Archivo de la categoría: Escritores

Lorca es para el verano

A Federico García Lorca hay que leerle en verano, cuando la canícula aprieta, cuando la luz que impregna sus obras atraviesa las páginas para cegarte e iluminarte la razón y el corazón.

Todos los veranos releo La Casa de Bernarda Alba; unos, completamente; otros, páginas sueltas. No entiendo el estío sin esta obra. Cada vez que abro este libro soy capaz de sentir el calor que debía caer como plomo en esa casa de almas enlutadas y paredes pulcramente encaladas. Puedo sentir el polvo que levanta el caballo de Pepe El Romano. Seco. Puedo percibir el frescor de Adela, cuando de madrugada se acerca sudorosa y febril a la ventana para que le acaricie la brisa y el hombre… Incluso no resulta difícil imaginar las largas y aburridas tardes bordando de esas pobres, jóvenes y condenadas hijas, sin que corra un pelo de aire en la casa, tan sólo el de los abanicos y el de las envidias, las traiciones y el que levanta la velocidad de los malos pensamientos.

La Casa de Bernarda Alba encarna un drama que sólo puede vivirse en verano. Cuando la locura seca los sesos. Cuando esa quietud que trae la falta de brisa, el calor plomizo y reseco, y la luz que abrasa con tan solo mirarla hace que dejes de respirar para centrar toda tu atención en esta maravillosa obra.

Lorca era un genio.

 

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Etílico*

 

*El vocablo “etílico” procede del griego /aither/, que tiene su origen en la raíz indoeuropea aidh- y significa “quemado”. De ahí nos llegan vocablos como “estío” o “estela”. No puede ser más bonito.

 

Cuando empecé a leer en Twitter a @lavozdelarra pensé que estaba ante un tipo de unos cuarenta años. No podía imaginar que tras esa fotografía de perfil con bastón y silla de terciopelo incluida se escondiera un veinteañero. Por eso, cuando una mañana de hace casi dos años mientras yo iba camino de Cibeles en el bus 34 y en sentido contrario a la marcha, mucho antes de conocernos y ponernos cara, me dijo que no llegaba a los treinta años, yo, que estoy a punto de llegar al ecuador de la treintena, me sentí más que enana y, sobre todo, vieja.

Nunca imaginé que alguien que tuviera un conocimiento literario tan amplio y tan fino, un olfato crítico tan agudizado y un blog (lavozdelarra.wordpress.com) en el que era capaz de resucitar hasta los miembros del personaje más amputado en cuerpo y alma, no hubiese escrito ningún libro. Por eso, desde la distancia o cercanía que da una red social como Twitter, le animé encarecidamente a que escribiera uno mientras él, con una modestia que sé que no era fingida, venía a decirme algo así como: “¡Y quién me va a leer!”.

 

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Cuando hace unas semanas, con dos copas de vino más una tapa de aceitunas separándonos (digo lo de la tapa porque no quiero que creáis que soy una Sylvia Plath cualquiera y el jugo cayó en estómago vacío), me habló de Etílico experimenté cierta excitación, que casi llegó al grado de sexual, con sólo pensar lo que tendría la posibilidad de leer.

 

 

Etílico, el libro de Carlos Mayoral, es un auto de Poe, Hemingway, Fitzgerald, Plath y Bukowski. Cinco escritores encadenados a la Literatura y al alcohol a partes iguales y cuya supervivencia íntima y literaria se hace pública a través de este autor. El libro se publicará en Libros.com, una editorial de crowdfunding que va más allá haciendo realidad obras de una calidad literaria y creativa exquisitas. Con este tipo de iniciativas tenemos la posibilidad de apoyar una tarea cada vez más ardua: conseguir que salgan a la luz maravillosas creaciones literarias que merecen un hueco en las estanterías físicas o virtuales.

Esta obra se encuentra actualmente en esta fase de búsqueda de mecenas y, desde aquí, os animo a que colaboréis para hacerlo realidad. En estos momentos, cuenta con 71 de los 150 mecenas necesarios para su publicación, y ahora tenemos la posibilidad de convertirnos en uno de ellos y conseguir entre todos llevar, ya no las novelas ni los textos, sino la pasión por la Literatura y sus creadores a nuestras retinas.

CONVIÉRTETE EN MECENAS DE ETÍLICO, que quiero que me queme las manos.

 

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Feliz cumpleaños, guardián de almas

Hoy es el cumpleaños de Mario, mi amigo Mario. Con Mario la palabra amigo adquiere una connotación etimológica. Etimológicamente, amigo procede del verbo latino amareque significa amar; incluso se vincula con la voz indoeuropea amma, que es como los niños llamaban a las madres. Incluso hay una versión poética que vincula amicus con animi (alma) y custos (custodia). Me parece tan maravilloso este último desarrollo que es sobre el que voy a elaborar esta entrada porque, si algo es Mario, es el custodio o guardián de mi alma. 

Hoy, como decía, cumple años mi amigo, y si ya un cumpleaños es motivo de celebración, en este caso estamos hablando de un gran motivo de celebración o de un motivo de gran celebración. Podría recordar mil vivencias que hemos compartido para homenajearle (porque a las personas como Mario se las homenajea), pero me voy a limitar a contar (sin su permiso, claro está) un par de cosas sobre él.

Mario es un amante profundo de Federico García Lorca, tan amante y tan profundo que todavía hoy, y tras muchos años, cuando veo en su casa esa foto de Lorca pienso que es él o algún antepasado suyo. Es una décima de segundo, pero siempre siempre siempre tengo esa misma sensación.

A Mario le encanta compartir sus buenos momentos (y los malos también), no por exhibición, sino por lo que implica la palabra compartir. Por eso, si sus momentos son buenos, nos da un pedazo de esa alegría para hacernos la vida más llevadera; y si no lo son tanto, nos da un pedacito de esa tristeza, y así son más llevaderos también.

A mi guardián del alma le sonríe la vida porque él le ha sonreído aunque, a veces, le haya jugado malas pasadas. Le ha sonreído con esos dos hoyuelos que se le forman en las mejillas cuando ésta ha sido amable con él; y ha terminado riéndole a carcajadas (primero con la boca cerrada, de carcajada contenida; y luego abiertamente, que es como se rie él) cuando ha decidido sorprenderle con algún requiebro.

Mi amigo Mario enseña a sus amigos a amar la vida, a vivir como si fuera el último día. Sé que muchas veces sus conversaciones o sus reflexiones son un monólogo interior que proyecta más allá de su garganta. Y es ahí, de la forma más altruista, cuando nos da los mejores consejos porque está abierto en canal.

Es verdad que nadie es imprescindible en la vida, pero mi vida habría estado inconscientemente coja si Mario no formara parte de ella; mis tristezas habrían sido más tristes si no me hubiese abierto su casa y su sofá cama; y los atolondramientos y mala baba que algunas veces se gasta esta vida habrían sido menos llevaderos si él no hubiese llamado para decir: “te invito al teatro”; o si yo no me hubiese cortado el pelo tantisísimo para decirle: aquí estoy para acompañarte (no sé si esto se lo he dicho alguna vez). Al final, estoy pensando, querer tener cerca a Mario es una cuestión de egoísmo y supervivencia.

Aquí os dejo su último libro, el libro con el que demuestra que estas cuatro letras que le he dedicado son un grano de arena en un desierto inmenso y lleno de virtudes. Un libro con el que dijo Hola cáncer hace un año y medio a un monstruo que apareció en su vida sin saber que estaba frente a un guerrero.

Nota: Mi amigo Mario es para los desconocidos Mario Suárez, un periodista magnífico y un escritor fabuloso. Devoto de nuevos artistas y, aunque él no lo sepa, etapa imprescindible en esta carrera por mostrar la calidad entre esos nuevos artistas e ilustradores que está hirviendo en este país.

Disculpad si me he excedido en cursilería, pero soy de naturaleza cursi y Mario es capaz de sacar lo peor de mí (casi siempre).

Y tú: espero que puedas perdonarme el atrevimiento.

 

9788416177967

 

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La noche en la que Pérez Reverte me hizo flotar

Hace un par de noches soñé que flotaba tras muchos meses en los que, intentando volar, lo único que había conseguido es sobrevivir a una caída desde los cines Callao. 

Hace un par de noches me vi en una callejuela. Visto desde la vigilia bien podría haber sido una pesadilla. Abrí un portón con llamador grande, llamador al que hice caso omiso porque entré sin llamar. Anduve a lo largo de un pasillo ensombrecido y sombrío hasta llegar a una puerta que le ponía fin.

Entré sabiendo que estaba participando en un juego y que entraba en un libro de Pérez Reverte. Algo me encogió el corazón porque Pérez Reverte no está entre mis escritores favoritos, por lo que temí no poder adivinar en cuál de sus libros estaba (de eso se trataba el juego). No obstante, tan pronto como entré en la habitación, supe que había llegado a La Piel del Tambor.

Era una habitación asfixiante, sin ventanas y pequeña. Las paredes eran amarillentas y estaban acolchadas porque habían sido tapizadas con esmero. Comencé a saltar y cuál fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que flotaba. Salté y salté con la tranquilidad y emoción con las que se salta en un espacio sin gravedad. Saltaba de un lado al otro con tanta confianza que hasta conseguí dar una pirueta.

De ahí salí a la callejuela de nuevo. No recuerdo cómo ni tampoco la razón. Sólo sé que, de repente, fui consciente de que estaba soñando y que había flotado. Todavía en el sueño supe que flotar es un paso previo a volar y me puse muy contenta porque llevo muchos años esperándolo.

Lo cierto es que no entiendo qué pintaba Pérez Reverte en mi sueño ni por qué me hizo flotar, pero le doy las gracias y le digo que, a partir de ahora, leeré sus libros con otros ojos. Prometido.

 

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Dibujo de Aitor Sarabia. Colección disponible en aitorsarabia.com

 

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El taxista con la novia de Círculo de Lectores

“Mi primer profesor de Historia del Instituto fue un cura que se saltó la Revolución Rusa porque consideraba que era un periodo poco relevante, pero después llegó Don Gregorio, que apoyaba el culo en la esquina de la mesa y no cerrábamos la boca hasta que sonaba el timbre”.

Me lo contaba un taxista ayer a mediodía. Le pillé en la parada, leyendo en un libro electrónico. Arrancó e intentó iniciar conversación. Pasados unos metros me dijo: “Estoy muy enfadado, mi ebook no funciona”.

Comenzamos a hablar de Literatura. Él, cuya pareja había trabajado en Círculo de Lectores durante muchísimos años, tenía las estanterías de casa llenas de libros en papel, “pero esto es mucho más cómodo y puedo ampliar la letra todo lo que quiera porque tengo problemas serios de visión”. Teniendo en cuenta que iba al volante, este comentario me alertó ligeramente.

Zalacaín el aventurero, de Pío Baroja, fue el primer libro que leyó en el Instituto. “Me encantó. Es lo único que he leído de él”. Yo aproveché para rememorar mi paso por El árbol de la Ciencia. Le fascinan los libros de historia novelada y todavía recuerda lo que le recorrió por el cuerpo cuando empezó a leer El Señor de los Anillos.

Hablamos de Momo, que me lo recomendó “porque La historia interminable es bonita, sí, pero Momo es uno de los libros más bonitos que han caído en mis manos”. Hablamos de La lluvia amarilla, de Ainielle, de la habilidad para la melancolía de Julio Llamazares y de su maravilloso humor (esto él no lo conocía, pero yo sí). Vázquez Figueroa “¡qué tío! Los sube antes en digital que en papel” y Ruiz Zafón “oye, que me impresionó con La sombra del viento porque tienes de todo, misterio, amor, ficción…”

-Tiene una capacidad narrativa fantástica. Es una novela redonda.

-Rendondísima. Claro, que luego todo lo demás te sabe a poco. Tenemos buenos escritores en España -contestó.

Cuando llegué a mi destino le había hablado de mis profesores de Literatura del Instituto, de cómo me impresionó leer Las penas del joven Werther a los doce años y sobre cómo leí en dos sentadas Anna Karenina “porque quizás los rusos sean los mejores narradores. Las revoluciones poco relevantes suelen ahondan en la calidad retórica”, terminé concluyendo antes de bajarme.

Moraleja: siempre que puedas, habla de Literatura con desconocidos.

 

 

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Feliz No 150 Aniversario, pequeña Alice

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En realidad, el Señor Carroll se llamaba Charles Lutwidge Dodgson y era un tipo algo extraño. Miembro de una familia inglesa (con trazas irlandesas) volcada en la Iglesia y el Ejército, se educó en un ambiente de corte intelectual profundo y de normas rígidas.

Su conocimiento y pasión por fotografiar niñas pasaron inadvertidos en su día, aunque no tanto años más tarde cuando, ya convertido en un genio literario, se barajó la posibilidad de que su inclinación se debiera a alguna desviación sexual (algo que varios académicos han negado ya que, al parecer, en la época victoriana retratar niñas semidesnudas era símbolo de inocencia).

Sea como fuere, el Sr. Dodgson no se hizo inmortal por su maña fotográfica, con la que consiguió entrar en la alta sociedad, sino con Alice’s Adventures Under Ground, un cuento escrito e ilustrado durante una noche de verano de 1862 y donde reproducía la historia que ese mismo día había improvisado ante la pequeña Alice Liddell en una excursión por el Támesis.

Tres años más tarde, en 1865, Dodgson llevó el manuscrito y “manuilustrado” a una editorial y terminó publicándose bajo el título Alice’s Adventures in Wonderland, llegando hasta nuestros días.

 

Exposición en el Museo ABC

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Este año se cumple el 150 aniversario de su primera edición. A lo largo de estos meses he podido ver decenas de artículos que intentan bucear más allá de la historia; que analizan matemáticamente los renglones; que se basan en teorías neurológicas que ayudan a comprender las paradojas semánticas del texto, e incluso que ven en ella una crítica política atroz. También he visto exposiciones y ediciones especiales. Es más, Alicia ha protagonizado alguno de mis grupos de whatsapp y, en muchas ocasiones, me he sentido tan desconcertada como ella tomando té con la liebre y el Sombrerero Loco.

En los últimos años he leído teorías semióticas muy profundas sobre cada uno de los personajes; e incluso en la Universidad he descifrado subcódigos, paradojas, juegos de paralenguajes o elevaciones de niveles comunicativos que no han hecho más que llevar al cenit esta obra que, no sé si sí o si no (si en la locura o cordura del autor), fue concebida como una auténtica maravilla literaria.

Todo esto es para deciros que mañana, 17 de diciembre, el Museo ABC (Madrid), inaugura la exposición “Feliz no cumpleaños. 150 años en el País de las Maravillas”. Una exposición de corte ilustrativo en la que veremos trabajos de artistas como los que ilustran este post y que pertenecen a Benjamin Lacombe, Rébecca Dautremer, Ana Juan o Emilio Urberuaga,  entre otros. En ellos se recrearán las escenas y personajes más emblemáticos, e incluso nos mostrará qué opina la Reina de Corazones de todo esto.

Espero que no os la perdáis, no todos los años pasan estas cosas. Como diría el conejo: “¡Llegáis tarde!”.

Feliz No 150 Aniversario, pequeña Alice.

 

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El día que empezó creyendo haber visto a Millás

Esta mañana todo era normal: me ha costado levantarme, he puesto música, he recibido y enviado unos whatsapp, y he decidido que hoy tocaba vestido.

He salido de casa con el gustito que da notar el aire frío en la cara y saber que el invierno está cerca y que, quizás, uno de estos días llueva. En esas estaba cuando me he cruzado en la puerta con un señor y su perro, un vecino con un parecido increíble con Juan José Millás. ¿Será él? ¿Seré vecina de Millás…? No es posible, no es posible…

Esas industrias tenía en la cabeza cuando, al cabo de cincuenta metros, he notado el crash, el crash de saber que las medias se estaban bajando. He mantenido la calma subiéndolas disimuladamente. “Estarán ajustándose”, he pensado, por lo que he seguido caminando. Al cabo de unos metros más he visto que la carrera que mis medias habían comenzado a lo largo de mis piernas era imparable.

Sabiendo que no podía continuar, he dado la vuelta dispuesta a ponerme otras. He de confesar que los cien posibles metros que me separaban de mi casa, durante los que he intentado sin éxito subirlas con disimulo, han sido los más largos de mi vida. Tanto en así que, en un acceso de desesperación, las he dejado caer (sabiendo que no irían más allá de las rodillas) y he entrado como una exhalación en casa, dejando al portero con la palabra en la boca.

Me lo he tomado a risa y, tras un cambio rápido, he vuelto a salir a casa ya segura de mí misma, segura de que estaba a salvo.

 

El eterno retorno

Pero la suerte es caprichosa y, ya habiendo bajado del bus, ya lejos de casa y sin posibilidades de volver, las medias nuevas han decidido solidarizarse con sus compañeras y emprender un descenso lento pero continuo.

Creedme si os digo que se me han comenzado a saltar las lágrimas mientras me miraba en cada portal por el que pasaba para comprobar que todavía no habían llegado a la línea roja. Instintivamente he acelerado el paso para llegar antes al trabajo (tengo 8 minutos de camino), pero he visto que eso no hacía más que acelerar la bajada. Por ello, he optado por reducir la velocidad, aumentando por tanto la agonía.

Mientras pensaba en qué gadgets de la oficina podía valerme para terminar con éxito el día (unas gomas, unos clips…) intentaba, disimuladamente, ir subiéndolas poco a poco para evitar que, en un golpe de efecto, terminaran de nuevo a la altura de las botas. Pero este método ha mostrado su nula efectividad cuando, cruzando un paso de cebra y con el único fin de evitar que me atropellara un coche, he acelerado el paso y, de repente, he notado que el frío se apoderaba de mis rodillas.

Sinceramente, no me ha dado tiempo ni a desear morirme de la vergüenza. La desesperación ha sido tal que, entre dos coches (y tras comprobar que venía gente por delante y por detrás, pero no tenía más remedio) me he parado para subirlas (tampoco demasiado, porque una tiende al pudor y porque, todo sea dicho, no contaba con demasiado tiempo hasta que pasara por ahí el siguiente oficinista).

He intentado hacerlo rápido, pero la ley de la causalidad y Murphy, que debía estar hoy ocioso, han hecho acto de presencia, cayéndoseme el libro al suelo y metiéndose debajo de uno de los coches. A punto de dar un grito, y sin encontrar una razón lógica por la que tenía a Susan Sontag en los bajos de un Renault, he tenido que arrodillarme en una acera nevada de polvo y paja para rescatarlo y seguir mi camino.

El trecho hasta el trabajo ha transcurrido entre la ensoñación, la incredulidad y la desesperación. Los metros recorridos se han convertido en kilómetros y mi único deseo ha sido no coincidir con ningún compañero para poder, tranquilamente, poner las medias en su sitio una vez hubiese llegado sana y salva al ascensor.

Afortunadamente, en esta ocasión, los dioses se han puesto de mi parte y ahora, sentada en una silla, y sin atreverme a ir a la máquina del café, os lo cuento porque a la vida hay que ponerle un poco de humor.

¡Buenos días!

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Y a Luis Alberto de Cuenca le dieron el Premio Nacional de Poesía

Hace unas semanas Luis Alberto de Cuenca fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía por su libro “Cuaderno de vacaciones”.

Descubrí a Luis Alberto de Cuenca hace años, cuando alguien me envió su poema “Bébetela”. Me entusiasmó que hablase de relojes de arena, o que llamase cohetes dirigidos al centro de la Tierra a unas piernas, o que cambiarse el derretirse por el licuarse, que es al final lo que hacemos las mujeres: licuarnos más que derretirnos. También me gustó que el símil de sus senos fuera una madriguera. Me gustó que cambiara el verbo comer por el verbo beber. Tal fue mi pasión, meramente romántica, por ese poema que terminaron regalándome una antología.

Pasaron los años y llegué a conocerle (hasta entablamos en una ocasión una conversación más o menos interesante). Pero un día, mientras hojeaba y ojeaba esa antología, descubrí algo que dio un vuelco a la historia: me paré a leer el pie de página de su poema “Libros”, una oda que me fascinó desde la primera vez que lo leí, y atónita hallé que estos versos que tantas veces había repetido estaban dedicados a su gran amigo José María Aznar.

¡Jamás tamaño puñal había atravesado mi alma! Tanto es así que, presa del desconcierto, no volví a abrir sus poemas a pesar de tenerlos al lado de “Song of Myself”, de Walt Whitman, maravilla que leo con bastante frecuencia a sorbitos (durante el desayuno o antes de dormir o los domingos por la mañana).

Sin embargo, hace unas semanas leí que Luis Alberto de Cuenca había recibido el Premio Nacional de Poesía y me alegré a pesar de todo, y recordé ese poema suyo que tanto me gusta, no por calidad literaria, sino porque acaba con dos versos en los que no sé muy bien qué papel prefiero tener, si el de sujeto u objeto de la acción, y que dicen así:

“Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno.”

(El Desayuno, de “La rosa y el hacha”, 1993)

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Love Wins

“A Chloe le gustaba Olivia…, leí. Y entonces me di cuenta de qué inmenso cambio representaba aquello. Era la primera vez que en un libro a Chloe le gustaba Olivia”. Virginia Woolf, Un cuarto propio.

 

Anoche me acosté con una ligera idea de lo que había ocurrido a 6.094 kilómetros de distancia aproximadamente. Esta mañana, al despertarme y consultar las redes sociales, he visto que era una realidad. El Tribunal Supremo de Estados Unidos por fin ha legalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo, una decisión con la que ganamos todos, incluido el amor, ese que dicen que siempre gana.

EnLaPalmera lo celebramos con mucha alegría y con un maravilloso poema de Safo, poetisa a la que dos siglos después de su muerte Platón se dirigió como la décima musa, y cuya poesía en relación a su amor y atracción sexual por las mujeres, de una perfección formal e intensidad indiscutibles, dio lugar a términos como “lesbianismo” o “safismo”.

Este post está dedicado a Federico García Lorca, a Luis Cernuda, a Vicente Aleixandre (Premio Nobel). A Marguerite Duras, a Mishima, a Gil de Biedma, a Terenci, Gide, Walt Whitman. A Virginia Woolf, a Susan Sontag… y al resto que, donde quiera que estén, estarán bailando.

 

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Pasión

Un igual a los dioses me parece

el hombre aquel que frente a ti se sienta,

de cerca y cuando dulcemente hablas

te escucha, y cuando ríes

seductora. Esto -no hay duda- hace

mi corazón volcar dentro del pecho.

Miro hacia ti un instante y de mi voz

ni un hilo ya me acude,

la lengua queda inerte y un sutil

fuego bajo la piel fluye ligero

y con mis ojos nada alcanzo a ver

y zumban mis oídos;

me desborda el sudor, toda me invade

un temblor, y más pálida me vuelvo

que la hierba. No falta -me parece-

mucho para estar muerta.

(Traducción de Aurora Luque para Acantilado Quaderns de Crema).

 

PD. Ahora las Chloe y Olivia de Virginia Woolf podrían casarse en cualquier lugar de USA, incluido el pueblo más recóndito de Iowa.

 

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Visita a La Laforet, a Andrea y al carrer d´Aribau

5289_I_H_Laforet, Carmen.cult Faltan tan sólo unas horas para que vuelva a pasear por Barcelona. Siempre que voy  pienso inevitablemente en Andrea, la protagonista que tan magistralmente tejió Carmen Laforet cuando en este país tenías que volar a ras del suelo con la esperanza de encontrar cielos más estrellados, cuando tenía que hablarse en voz bajita para que no te oyeran, pero sí te escucharan quienes estaban deseando escuchar esas voces que hablaban de esperanza.

Suelo pasear por el carrer d´Aribau, habitualmente en la moto de Carol, pensando que, quizás, tras alguno de esos edificios todavía resuenen los ecos del frustrado tío Juan maltratando a Gloria, su mujer; o los de Román, enfermo manipulador, fumando asquerosamente mientras hace de la seducción una tabla de salvación. Intento poner cara a Pons, a Gerardo y a Jaime…; a Ena, a la abuelita y a la represión de tía Angustias (que hace que piense en otra Angustias, la hija mayor de Bernarda Alba. Ambas Angustias tan desgraciadas… la primera por desagradable y la segunda por desafortunada).

Carmen Laforet escribió Nada en 1944. Todavía resonaban en las horas de sueño de muchos lectores los bombardeos, tan sólo hacía ocho años que Lorca había comenzado a yacer perdido en un olivar. La miseria se iba extendiendo por la piel, la mente y el estómago de muchísimas familias, como la de Andrea. Personajes de personas andantes, con sentimientos completamente desmembrados e ilusiones erradicadas, cuya supervivencia se tambaleaba fuera de las páginas de los libros.

Cada vez que viajo a Barcelona visito, inevitablemente, a La Laforet, la autora de ese libro que comencé dos veces para dejarlo apartado hasta que un tercer intento me hizo comprender que hasta ese momento no había estado preparada para perderme entre sus páginas. A La Laforet… esa mujer de media melena y raya al lado, devota de Santa Teresa de Jesús, que fumaba pizpireta en esa famosa foto, sacando la lengua con la mirada.

Mañana viajo a Barcelona, pasaré allí el fin de semana. Como de costumbre, aprovecharé para recorrer el carrer d´Aribau y “visitar” a Carmen y Andrea, aunque esta vez lo haré paseando, porque Carol, en esta ocasión, no traerá la moto.

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