Archivo de la etiqueta: Julio Cortázar

El chico del gatito y el transportín

Muchas mañanas me cruzo al salir de casa con un chico argentino. Es alto y muy guapo. Lleva un sombrero bombín y una lágrima de arlequín tatuada bajo el ojo izquierdo. Con la mano derecha sujeta un transportín en el que se esconde, creo, un gatito. 

Siempre que nos cruzamos me echa el alto amablemente y, casi desmadejado, como si estuviera agotado, me pregunta lo mismo:
-Disculpe, señorita: ¿una cafetería con wifi por aquí?
-Lo siento, soy nueva en el barrio y no conozco nada… Siento no poder ayudarte.

Me da las gracias y sigue andando.

Yo miro al suelo para ver en qué casilla de Rayuela me encuentro.

Rayuela. Julio Cortázar.

Rayuela. Julio Cortázar.

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El capítulo 7 desde el objeto

Tocas mi boca, con un dedo tocas el borde de mi boca, vas dibujándola como si saliera de tu mano, como si por primera vez mi boca se entreabriera, y te basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, haces nacer la boca que deseas, la boca que tu mano elige y me dibujas en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por ti para dibujarla con tu mano en mi cara, y que por un azar que no buscas comprender coincide exactamente con mi boca que sonreíe por debajo de la que tu mano dibuja.

Te miro, de cerca te miro, cada vez más cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes nos miramos, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces tus manos buscan hundirse en mi pelo, acariciar lentamente la profundidad de mi pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos de dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de alienteo, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y me sientes temblar contra ti como una luna en el agua.

Rayuela, el capítulo 7 contado desde el objeto del texto, que se deja hacer.

 

Rayuela, Julio Cortázar

Rayuela, Julio Cortázar. Desde el sujeto.

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Otro continente

Hace unos días, al salir de la ducha, cayó sin querer en un juego de espejos y vio su espalda reflejada. Algunas gotas de agua todavía no se habían secado. Ahí estaban, prendidas con todas las uñas porque no querían caerse, como decía Cortázar*. Se le marcaban las costillas, aunque menos que antes. Observó sus hombros, acariciados por su media melena, ya más larga; su cintura seguía dibujándose, ya no tanto por ella como por  sus caderas, dos curvas maravillosamente inexactas, heredadas de su madre.

En ese momento vio su cuerpo como nunca antes lo había visto: como una obra perfecta, en esa bella imperfección, hecha para ser el continente de otro ser humano.

*Aplastamiento de las gotas, de Julio Cortázar:

“Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. 
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós”.

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