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Feliz No 150 Aniversario, pequeña Alice

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En realidad, el Señor Carroll se llamaba Charles Lutwidge Dodgson y era un tipo algo extraño. Miembro de una familia inglesa (con trazas irlandesas) volcada en la Iglesia y el Ejército, se educó en un ambiente de corte intelectual profundo y de normas rígidas.

Su conocimiento y pasión por fotografiar niñas pasaron inadvertidos en su día, aunque no tanto años más tarde cuando, ya convertido en un genio literario, se barajó la posibilidad de que su inclinación se debiera a alguna desviación sexual (algo que varios académicos han negado ya que, al parecer, en la época victoriana retratar niñas semidesnudas era símbolo de inocencia).

Sea como fuere, el Sr. Dodgson no se hizo inmortal por su maña fotográfica, con la que consiguió entrar en la alta sociedad, sino con Alice’s Adventures Under Ground, un cuento escrito e ilustrado durante una noche de verano de 1862 y donde reproducía la historia que ese mismo día había improvisado ante la pequeña Alice Liddell en una excursión por el Támesis.

Tres años más tarde, en 1865, Dodgson llevó el manuscrito y “manuilustrado” a una editorial y terminó publicándose bajo el título Alice’s Adventures in Wonderland, llegando hasta nuestros días.

 

Exposición en el Museo ABC

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Este año se cumple el 150 aniversario de su primera edición. A lo largo de estos meses he podido ver decenas de artículos que intentan bucear más allá de la historia; que analizan matemáticamente los renglones; que se basan en teorías neurológicas que ayudan a comprender las paradojas semánticas del texto, e incluso que ven en ella una crítica política atroz. También he visto exposiciones y ediciones especiales. Es más, Alicia ha protagonizado alguno de mis grupos de whatsapp y, en muchas ocasiones, me he sentido tan desconcertada como ella tomando té con la liebre y el Sombrerero Loco.

En los últimos años he leído teorías semióticas muy profundas sobre cada uno de los personajes; e incluso en la Universidad he descifrado subcódigos, paradojas, juegos de paralenguajes o elevaciones de niveles comunicativos que no han hecho más que llevar al cenit esta obra que, no sé si sí o si no (si en la locura o cordura del autor), fue concebida como una auténtica maravilla literaria.

Todo esto es para deciros que mañana, 17 de diciembre, el Museo ABC (Madrid), inaugura la exposición “Feliz no cumpleaños. 150 años en el País de las Maravillas”. Una exposición de corte ilustrativo en la que veremos trabajos de artistas como los que ilustran este post y que pertenecen a Benjamin Lacombe, Rébecca Dautremer, Ana Juan o Emilio Urberuaga,  entre otros. En ellos se recrearán las escenas y personajes más emblemáticos, e incluso nos mostrará qué opina la Reina de Corazones de todo esto.

Espero que no os la perdáis, no todos los años pasan estas cosas. Como diría el conejo: “¡Llegáis tarde!”.

Feliz No 150 Aniversario, pequeña Alice.

 

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A las mariposas suicidas

El trato con las mariposas del estómago no es fácil. Normalmente te pillan desprevenida, no hay que olvidar que antes de volar ser arrastran como gusanos. Hasta ese momento, el de arrastrarse, permanecen ocultas en huevas, esperando eclosionar. Digo que es complicado porque, normalmente, el tiempo que convivimos con ellas en fase ovípara y deslizante es mayor que el que pasan revoloteando.

Mi relación con las mariposas de mi estómago nace de una mezcla de respeto y falta de contemplaciones, como dice una amiga que dice Benjamín Prado de la suya con Sabina. A menudo les he arrancado las alas, he alargado su tiempo en la crisálida a propósito esperando que murieran de aburrimiento o las he soltado en vendaval por hablar demasiado, en un vendaval de mariposas como esos de los que hablaba García Márquez.

En muy pocas ocasiones he aguantado el circo que han montado en mi estómago, por no decir casi nunca. Las he odiado cuando salían despedidas a través de un cañón, todavía en forma de gusano, (¡pum!) y sacaban de repente sus alas (¡plas!). Las he aguantado tan poco como tanto he odiado a las precoces, esas que no tenían las alas lo suficientemente fuertes para aguantar más de dos vuelos pero revolotean haciendo un ruido que es difícil ignorar. Lo siento.

Pero también me he compadecido de otras que, moribundas, luchaban por renacer de sus cenizas aunque tuvieran las alas quemadas, así como de aquellas que he escondido dentro de una piñata para que le dieran golpes. Quizás por eso ha habido otras a las que he cuidado con mimo, con tanto mimo que he preferido cometer con ellas una injusticia y matarlas por amor propio antes de que las maten de desamor o de una cornada, porque mi alma antitaurina no solo sale en plaza, sino también en la cama. Aun así, sé que no tiene justificación, como no la tiene el hecho de que a algunas les haya tintado las alas del color que tocaba en ese momento y a otras las haya camuflado durante años para que no las vieran.

Menos mal que las mariposas son seres valientes, pequeñas suicidas, que se atreven a desenroscar su lengua y sacarmela de vez en cuando aun sabiendo que tienen los días contados y que siempre tengo a mano una red para, al menos, cazarlas.

Benjamin Lacombe | Madame Butterfly de Les Valseurs en Vimeo.

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La asesina de lágrimas

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Ilustración: Benjamin Lacombe

Hace muchos años, mientras andaba en casa de aquí para allá, se dio cuenta de lo mal que se comportaba con sus lágrimas. Cada vez que estas intentaban salir, ella rápidamente ponía su dedo índice en el lagrimal para contenerlas. En ocasiones, las menos, lo conseguía. Otras, a pesar de tener la yema de sus dedos en la puerta de salida, se esparcían por sus ojos saliendo disparadas en cuanto retiraba ese trozo de carne.

Una vez estaban fuera, corrían por sus mejillas despavoridas. Algunas se lanzaban al vacío, utilizando alguna de sus pestañas como trampolín y caían al suelo o se quedaban en su bufanda o en su camiseta; pero otras, más valientes, optaban por hacer el recorrido completo, cuyo fin estaba en su mandíbula, desde donde caían; o incluso en su cuello, a donde llegaban si eran habilidosas.

Pocas de sus lágrimas conseguían llegar al final de su viaje. Algunas, al alcanzar la altura de la boca, eran sorprendidas por su lengua, que se las tragaba a pesar de superar el punto de sal. A otras, en la mayor parte de los casos, las interceptaba el trozo de carne que ella tenía por yema del dedo índice, acompañado casi siempre por el corazón, el anular y, para dar apoyo moral, el meñique. Otras veces  se ponía en sus caminos un pañuelo de papel, que las absorbía hasta no dejar huella, ni si quiera un reguero salado, ni siquiera una leve humedad en las pestañas que indicara que hacía unos minutos habían pasado por ahí.

Desde entonces, desde que tomó conciencia de que se había convertido en una asesina de sus lágrimas, cada vez que llora las deja correr por sus mejillas o saltar desde el trampolín de sus pestañas, permitiéndoles que culminen como quieran su corto periodo de vida. Y a las más tímidas, esas que se acurrucan en la garganta durante unos días haciendo de esta una cuna de tristeza, las invita a salir en la ducha para que cuando broten pasen desapercibidas, como a ellas les gusta.

Actualmente, sus lágrimas y ella, conviven en una relación de respeto mutuo. Las lágrimas saben que las dejará salir y tener su minuto de gloria; ella sabe que, una vez salgan del lagrimal solo vivirán unos segundos y tienen derecho a hacerlo. No obstante, a pesar de este trato, sus lágrimas siempre salen con recelo porque saben que los asesinos siempre vuelven al lugar del crimen.

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