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De nombre “Hombre Libre”.

Tenía barriga, una barriga enorme. Tenía un lunar entre el pómulo izquierdo y la sien, recubierto con una mancha del mismo color que el zumo de uva negra. Tenía los dientes pequeños, quizás de chirriarlos por las noches. Tenía una caja torácica que, cuando dormía, se convertía en una caja de truenos. Tenía una casa en un pueblecito de la frontera, cerca de Francia. Tenía las piernas flacas. Tenía la costumbre de sentarse en una silla con las piernas abiertas, los brazos estirados y las manos entrelazadas. Una postura que acompañaba de un movimiento de cabeza que asentía. Asentía ante la vida con conformidad. “Así tienen que ser las cosas”, parecía decir.

Tuvo un hijo a los dieciocho años, un nieto a los treinta y seis, y un bisnieto a los cincuenta y cuatro. Tuvo una habitación con su nombre en casa, que sigue llamándose con su nombre aunque nunca la utilizó.

Fue padre en seis ocasiones, abuelo en cinco y bisabuelo en una. Tuvo una mujer para toda la vida y muchas que rellenaron casi todos los días de esa vida. Sí, tuvo éxito con las mujeres, más del que debería haber tenido; pero menos del que le hubiese gustado tener.

Hace un par de días pensé ese día en el que su vida dejara de escribirse en presente, pretérito perfecto simple o pretérito perfecto compuesto, con algún futuro, para comenzar a escribirse en pretérito para siempre. Me extrañó. No supe a cuento de qué. Pero el caso es que acabo de recibir una llamada para decirme que ese día empieza hoy.

Tuviste un nombre, de origen griego, que significa “hombre libre”.

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Amélie Nothomb también se salvó

Cuando creas que ya no hay salida, coge un libro y empieza a leer. Haz el esfuerzo de seguir cada letra, cada sílaba… No dejes que tu mente salga de esas páginas mientras sigues recorriendo renglones con tus ojos si no es para traspasarlas y llevarte a ese instante, en ese lugar.

“La Literatura me salvó la vida”, dice Amélie Nothomb, mi autora favorita, en esta entrevista para Página 2. La Literatura es el mayor y más fuerte ejército contra nuestros demonios, junto con el aire de las mañanas soleadas de primavera, ese que te abofetea la cara y te revuelve el pelo mientras te dice: “No pasa nada, brilla el sol”.

 

Foto: Pablo Zamora para El País

Foto: Pablo Zamora para El País

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Mi niña favorita de las mañanas

Me los encuentro casi cada mañana en el transbordo del autobús. Suben la calle Alcalá aprisa, como si, un día más, llegaran tarde al colegio.

Él se acerca a los cuarenta. Perfectamente afeitado luce un traje gris unos días, azul marino otros, complementado con una mochila de Peppa Pig, que le cuelga del hombro izquierdo; y otra de una princesa con el pelo muy rubio y muy largo, que más que arrastrar lleva en volandas. De este modo, una de las niñas, la mayor, que no supera los seis años, puede ir delante, siempre dentro de su campo de visión; y ella, mi favorita, puede ir agarrada a su mano izquierda.

Mi niña favorita de las mañanas no brinca los cuatro. Siempre lleva su ondulado pelo castaño en dos coletas, hechas cada día según cae, y lo suficientemente largas para que le rocen los hombros con las puntas del pelo, como si fueran dos expertas bailarinas de danza clásica que, con ligereza, hacen cosquillas al suelo con los dedos de los pies.

De su mano izquierda cuelga un oso de peluche, que es en altura un tercio de la suya, y que unas veces cuelga y otras arrastra. A pasitos cortos intenta seguir la marcha de su padre, que suele llegar a la Plaza de la Independencia como si acabara de subir el Tourmalet, momento que él aprovecha para recordarles que tienen que andar más rápido. Es entonces cuando ella ladea la cabecita y lo mira desde más allá de esas grandes gafas de plástico rosa que lleva atadas a la cabeza como si fuera a bucear por la vida y piensa, imagino yo: “¡Tú te pinchas!”.

Hoy, al llegar a la Puerta de Alcalá, la hermana mayor ha salido despedida:

-¡Ten cuidado! –le ha dicho su padre.

Ha ido al kiosko, ha mirado la portada de las revistas que había expuestas y ha dicho:

-Mira papá, ¿y ésta de novia no te gusta?

Mi niña favorita de las mañanas ha soltado su mano, ha salido corriendo hacia su hermana y el padre, con la mochila de Peppa Pig, la de la princesa rubia de pelo largo y dos bolsitas de tela con la merienda, se ha acercado hacia ellas, le ha subido los calcetines a la pequeña y ha reemprendido el camino al cole con una sonrisa en la cara y con un gesto que da muestras de una historia que no he sabido cómo interpretar.

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Un día nublado

Tememos a los dioses que nosotros mismos hemos creado. Los adoramos, seguimos sus reglas, les pedimos perdón…

Tememos a los monstruos que alimentamos nosotros mismos con cuentos, leyendas y fe; cerrando los ojos como hacíamos con los monstruos que habitaban debajo de nuestra cama cuando éramos niños. Es la única forma de conseguir que permanezcan en la oscuridad y desplieguen todas sus habilidades, ésas que nos hacen correr despavoridos.

Queremos a quien decidimos querer porque un día apostamos a que pese más la balanza de lo bonito y a no reparar en los “fallos”. Emprendemos entonces un viaje por los surcos de su cara para conocer la experiencia que esconden esas arrugas, por ejemplo. O para saber cuál es el motivo de esa risa escandalosa, que nos es la risa que más nos gustaría para alguien a quien querer incondicionalmente, pero que es la suya.

Al final el origen de todo está en nosotros mismos. Por eso podemos conseguir todo lo que nos propongamos. Por eso nadie puede hacer, si no queremos, que este día nublado en Madrid sea un día sin sol.

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Mari, su chico y Edgar Allan Poe

edgarMari y su chico empezaron a salir el 24 de mayo de 1998. Por aquella época yo estaba terminando 3º BUP y haciendo un hueco fuera de mi retina para la miopía, ya que tras los exámenes de junio, como si de una historia de realismo mágico se tratara, dejé de ver y tuve que ponerme gafas. Fue el precio que pagué por sacar la máxima nota en todas las asignaturas.

Ese fue el curso (porque entonces la vida se organizaba por cursos) en el que escuché hablar por primera vez de Antonio Muñoz Molina por boca de Paco, mi profesor de Literatura; y mayo el mes en el que me volví loca con el Ponendo Ponens, el Tollendo Tollens y Nietzsche.

Mientras todo esto ocurría en mi vida, Mari y su chico se enamoraban.

Quince meses después de ese 24 de mayo, hacía unas semanas que había regalado a mi amor platónico mi libro de La Colmena, que había leído tres veces, en cuyas pastas tenía escritas las mejores citas de los personajes y que él recibió de forma anecdótica,  sin saber el valor que tenía. También acababa de teñirme el pelo de negro azulado y había pasado unos días nublados con mis padres en la playa. Además, había superado la selectividad, tenía nota para estudiar Periodismo en la Complutense, estaba sacándome el carnet de conducir y había empezado a comer chocolate sin miedo.

Mientras todo esto ocurría, Mari y su chico continuaban su historia de amor.

El 24 de agosto de 1999, el día que mi hermano cumplía quince años, Mari le regaló a su chico las narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, un libro que llegó a mí mucho tiempo después a través de una tienda de libros de segunda mano y cuya dedicatoria he visto hoy por casualidad mientras limpiaba el polvo, a pesar de haberlo abierto decenas de veces.

Supongo que el amor acabó entre ellos y él decidió deshacerse de su libro, sus once corazones y sus palabras.

 

dedicatoria

 

 

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De nombre: Adeline Virginia Stephen

Hoy hace 73 años que Leonard Woolf leyó esta carta. Unas horas antes, sobre las 11.30 de la mañana, su mujer se dirigió al río Ouse con los bolsillos atestados de piedras y, apoyada en su bastón, se introdujo en él y caminó…

“I feel certain I am going mad again. I feel we can’t go through another of those terrible times. And I shan’t recover this time. I begin to hear voices, and I can’t concentrate. So I am doing what seems the best thing to do. You have given me the greatest possible happiness. You have been in every way all that anyone could be. I don’t think two people could have been happier till this terrible disease came. I can’t fight any longer. I know that I am spoiling your life, that without me you could work. And you will I know. You see I can’t even write properly. I can’t read. What I want to say is I owe all the happiness of my life to you. You have been entirely patient with me and incredibly good. I want to say that everybody knows it. If anybody could have saved me it would have been you. Everything has gone from me but the certainty of your goodness. I can’t go on spoiling your life any longer. I don’t think two people could have been happier than we have been.

V.”

Años antes, Virginia Woolf hablaba así:

“Solo Dios sabe por qué la amamos tanto, por qué la vemos como la vemos, inventándola, construyéndola a nuestro alrededor, derribándola a cada momento; porque hasta las mujeres menos atractivas que pudiera imaginarse, los desechos más miserables que se sentaban en los umbrales de las puertas (derrotados por la bebida) hacían lo mismo; estaba totalmente convencida de que ninguna ley lograría dominarlos, y por esa misma razón: la de que ellos amaban la vida”.  (La Señora Dalloway, publicada el 14 de mayo de 1925).

 

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Mural de Virginia Woolf en Guadalajara, México.

 

 

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La historia del viejo y la joven

Lo primero que he visto de este señor han sido sus pantalones de pana color camel. La pana estaba raída, como la habría llevado Martín Marco. A la altura de las rodillas tenía el dobladillo del abrigo, negro. Negro el dobladillo, porque el abrigo era color café con leche sucio. Al levantar la mirada y llegar a sus ojos, he sonreído de forma automática. Le he sonreído a él como podría haber sonreído a cualquier otra persona.

-¡Qué sonrisa tan bonita! Estas cosas no pasan todos los días.

-Gracias –he dicho mientras tomaba consciencia y conciencia de la persona que tenía a mi lado. Su cara era una red de surcos por los que había pasado el frío, el sol, los años… Sufrimientos. Pocas alegrías y mucho tabaco.

Se ha sentado a mi lado y he visto que el dobladillo de su abrigo, además de tener un ribete negruzco, estaba salteado de agujeritos que bien podrían ser bocados de polilla, pero que eran chispas de cigarrillos.

-¿Tú sabes cuánto tiempo hacía que nadie me sonreía, muchacha? Años… Cuando uno es viejo ya nadie le sonríe. Eres casi un estorbo. Estás ahí un día y otro, esperando morirte. A veces piensas: “¿Y por qué me tengo que morir?”; otras veces dices: “Si me muriera, eso que ganaba”. Un viejo es como un mueble viejo, que nadie lo quiere, pero claro, no lo puedes cambiar por uno nuevo.

Ha soltado en tres o cuatro golpes una carcajada “productiva”, como la tos de final de los catarros. Creo que, inconscientemente, he hecho un mohín de desagrado, pero he seguido escuchando.

-Eso que dicen –continuaba- de que las jóvenes se enamoran de los hombres mayores… ¡Qué tontería! ¿Quién iba a querer estar con un viejo? Un viejo con una joven, sí, claro, porque te da vida, pero al revés solo te da muerte. Lo peor es que no sabes cuándo te haces viejo. Yo pensé que sería cuando me jubilara, pero cuando me jubilé me sentía joven. Y pasaron los años y un día me di cuenta y dije: “Estoy hecho un viejo”. ¿Y sabes por qué te das cuenta? Porque ya nadie te mira. Nadie quiere sentarse a tu lado; vas en el metro y, si pueden, te evitan. Hueles mal. Hueles a viejo. Por eso, si un día te mira una chica así tan guapa y te sonríe, pues oye, te da la vida. Cuando eres un viejo, además, te enamoras fácilmente pero solo te lleva a engaños. Piensas que te pueden querer como tú quieres pero no, porque cuando un hombre es viejo ya no puede darle a una mujer joven lo que ella necesita, ni de una cosa ni de otra. En fin, que eres un viejo para todo.

El señor se ha bajado del autobús en La Elipa y yo solo he podido responder a su monólogo interior dicho en voz alta, con un “Hasta luego, señor”. Cuando se ha ido, he sonreído recordando una gran historia verdadera de amor verdadero, que ocurrió hace no mucho, entre “un viejo” y “una joven”.

 

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La primavera

Luce un leve brote de acné en las mejillas, casi imperceptible. Probablemente para ella sea un mundo y por eso trate de cubrirlo con una fina capa de maquillaje. En su mandíbula derecha conserva un recuerdo de la varicela, una cicatriz redonda algo más pequeña que una lenteja, como un grano de quinoa ya cocido. Con ella ahí, tan graciosa, el resto de imperfecciones de su cutis adolescente pasan inadvertidas.

El pelo, castaño con ráfagas de rubio, le cae hasta más allá de la mitad de la espalda. Asalvajado, le recorre el torso, tapando con dos mechones sus dos pechos, y todavía le queda un tercer mechón que tapa casi toda su espalda.

Los ojos le brillan gracias a una sombra irisada de color perla y, aunque son pequeños e insulsos, adquieren profundidad con un khol verde agua. Cejas sin depilar y no demasiado abundantes; pelusilla rubia en el bigote y unos muslos firmes que se dejan asomar entre la goma de los calcetines verdes, que le acaricia las rodillas, y el bajo de las tablas que componen su falda de cuadros, cuya escasez de largura sobrepasa el umbral para quien mira de “solo es una falda”.

Las pulseras de plástico mezcladas con las de tela y un reloj le bullen a lo largo de las muñecas, que quedan al aire porque lleva el jersey del uniforme remangado. Y, mientras con una mano sostiene un libro de texto con el epígrafe ¿Qué es la Literatura?, con la otra lame, con más atención que la que le presta al texto, un chupa-chups de cereza del que me llega el olor; quizás grabando en su cerebro su sabor y su textura y, sin quizás, sabiéndose observada por unos cuantos.

Son las 18:02 h. del 20 de marzo de 2014. Ambas vamos en el mismo vagón de la L5 del Metro. Hace un calor sofocante y, acabo de darme cuenta de que, mientras yo, como una de los observadores, la miraba de reojo y anotaba su descripción en mi móvil, a las 17:57 h. ha entrado la primavera.

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El lector

Una de las mayores experiencias de un lector es enfrentarse a las últimas páginas de un libro. Conforme las va pasando ve que el taco de papel adelgaza. A simple vista calcula las páginas que quedan e intenta componer en su cabeza unos cuantos posibles finales.

Hay lectores que, cuando se acercan los últimos renglones, comienzan a experimentar una mutación en su disposición lectora. Leen poniendo en el texto un 110%  de atención, como cuando se besa por primera vez. La magnitud de la historia pasa a un segundo plano para centrarse en los detalles, en las inflexiones del texto, en los giros sintácticos… Deja de leer para empezar a escudriñar esa fusión de letras que da lugar a sílabas para componer palabras que creen oraciones. Abre los ojos a posibles mensajes cifrados que redondeen el desenlace y que, de llegar a pasarlos por alto, no se lo perdonaría jamás.

El organismo se alía con el lector y la respiración se tranquiliza, se regula. Se hace profunda en la inspiración, acariciando casi la garganta tras su paso por las fosas nasales, como cuando estás en ese estado de duermevela en el que es lenta y pausada, aunque esta vez silenciosa. El oxígeno se agota en los pulmones durante la espiración, quizás para que el siguiente paso del ciclo no moleste en la lectura. El organismo entero está volcado en esos últimos renglones.

Los sonidos de alrededor desaparecen y, de repente, el lector está sumido en el silencio (alguien me dijo en una ocasión que, cuando eso ocurre, estás meditando). No importa quién grite, ni la puerta que se cierre de golpe. No importa quién le hable porque todos los sentidos se cierran, como cierra sus pétalos una dama de noche en cuanto despunta el primer rayo de sol, para que todos los esfuerzos se centren en la vista.

El ritmo natural de la lectura le lleva a avanzar inevitablemente.  La impaciencia por llegar al final lucha, en ocasiones, con la resistencia a terminar la historia. El lector quiere acaparar todos los detalles. Los hechos que han desencadenado esas últimas páginas se suceden velozmente en unos segundos, algo parecido a lo que aseguran haber experimentado aquéllos que han estado cerca de la muerte. Mientras tanto, la lectura sigue avanzado y se ve ahí (y te ves ahí) a punto de terminar una historia cuyos personajes volverán a cobrar vida cada vez que salgan en tus conversaciones; cada vez que los recuerdes porque un gesto de cualquier otro personaje o persona te lleve inexorablemente a ellos; cada vez que, buscando otros libros, tropieces con el lomo serigrafiado que protege su historia.

Pero es al llegar a la última frase cuando tu aliento se paraliza, cuando tu vista hace un zoom y lee de un golpe la frase final. Durante unos segundos ni respiras, oyes, ni sientes. Tan solo posas tus pupilas en la última frase y vuelves a pasar la vista por ella para que, además de tu vista, tú también la leas.

En ocasiones, tras unos instantes, notas que tienes la boca abierta, incluso sientes cierto entumecimiento en la mandíbula. En otras, como me ha pasado hoy a mí, te das cuenta de que tienes lágrimas en los ojos y que esa historia que acabas de terminar te ha derretido un poquito, como se derriten los copos de nieve en la primavera.

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Extracto de “Nieve de primavera”. Yukio Mishima

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El Artículo 3

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Ilustración de Lady Desidia

La mujer tiene derecho, en condiciones de igualdad, al goce y la protección de todos los derechos humanos y libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural, civil y de cualquier otra índole. Entre estos derechos figuran:

  • El derecho a la vida
  • El derecho a la igualdad
  • El derecho a la libertad y la seguridad de la persona
  • El derecho a igual protección ante la ley
  • El derecho a verse libre de todas las formas de discriminación
  • El derecho al mayor grado de salud física y mental que se pueda alcanzar
  • El derecho a condiciones de trabajo justas y favorables
  • El derecho a no ser sometida a tortura, ni a otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes.

Art. 3 Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer. 85ª sesión plenaria Asamblea General, 20 de diciembre de 1993

Este listado de derechos de la mujer parece obvio pero, ¿te has parado a pensar que si está escrito es porque en algún momento estos derechos no han existido?

Mañana es 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. No hace falta que nos felicites. Nacer mujer no es mejor ni peor. No es motivo de distinción. Por eso te invitamos a que sigas luchando por la igualdad de derechos hasta que sea una realidad y esté tan arraigada que este Artículo 3 no tenga que permanecer escrito.

Gracias.

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