda vez esta entrevista en Babelia a Julio Llamazares, escritor del que ya he hablado en alguna ocasión y por el que siento una debilidad absoluta, he vuelto a verme afectada por esa opresión en ese segmento al que me he referido al principio. Pocos autores hablan en primera persona, como él lo hace, del desarraigo. Leyéndolo, me he visto de repente sumergida, como un pueblo por el agua de un pantano, en una afección angustiosa: la de tomar conciencia de lo que supone que nos arranquen de nuestros orígenes, que nos desuellen la identidad y dejen huérfano nuestro sentimiento de pertenencia. De vivir, en definitiva, como almas en una cuneta.

Llamazares, ese escritor que escribe para consolarse, según supone, y a quien el desarraigo lo ha llevado a convertirse en un extranjero en su país, estrena libro: Distintas formas de mirar el agua (Editorial Alfaguara). Una novela de desarraigos y consuelos que estoy deseando tener entre mis manos y con la que es probable me sienta afortunada por poder volver a ese lugar al que pertenezco, habite donde habite, y al que estoy fuertemente arraigada y enraizada aunque a veces, por inconsciente, sienta lo contrario.

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El chico que lee a Tanizaki

Hoy he salido de esa nuestra maravillosa casa, la Agencia Tributaria, cuando ha pasado el bus 2. Lo he cogido. Por la teoría de la compensación he encontrado varios asientos libres. He elegido el de siempre: junto a la ventana y de espaldas, mirando al pasado.

Frente a mí había un chico leyendo un libro. En seguida he sabido que era de la editorial Siruela. La portada era bicolor, en este caso amarilla y gris marengo. Eso me daba otra pista: leía ensayo.

Llevada por la costumbre he abierto “Metafísica de los tubos”, de Amélie Nothomb (es mi actual libro de noche pero es más fácil de leer en el transporte público que el de “Trópico de Cáncer”, de Miller, que queda demasiado expuesto a estrechas miradas ajenas, así que hoy he hecho intercambio). He comenzado a pasar las pupilas por los renglones. A los pocos segundos me he dado cuenta de que no estaba leyendo. He vuelto a empezar. A los otros pocos segundos me he dado cuenta de que no había retomado la lectura porque, aunque lo evitaba, a través de los bordes de mi campo de visión veía al chico de enfrente. Finalmente he cerrado el libro y me he dedicado a observar.

Él mantenía la cara hierática, como un kourós, absorbido por el libro. No se percibía el más mínimo gesto. Algunos mechones de pelo oscuro le caían entre las gafas. No se mordía las uñas. Camiseta con camisa de cuadros… Ni se inmutaba. Seguía leyendo.

“Éste pasa los treinta y…”, estaba calculando cuando la suerte ha tenido a bien que el bus pillase un bache que lo ha sacado de su lectura. En ese momento he visto a qué se debía tal dedicación: “El elogio de la sombra”, de Junichiro Tanizaki. ¡Oh! Lo leí hace años, cuando estaba en la facultad, pero aún recuerdo algunas sensaciones.

En unos segundos he visto sus ojos, oscuros, la barba de algunos días y su mirada lasciva aunque descafeinada a la chica fabulosa que estaba a mi lado tocándose el reloj. Ha vuelto a la lectura.

¿Qué puede llevar a un treintañero a leer a Tanizaki en un bus un viernes por la mañana? ¿Se lo habrán regalado? ¿Lo habrá comprado él? ¿Se habrá echado un ligue al que quiera impresionar y estará haciendo un Marilyn*? ¿Será un psicópata? ¿Será un chico normal que solo lee a un libro en un bus, sin más?

Estas son algunas de las cosas que me iba preguntando cuando se ha sentido observado. Ha levantado la vista. Yo la he apartado buscando pajaritos. Se ha ajustado las gafas y ha seguido la lectura. Ha levantado la vista de nuevo. Se ha removido en el asiento. Ha seguido su lectura. Ha vuelto a interrumpirla. Ha mirado. La ha retomado. Y así unas cuantas veces. En una de ellas he pensado algo parecido a: la próxima vez que levante la vista le digo “hola”. Finalmente ha apartado el libro como queriendo mirar a algún sitio que lo sacara de la incomodidad de que un extraño lo estuviera observando. Mientras me decidía a pronunciar o no la “h”, en función de si me miraba o no, ¡plin! ha pulsado el botón de “Solicitud de parada”. ¡No!

Y ahí me he quedado, con la “h” en la boca.

Seguro que no lo leía, que solo fingía, he pensado. Y, con la misma convicción, he abierto mi libro, me he puesto a pasar las pupilas por los renglones hasta que lo he vuelto a cerrar y he decidido observar el pasado de la ciudad a través de la ventana.

*Hacer un Marilyn: Cuenta la leyenda A, a la que se acusa este concepto, que Marilyn Monroe fue capaz de leer o, al menos, pasar sus pupilas por todos los renglones del “Ulysses” de Joyce para impresionar al dramaturgo Arthur Miller, que tiempo después se convirtió en su esposo. La leyenda B asegura, sin embargo, que la actriz era una lectora empedernida y que, tras esos bucles platino, escondía una auténtica intelectual. Tras su muerte, A. Miller dijo esto de ella: “fue una poetisa callejera que habría querido recitar sus versos a una multitud ávida de arrancarle la ropa.”

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El señor que vende sus libros

milan kunderaSalí del trabajo tarde y me apetecía caminar, pero todavía hacía demasiado sol. Los días frescos del inicio del verano se habían ido a otro lugar, quizás al norte, y, aunque la aguja del reloj pasaba las ocho de la tarde, andar por el sol y entre el tráfico era cosa de valientes o de insensatos.

Me cambié de acera en cuanto vi el primer paso de peatones. Con el confort y la tranquilidad que da caminar por el lado fresco de la vida, le dejé vía libre a mi mente, que otra vez me puso la zancadilla. Mientras intentaba dominarla en un ejercicio de “no, no vayas por ahí, ve por allá”, pasé al lado de un señor.

Lo primero que vi fue su carta de presentación, tan común desde hace tiempo. Era un cartón doblado por la mitad y apoyado en el suelo con el que alguien pedía una ayuda. Giré la cabeza para ver quién había tras ese mensaje y vi a un señor alto, delgado y con barba oscura que, resguardado en un soportal de un centro comercial, leía.

Otro golpe de vista me llevó a una caja de zapatos en la que había unos cuantos libros expuestos; y, a la izquierda de ésta, un bote con algunos céntimos.

Pasé de largo y seguí andando. No sé si di diez pasos, no sé si veinte. Paré. Saqué el monedero de mi bolso para comprobar cuánto dinero tenía. Un billete de cinco euros bailaba en soledad al lado de un céntimo. Volví.

-Buenas tardes -le dije.

-Buenas tardes -dijo dejando su lectura y acercándose a mí.

-¿Vende sus libros?

-Bueno, no los vendo exactamente. Es la voluntad.

-¿Son suyos? – Había uno de Michael Crichton, otro de Baroja

-Sí, son libros míos y alguno me lo han dado.

-Tenga, esto es para usted -Le di el dinero que llevaba mientras pensaba qué pasaría si yo tuviera que vender mis libros. Abrió los ojos, miró su bote, que tenía unos céntimos. – Bueno pues… que pase una buena tarde -le dije sin saber muy bien qué decir.

-Espere, coja un libro…

-No, no se preocupe.

-Sí, por favor, coja uno.

Miré los cinco o seis libros que tenía y opté por uno de ellos.

-Desde que leí La insoportable levedad del ser siempre he querido leer algo más de Milan Kundera -le dije.

-Sí, este libro no está mal.

Lo cogí y me lo llevé a la nariz. Cuando el acordeón de sus hojas estaba acariciándola y desprendiendo el olor que guardaba, tomé consciencia de que la inconsciencia de mis manías me había llevado a hacer ese ritual tan habitual ante un desconocido, que sonreía ante el gesto. Un poco cortada por eso le dije:

-Lo leeré muy a gusto. Muchas gracias.

-Gracias a usted -contestó.

Metí el libro en mi bolso y retomé mi paseo dándole vueltas a la posible vida de ese amante de la lectura que sale a la calle, quizás cada tarde, a vender su libros por la voluntad en los primeros número de Hermanos García Noblejas, a la sombra. 

 

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La Cosmética de Amélie Nothomb

Cerré el libro y me quedé en silencio. Volví a abrirlo y conté catorce renglones, los renglones finales, los renglones que yo quitaría a esta novela. Hice una foto. Subí un post a Facebook. Tenía que contarlo.

amelie

Cosmética del enemigo era una de mis novelas pendientes, en parte porque la ha escrito mi autora favorita, Amélie Nothomb. La cogí con ansias y a las dieciséis páginas apareció el primer “¡boom!” o lo que en televisión se llama el “efecto terremoto”. Para ese momento ya había disfrutado de una magnífica disertación sobre la etimología de “texto” que me hizo recordar una entrada que escribí semanas atrás (ver entrada). Llevaba ocho hojas de diálogo ininterrumpido. Ágil, absurdo, estresante. Pum, pum, pum. Con un personaje insoportablemente pesado que asalta a un señor en un aeropuerto para contarle su vida. ¿Cómo reaccionaría yo si me ocurriera esto?, pensaba mientras el diálogo continuaba.

Quería seguir leyendo pero cada página leída era una menos por leer y solo había noventa y cinco. Por otro lado, Textor Texel me sacaba de quicio. No lo soportaba. Así que cerraba el libro cabreada pero volvía a abrirlo porque claro: ¿cuándo podía cortar la lectura? No había puntos y aparte. No había fin de capítulo. Era un diálogo ininterrumpido. Si cerraba sin más me sentía insatisfecha. Me tenía en jaque: por un lado, no soportaba a uno de los personajes; por otro, no era capaz de cortar sin quedarme con información colgando.

Esta historia trampa te va metiendo en una espiral. Tardas en acostumbrarte al incordio de Textor pero lo consigues. A veces tienes que volver atrás y reanudar el diálogo para no perderte entre ambos personajes. Llega un momento en el que comienzas a disfrutar de sus disertaciones locas, absurdas, intolerantes, denigrantes… Es difícil pero lo haces porque empiezas a leer más allá del contenido. Te fijas en la fórmula matemática que dirige su lógica y piensas en la autora y en cómo ha tenido que dividir su mente para escribir la novela. Y ahí estás tú, disfrutando de la versatilidad y capacidad de la pluma de Amélie Nothomb cuando, ¡tachán! comienza a hacer aparición una procesión de autores ocultos entre sus líneas.

Dostoyevski se deja entrever pronto, casi de inmediato, a mitad de la novela. Con él aparece el castigo y “su moral” y, con ello, un mensaje al lector de posicionamiento ante los personajes. Estas cosas las odio, las odio porque remueven por unos segundos mis principios básicos, sólidamente cimentados. No contenta, saca a relucir a Spinoza y su idea del bien, del mal, del placer; Max Stirner también tiene un hueco con el egoísmo… Sin darte cuenta estás en medio de un diálogo absurdo, sí, pero con mucha chicha. Está lleno de argumentos perfectamente articulados para una mente enferma y referenciados que te dejan fuera de juego y que, afortunadamente los tumba tu moral, tu moral de ser humano (entendiendo humano como algo que va más allá de lo que nos viene concedido como especie) y de ser humano mentalmente sano, pero que, como una cebolla, va deshaciéndose de capas hasta quedarse desnudo.

Cuando terminé la novela pensé que merecía una segunda lectura. Que debo ahondar más en Spinoza y conocer a Stirner y el Jansenismo para descifrar las pistas que ha ido dejando la autora, porque estoy segura de que las hay. Lo ha hecho, las ha dejado y yo las he perdido por desconocimiento. Mi lectura se ha quedado en una lectura superficial pero que me ha presentado un diálogo ágil, un discurso enérgico, una discusión perfectamente estructurada, una invasión a mi integridad como mujer que preferiría haber evitado, un momento vomitivo (solo comparable a los momentos vomitivos de Bukowsky), un objetivo: leer todo lo que caiga en mis manos sobre Spinoza, Stirner, Pascal, y los jasenistas para descubrir los secretos de esta pequeña novela cuando vuelva a leerla; y una resolución clara: estamos ante una de las mejores escritoras contemporáneas.

 

 

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Julio Llamazares, un extranjero en la realidad

Tenía 17 años cuando leí por primera vez una novela suya, justo la mitad que él cuando la escribió. Estaba en el Instituto y la profesora nos dio a elegir entre La lluvia amarilla o Tiempo de silencio. El título de la segunda me pareció tremendamente triste y, gracias a esa elección, y a ese desconocido sacrificio, conocí a Julio Llamazares.

Nunca había oído hablar de él. Su nombre no estaba entre la colección de libros comprados en bloque que había en casa. No estaba junto con Antonio Machado, Lorca o Kafka. Me prestaron el ejemplar y, por primera vez, leí serena. Hasta entonces había leído queriendo llegar pronto al final para comenzar otra historia. Había pasado los renglones sin detenerme en las palabras. Pero con esta novela aprendí lo que era leer despacio, lento, “tan lento como el pasar de un buey sobre la nieve”. 

Por primera vez tomé conciencia y también consciencia de lo que era la soledad y la existencia; y una vez lo hube cerrado, ya podía decir que había llorado leyendo una novela.

Desde entonces, durante quince años, lo he recomendado sin cesar y le he hablado a todo el mundo de ese autor de León, semidesconocido, y de su libro. Por eso el domingo me puse guapa para ir a conocerlo a la Feria del Libro. Estaba nerviosa. Iba a poder hablar con ese escritor, con ese poeta que se siente un extranjero en la realidad y que, movido por ese sentimiento de extranjería, escribe.

Cuando lo tuve delante le conté mi historia con su libro, mantuvimos una conversación durante un rato y, por primera vez, compré para mí, y para nadie más, La lluvia amarilla. Me escuchó atentamente tras sus gafas oscuras. Le hablaba mientras escudriñaba sus canas, sus manos…  y traté de no perder detalle mientras dibujaba su dedicatoria en la primera página del libro, pensando que quizás con esas letras estaban vestidos muchos de sus poemas.

Cuando terminó, le di una nota que llevaba para él y que reproducía la conversación que había tenido un par de horas antes con un amigo al que le regalé este libro hace poco:

“Tengo una cosa para ti. Es algo que ha ocurrido esta mañana cuando le he dicho a un amigo que iba a conocerte. Me gustaría que te quedaras esta nota para que, si alguna vez se te pasa por la cabeza dejar de escribir, no lo hagas, porque ahí está parte de lo que eres capaz de hacer sentir a una persona” -le dije.

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El gesto de humildad que acompañó sus siguientes palabras me hizo recordar un artículo en el que declaraba: “Un escritor no es más que una gota de agua en el río de la literatura por muy importantes que se crean algunos”*. Y con este recuerdo, mi libro dedicado y un beso en cada mejilla, me fui con el eco de sus palabras en este mismo artículo: “Hay mucha gente que escribe, pero hay pocos escritores”.

 

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*Artículo al que aludimos: Julio Llamazares: “Las novelas son vidas que no vivimos y que pudimos vivir”. El País, 16 de abril de 2013. Leer

 

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El capítulo 7 desde el objeto

Tocas mi boca, con un dedo tocas el borde de mi boca, vas dibujándola como si saliera de tu mano, como si por primera vez mi boca se entreabriera, y te basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, haces nacer la boca que deseas, la boca que tu mano elige y me dibujas en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por ti para dibujarla con tu mano en mi cara, y que por un azar que no buscas comprender coincide exactamente con mi boca que sonreíe por debajo de la que tu mano dibuja.

Te miro, de cerca te miro, cada vez más cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes nos miramos, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces tus manos buscan hundirse en mi pelo, acariciar lentamente la profundidad de mi pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos de dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de alienteo, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y me sientes temblar contra ti como una luna en el agua.

Rayuela, el capítulo 7 contado desde el objeto del texto, que se deja hacer.

 

Rayuela, Julio Cortázar

Rayuela, Julio Cortázar. Desde el sujeto.

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