Archivos Mensuales: octubre 2013

Walt Whitman y la causalidad

A la causalidad vigilante por la que, una mañana de octubre, del último día, aparecen en mi muro justo estos versos de “Hojas de hierba”, de  Walt Whitman, pero en portugués.

lembro

“Recuerdo cómo yacimos juntos cierta
diáfana mañana de verano,
cómo apoyaste tu cabeza en mi cadera
y suavemente te volviste hacia mí,
y apartaste la camisa de mi pecho, y
hundiste la lengua hasta mi corazón
desnudo,
y te extendiste hasta tocar mi barba,
y te extendiste hasta abrazar mis pies.

Prontamente crecieron y me rodearon
la paz y el saber que rebasan todas
las disputas de la Tierra…”

(Traducción de León Felipe)

 

 

Original.

“I mind how once we lay, such a transparent summer morning;
How you settled your head athwart my hips, and gently turn’d over upon me,
And parted the shirt from my bosom-bone, and plunged your tongue to my bare-stript heart,
And reach’d till you felt my beard, and reach’d till you held my feet”.

Swiftly arose and spread around me the peace and knowledge that pass

all the argument of the earth…”

 

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El despertador abandonado

Desde hace unos meses, en mi edificio vive un despertador abandonado. Suena cada día, entre las 7:00 y las 8:00 de la mañana. Hay días que pasan las 8:00 h y sigue sonando. Todavía no sé a qué hora empieza a sonar pero cada mañana, cuando bajo las escaleras, lo escucho: pipipí pipipí, pipipí… Al principio pensé que era en el tercero; luego en el segundo… Al final  descubrí que era en el primero, pero sus sonido llega hasta la azotea.

Desde que salí de mi ensimismamiento y me di cuenta que cada mañana me acompañaba el sonido de ese despertador, he construido bastantes teorías y lo he escuchado hasta tal punto que creo que conozco algunas cosas de él.

Por ejemplo, sé que es un despertador que no tiene 24 horas, sino doce, por eso también lo escucho cuando vuelvo del trabajo si llego entre las 7.00 o las 8.00 de la tarde. O incluso después.  Me lo imagino como el típico despertador de mesilla, gris y plano, con los números rojos. Así es el de mi padre, y suena igual. No es un despertador original, hace el pipipí, pipipí de toda la vida. Creo que está en una mesita, solo. Al lado de una cama deshecha y con una capa de polvo por encima.

dali

Creo que solo en una ocasión he visto salir a alguien de esa puerta, un señor mayor, lo que me hace preguntarme por qué ha abandonado el despertador. En seguida me vienen a la cabeza muchísimas posibilidades: que haya muerto y nadie lo sepa; que sus hijos se lo hayan llevado a una residencia o a vivir con ellos y se han olvidado de desenchufar el despertador (aunque no ha habido mudanza alguna); que el señor sea sordo y no lo oiga… A veces pienso que el despertador está perdido en algún cajón y el señor no es capaz de encontrarlo, y lo imagino dando vueltas por la casa intentando averiguar de dónde salen los pitidos.

Otra de mis teorías es que es un despertador fantasma porque he observado que ese piso nunca está registrado en el listado de los contadores del agua (ese listado en el que apuntas el consumo). Es más, no solamente no está registrado, sino que tampoco le dejan el aviso.  Y no solo eso, nunca dejan cartas en ese buzón, lo que significa que tampoco llegan cartas de Iberdrola. Por lo tanto… ¿dónde está enchufado el despertador? Porque lo que tengo claro es que es un despertador eléctrico.

Creo que la próxima vez que me cruce con un vecino por la escalera diré: “Hola, me llamo Fulanita, soy la vecina del piso tal. ¿Usted también escucha como yo, cada día, el despertador abandonado?” Porque claro, cabe la posibilidad de que sea fruto de mi imaginación y simplemente lo escuche porque quiera escucharlo y porque me guste hacer cábalas sobre qué habrá detrás de esa puerta cuando cada mañana bajo las escaleras, paso por delante de ella y pego la oreja para ver si dentro, en el 1ºD,  hay alguien despierto.

Nota: Hoy no lo he escuchado. Nadie lo ha cambiado de hora.

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A tientas…

poema…Te abro los brazos, con la atención con la que se acaricia una pared en mitad de la noche.

Despacio.

Con el temor con el que se abre la puerta de una jaula, queriendo meter la mano sin que se escapen los pájaros.

Conteniendo la respiración.

Como lo haces al poner la última carta en un castillo de naipes.

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La biblioteca de mi pueblo

Hoy es el Día Internacional de las Bibliotecas (públicas) añadiría yo. Esos lugares donde muchos tuvimos la oportunidad de perdernos y que cada vez despiertan menos interés entre los que ahora tienen oportunidad de perderse.

La biblioteca de mi pueblo era casi una institución. La regentaba un señor mayor, que tendría menos de 65 pero que a mis ojos parecía un octogenario. Era alto, pelicano, con una calvicie importante y muy delgado. Encongido por la chepa, leía el periódico cada tarde sobre su mesa. Le conocíamos como El Galgo; creo que se llamaba Antonio. Su mujer siempre me despertó mucho interés. También era alta, delgada, con los rasgos prominentes: grandes ojos, gran nariz (creo recordar). Siempre llevaba los labios pintados de rosa chillón e iba bien peinada, con rulos, como las señoras ricas. El pelo negro y dos perlones en las orejas. Tenía los dedos huesudos y la veía como salida de un cuento en el que fuese una marquesa. La veía muy elegante. Mientras él leía, ella miraba por un ventanal que daba a la plaza del pueblo.

Biblioteca

La biblioteca tenía tres estanterías grandes, una sola dedicada a poesía, y todos los libros tenían un trozo de papel con un celofán y un código que nadie entendía, solo El Galgo. Eran altísimas, tan altas que nunca llegamos a saber cuáles eran los libros que había arriba del todo, llenos de polvo. Al lado de la de poesía, en la más grande, había un par de estantes con los libros prohibidos, los de dos rombos, los de los mayores. No había nada del Marqués de Sade, era una colección de libros sobre reproducción humana. Recuerdo que me acercaba remolona por ahí, al lado de los libros de historia, para coger uno de ellos disimuladamente y ver en qué consistía eso de la reproducción. Me fascinaban los dibujos del aparato reproductor, los de las mujeres amamantando a sus hijos…

Agachada como un ovillo le robaba ratitos al tomo III, a escondidas para que el bibliotecario no me llamase la atención por estar leyendo cosas de mayores (+12 años). Ahí, a ratos, entre tardes lluviosas, descubrí que los niños no los traía la cigüeña, que no llegábamos al mundo porque nuestros padres escribiesen una carta, sino porque teníamos unas cosas dentro que producían óvulos y espermatozoides (como los cristales en días de lluvia, que también producían decenas de espermatozoides que dejaban regueros en las ventanas).

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La biblioteca de mi pueblo fue el lugar donde aprendí a leer y a valorar los libros. Allí tuve acceso a cientos de ellos, de los que solo terminaba los cuentos porque la mayor parte de las veces me entretenía mirando las fotos y los dibujos. Aprendí que esos libros eran de todos, que nos los prestaban pero teníamos que cuidarlos y devolverlos en el mismo estado para que otros los leyeran. Eran libros de todos y para todos.

La biblioteca de mi pueblo era un lugar donde ir las tardes de lluvia, un lugar donde merendar leyendo un cuento, un lugar donde resguardarte en verano durante las guerras de globos de agua (mientras se calmaba el campo de batalla, leías un cómic); un lugar en el que hacer los deberes y poder tener a mano un diccionario que no tenías en casa, o un libro que no había en el cole.

La biblioteca de mi pueblo no era solo una biblioteca, era un símbolo más de la enseñanza pública y de su calidad, del acceso público a la cultura pública; del uso y el respeto por “lo público”; de la educación, la Educación; un símbolo de lo que significa “compartir”.

Ahora ya no está en el mismo lugar, sus puertas siguen abiertas pero cada vez va menos gente. Probablemente termine desapareciendo, como la enseñanza pública, como lo público, si cada vez que pasamos por la puerta decidimos pasar de largo.

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Lo que escondía la niña de cada mañana

Estaba buscando una razón para reanudar el blog y aquí está.

Cuando cumples una rutina cada día empiezas a formar parte, sin saberlo, de la rutina de otros; igual que esos otros comienzan a formar parte, sin saberlo, de tu vida. Casi todas las mañanas, de camino al trabajo, me cruzo con una mujer y una niña con síndrome de Down. Me había dado cuenta que, últimamente, la niña no paraba de hablar hasta que me veía. En ese momento callaba y me observaba fijamente hasta que nos cruzábamos. Casi siempre a la misma altura. Siempre en la misma acera. Llevamos cruzándonos desde que comenzó el cole y desde hace un tiempo, yo siempre le sonreía. Ella no. Ella, la niña, abría la boquita, con los labios húmedos y pelados, y observaba.

Esta mañana, cuando me ha visto, le ha dicho algo a la mujer. Ésta ha sonreído y ha dicho en voz alta: “Bueno, ¿no se lo vas a decir a ella?”. Nos hemos parado y le he dicho:

-Pero ¡qué guapa estás hoy!

-…

-Venga, díselo… -dice la mujer. Dile lo que me dices siempre.

-Me gusta tu pintalabios rojo.

-Ahm… ¡Muchas gracias! A mí me gusta mucho tu mochila.

-Es de Peppa Pig… ¿Por qué hoy no los llevas pintados? ¿Se te ha perdido?

-No… hoy no me ha dado tiempo…

-¿Y mañana te va a dar?

-Sí, claro.

-¿Y después de mañana?

-También…

-Cuando sea mayor me los voy a pintar como tú. ¿Cuántos años tienes?

-32. ¿Y tú?

-Ocho. ¿Cuántos me faltan?

-Muy poquitos ya…

-¿Cómo te llamas?

-Camino. ¿Y tú?

-¡Hala, qué nombre tan raro! –dice entre flipada y tímida.

-Sí, un poco… ¿Tú cómo te llamas?

-…

-Venga, ¡díselo! –dice la mujer, que supongo que será su madre.

-¿No me lo dices?

-No…

-Bueno, hacemos un trato. Yo mañana traigo los labios rojos y tú me dices cómo te llamas.

-¡Vale!

Espero verla mañana. Éste es, sin duda, el regalo que octubre me tenía reservado este año.

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